Tras su aventura por las alcantarillas, Jurgen y Sarya fueron llevados rápidamente al hospital, pero no fueron tratados como un paciente normal, sino internados en una unidad de aislamiento biológico, donde se les hicieron todo tipo de pruebas y estudios, de cuyos resultados no fueron en absoluto informados. Pasados unos días, Sarya, harta de hacer de cobaya, se largó una noche.
Mark, por su parte, vagaba por el mercado buscando algo que hacer cuando tuvo un encuentro inesperado: su hermano Tom, integrante de su antigua banda seguía vivo. De alguna forma logró escapar de la emboscada en los yermos y llegar a la ciudad. Ambos hermanos se alegraron de verse, y en eso estaban cuando se les acercó un siniestro personaje con pinta de mafioso que se presentó como Donald D. Hernández y les propuso trabajar para él como ayudantes para un “encargo especial”. Aquello olía a bronca y los violentos carroñeros no lo dudaron mucho, y tras un pequeño regateo llegaron a un acuerdo con el tipo. Mientras cerraban el trato, un pequeño tumulto entre los tenderetes llamó su atención: era Sarya. Tras escaparse del hospital había salido del perímetro urbano seguro y vagó por la parte Sur de la ciudad medio muerta de hambre, inspeccionó su antiguo refugio, pero éste seguía invadido de pandilleros y gente de baja calaña, así que reentró en la ciudad a través de las alcantarillas y trató de robar algo para comer, sin mucho éxito. Sarya no tenía buena cara, pero al menos el grupo volvía a estar casi completo (a falta de Jurgen).
Reunido el variopinto grupo, Donald les dio más detalles del trabajo: la guerra entre dos importantes familias de traficantes de la zona Sur, Wachovsky y Andolini, parece haber acabado cuando Tony Andolini consiguió localizar el escondite de Wachovsky y mandó un grupo de mercenarios para que acabaran con él y con su familia... sin embargo algo salió mal y el trabajo quedó a medias: cuando los mercenarios acabaron con Wachovsky y su mujer, uno de ellos, un veterano llamado Arnold McGregor, en un alarde sentimental decidió que matar a los dos pequeños hijos de matrimonio era demasiado sucio incluso en unos días de mierda como los que corren. Su decisión le enfrentó al resto de su grupo, y en un segundo tiroteo acabó con los tres mercenarios que le acompañaban y desapareció con los dos niños: Víctor y Tamara, de catorce y ocho años. Ahora los tres tienen precio por sus cabezas. El gremio de mercenarios ofrece una recompensa por la cabeza de McGregor, pues traicionar un encargo va contra el código del gremio. Por su parte, Andolini quiere acabar su particular vendetta contra Wachovsky, para lo cual esta vez ha contratado a un tipo más sutil que un grupo de mercenarios y realmente sin escrúpulos. Ése es Donald (o debería serlo). El pequeño Víctor Wachovsky, con sólo catorce años parece ser un chico avispado, y Andolini teme que se convierta en un “capo precoz”.
El grupo comienza su investigación fuera del perímetro de seguridad militar, donde los traficantes operan con mayor impunidad. Comienzan preguntando a un viejo contacto de Donald en un antro de mala muerte apodado alque se conoce como la taberna del perro ahorcado (de hecho suele tener el cadáver seco de un perro colgando en la puerta, salvo cuando alguien hambriento lo roba).
Comienzan sus pesquisas sin suerte. La gente parece tener miedo de hablar de una u otra familia, y lo único que sacan en claro es que pese a la decapitación del clan Wachovsky, su actividad continúa, y aunque la guerra entre ambos traficantes parece haber amainado, sigue sin haber un claro vencedor en todo esto. Mientras Donald habla, se percata de que alguien en el bar les está escuchando y se encara con él, sin embargo el tipo se hace el loco. Al poco, mientras el grupo sigue tratando de sonsacar algo del contacto de Donald, el tipo que parecía estar escuchando sale del garito, y el grupo decide seguirlo a cierta distancia por las calles desiertas y ruinosas. El tipo acaba entrando en lo que fue un edificio de apartamentos y se mete en uno del segundo piso. Parece que ha habilitado ahí su refugio, y los personajes deciden asaltarlo por la fuerza, sin embargo la sutileza no es el punto fuerte del grupo y se entabla un tiroteo a través de la puerta en el que Sarya resulta herida. Entran en tromba en el piso a tiempo de ver cómo el tipo escapa por la ventana descolgándose por una cuerda prevista para tal efecto. Mark comienza a izarlo de nuevo hacia arriba, de forma que el tipo se suela por una ventana del primer piso. Sarya, Tom y Donald salen disparados escaleras abajo para pillarlo de una vez, mientras a Mark se le ocurre la genialidad de descolgarse por la cuerda y pillarlo por el otro lado. Cuando los tres compañeros llegan al piso de abajo, se produce una tensa escena (al estilo película de John Woo) en la que todos, armas en alto dialogan momentáneamente: el tipo se llama Peter Randall y es un mercenario freelance que anda buscando a McGregor por la recompensa. Bajo la presión confiesa que la única pista que ha conseguido hasta ahora es que el mercenario traidor podría haber buscado trabajo como guardaespaldas por la zona comercial o las naves del polígono. En medio de la tensión se escucha un alarido, algo enorme pasa cayendo frente a la ventana y cayendo con gran estruendo a la calle. Se trataba de Mark, que convertido en una especie de “Supercoco” postapocalíptico acababa de aprender su primera lección de alpinismo: si no sabes, no lo intentes. Tras unos momentos de estupefacción, Donald se da cuenta de que no podrá sacar más información del mercenario y decide pegarle un tiro, sin embargo un profesional a veces sabe leer la cara de su adversario como si fuera un libro, y el mercenario logra anticiparse dejando fuera de combate a Donald de un certero disparo. Aún así un tiroteo de tres contra uno en un espacio cerrado sólo puede acabar de una forma. Una vez muerto el mercenario, el balance son dos heridos, uno de ellos grave, y otro descalabrado abajo que trata de salir torpemente del contenedor de basura en el que ha caído (y que probablemente le ha salvado la vida).
Tras el encuentro con el mercenario, salieron del edificio ruinoso con Donald a cuestas y se dirigieron a la Mansión Donald, una casa de estilo colonial que conoció tiempos mejores (como todo) situada en un antiguo barrio adinerado. Allí el grupo se lame las heridas como puede. Pese al escalofrío y la repulsión que le provoca aquél lugar, Mark necesita la pasta, y si el patrón muere, no hay dinero.

Tom, el hermano de Mark, se largó al día siguiente del evento. Fue un bonito reencuentro, pero sus días de aventuras han terminado: durante el mes pasado consiguió un empleo estable como mecánico en un taller, algo que siempre se le dio bien. No hay tanta emoción, pero tampoco tanto riesgo. Les invita a que si algún día necesitan un buen mecánico se pasen por allí.
Por su parte Sarya no tuvo tanta suerte: su estado fue empeorando día a día. Las mordeduras que sufrió en las alcantarillas no acababan de cerrarse y supuraban continuamente. El disparo que recibió no ayudó mucho. En tan delicado estado Mark no se atrevió a moverla para tratar de reintroducirla en la ciudad. Como tampoco conoce la zona no tuvo suerte en encontrar un médico, y él mismo no estaba para muchos trotes, por lo que tras varios días luchando contra la infección sucedió lo inevitable. Durante todo este tiempo, Donald la observó con la avidez de quien ve madurar un fruto día a día.
Ha pasado casi una semana y la situación ha cambiado bastante: ahora sólo quedan dos miembros en el grupo y un cadáver. A Mark, influido por la atmósfera de la morada de Donald, se le ocurre una idea: convertir el cuerpo de Sarya en filetes y venderlos para sacar algo de pasta. Antes de que termine de pronunciar su idea, Donald ya está trinchando el pavo con cara de sádico. Es un tipo realmente inquietante.
Durante la operación reciben una visita inesperada: un recadero de Andolini viene a informarse de cómo andan las pesquisas de Donald, el cual logra despacharlo con facilidad, convenciéndole de que todo va viento en popa. El pobre mensajero, tiene tanto miedo de su jefe como del tipo que tiene delante, por lo que decide marcharse con la promesa de próximas noticias por parte de Donald.
Los compañeros terminan de deshuesar el cuerpo de Sarya y logran sacar casi 35 Kg de carne de la fornida ladrona, una vez separadas vísceras, huesos y otras partes poco aprovechables. Luego lo meten todo en un chorreante saco y salen a la calle con total indolencia al más puro estilo de Mr Croup & Mr Vandemar.
Es medio día y ambos compañeros deciden que para el trabajo que les ocupa necesitarán reclutar a gente, así que deciden probar en un garito con pinta bastante chunga, y de paso intentar vender los restos de Sarya. El lúgubre antro parece un lugar bastante inseguro, incluso en los tiempos que corren, sin embargo nadie parece echar mucha cuenta de los recién llegados. Ni siquiera los matones de la puerta les dirigen una segunda mirada; estos dos tipos allí son gente “normal”, y el hecho de que lleven al hombro un saco ensangrentado tampoco despierta mucho interés. Tratan de vender su mercancía al dueño del antro, haciéndola pasar por carne de rata y perro, pero éste no les ofrece mucho a pesar de que parece bastante fresca. Al no llegar a un acuerdo los personajes pasan de él y buscan entre los parroquianos alguien con suficiente pinta de marronero sin escrúpulos como para contratarle para el trabajo. Se fijan en un negro (o ciudadano de color postapocalíptico) con pinta de macarra que devora con avidez un negruzco filete sentado en un rincón. La extraña pareja se acerca sin recordar aquello de “no molestes a un animal mientras está comiendo” y comienzan a proponerle su trato sin dar muchos detalles (es decir, sin pronunciar las palabras “Wachovsky”, “Andolini” o “niños”), logrando despertar su interés. Las pintas de bien vestido de Donald hacen que el tipo, que resulta llamarse Jason, fije una tarifa bastante alta por conseguirles un par de secuaces para el “trabajillo”, con lo que comienza el regateo. Al final el matón aceptará el saco carne (“de rata y perro”) a cambio de conseguir a dos sicarios. Quedan para la tarde y le dejan allí acabándose el almuerzo. En el garito encontraron a un tipo que canjeó a Donald la tarjeta de ciudadano del mercenario muerto y cien generosos pavos a cambio de otra tarjeta de ciudadano cuya foto se parecía más a la del personaje. Al salir del garito, un tipo les aborda. Se presenta como Mike Carnby y muestra su interés por la mercancía que llevan. Tras comprobar que es fresca, les hace una buena oferta, y les ofrece comprarles futuros paquetes de similar calidad. Tras unos momentos de duda, el dúo le vende el saco a Carnby por 500 pavos. Los personajes están ahora sin nada con lo que comerciar con Jason, pero piensan que ya saldrán del paso, y se dirigen a la zona de naves y talleres que ya conoce Mark. La única pista conduce al mercado o al polígono, así que se dirigen a éste último. Allí recogen el coche de Mark del taller de Dwight y comienzan a preguntar por McGregor sin demasiado éxito. Los tres chatarreros de la zona: Dwight, Samson y O’neil han contratado hombres armados desde los ataques de hace un mes, sin embargo sólo O’neil sufre ataques últimamente. O’neil recibe a estos pintorescos tipos con sus malas pulgas y su pinta de mafioso habituales. Cuando Donald le enseña una foto raída de McGregor, O´neil niega conocerlo, aunque conoce el asunto de la recompensa. Donald cree que no es del todo sincero. Un último vistazo al taller y a sus guardias les da una idea de cómo ha ido la cosa en las últimas semanas: en un mes el número de guardias contratados ha aumentado a ocho, y son caras nuevas, aunque el jefe de seguridad parece ser el mismo de la última vez: un tipo enigmático embozado como un nómada del desierto que suele observarlo todo con calma apoyado en la barandilla del piso de oficinas. Por el taller se observan impactos de bala, y alguno de los guardias muestra heridas menores. Parece que O’neil tiene movida últimamente. Antes de irse, Mark hace recordar a O´neil su última visita, y la habitual mala cara del chatarrero pasa a ser más calmada pero definitivamente más peligrosa. En efecto, se acuerda de Mark, y la despedida no es muy amistosa:
“-Ya nos veremos... (mirada de odio)
-Puedes apostarlo... (sonrisa de tiburón)”
Los compañeros abandonan el taller de O´neil y preguntan en el de Sansom, el cual mantiene su rostro jovial de siempre. También ha contratado protección, pero no ha sufrido ataques aún, y tampoco parece sonarle la cara de McGregor. Al preguntarle sobre O’neil les dice que es un tipo con pocos escrúpulos, pero aparte de eso no le consta que esté metido en nada sucio, aunque no pueda jurarlo.
Al salir de allí, Donald vuelve a echar un último vistazo al taller de O’neil, y Mark ve pasar un camión de una banda de carroñeros con la que tiene una vieja rencilla, y decide que es buen momento para saldarla, sólo son cinco. En el último momento Donald le hace desistir de su ataque frontal y deciden esperar. El camión entra en la nave de O´neil para vender su mercancía y los compañeros se acercan por la puerta trasera, se asoman y piden al primer mecánico que ven que llame a su jefe, pues tienen algo que contarle (aún no recuerdo qué), sin embargo interrumpir un acalorado regateo entre un tipo con aspiraciones de mafioso y un carroñero no suele ser buena idea, y O’neil, apenas vuelve a verles los echa de allí.
La extraña pareja se dirige entonces a casa del Dr Jackson, para ver si él ha oído algo del asunto de los niños y el mercenario desaparecido. El Dr no sabe más que la gente de la calle, pero acepta presentarles al tipo que le vende la morfina para las operaciones; quizá él sepa algo más. Los tres salen una vez más rumbo a la zona insegura de la ciudad, donde el Dr les presenta a su camello, un tipo con la cabeza rapada y una argolla en la nariz que se hace llamar Johnny. Tras una generosa propina les hace de soplón y les cuenta que la noche del tiroteo en casa de los Wachovsky dos chorizos callejeros vieron a un tipo salir cojeando ligeramente con dos niños. Lo siguieron con la intención de “darle el palo”, pero el tipo llevaba un fusil de asalto a la espalda y se movía por las calles con soltura y rapidez pese a su cojera. No parecía una presa fácil. Le siguieron hasta un barrio donde viven comúnmente obreros que trabajan para la ciudad y le perdieron la pista cerca de uno de los bloques de pisos. Estos pisos siempre tienen vigilancia armada a cargo de los propios vecinos, por lo que deducen que conocía a los guardias o bien los sobornó.
Con esta otra pista sólida, los compañeros montaron de nuevo en el coche. Recogerían a sus esbirros reclutados esa tarde y planearían acercarse por allí, pero... ahora no tenían con qué pagarles así que de vuelta a casa del Dr., aún por la ciudad ruinosa, dieron un pequeño rodeo buscando a alguien... y lo encontraron: al primer pobre mendigo que encontraron en un callejón Donald lo mató de un tiro en la espalda con su mágnum, ante los atónitos ojos del Dr., tras lo cual el siniestro tipo se acercó al cadáver con los ojos desencajados y la boca entreabierta, y hundiendo las manos en la sangre del pobre diablo comenzó a entrar en trance con los ojos en blanco. El Dr. bajó del coche y salió corriendo perdiéndose por las calles, y Mark estuvo a punto de hacer lo mismo. Una bonita forma de perder un buen contacto por frecuentar malas compañías...
Echaron el cadáver al maletero y se dirigieron a casa de Donald a “trinchar el pavo”. Debía ser media tarde cuando, terminada la sucia tarea, decidieron inspeccionar las casas cercanas en busca de cualquier cosa útil, sin embargo la zona parece bastante saqueada. Ya había anochecido cuando registrando una de las casa, un animal atacó a Mark. Parecía tener cola de rata, pero con ese tamaño difícilmente podía ser ese roedor. El rifle de asalto de Mark no resultó ser muy útil en combate cerrado. Mientras forcejeaba en la oscuridad, Donald decidió intervenir: abrió fuego con su pistola descargando un certero disparo... sobre el sufrido carroñero, que quedó medio muerto. El bicho decidió que ya había mordido bastante y se perdió en la oscuridad, dejando a Mark con la duda de si perseguirlo o directamente volarle la cabeza a Donald.
El carroñero necesitaba atención médica, así que Donald lo ingresó en el hospital y dejó a los profesionales hacer. Le quedan un par de días por delante antes de que la herida de Mark estuviera lo suficientemente cosida como para volver a meterlo en “fregaos”, así que se acerca al barrio donde se vio por última vez al mercenario. Dejando su arma en la puerta le permiten entrar y comienza a preguntar por McGregor, foto en mano. Los vecinos de la zona desconocen al tipo y le sugieren que pregunte al jefe de la comunidad, que vive en el bajo. Conforme más rato pasa por allí, más angustiado y asqueado se siente Donald. En el patio del edificio crece algo de vegetación verde, incluso un pequeño árbol. Le parece que hace siglos que no ve una planta verde, sin embargo eso lo angustia aún más. Llama a la puerta del jefe de la comuna sintiendo verdadero asco, pero el tipo no está dispuesto a recibirle y le insta a que vuelva por la tarde, cuando se reúnen para orar por la madre Tierra. Aquello hizo entender a Donald el porqué de sus sensaciones: el tipo era un chamán, uno de esos curanderos de la mami tierra y todo eso. Lo que faltaba. Apretó los dientes y volvió a llamar a la puerta, sabiendo a lo que se exponía. Esta vez el tipo entreabrió la puerta dejando la cadena puesta. Podía tener unos cincuenta años, pero se le veía vigoroso, y fugazmente pudo entrever el salón de la casa, donde sentados a la mesa le pareció ver lo que bien podían ser sus hijos, o bien su objetivo. Donald le puso delante la foto de Macgregor y preguntó una vez más por el mercenario. El santón negó conocerle, pero entonces se le encendió el rostro: acababa de reconocer lo que Donald era: un nigromante, y comenzó a echarlo al grito de “¡¡Aberración!!” “¡Los engendros como tú son un insulto a Gaia!” al tiempo que no atinaba a abrir la puerta del todo mientras los vecinos se iban asomando por la escalera. Donald decidió que era buen momento para salir de allí. Con paso tranquilo pero apresurado salió de allí lo más dignamente que pudo ante las atónitas miradas de la vecindad que se dividían entre su vociferante chamán y él. Con el embrollo olvidó recoger su arma al salir, aunque quizá no habría sido buena idea. Donald da un par de vueltas por la zona y descubre una pared alta pero de bloques cerámicos con huecos, que la hacen escalable. La pared da al patio del chamán, lo que le hace pensar en un plan.
Tras esto va a ver a su contacto con Andolini: Giuseppe. Una vez más en zona peligrosa, se dirigió a un garito de la parte Oeste llamado “La torre inclinada”. El antro aún conserva su aire italiano, sin embargo no huele a mozzarella ni de lejos; puede que las cosas les vayan bien, pero no tanto. Giusseppe esperaba que Donald ya hubiera “solucionado” el asunto, pero en vez de eso, se acerca para pedirle colaboradores y decirle que tenía localizados a los niños. Giusseppe no parece nada conforme con este retraso y sabe que Andolini anda impaciente con el tema, y además se niega a un asalto ruidoso: le contrataron a él por que era discreto. Aún así Donald consigue cierta colaboración: dentro de dos noches las patrullas militares no pasarán por la zona. Además Guisseppe vende a Donald un pequeño revólver a precio de oro, como “favor especial”.
Al día siguiente Donald se acerca de nuevo al garito donde conoció a Jason, y vuelve a encontrar al tiparraco en el mismo sitio sobre la misma hora. Allí logra llegar a un acuerdo otra vez dando a cambio la carne del mendigo, que tras dos días empieza a oler un poco. Deja transcurrir otro día y saca a Mark del hospital, el cual se larga sin pagar en un descuido, y sin estar curado del todo. La pareja se reúne de nuevo con Jason, el cual viene con dos tipos con la misma pinta de negro marronero que él. Uno de ellos se marcha con la carne, y Jason y el otro aceptan acompañar a Mark y Donald.
Aparcan cerca del bloque y esperan a que anochezca, tras lo cual evalúan las entradas y deciden escalar la pared que da al patio del hechicero. La pared es fácil de escalar, aunque muy alta: llega hasta la cuarta planta y luego baja hasta el patio interior. El patio es como un pequeño oasis dentro de ese mundo: crecen plantas verdes en pequeñas jardineras y un árbol en el centro, similar al del otro patio. Una vez dentro, la puerta que da a la casa está abierta y entran lo más sigilosamente que pueden. La niña parece estar despierta y comienza a preguntar “¿Quién es? ¿Maestro? Víctor, despierta, creo que el maestro se ha levantado”, tras lo cual no se oye nada más, pero tampoco ha dado la alarma. Donald llama con susurros a uno de los niños “Víctor… Víctor…” lo cual debió provocar en el niño cualquier cosa menos ganas de acercarse. Los cuatro intrusos atraviesan la oscura cocina hacia los dormitorios, con la única linterna de Donald como guía… cuando uno de los matones tropieza con algo en la oscuridad y deja caer unos cacharros al suelo, despertando a todo el mundo. La voz del hechicero comienza a gritar “¿Quién anda ahí?”, pero ambos hechiceros opuestos son capaces de sentirse sin verse, y un segundo después comienza bramar “¡¡Aberración, debí matarte cuando te tuve delante!!” El nigromante manda a un pandillero a que se ocupe del chamán mientras él, inteligentemente, cuida la puerta de salida al bloque, con Jason cerca por si acaso. Mientras, Mark se lanza machete en mano a la habitación de los niños con la idea de abrirles el cuello.
El primer matón entra en lo que suponen la habitación del chamán fusil en ristre, pero apenas entra, una gigantesca llamarada ilumina toda la casa y el matón sale del dormitorio gritando envuelto en llamas y se dirige a trompicones al jardín donde se revuelca por el suelo en un inútil intento de apagar su cuerpo incendiado mientras grita como un cerdo. Tras él, sale de la habitación el hechicero, linterna en mano soltando imprecaciones, por lo que Donald y Jason deciden cargar a machete contra él, comenzando un ruidoso forcejeo en el pasillo. Por su parte, Mark encuentra la habitación de los niños vacía, por lo que comienza a registrar el armario furiosamente, a rajar los colchones y a mirar debajo de las camas. Al no encontrar nada levanta los somieres enteros y debajo de uno de ellos encuentra una pequeña trampilla con la puerta corredera abierta. Sin pensárselo se mete por el negro agujero. Debajo todo está oscuro. Trata de escuchar y cree oír pasos a su derecha, y ruido de agua, pero no logra localizarlos. Avanza a tientas tropezando y llega a una pared de la estancia en la que acaba descubriendo un agujero que parece dar a otro túnel.
En el piso superior, los contendientes demuestran que están más versados en el lanzamiento de hechizos y el manejo de armas de fuego que en combate cuerpo a cuerpo. Durante el forcejeo el chamán parece canturrear algo, pero nada ocurre. Donald no puede echar mano de su poder sin acabar con la vida de alguien o algo, así que siguen lanzando machetazos en la oscuridad mientras alguien empieza a porracear la puerta que da al bloque: “¡Maestro, Maestro! ¿Qué ocurre?”. Los vecinos de guardia han acudido al grito de “Aberración, aberración” de su líder. Donald decide ir a echar una mano a Mark y dejar que el matón se ocupe del hechicero loco, pero apenas se separa de ellos, el matón suelta un último machetazo fallido y dice “Tío, esto es una puta mierda, esto no estaba en el trato”, y se larga al patio. Comienza a trapear por la pared por la que entraron, sin hacer mucho caso del tizón ardiente que es ahora su antiguo colega.
Donald descubre la trampilla y desciende al sótano, iluminando la estancia. Allí hay muebles viejos y cajas apiladas con lo que parece ropa raída. Nada útil a simple vista. Después ilumina el agujero en la pared, junto a Mark, y ven que se trata de una salida al alcantarillado. Arriba, los vecinos han conseguido echar abajo la puerta y varios focos de linterna pueden verse por el agujero del techo…

Mark, por su parte, vagaba por el mercado buscando algo que hacer cuando tuvo un encuentro inesperado: su hermano Tom, integrante de su antigua banda seguía vivo. De alguna forma logró escapar de la emboscada en los yermos y llegar a la ciudad. Ambos hermanos se alegraron de verse, y en eso estaban cuando se les acercó un siniestro personaje con pinta de mafioso que se presentó como Donald D. Hernández y les propuso trabajar para él como ayudantes para un “encargo especial”. Aquello olía a bronca y los violentos carroñeros no lo dudaron mucho, y tras un pequeño regateo llegaron a un acuerdo con el tipo. Mientras cerraban el trato, un pequeño tumulto entre los tenderetes llamó su atención: era Sarya. Tras escaparse del hospital había salido del perímetro urbano seguro y vagó por la parte Sur de la ciudad medio muerta de hambre, inspeccionó su antiguo refugio, pero éste seguía invadido de pandilleros y gente de baja calaña, así que reentró en la ciudad a través de las alcantarillas y trató de robar algo para comer, sin mucho éxito. Sarya no tenía buena cara, pero al menos el grupo volvía a estar casi completo (a falta de Jurgen).
Reunido el variopinto grupo, Donald les dio más detalles del trabajo: la guerra entre dos importantes familias de traficantes de la zona Sur, Wachovsky y Andolini, parece haber acabado cuando Tony Andolini consiguió localizar el escondite de Wachovsky y mandó un grupo de mercenarios para que acabaran con él y con su familia... sin embargo algo salió mal y el trabajo quedó a medias: cuando los mercenarios acabaron con Wachovsky y su mujer, uno de ellos, un veterano llamado Arnold McGregor, en un alarde sentimental decidió que matar a los dos pequeños hijos de matrimonio era demasiado sucio incluso en unos días de mierda como los que corren. Su decisión le enfrentó al resto de su grupo, y en un segundo tiroteo acabó con los tres mercenarios que le acompañaban y desapareció con los dos niños: Víctor y Tamara, de catorce y ocho años. Ahora los tres tienen precio por sus cabezas. El gremio de mercenarios ofrece una recompensa por la cabeza de McGregor, pues traicionar un encargo va contra el código del gremio. Por su parte, Andolini quiere acabar su particular vendetta contra Wachovsky, para lo cual esta vez ha contratado a un tipo más sutil que un grupo de mercenarios y realmente sin escrúpulos. Ése es Donald (o debería serlo). El pequeño Víctor Wachovsky, con sólo catorce años parece ser un chico avispado, y Andolini teme que se convierta en un “capo precoz”.
El grupo comienza su investigación fuera del perímetro de seguridad militar, donde los traficantes operan con mayor impunidad. Comienzan preguntando a un viejo contacto de Donald en un antro de mala muerte apodado alque se conoce como la taberna del perro ahorcado (de hecho suele tener el cadáver seco de un perro colgando en la puerta, salvo cuando alguien hambriento lo roba).
Comienzan sus pesquisas sin suerte. La gente parece tener miedo de hablar de una u otra familia, y lo único que sacan en claro es que pese a la decapitación del clan Wachovsky, su actividad continúa, y aunque la guerra entre ambos traficantes parece haber amainado, sigue sin haber un claro vencedor en todo esto. Mientras Donald habla, se percata de que alguien en el bar les está escuchando y se encara con él, sin embargo el tipo se hace el loco. Al poco, mientras el grupo sigue tratando de sonsacar algo del contacto de Donald, el tipo que parecía estar escuchando sale del garito, y el grupo decide seguirlo a cierta distancia por las calles desiertas y ruinosas. El tipo acaba entrando en lo que fue un edificio de apartamentos y se mete en uno del segundo piso. Parece que ha habilitado ahí su refugio, y los personajes deciden asaltarlo por la fuerza, sin embargo la sutileza no es el punto fuerte del grupo y se entabla un tiroteo a través de la puerta en el que Sarya resulta herida. Entran en tromba en el piso a tiempo de ver cómo el tipo escapa por la ventana descolgándose por una cuerda prevista para tal efecto. Mark comienza a izarlo de nuevo hacia arriba, de forma que el tipo se suela por una ventana del primer piso. Sarya, Tom y Donald salen disparados escaleras abajo para pillarlo de una vez, mientras a Mark se le ocurre la genialidad de descolgarse por la cuerda y pillarlo por el otro lado. Cuando los tres compañeros llegan al piso de abajo, se produce una tensa escena (al estilo película de John Woo) en la que todos, armas en alto dialogan momentáneamente: el tipo se llama Peter Randall y es un mercenario freelance que anda buscando a McGregor por la recompensa. Bajo la presión confiesa que la única pista que ha conseguido hasta ahora es que el mercenario traidor podría haber buscado trabajo como guardaespaldas por la zona comercial o las naves del polígono. En medio de la tensión se escucha un alarido, algo enorme pasa cayendo frente a la ventana y cayendo con gran estruendo a la calle. Se trataba de Mark, que convertido en una especie de “Supercoco” postapocalíptico acababa de aprender su primera lección de alpinismo: si no sabes, no lo intentes. Tras unos momentos de estupefacción, Donald se da cuenta de que no podrá sacar más información del mercenario y decide pegarle un tiro, sin embargo un profesional a veces sabe leer la cara de su adversario como si fuera un libro, y el mercenario logra anticiparse dejando fuera de combate a Donald de un certero disparo. Aún así un tiroteo de tres contra uno en un espacio cerrado sólo puede acabar de una forma. Una vez muerto el mercenario, el balance son dos heridos, uno de ellos grave, y otro descalabrado abajo que trata de salir torpemente del contenedor de basura en el que ha caído (y que probablemente le ha salvado la vida).
Tras el encuentro con el mercenario, salieron del edificio ruinoso con Donald a cuestas y se dirigieron a la Mansión Donald, una casa de estilo colonial que conoció tiempos mejores (como todo) situada en un antiguo barrio adinerado. Allí el grupo se lame las heridas como puede. Pese al escalofrío y la repulsión que le provoca aquél lugar, Mark necesita la pasta, y si el patrón muere, no hay dinero.

Tom, el hermano de Mark, se largó al día siguiente del evento. Fue un bonito reencuentro, pero sus días de aventuras han terminado: durante el mes pasado consiguió un empleo estable como mecánico en un taller, algo que siempre se le dio bien. No hay tanta emoción, pero tampoco tanto riesgo. Les invita a que si algún día necesitan un buen mecánico se pasen por allí.
Por su parte Sarya no tuvo tanta suerte: su estado fue empeorando día a día. Las mordeduras que sufrió en las alcantarillas no acababan de cerrarse y supuraban continuamente. El disparo que recibió no ayudó mucho. En tan delicado estado Mark no se atrevió a moverla para tratar de reintroducirla en la ciudad. Como tampoco conoce la zona no tuvo suerte en encontrar un médico, y él mismo no estaba para muchos trotes, por lo que tras varios días luchando contra la infección sucedió lo inevitable. Durante todo este tiempo, Donald la observó con la avidez de quien ve madurar un fruto día a día.
Ha pasado casi una semana y la situación ha cambiado bastante: ahora sólo quedan dos miembros en el grupo y un cadáver. A Mark, influido por la atmósfera de la morada de Donald, se le ocurre una idea: convertir el cuerpo de Sarya en filetes y venderlos para sacar algo de pasta. Antes de que termine de pronunciar su idea, Donald ya está trinchando el pavo con cara de sádico. Es un tipo realmente inquietante.
Durante la operación reciben una visita inesperada: un recadero de Andolini viene a informarse de cómo andan las pesquisas de Donald, el cual logra despacharlo con facilidad, convenciéndole de que todo va viento en popa. El pobre mensajero, tiene tanto miedo de su jefe como del tipo que tiene delante, por lo que decide marcharse con la promesa de próximas noticias por parte de Donald.
Los compañeros terminan de deshuesar el cuerpo de Sarya y logran sacar casi 35 Kg de carne de la fornida ladrona, una vez separadas vísceras, huesos y otras partes poco aprovechables. Luego lo meten todo en un chorreante saco y salen a la calle con total indolencia al más puro estilo de Mr Croup & Mr Vandemar.
Es medio día y ambos compañeros deciden que para el trabajo que les ocupa necesitarán reclutar a gente, así que deciden probar en un garito con pinta bastante chunga, y de paso intentar vender los restos de Sarya. El lúgubre antro parece un lugar bastante inseguro, incluso en los tiempos que corren, sin embargo nadie parece echar mucha cuenta de los recién llegados. Ni siquiera los matones de la puerta les dirigen una segunda mirada; estos dos tipos allí son gente “normal”, y el hecho de que lleven al hombro un saco ensangrentado tampoco despierta mucho interés. Tratan de vender su mercancía al dueño del antro, haciéndola pasar por carne de rata y perro, pero éste no les ofrece mucho a pesar de que parece bastante fresca. Al no llegar a un acuerdo los personajes pasan de él y buscan entre los parroquianos alguien con suficiente pinta de marronero sin escrúpulos como para contratarle para el trabajo. Se fijan en un negro (o ciudadano de color postapocalíptico) con pinta de macarra que devora con avidez un negruzco filete sentado en un rincón. La extraña pareja se acerca sin recordar aquello de “no molestes a un animal mientras está comiendo” y comienzan a proponerle su trato sin dar muchos detalles (es decir, sin pronunciar las palabras “Wachovsky”, “Andolini” o “niños”), logrando despertar su interés. Las pintas de bien vestido de Donald hacen que el tipo, que resulta llamarse Jason, fije una tarifa bastante alta por conseguirles un par de secuaces para el “trabajillo”, con lo que comienza el regateo. Al final el matón aceptará el saco carne (“de rata y perro”) a cambio de conseguir a dos sicarios. Quedan para la tarde y le dejan allí acabándose el almuerzo. En el garito encontraron a un tipo que canjeó a Donald la tarjeta de ciudadano del mercenario muerto y cien generosos pavos a cambio de otra tarjeta de ciudadano cuya foto se parecía más a la del personaje. Al salir del garito, un tipo les aborda. Se presenta como Mike Carnby y muestra su interés por la mercancía que llevan. Tras comprobar que es fresca, les hace una buena oferta, y les ofrece comprarles futuros paquetes de similar calidad. Tras unos momentos de duda, el dúo le vende el saco a Carnby por 500 pavos. Los personajes están ahora sin nada con lo que comerciar con Jason, pero piensan que ya saldrán del paso, y se dirigen a la zona de naves y talleres que ya conoce Mark. La única pista conduce al mercado o al polígono, así que se dirigen a éste último. Allí recogen el coche de Mark del taller de Dwight y comienzan a preguntar por McGregor sin demasiado éxito. Los tres chatarreros de la zona: Dwight, Samson y O’neil han contratado hombres armados desde los ataques de hace un mes, sin embargo sólo O’neil sufre ataques últimamente. O’neil recibe a estos pintorescos tipos con sus malas pulgas y su pinta de mafioso habituales. Cuando Donald le enseña una foto raída de McGregor, O´neil niega conocerlo, aunque conoce el asunto de la recompensa. Donald cree que no es del todo sincero. Un último vistazo al taller y a sus guardias les da una idea de cómo ha ido la cosa en las últimas semanas: en un mes el número de guardias contratados ha aumentado a ocho, y son caras nuevas, aunque el jefe de seguridad parece ser el mismo de la última vez: un tipo enigmático embozado como un nómada del desierto que suele observarlo todo con calma apoyado en la barandilla del piso de oficinas. Por el taller se observan impactos de bala, y alguno de los guardias muestra heridas menores. Parece que O’neil tiene movida últimamente. Antes de irse, Mark hace recordar a O´neil su última visita, y la habitual mala cara del chatarrero pasa a ser más calmada pero definitivamente más peligrosa. En efecto, se acuerda de Mark, y la despedida no es muy amistosa:
“-Ya nos veremos... (mirada de odio)
-Puedes apostarlo... (sonrisa de tiburón)”
Los compañeros abandonan el taller de O´neil y preguntan en el de Sansom, el cual mantiene su rostro jovial de siempre. También ha contratado protección, pero no ha sufrido ataques aún, y tampoco parece sonarle la cara de McGregor. Al preguntarle sobre O’neil les dice que es un tipo con pocos escrúpulos, pero aparte de eso no le consta que esté metido en nada sucio, aunque no pueda jurarlo.
Al salir de allí, Donald vuelve a echar un último vistazo al taller de O’neil, y Mark ve pasar un camión de una banda de carroñeros con la que tiene una vieja rencilla, y decide que es buen momento para saldarla, sólo son cinco. En el último momento Donald le hace desistir de su ataque frontal y deciden esperar. El camión entra en la nave de O´neil para vender su mercancía y los compañeros se acercan por la puerta trasera, se asoman y piden al primer mecánico que ven que llame a su jefe, pues tienen algo que contarle (aún no recuerdo qué), sin embargo interrumpir un acalorado regateo entre un tipo con aspiraciones de mafioso y un carroñero no suele ser buena idea, y O’neil, apenas vuelve a verles los echa de allí.
La extraña pareja se dirige entonces a casa del Dr Jackson, para ver si él ha oído algo del asunto de los niños y el mercenario desaparecido. El Dr no sabe más que la gente de la calle, pero acepta presentarles al tipo que le vende la morfina para las operaciones; quizá él sepa algo más. Los tres salen una vez más rumbo a la zona insegura de la ciudad, donde el Dr les presenta a su camello, un tipo con la cabeza rapada y una argolla en la nariz que se hace llamar Johnny. Tras una generosa propina les hace de soplón y les cuenta que la noche del tiroteo en casa de los Wachovsky dos chorizos callejeros vieron a un tipo salir cojeando ligeramente con dos niños. Lo siguieron con la intención de “darle el palo”, pero el tipo llevaba un fusil de asalto a la espalda y se movía por las calles con soltura y rapidez pese a su cojera. No parecía una presa fácil. Le siguieron hasta un barrio donde viven comúnmente obreros que trabajan para la ciudad y le perdieron la pista cerca de uno de los bloques de pisos. Estos pisos siempre tienen vigilancia armada a cargo de los propios vecinos, por lo que deducen que conocía a los guardias o bien los sobornó.
Con esta otra pista sólida, los compañeros montaron de nuevo en el coche. Recogerían a sus esbirros reclutados esa tarde y planearían acercarse por allí, pero... ahora no tenían con qué pagarles así que de vuelta a casa del Dr., aún por la ciudad ruinosa, dieron un pequeño rodeo buscando a alguien... y lo encontraron: al primer pobre mendigo que encontraron en un callejón Donald lo mató de un tiro en la espalda con su mágnum, ante los atónitos ojos del Dr., tras lo cual el siniestro tipo se acercó al cadáver con los ojos desencajados y la boca entreabierta, y hundiendo las manos en la sangre del pobre diablo comenzó a entrar en trance con los ojos en blanco. El Dr. bajó del coche y salió corriendo perdiéndose por las calles, y Mark estuvo a punto de hacer lo mismo. Una bonita forma de perder un buen contacto por frecuentar malas compañías...
Echaron el cadáver al maletero y se dirigieron a casa de Donald a “trinchar el pavo”. Debía ser media tarde cuando, terminada la sucia tarea, decidieron inspeccionar las casas cercanas en busca de cualquier cosa útil, sin embargo la zona parece bastante saqueada. Ya había anochecido cuando registrando una de las casa, un animal atacó a Mark. Parecía tener cola de rata, pero con ese tamaño difícilmente podía ser ese roedor. El rifle de asalto de Mark no resultó ser muy útil en combate cerrado. Mientras forcejeaba en la oscuridad, Donald decidió intervenir: abrió fuego con su pistola descargando un certero disparo... sobre el sufrido carroñero, que quedó medio muerto. El bicho decidió que ya había mordido bastante y se perdió en la oscuridad, dejando a Mark con la duda de si perseguirlo o directamente volarle la cabeza a Donald.
El carroñero necesitaba atención médica, así que Donald lo ingresó en el hospital y dejó a los profesionales hacer. Le quedan un par de días por delante antes de que la herida de Mark estuviera lo suficientemente cosida como para volver a meterlo en “fregaos”, así que se acerca al barrio donde se vio por última vez al mercenario. Dejando su arma en la puerta le permiten entrar y comienza a preguntar por McGregor, foto en mano. Los vecinos de la zona desconocen al tipo y le sugieren que pregunte al jefe de la comunidad, que vive en el bajo. Conforme más rato pasa por allí, más angustiado y asqueado se siente Donald. En el patio del edificio crece algo de vegetación verde, incluso un pequeño árbol. Le parece que hace siglos que no ve una planta verde, sin embargo eso lo angustia aún más. Llama a la puerta del jefe de la comuna sintiendo verdadero asco, pero el tipo no está dispuesto a recibirle y le insta a que vuelva por la tarde, cuando se reúnen para orar por la madre Tierra. Aquello hizo entender a Donald el porqué de sus sensaciones: el tipo era un chamán, uno de esos curanderos de la mami tierra y todo eso. Lo que faltaba. Apretó los dientes y volvió a llamar a la puerta, sabiendo a lo que se exponía. Esta vez el tipo entreabrió la puerta dejando la cadena puesta. Podía tener unos cincuenta años, pero se le veía vigoroso, y fugazmente pudo entrever el salón de la casa, donde sentados a la mesa le pareció ver lo que bien podían ser sus hijos, o bien su objetivo. Donald le puso delante la foto de Macgregor y preguntó una vez más por el mercenario. El santón negó conocerle, pero entonces se le encendió el rostro: acababa de reconocer lo que Donald era: un nigromante, y comenzó a echarlo al grito de “¡¡Aberración!!” “¡Los engendros como tú son un insulto a Gaia!” al tiempo que no atinaba a abrir la puerta del todo mientras los vecinos se iban asomando por la escalera. Donald decidió que era buen momento para salir de allí. Con paso tranquilo pero apresurado salió de allí lo más dignamente que pudo ante las atónitas miradas de la vecindad que se dividían entre su vociferante chamán y él. Con el embrollo olvidó recoger su arma al salir, aunque quizá no habría sido buena idea. Donald da un par de vueltas por la zona y descubre una pared alta pero de bloques cerámicos con huecos, que la hacen escalable. La pared da al patio del chamán, lo que le hace pensar en un plan.
Tras esto va a ver a su contacto con Andolini: Giuseppe. Una vez más en zona peligrosa, se dirigió a un garito de la parte Oeste llamado “La torre inclinada”. El antro aún conserva su aire italiano, sin embargo no huele a mozzarella ni de lejos; puede que las cosas les vayan bien, pero no tanto. Giusseppe esperaba que Donald ya hubiera “solucionado” el asunto, pero en vez de eso, se acerca para pedirle colaboradores y decirle que tenía localizados a los niños. Giusseppe no parece nada conforme con este retraso y sabe que Andolini anda impaciente con el tema, y además se niega a un asalto ruidoso: le contrataron a él por que era discreto. Aún así Donald consigue cierta colaboración: dentro de dos noches las patrullas militares no pasarán por la zona. Además Guisseppe vende a Donald un pequeño revólver a precio de oro, como “favor especial”.
Al día siguiente Donald se acerca de nuevo al garito donde conoció a Jason, y vuelve a encontrar al tiparraco en el mismo sitio sobre la misma hora. Allí logra llegar a un acuerdo otra vez dando a cambio la carne del mendigo, que tras dos días empieza a oler un poco. Deja transcurrir otro día y saca a Mark del hospital, el cual se larga sin pagar en un descuido, y sin estar curado del todo. La pareja se reúne de nuevo con Jason, el cual viene con dos tipos con la misma pinta de negro marronero que él. Uno de ellos se marcha con la carne, y Jason y el otro aceptan acompañar a Mark y Donald.
Aparcan cerca del bloque y esperan a que anochezca, tras lo cual evalúan las entradas y deciden escalar la pared que da al patio del hechicero. La pared es fácil de escalar, aunque muy alta: llega hasta la cuarta planta y luego baja hasta el patio interior. El patio es como un pequeño oasis dentro de ese mundo: crecen plantas verdes en pequeñas jardineras y un árbol en el centro, similar al del otro patio. Una vez dentro, la puerta que da a la casa está abierta y entran lo más sigilosamente que pueden. La niña parece estar despierta y comienza a preguntar “¿Quién es? ¿Maestro? Víctor, despierta, creo que el maestro se ha levantado”, tras lo cual no se oye nada más, pero tampoco ha dado la alarma. Donald llama con susurros a uno de los niños “Víctor… Víctor…” lo cual debió provocar en el niño cualquier cosa menos ganas de acercarse. Los cuatro intrusos atraviesan la oscura cocina hacia los dormitorios, con la única linterna de Donald como guía… cuando uno de los matones tropieza con algo en la oscuridad y deja caer unos cacharros al suelo, despertando a todo el mundo. La voz del hechicero comienza a gritar “¿Quién anda ahí?”, pero ambos hechiceros opuestos son capaces de sentirse sin verse, y un segundo después comienza bramar “¡¡Aberración, debí matarte cuando te tuve delante!!” El nigromante manda a un pandillero a que se ocupe del chamán mientras él, inteligentemente, cuida la puerta de salida al bloque, con Jason cerca por si acaso. Mientras, Mark se lanza machete en mano a la habitación de los niños con la idea de abrirles el cuello.
El primer matón entra en lo que suponen la habitación del chamán fusil en ristre, pero apenas entra, una gigantesca llamarada ilumina toda la casa y el matón sale del dormitorio gritando envuelto en llamas y se dirige a trompicones al jardín donde se revuelca por el suelo en un inútil intento de apagar su cuerpo incendiado mientras grita como un cerdo. Tras él, sale de la habitación el hechicero, linterna en mano soltando imprecaciones, por lo que Donald y Jason deciden cargar a machete contra él, comenzando un ruidoso forcejeo en el pasillo. Por su parte, Mark encuentra la habitación de los niños vacía, por lo que comienza a registrar el armario furiosamente, a rajar los colchones y a mirar debajo de las camas. Al no encontrar nada levanta los somieres enteros y debajo de uno de ellos encuentra una pequeña trampilla con la puerta corredera abierta. Sin pensárselo se mete por el negro agujero. Debajo todo está oscuro. Trata de escuchar y cree oír pasos a su derecha, y ruido de agua, pero no logra localizarlos. Avanza a tientas tropezando y llega a una pared de la estancia en la que acaba descubriendo un agujero que parece dar a otro túnel.
En el piso superior, los contendientes demuestran que están más versados en el lanzamiento de hechizos y el manejo de armas de fuego que en combate cuerpo a cuerpo. Durante el forcejeo el chamán parece canturrear algo, pero nada ocurre. Donald no puede echar mano de su poder sin acabar con la vida de alguien o algo, así que siguen lanzando machetazos en la oscuridad mientras alguien empieza a porracear la puerta que da al bloque: “¡Maestro, Maestro! ¿Qué ocurre?”. Los vecinos de guardia han acudido al grito de “Aberración, aberración” de su líder. Donald decide ir a echar una mano a Mark y dejar que el matón se ocupe del hechicero loco, pero apenas se separa de ellos, el matón suelta un último machetazo fallido y dice “Tío, esto es una puta mierda, esto no estaba en el trato”, y se larga al patio. Comienza a trapear por la pared por la que entraron, sin hacer mucho caso del tizón ardiente que es ahora su antiguo colega.
Donald descubre la trampilla y desciende al sótano, iluminando la estancia. Allí hay muebles viejos y cajas apiladas con lo que parece ropa raída. Nada útil a simple vista. Después ilumina el agujero en la pared, junto a Mark, y ven que se trata de una salida al alcantarillado. Arriba, los vecinos han conseguido echar abajo la puerta y varios focos de linterna pueden verse por el agujero del techo…


