lunes, 3 de marzo de 2014

Los esclavistas desaparecen



Marcus, Tyzan y Randy se separaron del resto del grupo, que se encargaría de buscar un nuevo refugio ya que el suyo había sido descubierto por la gente del fuerte, cuando se toparon con una hilera de prisioneros y esclavistas. Llevaban a los prisioneros atados, y con sacos en las cabezas, pero la guardia no era especialmente fuerte.
Moviéndose con sigilo, les siguieron los pasos, y al perderos de vista tras una revuelta del camino, escucharon disparos y voces. Un tirador incógnito, encaramado a una ventana de los muchos de edificios abandonados, había abierto fuego y puesto en fuga a algunos de los guardias, que salieron corriendo en dirección al fuerte. La reata de prisioneros había logrado zafarse de las cuerdas, o al menos un tres de afortunados, que salieron corriendo del lugar como pudieron, hasta que el tirador les dio alcance y comenzaron a huir juntos.
Los del grupo los observaban, y mientras Marcus y Tyzan hacían guardia entre escombros, Randy se adelantó para hablar con el pequeño grupo de huidos, que ante los insistentes siseos del mercenario y sus advertencias sobre la ciudad, decidieron huir en otra dirección. Cuando pudo alcanzarlos en aquel absurdo juego de pilla pilla, les dejó claro que no tenían intención de abatirlos como perros, aunque bien pudieran haberlo hecho. El francotirador resultó ser el teniente Humper, un soldado de Raccoon City, último superviviente de su unidad, que salieron buscando la causa de la interrupción del comercio con Abilene. Los esclavos liberados eran civiles: un tal Nehalem, su guardaespaldas “Vudú” y Jacob un muchacho de apariencia frágil que inspiraba a todos algún tipo de necesidad de protección.

Al ver a lo lejos que avanzaban esclavistas por la calle, se apostaron en un bloque semiderruido, que hacía de esquina, repartiendo a los recién llegados un puñado de armas, balas y alguna manta raída,

Al final decidieron moverse de allí rápido pero en silencio, en dirección al vertedero, donde se escondieron, algunos entre los montones de basura en la que comenzaba a crecer un limo, y otros en las ruinas del edificio de la esquina del fondo, lo que antes había sido el refugio del chamán de los salvajes que allí vivían.
El tiempo pasó sin que los esclavistas se acercaran, pero poco después vieron una columna de espeso humo y resplandor de lo que podían intuir era el bloque donde se habían refugiado hasta esa misma noche pasada. Los esclavistas al final dieron con ellos en el vertedero, donde hubo un tiroteo en el que el desarrapado traficante fue malherido en lo alto de un montón de basura, quedando inconsciente. Su matón "Vudú" fue acribillado por los esclavistas, que lo rodearon haciéndole una maniobra de pinza. Humper también cayó malherido. Rodó montículo abajo intentando escapar, pero fue acribillado. El resto del grupo lograron poner en fuga a los pocos esclavistas que habían quedado en pie tras el densa pero fugaz lluvia de plomo, haciendo uso de cualquier artimaña que se les ocurrió, como las granadas lacrimógenas.

Con la rapidez de los profesionales, despojaron a los muertos de lo que pudiera servirles, y se llevaron de allí a los heridos. Se pusieron en cobro en otro bloque, cercano al río. Allí descansaron para recuperarse de las heridas. Jacob demostró poseer el mismo don que la fallecida Praia, lo cual explicaba también la sensación de “todo va mejor” cuando estaba él cerca. En uno de los turnos de vigilancia, descubrieron que por el río subía una desproporcionada canoa blindada, ocupada e impulsada por seis inmensos mostrencos con protecciones de rugby. Decidieron seguirlos en silencio, y cuando vieron que abandonaban la canoa al norte de la ciudad, junto a la empalizada y se internaban en la oscuridad de la ciudad, se apresuraron en discutir sobre hundirles la canoa o no. Tras un buen rato divagando, decidieron montarse en ella, y tras comprobar que no podían manejarla, y casi encallar y hundirse, la llevaron hasta la orilla como pudieron, y mas tarde la empujaron de nuevo al río, para que la corriente la arrastrara.
Apostados en un edificio cerca del río, trataron de dormitar, rezando cada uno en secreto por que los mastodontes no los encontraran. No habían pasado más que unas horas, cuando comenzaron a escuchar voces guturales y ruido de pisadas no disimuladas. Al parecer habían encontrado que su canoa no estaba y parecían molestos, y dispuestos a convertir en pulpa a los responsables. Así mismo, también parecían recordar que por allí había una barquita que comenzaron a usar en turnos de dos, para llegar hasta su base en el estadio, en la otra orilla. Cruzaron los bajos del edificio donde se encontraba el grupo (un antiguo concesionario de coches) y salieron por la otra parte de la manzana. Por suerte, no miraron en las plantas superiores. Cruzaron la calle y se adentraron en otro edificio que tenía una barca amarrada. Pero en aquella pequeña barca sólo cabían dos de aquellos tiparracos, así que los del grupo comenzaron a idear un plan para matar al que quedara esperando el último, pero al final, decidieron que era demasiado peligroso, así que los escucharon, más que vieron, irse a todos, con el chapoteo de los remos.
Al día siguiente decidieron que su plan de acción seria espiar a los esclavistas, idas y salidas del fuerte a las cuevas, y para ello se posicionaron en un edificio alto, con la mira del rifle. Al rato, notaron algo raro: no se veía una alma, ni un solo movimiento en el fuerte, ni siquiera en el depósito de agua estaba el acostumbrado vigía, y una de las puertas del fuerte estaba abierta. Con precaución, se aproximaron, y se adentraron, confirmando que el fuerte estaba vacío, por lo que sospecharon que los esclavistas se habían mudado, y el movimiento que habían visto más al sur, en un pequeño polígono industrial, debían ser ellos preparando una nueva base.

Pero tras registrar un poco el fuerte, comprendieron que no podían ser los esclavistas, ya que éstos estaban desnudos, fríos y amontonados como leña en un edificio hasta el cual lconducía un espeso rastro de sangre desde el patio. A todos los habían matado a golpes en la cabeza, como reses sacrificadas. El registro del fuerte poca información más les pudo dar. Encontraron tanques llenos de agua, y una sección de un edificio, el que estaba pegado a la pared de la grieta, tapiada. Algunos en el grupo decidieron que aquel podía ser una nueva base segura, aunque otros pensaban que si alguien, quienes fueran, podían haber entrado en el fuerte, y masacrado a los esclavistas sin disparar una sola bala, no era ni de lejos un sitio seguro... aun menos cuando ellos solo eran un puñado de desarrapados, y los esclavistas habían sido una cincuentena aproximadamente. Registraron los barracones, encontrando poca cosa. Algunas monedas, una tarjeta de cuidadano de Raccoon City de alguien a quien no conocían (Randall Smith), y la piel de algún animal  a medio curtir comenzando a enmohecerse, con las iniciales de la supuesta ganadería “MQ” grabadas a fuego.

Fueron a la zona industrial, y allí vieron que las obras de fortificación habían avanzado. Habían cortado el acceso en algunas calles en derredor de un perímetro, amontonando coches y escombros, aunque encontraron una entrada. Una chapa de la que se podía tirar para pasar agachados, algo así como una gatera. Tiraron de ella para meterse dentro del perímetro, pero antes de dar un solo paso, la chapa chirrió con tal fuerza que resonó por toda la zona, y el grupo salió en desbandada de allí. Decidieron apostarse en un edificio de oficinas, o que anteriormente lo había sido. En el que ya habían tenido un encontronazo con los caníbales que pululaban por la ciudad algunas noches atrás.
En turnos de guardia, se apostaron para vigilar la zona de los muelles, haciendo un improvisado nido que cortara el viento, con escritorios. Los demás dormían cerca de las escaleras, y allí escucharon un ruido de pisadas que ascendía como una tromba. El sonido era inequívoco, ya lo habían oído antes en un par de ocasiones: caníbales.


Corriendo en dirección a las escaleras de incendio como pudieron en la oscuridad, el grupo se vio asaltado por los caníbales que irrumpieron en tropel por las escaleras del edificio. Se abalanzaron sobre Marcus y Jacob, que abrieron fuego hasta que los tuvieron encima y hubo que abrirse paso y desembarazarse de ellos a golpes. Randy, que había quedado al comenzar la refriega más cerca de la escalera de incendios, fue asaltado por otro grupo que subió por ésta, y entre una marabunta lo levantaron en volandas y se lo llevaron hacia abajo. El chamán invocó su magia para crear un muro de fuego, gracias al cual se despejaron un poco de sus caníbales, y pudieron ver algo entre la oscuridad. Randy lanzó algunos golpes, hasta que los caníbales, viendo que aquella presa se resistía mas que la escuálida chamana que se había llevado noches atrás, terminaron arrojándolo al vacío desde un segundo piso, pudiendo agarrarse en el último momento una planta más debajo de la misma barandilla de las escaleras. Al ver que no caía, los caníbales bajaron por las escaleras emitiendo gruñidos porcinos. Randy se dejó caer el último piso que le quedaba, aterrizando como pudo. Allí logró ponerse en pie y abrió fuego contra los que bajaban para rematarlo. Sus compañeros habían logrado zafarse de los de arriba gracias los esfuerzo de Marcus y Tyzan y el muro de fuego de Jacob. Ante la lluvia de plomo por los dos lados, los caníbales se dieron a la fuga y el grupo se reunió en la calle, donde huyeron en dirección a su nueva base.

domingo, 6 de octubre de 2013

Batalla sobre la cubierta


Mierda... Eso es a lo primero que olieron los que se hacinaban en la habitación de aquel ruinoso bloque de la ciudad desierta. No era un buen augurio.
Mickey despertó de golpe, con un profundo dolor de estomago obligándolo a doblarse sobre sí mismo, mientras trataba de salir de la habitación infructuosamente, rodeado de las risas de sus desarrapados compañeros, mientras se cagaba en los pantalones. Después cayó inconsciente de nuevo. Cuando despertó, se encontraba algo mejor, si bien no del todo. Pringado y apestando, el enfermo ladrón recorrió los pisos, hasta encontrar una sucia cortina con la que se apañó un pantalón limpio.

Las risas no duraron mucho más; alguien dio la voz de alarma. Un grupo de tipos armados, probablemente provenientes del fuerte, batían los bloques de viviendas, cada vez mas cerca del grupo. Rápidamente se apostaron en las ventanas, empujándose unos a otros como si repartieran comida gratis, ante la posibilidad de poder disparar un poco, y un par subieron a la azotea. Cuando los tipos del fuerte se dispusieron a cruzar la calle, comenzó a lloverles una espesa lluvia de plomo, que los hostigó entre los coches y los portales a los que no llegaron a entrar en busca de refugio.

Cuando los cañones solo escupían vaho contra el frío aire del amanecer que se colaba por la grieta, sólo uno había sobrevivido, y corría herido como alma que lleva el diablo perdiéndose entre los edificios semiderrumbados, dejando tras de si un rastro de brillante sangre sobre el asfalto nevado. La banda se dispuso a perseguirlo para darle caza antes de que diera la alarma en el fuerte, y se separaron en dos grupos. Mickey, Praia, Tayzan y Randy se marcharon en dirección al fuerte, hasta un edifico situado justo frente al fortín de los salteadores.


 Tras bajar la escalera de incendio, Randy la subió en pos de la azotea, tratando de hacer el menor ruido posible, pero desatando un estrépito infernal que se escuchó por toda la ciudad. Mientras, el mercenario y Tayzan subían a la azotea, Mickey y Praia se colaron por una ventana, investigando las habitaciones del piso.

Antes de que pudieran hacer mucho más, se escuchó un rechinante ruido, que resultó ser el portón del fuerte, que vomitaba una oleada de despojos armados que corría hacia el edificio. Rápidamente subieron todos a la azotea y apostaron allí. Mientras iban siendo acosados por un francotirador desde el depósito de agua, grupos de salteadores subían por la escalera de incendios y por la principal del edificio. Praia creó un incendio en la salida principal a la azotea, de forma que los enemigos sólo pudieron subir por la escalerilla exterior.

La escalerilla comenzó a vomitar remesas de esclavistas que iban invadiendo la azotea y cruzando fuego con el grupo. Praia se hallaba en una muy mala situación, recibiendo disparos y curándose como podía, mientras se batía en retirada. Mickey estaba en un callejón sin salida, atrapado entre un ángulo muerto de la azotea y el enemigo. Con él se habían obcecado un par de los asaltantes que no paraban de tirotearle aunque sin éxito. Randy y Tyzan recibían disparos desde ambos lados: asaltantes y francotirador.

La situación se tornaba delicada por momentos, así que Randy tiró de su “añada de crianza” para estas ocasiones especiales y lanzó hasta la ultima granada que colgaba del cinto, que acabaron causando un agujero en la azotea y un bonito mosaico de miembros y tripas esparcidos.
Mickey retrocedió hasta un último reducto, un cuarto de mantenimiento, con sus enemigos disparándole detrás. Pese a tenerlo metido en un cuarto de escobas, ni una sola bala le rozó, de lo pésimos que eran los tíos disparando y lo rápido que era el ladrón, aún medio enfermo como estaba. Praia no tuvo tanta suerte. Hecha un ovillo sobre el suelo de la azotea, dos esclavistas reducían su cuerpo a un saco de huesos rotos a base de culatazos.

La mitad de los salteadores, que no esperaban ni en sus peores pesadillas encontrar tanta resistencia, desistieron y huyeron en desbandada, pero algunos estaban tan centrados en el combate que no vieron que se estaban quedando solos. Envalentonados después de acabar con la chamana, lo intentaron cuerpo a cuerpo con Randy, pero éste no era tan fácil como la otra, y la entrada en pelea de Tyzan metiendo una hostia a la que sólo le faltó gritar “Shoryuuuuken!”, desanimó definitivamente a los rezagados, que salieron por patas, no sin antes haberse cobrado la vida de la chamana.

Algo debían haber tenido la sucia chami y el ladrón, ya que de pronto, a Mickey se le metió en la cabeza que había que recuperar su cuerpo, y dejarlo en el río. Mientras, Randy pensaba en las balas que se iban a perder. Antes de que nadie pudiera impedírselo, Mickey gritó algo sobre fuego de cobertura, y salió corriendo hasta el cuerpo, mientras el francotirador hacía saltar la nieve tras sus pies. Se deslizó hasta la chamana, y cargándola a la espalda, corrió como pudo en dirección a la protección del castillete, cuando comenzó a acabársele la suerte, y el francotirador hizo blanco, a través del cuerpo de Praia. Bajaron de la azotea a todo correr, ya que volvió a escucharse el portón del fuerte, y sonido de botas golpeando el asfalto.

Al llegar a la calle, rápidamente se escabulleron entre los escombros de otro bloque, metiéndose en un estrecho callejón, donde rápidamente se dieron cuenta que salieran por donde salieran, había salteadores vigilando, mientras otros pocos registraban y seguían el rastro de sangre del ladrón. Con la rapidez y la falta de escrúpulos otorgada con la experiencia, le quitaron a la chamana las balas, y Mickey, que realmente debía haber sentido profundamente la muerte de Praia, y sin fuerza para seguir viviendo, se empeñó en salir corriendo para servir de distracción mientras el mercenario y Tayzan se metían por la oxidada puerta de servicio de un restaurante.

Mickey salió corriendo por la calle, gritando y despistando a los salteadores, que lo persiguieron entre las calles y los coches destrozados, y cuando vio que no podía escapar mas, y lo iban a cazar, prefirió hacer honor a su profesión, y robarles ese placer. Lo ultimo que pasó por su mente, aparte de la bala de su pistola, fue un triste pensamiento...“...mierda, pantalones de cortinas...”

Tras asegurarse que no había nadie ni nada, Randy y Tyzan se resguardaron en una sucia y oscura cocina. Escucharon cómo los esclavistas buscaban por las calles y perseguían a Mickey. Poco a poco, los ruidos fueron cesando y siendo sustituidos por otros ruidos que ambos conocían bien. La noche debía haber caído sobre aquel trozo de infierno en la tierra, y unos horrores darían paso a otros. Salieron de allí rumbo al refugio, que ahora debía ser abandonado, antes de que los encontraran a ellos.

domingo, 7 de julio de 2013

Fuego y caníbales



Se presentaba una noche larga de descanso para los heridos que venían de las últimas refriegas y la recolección de ratas para parrillar, y todo iba bien hasta que Slayer, que hacía guardia en la helada azotea, acertó a entrever unos bultos moviéndose entre las sombras de la calle.

PIRIPIRI! PIRIPIRI!

Todos se levantaron con cara de perros asesinos, al sonar el puto walkie talkie, que en la noche silenciosa de la destrozada ciudad parecía la maldita alarma de un coche a todo volumen. Slayer comunicó al resto lo que había visto, y corrieron a mirar por las ventanas con cuidado y a tomar posiciones estratégicas en las escaleras. ¿Es que ni una puta noche podían dormir tranquilos en aquel jodido mundo?... Todos aquí conocemos la respuesta...

Los desgraciados pasaron el resto de la noche helándose los culos en la azotea, en los descansillos de las escaleras, apostados en ventanas, y al final no ocurrió nada. Con la primera claridad que penetró por la grieta y se vertió como un manto sobre aquellos destrozados restos de lo que fuera una ciudad, vieron como un grupo de unos ocho esclavistas llevaban una fila de prisioneros atados por las calles. El grupo decidió que era poca ventajosa la situación que se les presentaba como para salir a cortarles el paso. Aun así, y con solo Slayer vigilando desde el resquicio de una ventana oculto por el camuflaje que la madre naturaleza le dio al nacer, vio como uno de los esclavistas abandonaba el grupo, se rezagaba y miraba hacia el edificio que usaban como base. Al rato se reunió con el resto y se movilizaron de nuevo perdiéndose entre las calles y la niebla.

El grupo rápidamente se pertrechó y salió con un plan en mente: apostarse en el lugar para esperar al próximo intercambio y abatirlos a todos entre la confusión. Avanzando con cuidado y los sentidos puestos en cada montón de escombros y cada ventana, llegaron hasta la zona que ya conocían como “la verja”. Un puñado de coches, algunos más en el esqueleto que otros, un garaje, algunos edificios bajos, un montón de escombros, y un alto edificio de seis plantas, y se repartieron posiciones estratégicas.

Marcus con el Remington 700p en la azotea del edificio de oficinas, Slayer y Praia en el mismo edificio en la planta 3, Mickey y Randy en el aparcamiento, con la escalera de incendios bajada como ruta rápida de acceso al edificio. Transcurrió el día, mas tranquilos para unos que para otros, como Mickey y Randy, que de cuando en cuando, mantenían alejadas a las vigilantes ratas a pedradas.

Las horas pasaron, y la nieve se acumulaba ya sobre la cabeza y los hombros de los pacientes miembros del grupo, que esperaron en vano que se diera el intercambio. Comenzó a caer la noche y decidieron pasarla en el edificio de oficinas, en la planta alta, haciendo guardias dobles. Mickey, apostado bajo una mesa y vigilando directamente las escaleras, escuchó pasos, y vio de repente varios pies que avanzaban. Se asomó y abrió fuego. La ráfaga barrió la entrada de las escaleras, despertó al resto del grupo y alarmó a Randy que hacia guardia en otra cara del edificio.


Los tipos aquellos iban vestidos con harapos, dientes puntiagudos, y armados con palos mientras se abalanzaban por encima de la mesa sobre Mickey. Slayer salió del despacho donde estaba el resto del grupo que no hacia guardias y corrió hasta una mesa, desde la que abrió fuego contra la masa de harapientos que golpeaban a su compañero. Randy corrió junto a él uniéndose a los disparos, alumbrando con la linterna aquel batiburrillo de golpes, dentelladas y gritos. Praia salió rodando sobre misma y se unió a lo que ya para entonces era una fiesta, y Marcus comenzó a ponerse su armadura de neumáticos y chapas.

Mickey se levantó como pudo, hizo a un lado a los salvajes y corrió hacia un despacho, que trato de mantener cerrado. Los harapientos se abalanzaron sobre la puerta, golpeándola, abriéndola y echándose de nuevo encima de Mickey, que maldecía ya su perra suerte. Praia estaba allí, casi en mitad de la estancia, cuando mas salvajes aparecieron de las escaleras y la aferraron, levantándola entre todos y huyendo escaleras abajo con el resto del grupo de mugrientos, que habían dejado a Mickey por una presa más asegurada. Huyeron en desbandada por las escaleras, con el grupo detrás disparando y abatiendo a cuantos podían, hasta que el número de bajas les hizo soltar a la chamana.

Al llegar a la planta baja, la escalera comenzó a temblar, aunque para entonces, ya solo quedaban un par de aquellos asquerosos salvajes que huyeron en la oscuridad. Mickey y Randy tomaron posiciones en el recibidor, tras el mostrador de información, mientras el resto subía a recuperar las cosas que se habían dejado. El grupo se separó por un buen rato, y al final bajaron por la escalera de incendios y se reunieron todos frente al edificio. Debatían sobre en qué edificio cercano refugiarse a esperar y continuar la emboscada, y curando las heridas que Mickey y Praia tenían. Eligieron un de planta baja, que daba directamente al agua por uno de sus lados, y justo en ese momento escucharon vocerío que venía calle abajo, ruido armado por lo que consideraron un numeroso grupo. Rápidamente se metieron al edificio, que pasado el arco de la entrada se abría a un patio interior. Marcus, Mickey y Randy corrieron hacia la azotea para tener buen ángulo ventajoso de tiro, y Praia y Slayer se metieron en uno de los pisos. La horda de salvajes llegó, se abalanzó por el pasillo de la entrada y entonces Praia invocó un muro de fuego que cerró aquel acceso. Los que el fuego había sorprendido, corrieron como animales y saltaron por la ventana desde la que Slayer hacía fuego. Arriba, Marcus y Mickey los tiroteaban, mientras Randy vigilaba el hueco de la escalera.

Praia invocó otro muro de fuego en el pasillo de entrada del piso, y las paredes comenzaron en poco a calentarse, los restos de muebles prendieron y la casa se fue convirtiendo en un infierno. Slayer saltó por una ventana al patio y lo atravesó como una exhalación, metiéndose en uno de los apartamentos del lateral del arco de entrada del edificio. Praya lo imitó, pero atravesó el patio en diagonal y se perdió por aquel extremo del sitio. Marcus, Mickey y Randy, salieron al patio corriendo, saltaron por una ventana de la parte de enfrente, abrieron puertas a empujones sin parar de correr, dormitorio, pasillo, despacho, ventana, aire frío y asfalto bajo sus botas. Parecía que todos habían logrado escapar, si no fuera por que cada uno del grupo llevaba detrás pisándole los talones a algunos salvajes.

Praya había atravesado habitaciones, pasillos y escaleras, hasta llegar a la azotea, donde sin dudar un solo instante saltó al vacío, y conjurando el poder del viento, comenzando a caer lentamente como uno de aquellos copos de nieve radiactiva, gracias a un conjuro de caída de pluma, dejando bastante pasmados al nutrido grupo que le seguía de cerca. Marcus, Mickey y Randy corrían hacia el aparcamiento, y se giraron para acribillar a sus perseguidores, cuando una chamana con muy mala hostia y peores modos aterrizaba suavemente justo tras ellos. Si hubieran tenido cigarros, se les habrían caído al unísono.

Superada aquella sorpresa, dispararon contra los salvajes, que se enzarzaron contra Praya golpeándola. Randy se metió en la pelea a culatazos, con tal de no fallar ningún tiro y volarle la cabeza a la chamana, quien cuando se vio libre de las atenciones de los harapientos, corrió detrás de Marcus y Mickey. Slayer, también había tenido su carrera nocturna con perseguidores. Había salido por la parte frontal del edificio y, perseguido por salvajes, había girado y se había metido en el edificio de oficinas, girando de nuevo a la izquierda, y metiéndose en un pequeño despacho del que salió por un ventanal y corrió hacia un par de haces de luces y los fogonazos de los disparos. Solo sus compañeros podían estar montando aquella fiesta.

El resto vio llegar al pandillero que a modo de saludo gritó “¡traigo unos pocos detrás!” y se unió a la refriega. Para entonces, el nutrido grupo que se había quedado con un palmo de narices en la azotea, había vuelto a bajar y llegaba a la carrera con ávidos y salvajes gritos. Randy se apartó de un empellón de los que se le echaban a cada paso encima, y lanzó una granada hacia los últimos que llegaban. La explosión los lanzó a todos por los aires y a los mas desafortunados los partió en trozos. Mientras Praya curaba a sus compañeros, Marcus, Mickey y Slayer abatían a los últimos de aquellos asquerosos salvajes. Se reunieron y decidieron largarse de allí a toda hostia mientras el edificio donde habían pasado la noche ardía como una tea a sus espaldas, iluminando las negras aguas y las calles oscuras. Había sido una noche más para aquellos despojos.

viernes, 5 de julio de 2013

Diario de Praia


Han pasado semanas desde mi rescate en aquella de aquella cueva, casi tantas como gente ha circulado por este extraño grupo, en el que los avatares del destino hacen que sólo queden un par de los originales de aquel día. Al resto hemos tenido que enterrarlos... a los afortunados. Los cadáveres de otros tuvieron que ser abandonados donde cayeron, y sin embargo somos más que entonces, pues esta extraña grieta, perdida de la mano de Dios, está cada día más transitada, y esta ciudad desierta, poco tiene de desierta. Y así, a medida que nuevos compañeros van llegando y muriendo, yo procuro mantenerme tan en calma como puedo en medio de este grupo de patanes.

Cuando me rescataron de los esclavistas, pensé que dejaría estas cuevas para siempre, pero lejos de eso descansaron en un pueblo abandonado y al poco volvieron a las cuevas para investigar el túnel que encontró el mercenario, Randy. Al menos él sigue vivo.

Aquella estrecha cueva era más bien una grieta, una fractura abierta por la furia de la Madre Tierra como respuesta a las agresiones de nuestra raza, y el final de la grieta daba a un húmedo complejo de cuevas y oquedades naturales, utilizado como paso por los esclavistas. Siguiendo un errático rumbo por ellas, llegamos hasta este cementerio hundido, de donde no nos hemos movido aún. No sé qué demonios esperan encontrar aquí, salvo muerte.

Este profundo valle no es más que otra gran fisura reciente en el terreno, desde cuyo fondo se puede ver algo del cielo, a lo alto. El viento la recorre continuamente, profiriendo espectrales lamentos que se mezclan con el clamor de la cascada. El mismo río subterráneo que mantiene las cuevas húmedas, desemboca en un extremo de esta grieta y sigue su curso inexorable, igual que la vida avanza inexorable hacia la muerte. Y en el fondo de esta fisura, yace parte de una ciudad, hundida en el fondo de esta falla por algún terremoto. Bakersfield parece que se llamaba. Un cementerio antaño lleno de vida y hoy poblado de alimañas... casi todas humanas. Hemos visto patrullas de esclavistas ir y venir por sus calles, a veces con prisioneros, otras de vacío. A decir verdad, hemos localizado su base, la cual es convenientemente evitada por el grupo.

Nos encontramos en un punto cercano a la entrada, al lado del antiguo vertedero, cuyos detritos orgánicos se han convertido en lo más parecido a una masa de vida que he visto desde la guerra. La humedad de la cascada, la temperatura, ligeramente más cálida aquí abajo, y quizá un cierto abrigo ante el polvo radiactivo, han hecho que prolifere algún tipo de rala vegetación... Sin embargo estos tipos no respetan nada. Se adentraron en el vertedero y no fueron bien recibidos por un grupo de supervivientes que moraba allí, así que decidieron exterminarlos... ¿para qué? Aquella gente había conseguido cultivar varios tipos de hongos en la oscuridad de los montones de basura. Estos patanes llenaron las mochilas de hongos, pero siguen sin atreverse a probarlos. Me miran a mí, como si yo fuera experta en botánica. Patanes todos...

La batalla fue dura. Tenían un brujo que controlaba cierto tipo de poder para anular voluntades. Sin embargo no parecía tocado por Gaia. Nadie es inocente en este mundo. Los comehongos tenían a una prisionera que liberamos, y que nunca sabremos qué pretendían hacer con ella, ya que murieron todos... incluida la mujer, que no duró ni un par de horas con nosotros. Cayó de un disparo a pocas manzanas de allí, en la infausta comisaría.

¿Qué contar de la comisaría? He visto el mismo comportamiento en docenas de supervivientes... “Hey, es  una comisaría, así que tiene que haber armas para matarnos mejor”... La primera vez salieron escaldados. La segunda no tuvieron ni que entrar. Aquellos dos tipos salieron a buscarles directamente, matando a medio grupo. Nunca he visto a dos tipos tan descomunales, los rifles de asalto parecían de juguete entre esas manazas, y sin embargo parecían completamente humanos, sin malformaciones. Me pregunto si Madre, harta de nosotros, estará creando unos nuevos hijos, con más músculo y menos seso. Y sí, en la comisaría había más armas...

Para demostrar que nuestro grupo es tan bestia como el que más, colgaron los cadáveres de los dos hombretones en un edificio cercano... y al día siguiente habían desaparecido. El descubrimiento más reciente es que esos tiparracos no están solos, ni mucho menos aislados. Del extremo Sur vimos salir una barcaza con varios de ellos desde el estadio de la ciudad (muy apropiado, si tenemos en cuenta su estrafalaria indumentaria de fútbol americano), llevando ovejas (¡ovejas!), que intercambiaron con los esclavistas del fuerte al Este de aquí, a cambio de... personas. No puedo ni imaginar qué hacen con ellas. Todo ello lo observamos desde cerca de la entrada a uno de los viejos refugios nucleares de la ciudad. Restos de la guerra fría que se había convertido en una pequeña atracción turística, una especie de museo a la paranoia humana. Sin embargo, el único que encontramos estaba cerrado a cal y canto. Rezo cada día para que estos patanes no encuentren explosivo plástico por las inmediaciones, porque ya imagino en qué lo usarán.

Últimamente la moral decae un poco en el grupo, demasiadas muertes, pocos suministros, y las ratas parecen vigilarnos día y noche. Tenemos a uno enfermo a causa de su mordedura. Las maldicen cada día, mientras siguen cazándolas para comer. No entienden que todo es parte del mismo círculo de la vida, incluso ellos mismos con sus armas automáticas. Los planes ahora mismo son difusos. Hay quien quiere llegar al islote, en el centro del río... ¡construyendo un puente de puertas y neumáticos! Harían falta días reuniendo el material en este medio hostil, y no les veo a ninguno de ellos pinta de ingeniero.

Otros dicen de tomar el fuerte, pero con la boca chica, ya que no se ven con efectivos suficientes. Mientras, patrullas de esclavistas van y vienen, salen de las cuevas, siempre a pie, a veces con más prisioneros, o se van con ellos. También están rastreando los alrededores de su manzana, ampliando cada vez más su perímetro de búsqueda. Deben saber que andamos por aquí, y acabarán por encontrarnos, pero no me atrevo a irme sola. Últimamente hemos visto patrullas de carroñeros, provenientes de la misma ciudad que éstos, Raccoon City, otro callo purulento en la piel de la Madre Tierra. Al parecer se ha corrido la voz de que aquí hay material saqueable, o quizás buscan a los esclavistas, como dicen éstos que hacen (con poco afán). Eso sólo significa una cosa: más muerte.

Mañana piensan adentrarse un poco más en la zona Sur, buscando no sé muy bien qué, aunque parte de lo que encontrarán ya me lo sé. Debería ir cavando más tumbas, por si conseguimos traer de vuelta a alguno de los que caerán.

sábado, 30 de marzo de 2013



 

Randy Kruger. Mercenario
 
Estaba en una plataforma en montaje, cuando estalló la locura en todo el mundo. Había retransmisiones en las radios que hablaban de guerra mundial. No hubo noticias por mucho tiempo. Después llegó el oleaje. Un oleaje como nunca se había visto en aquel golfo. No era tiempo de huracanes, pero allí estaban, convirtiendo el miedo en una maza que golpeaba los estómagos de los hombres. Sin pensárselo mucho, se largó junto a otros en una lancha. Durante una larga temporada trato de sobrevivir en Rockport, viendo como el mar retrocedía a millas de la costa. Se refugió junto a un grupo de supervivientes en un barco varado, con provisiones y armas para protegerse.

Poco a poco fue dejando de ser el amable trabajador que había sido, para convertirse en un frío y duro pistolero. Cuando la comida escaseó, formaron caravanas de saqueo, recorriendo las poblaciones cercanas. Al final abandonó el refugio del barco, y con la poca basura que poseía metida en una mochila y una pistola, se largó junto a un grupo siguiendo el asfalto de la 281. Allí pasaron por un pueblo, donde encontraron a unos supervivientes recién asesinados brutalmente que habían arrastrado por las calles un grupo de motoristas locos. Sólo había sobrevivido una niña pequeña. Como no sabían su nombre, la llamaron Alice, como el pueblo. Continuaron su camino y se instalaron en San Antonio, sobreviviendo al juntarse con una banda de mercenarios. Pasaron los años y cuando la banda se volvió mas violenta y metió mano en el tráfico de drogas, Randy volvió a largarse, haciéndose algunos enemigos en su despedida, y dejando atrás cadáveres y gente con ganas de venganza. Se largó al Norte por la ruta de la 35, parando en Austin, Temple, Waco, Comanche, Cisco. Ya allí, se enroló como protección en las caravanas entre Abilene y Raccoon.

"ALICE"
 
Los años han pasado, la niña ha crecido y ahora es una adolescente violenta que trabaja para “Stone Hammer”. Últimamente se ha desarrollado, y no tiene putas ganas de que se la tiren los de la banda, así que trata de disimularlo todo lo que puede. Tiene que ser mas dura que los tíos, para que no la tomen a guasa y se lo piensen dos veces. De Randy recuerda dos cosas: cómo disparar y no meterse drogas.

PHIL “STONE HAMMER”

Antes del caos y del fin del mundo, paradójicamente, era un policía, con cargos de violencia. Cuando todo se fue al carajo, comprendió que se instauraba la ley de los fuertes, y dio rienda suelta al psicópata violento y drogadicto que encerraba. Se hizo con el poder de una banda de mercenarios. Trafica con drogas y armas en San Antonio, el nucleo del poder de su banda. Cuando Randy se largó de la banda, a Stone Hammer no le gustó, y mandó a su hombre de confianza para “persuadirlo”. El problema fue que el hombre de confianza era el hermano menor de Phil, y que Randy le incrustó un puñado de balas, además de largarse en el coche de “Stone Hammer”. Aún no se sabe qué puteó más a Phil, si el coche, o la muerte de su hermano.


viernes, 24 de agosto de 2012

Marcus Rosemberg


Marcus Rosemberg era un friki en el instituto. Cuando el mundo se fue a la mierda se encontraba con sus únicos 3 amigos enfrascado en una partida de D&D 3.5; se puede decir que el mundo se acabó con un d20 en la mano. Tras el desconcierto inicial y tratar de buscar ayuda su padre decidió que lo mejor era salir de su pequeño pueblo de Stinkholeville y buscar refugio en Raccoon City junto al ejército; ese fue el último error de su padre... A apenas dos millas de su casa el coche fue robado, la comida saqueda, su padre colgado, su madre violada en repetidas ocasiones y su hermana... bueno, en realidad mejor no pensarlo. Sobrevivió de milagro escondido literalmente tras una duna mientras escuchaba todo lo que ocurría con su familia. Cuando se quedó sólo comenzó a caminar en dirección a Raccoon City como un zombie, arrastrando los pies. Ni se enteró cuando un pequeña camioneta Dodge aparcó a su lado en mitad de la autopista. Ironías del destino, aquellos que habían amargado su existencia en el instituto, tan asustados como él y con sus cazadoras del puto equipo de fútbol del instituto se dirigían a la ciudad, con Lisa McLaren desangrándose en el asiento con las tripas fuera por el mordisco de una rata del tamaño de un dogo. El caos en la entrada de la ciudad era descomunal, los soldados no se andaban con tonterías y quien no hablaba claro era ejecutado de forma sumarísima sobre la marcha. Cuatro adolescentes con una animadora con las tripas abiertas no parecían ir a librarse... piensa Marcus, ¡Piensa! Mira a la derecha, mira a la izquierda: ¡coño! ¿Punks? ¿Punks en Raccoon? ¡Pero si son de mi edad! A tomar por culo Lisa McLaren y todas vuestras putas madres, ¡yo me bajo aquí! Apenas 3 minutos después de bajar de la camioneta fue acribillada... aproximadamente en el mismo momento en que un tímido y asustado Marcus toca la ventanilla en la que al otro lado hay un tío con una cresta amarilla. ¿Sí? ¿Qué quieres chaval? Me flipan Green Day, fue los más "punk" que se le ocurrió. Tras la carcajada inicial del punk le echó una mirada cargada de pena. Anda, imbécil, sube. Nada más entrar otros 4 punks le recibieron a collejas... hay cosas que aunque el mundo pete no cambiarán nunca. Cosas de la vida, ese punk era hijo de un capitán del ejército, ambos se odiaban profundamente, pero quieras que no, la sangre tira. Así, meses después, Marcus empezó a hacer incursiones en busca de chatarra. Las dos primeras se dieron bien, pero pronto todo empezó a escasear y había que ir mas lejos... empezaron a llover tiros entre los que se denominaban caarroñeros. Un grupo pequeño y joven no podía competir en los alrededores de un núcleo como Raccoon City, pero había rumores de una ciudad en un cráter... ese fue el fín del grupo de carroñeros. Ahora Marcus, tras penar por las putas grutas en compañía del único superviviente de su grupo está en un puto agujero rodeado de tarados aun más peligrosos que los de afuera...

jueves, 22 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


...y próspero año del apocalipsis