lunes, 14 de julio de 2008

Un tipo siniestro y un trabajo sin terminar

Tras su aventura por las alcantarillas, Jurgen y Sarya fueron llevados rápidamente al hospital, pero no fueron tratados como un paciente normal, sino internados en una unidad de aislamiento biológico, donde se les hicieron todo tipo de pruebas y estudios, de cuyos resultados no fueron en absoluto informados. Pasados unos días, Sarya, harta de hacer de cobaya, se largó una noche.

Mark, por su parte, vagaba por el mercado buscando algo que hacer cuando tuvo un encuentro inesperado: su hermano Tom, integrante de su antigua banda seguía vivo. De alguna forma logró escapar de la emboscada en los yermos y llegar a la ciudad. Ambos hermanos se alegraron de verse, y en eso estaban cuando se les acercó un siniestro personaje con pinta de mafioso que se presentó como Donald D. Hernández y les propuso trabajar para él como ayudantes para un “encargo especial”. Aquello olía a bronca y los violentos carroñeros no lo dudaron mucho, y tras un pequeño regateo llegaron a un acuerdo con el tipo. Mientras cerraban el trato, un pequeño tumulto entre los tenderetes llamó su atención: era Sarya. Tras escaparse del hospital había salido del perímetro urbano seguro y vagó por la parte Sur de la ciudad medio muerta de hambre, inspeccionó su antiguo refugio, pero éste seguía invadido de pandilleros y gente de baja calaña, así que reentró en la ciudad a través de las alcantarillas y trató de robar algo para comer, sin mucho éxito. Sarya no tenía buena cara, pero al menos el grupo volvía a estar casi completo (a falta de Jurgen).

Reunido el variopinto grupo, Donald les dio más detalles del trabajo: la guerra entre dos importantes familias de traficantes de la zona Sur, Wachovsky y Andolini, parece haber acabado cuando Tony Andolini consiguió localizar el escondite de Wachovsky y mandó un grupo de mercenarios para que acabaran con él y con su familia... sin embargo algo salió mal y el trabajo quedó a medias: cuando los mercenarios acabaron con Wachovsky y su mujer, uno de ellos, un veterano llamado Arnold McGregor, en un alarde sentimental decidió que matar a los dos pequeños hijos de matrimonio era demasiado sucio incluso en unos días de mierda como los que corren. Su decisión le enfrentó al resto de su grupo, y en un segundo tiroteo acabó con los tres mercenarios que le acompañaban y desapareció con los dos niños: Víctor y Tamara, de catorce y ocho años. Ahora los tres tienen precio por sus cabezas. El gremio de mercenarios ofrece una recompensa por la cabeza de McGregor, pues traicionar un encargo va contra el código del gremio. Por su parte, Andolini quiere acabar su particular vendetta contra Wachovsky, para lo cual esta vez ha contratado a un tipo más sutil que un grupo de mercenarios y realmente sin escrúpulos. Ése es Donald (o debería serlo). El pequeño Víctor Wachovsky, con sólo catorce años parece ser un chico avispado, y Andolini teme que se convierta en un “capo precoz”.

El grupo comienza su investigación fuera del perímetro de seguridad militar, donde los traficantes operan con mayor impunidad. Comienzan preguntando a un viejo contacto de Donald en un antro de mala muerte apodado alque se conoce como la taberna del perro ahorcado (de hecho suele tener el cadáver seco de un perro colgando en la puerta, salvo cuando alguien hambriento lo roba).
Comienzan sus pesquisas sin suerte. La gente parece tener miedo de hablar de una u otra familia, y lo único que sacan en claro es que pese a la decapitación del clan Wachovsky, su actividad continúa, y aunque la guerra entre ambos traficantes parece haber amainado, sigue sin haber un claro vencedor en todo esto. Mientras Donald habla, se percata de que alguien en el bar les está escuchando y se encara con él, sin embargo el tipo se hace el loco. Al poco, mientras el grupo sigue tratando de sonsacar algo del contacto de Donald, el tipo que parecía estar escuchando sale del garito, y el grupo decide seguirlo a cierta distancia por las calles desiertas y ruinosas. El tipo acaba entrando en lo que fue un edificio de apartamentos y se mete en uno del segundo piso. Parece que ha habilitado ahí su refugio, y los personajes deciden asaltarlo por la fuerza, sin embargo la sutileza no es el punto fuerte del grupo y se entabla un tiroteo a través de la puerta en el que Sarya resulta herida. Entran en tromba en el piso a tiempo de ver cómo el tipo escapa por la ventana descolgándose por una cuerda prevista para tal efecto. Mark comienza a izarlo de nuevo hacia arriba, de forma que el tipo se suela por una ventana del primer piso. Sarya, Tom y Donald salen disparados escaleras abajo para pillarlo de una vez, mientras a Mark se le ocurre la genialidad de descolgarse por la cuerda y pillarlo por el otro lado. Cuando los tres compañeros llegan al piso de abajo, se produce una tensa escena (al estilo película de John Woo) en la que todos, armas en alto dialogan momentáneamente: el tipo se llama Peter Randall y es un mercenario freelance que anda buscando a McGregor por la recompensa. Bajo la presión confiesa que la única pista que ha conseguido hasta ahora es que el mercenario traidor podría haber buscado trabajo como guardaespaldas por la zona comercial o las naves del polígono. En medio de la tensión se escucha un alarido, algo enorme pasa cayendo frente a la ventana y cayendo con gran estruendo a la calle. Se trataba de Mark, que convertido en una especie de “Supercoco” postapocalíptico acababa de aprender su primera lección de alpinismo: si no sabes, no lo intentes. Tras unos momentos de estupefacción, Donald se da cuenta de que no podrá sacar más información del mercenario y decide pegarle un tiro, sin embargo un profesional a veces sabe leer la cara de su adversario como si fuera un libro, y el mercenario logra anticiparse dejando fuera de combate a Donald de un certero disparo. Aún así un tiroteo de tres contra uno en un espacio cerrado sólo puede acabar de una forma. Una vez muerto el mercenario, el balance son dos heridos, uno de ellos grave, y otro descalabrado abajo que trata de salir torpemente del contenedor de basura en el que ha caído (y que probablemente le ha salvado la vida).

Tras el encuentro con el mercenario, salieron del edificio ruinoso con Donald a cuestas y se dirigieron a la Mansión Donald, una casa de estilo colonial que conoció tiempos mejores (como todo) situada en un antiguo barrio adinerado. Allí el grupo se lame las heridas como puede. Pese al escalofrío y la repulsión que le provoca aquél lugar, Mark necesita la pasta, y si el patrón muere, no hay dinero.


Tom, el hermano de Mark, se largó al día siguiente del evento. Fue un bonito reencuentro, pero sus días de aventuras han terminado: durante el mes pasado consiguió un empleo estable como mecánico en un taller, algo que siempre se le dio bien. No hay tanta emoción, pero tampoco tanto riesgo. Les invita a que si algún día necesitan un buen mecánico se pasen por allí.
Por su parte Sarya no tuvo tanta suerte: su estado fue empeorando día a día. Las mordeduras que sufrió en las alcantarillas no acababan de cerrarse y supuraban continuamente. El disparo que recibió no ayudó mucho. En tan delicado estado Mark no se atrevió a moverla para tratar de reintroducirla en la ciudad. Como tampoco conoce la zona no tuvo suerte en encontrar un médico, y él mismo no estaba para muchos trotes, por lo que tras varios días luchando contra la infección sucedió lo inevitable. Durante todo este tiempo, Donald la observó con la avidez de quien ve madurar un fruto día a día.
Ha pasado casi una semana y la situación ha cambiado bastante: ahora sólo quedan dos miembros en el grupo y un cadáver. A Mark, influido por la atmósfera de la morada de Donald, se le ocurre una idea: convertir el cuerpo de Sarya en filetes y venderlos para sacar algo de pasta. Antes de que termine de pronunciar su idea, Donald ya está trinchando el pavo con cara de sádico. Es un tipo realmente inquietante.
Durante la operación reciben una visita inesperada: un recadero de Andolini viene a informarse de cómo andan las pesquisas de Donald, el cual logra despacharlo con facilidad, convenciéndole de que todo va viento en popa. El pobre mensajero, tiene tanto miedo de su jefe como del tipo que tiene delante, por lo que decide marcharse con la promesa de próximas noticias por parte de Donald.

Los compañeros terminan de deshuesar el cuerpo de Sarya y logran sacar casi 35 Kg de carne de la fornida ladrona, una vez separadas vísceras, huesos y otras partes poco aprovechables. Luego lo meten todo en un chorreante saco y salen a la calle con total indolencia al más puro estilo de Mr Croup & Mr Vandemar.

Es medio día y ambos compañeros deciden que para el trabajo que les ocupa necesitarán reclutar a gente, así que deciden probar en un garito con pinta bastante chunga, y de paso intentar vender los restos de Sarya. El lúgubre antro parece un lugar bastante inseguro, incluso en los tiempos que corren, sin embargo nadie parece echar mucha cuenta de los recién llegados. Ni siquiera los matones de la puerta les dirigen una segunda mirada; estos dos tipos allí son gente “normal”, y el hecho de que lleven al hombro un saco ensangrentado tampoco despierta mucho interés. Tratan de vender su mercancía al dueño del antro, haciéndola pasar por carne de rata y perro, pero éste no les ofrece mucho a pesar de que parece bastante fresca. Al no llegar a un acuerdo los personajes pasan de él y buscan entre los parroquianos alguien con suficiente pinta de marronero sin escrúpulos como para contratarle para el trabajo. Se fijan en un negro (o ciudadano de color postapocalíptico) con pinta de macarra que devora con avidez un negruzco filete sentado en un rincón. La extraña pareja se acerca sin recordar aquello de “no molestes a un animal mientras está comiendo” y comienzan a proponerle su trato sin dar muchos detalles (es decir, sin pronunciar las palabras “Wachovsky”, “Andolini” o “niños”), logrando despertar su interés. Las pintas de bien vestido de Donald hacen que el tipo, que resulta llamarse Jason, fije una tarifa bastante alta por conseguirles un par de secuaces para el “trabajillo”, con lo que comienza el regateo. Al final el matón aceptará el saco carne (“de rata y perro”) a cambio de conseguir a dos sicarios. Quedan para la tarde y le dejan allí acabándose el almuerzo. En el garito encontraron a un tipo que canjeó a Donald la tarjeta de ciudadano del mercenario muerto y cien generosos pavos a cambio de otra tarjeta de ciudadano cuya foto se parecía más a la del personaje. Al salir del garito, un tipo les aborda. Se presenta como Mike Carnby y muestra su interés por la mercancía que llevan. Tras comprobar que es fresca, les hace una buena oferta, y les ofrece comprarles futuros paquetes de similar calidad. Tras unos momentos de duda, el dúo le vende el saco a Carnby por 500 pavos. Los personajes están ahora sin nada con lo que comerciar con Jason, pero piensan que ya saldrán del paso, y se dirigen a la zona de naves y talleres que ya conoce Mark. La única pista conduce al mercado o al polígono, así que se dirigen a éste último. Allí recogen el coche de Mark del taller de Dwight y comienzan a preguntar por McGregor sin demasiado éxito. Los tres chatarreros de la zona: Dwight, Samson y O’neil han contratado hombres armados desde los ataques de hace un mes, sin embargo sólo O’neil sufre ataques últimamente. O’neil recibe a estos pintorescos tipos con sus malas pulgas y su pinta de mafioso habituales. Cuando Donald le enseña una foto raída de McGregor, O´neil niega conocerlo, aunque conoce el asunto de la recompensa. Donald cree que no es del todo sincero. Un último vistazo al taller y a sus guardias les da una idea de cómo ha ido la cosa en las últimas semanas: en un mes el número de guardias contratados ha aumentado a ocho, y son caras nuevas, aunque el jefe de seguridad parece ser el mismo de la última vez: un tipo enigmático embozado como un nómada del desierto que suele observarlo todo con calma apoyado en la barandilla del piso de oficinas. Por el taller se observan impactos de bala, y alguno de los guardias muestra heridas menores. Parece que O’neil tiene movida últimamente. Antes de irse, Mark hace recordar a O´neil su última visita, y la habitual mala cara del chatarrero pasa a ser más calmada pero definitivamente más peligrosa. En efecto, se acuerda de Mark, y la despedida no es muy amistosa:

“-Ya nos veremos... (mirada de odio)
-Puedes apostarlo... (sonrisa de tiburón)”

Los compañeros abandonan el taller de O´neil y preguntan en el de Sansom, el cual mantiene su rostro jovial de siempre. También ha contratado protección, pero no ha sufrido ataques aún, y tampoco parece sonarle la cara de McGregor. Al preguntarle sobre O’neil les dice que es un tipo con pocos escrúpulos, pero aparte de eso no le consta que esté metido en nada sucio, aunque no pueda jurarlo.
Al salir de allí, Donald vuelve a echar un último vistazo al taller de O’neil, y Mark ve pasar un camión de una banda de carroñeros con la que tiene una vieja rencilla, y decide que es buen momento para saldarla, sólo son cinco. En el último momento Donald le hace desistir de su ataque frontal y deciden esperar. El camión entra en la nave de O´neil para vender su mercancía y los compañeros se acercan por la puerta trasera, se asoman y piden al primer mecánico que ven que llame a su jefe, pues tienen algo que contarle (aún no recuerdo qué), sin embargo interrumpir un acalorado regateo entre un tipo con aspiraciones de mafioso y un carroñero no suele ser buena idea, y O’neil, apenas vuelve a verles los echa de allí.

La extraña pareja se dirige entonces a casa del Dr Jackson, para ver si él ha oído algo del asunto de los niños y el mercenario desaparecido. El Dr no sabe más que la gente de la calle, pero acepta presentarles al tipo que le vende la morfina para las operaciones; quizá él sepa algo más. Los tres salen una vez más rumbo a la zona insegura de la ciudad, donde el Dr les presenta a su camello, un tipo con la cabeza rapada y una argolla en la nariz que se hace llamar Johnny. Tras una generosa propina les hace de soplón y les cuenta que la noche del tiroteo en casa de los Wachovsky dos chorizos callejeros vieron a un tipo salir cojeando ligeramente con dos niños. Lo siguieron con la intención de “darle el palo”, pero el tipo llevaba un fusil de asalto a la espalda y se movía por las calles con soltura y rapidez pese a su cojera. No parecía una presa fácil. Le siguieron hasta un barrio donde viven comúnmente obreros que trabajan para la ciudad y le perdieron la pista cerca de uno de los bloques de pisos. Estos pisos siempre tienen vigilancia armada a cargo de los propios vecinos, por lo que deducen que conocía a los guardias o bien los sobornó.
Con esta otra pista sólida, los compañeros montaron de nuevo en el coche. Recogerían a sus esbirros reclutados esa tarde y planearían acercarse por allí, pero... ahora no tenían con qué pagarles así que de vuelta a casa del Dr., aún por la ciudad ruinosa, dieron un pequeño rodeo buscando a alguien... y lo encontraron: al primer pobre mendigo que encontraron en un callejón Donald lo mató de un tiro en la espalda con su mágnum, ante los atónitos ojos del Dr., tras lo cual el siniestro tipo se acercó al cadáver con los ojos desencajados y la boca entreabierta, y hundiendo las manos en la sangre del pobre diablo comenzó a entrar en trance con los ojos en blanco. El Dr. bajó del coche y salió corriendo perdiéndose por las calles, y Mark estuvo a punto de hacer lo mismo. Una bonita forma de perder un buen contacto por frecuentar malas compañías...
Echaron el cadáver al maletero y se dirigieron a casa de Donald a “trinchar el pavo”. Debía ser media tarde cuando, terminada la sucia tarea, decidieron inspeccionar las casas cercanas en busca de cualquier cosa útil, sin embargo la zona parece bastante saqueada. Ya había anochecido cuando registrando una de las casa, un animal atacó a Mark. Parecía tener cola de rata, pero con ese tamaño difícilmente podía ser ese roedor. El rifle de asalto de Mark no resultó ser muy útil en combate cerrado. Mientras forcejeaba en la oscuridad, Donald decidió intervenir: abrió fuego con su pistola descargando un certero disparo... sobre el sufrido carroñero, que quedó medio muerto. El bicho decidió que ya había mordido bastante y se perdió en la oscuridad, dejando a Mark con la duda de si perseguirlo o directamente volarle la cabeza a Donald.

El carroñero necesitaba atención médica, así que Donald lo ingresó en el hospital y dejó a los profesionales hacer. Le quedan un par de días por delante antes de que la herida de Mark estuviera lo suficientemente cosida como para volver a meterlo en “fregaos”, así que se acerca al barrio donde se vio por última vez al mercenario. Dejando su arma en la puerta le permiten entrar y comienza a preguntar por McGregor, foto en mano. Los vecinos de la zona desconocen al tipo y le sugieren que pregunte al jefe de la comunidad, que vive en el bajo. Conforme más rato pasa por allí, más angustiado y asqueado se siente Donald. En el patio del edificio crece algo de vegetación verde, incluso un pequeño árbol. Le parece que hace siglos que no ve una planta verde, sin embargo eso lo angustia aún más. Llama a la puerta del jefe de la comuna sintiendo verdadero asco, pero el tipo no está dispuesto a recibirle y le insta a que vuelva por la tarde, cuando se reúnen para orar por la madre Tierra. Aquello hizo entender a Donald el porqué de sus sensaciones: el tipo era un chamán, uno de esos curanderos de la mami tierra y todo eso. Lo que faltaba. Apretó los dientes y volvió a llamar a la puerta, sabiendo a lo que se exponía. Esta vez el tipo entreabrió la puerta dejando la cadena puesta. Podía tener unos cincuenta años, pero se le veía vigoroso, y fugazmente pudo entrever el salón de la casa, donde sentados a la mesa le pareció ver lo que bien podían ser sus hijos, o bien su objetivo. Donald le puso delante la foto de Macgregor y preguntó una vez más por el mercenario. El santón negó conocerle, pero entonces se le encendió el rostro: acababa de reconocer lo que Donald era: un nigromante, y comenzó a echarlo al grito de “¡¡Aberración!!” “¡Los engendros como tú son un insulto a Gaia!” al tiempo que no atinaba a abrir la puerta del todo mientras los vecinos se iban asomando por la escalera. Donald decidió que era buen momento para salir de allí. Con paso tranquilo pero apresurado salió de allí lo más dignamente que pudo ante las atónitas miradas de la vecindad que se dividían entre su vociferante chamán y él. Con el embrollo olvidó recoger su arma al salir, aunque quizá no habría sido buena idea. Donald da un par de vueltas por la zona y descubre una pared alta pero de bloques cerámicos con huecos, que la hacen escalable. La pared da al patio del chamán, lo que le hace pensar en un plan.

Tras esto va a ver a su contacto con Andolini: Giuseppe. Una vez más en zona peligrosa, se dirigió a un garito de la parte Oeste llamado “La torre inclinada”. El antro aún conserva su aire italiano, sin embargo no huele a mozzarella ni de lejos; puede que las cosas les vayan bien, pero no tanto. Giusseppe esperaba que Donald ya hubiera “solucionado” el asunto, pero en vez de eso, se acerca para pedirle colaboradores y decirle que tenía localizados a los niños. Giusseppe no parece nada conforme con este retraso y sabe que Andolini anda impaciente con el tema, y además se niega a un asalto ruidoso: le contrataron a él por que era discreto. Aún así Donald consigue cierta colaboración: dentro de dos noches las patrullas militares no pasarán por la zona. Además Guisseppe vende a Donald un pequeño revólver a precio de oro, como “favor especial”.
Al día siguiente Donald se acerca de nuevo al garito donde conoció a Jason, y vuelve a encontrar al tiparraco en el mismo sitio sobre la misma hora. Allí logra llegar a un acuerdo otra vez dando a cambio la carne del mendigo, que tras dos días empieza a oler un poco. Deja transcurrir otro día y saca a Mark del hospital, el cual se larga sin pagar en un descuido, y sin estar curado del todo. La pareja se reúne de nuevo con Jason, el cual viene con dos tipos con la misma pinta de negro marronero que él. Uno de ellos se marcha con la carne, y Jason y el otro aceptan acompañar a Mark y Donald.
Aparcan cerca del bloque y esperan a que anochezca, tras lo cual evalúan las entradas y deciden escalar la pared que da al patio del hechicero. La pared es fácil de escalar, aunque muy alta: llega hasta la cuarta planta y luego baja hasta el patio interior. El patio es como un pequeño oasis dentro de ese mundo: crecen plantas verdes en pequeñas jardineras y un árbol en el centro, similar al del otro patio. Una vez dentro, la puerta que da a la casa está abierta y entran lo más sigilosamente que pueden. La niña parece estar despierta y comienza a preguntar “¿Quién es? ¿Maestro? Víctor, despierta, creo que el maestro se ha levantado”, tras lo cual no se oye nada más, pero tampoco ha dado la alarma. Donald llama con susurros a uno de los niños “Víctor… Víctor…” lo cual debió provocar en el niño cualquier cosa menos ganas de acercarse. Los cuatro intrusos atraviesan la oscura cocina hacia los dormitorios, con la única linterna de Donald como guía… cuando uno de los matones tropieza con algo en la oscuridad y deja caer unos cacharros al suelo, despertando a todo el mundo. La voz del hechicero comienza a gritar “¿Quién anda ahí?”, pero ambos hechiceros opuestos son capaces de sentirse sin verse, y un segundo después comienza bramar “¡¡Aberración, debí matarte cuando te tuve delante!!” El nigromante manda a un pandillero a que se ocupe del chamán mientras él, inteligentemente, cuida la puerta de salida al bloque, con Jason cerca por si acaso. Mientras, Mark se lanza machete en mano a la habitación de los niños con la idea de abrirles el cuello.
El primer matón entra en lo que suponen la habitación del chamán fusil en ristre, pero apenas entra, una gigantesca llamarada ilumina toda la casa y el matón sale del dormitorio gritando envuelto en llamas y se dirige a trompicones al jardín donde se revuelca por el suelo en un inútil intento de apagar su cuerpo incendiado mientras grita como un cerdo. Tras él, sale de la habitación el hechicero, linterna en mano soltando imprecaciones, por lo que Donald y Jason deciden cargar a machete contra él, comenzando un ruidoso forcejeo en el pasillo. Por su parte, Mark encuentra la habitación de los niños vacía, por lo que comienza a registrar el armario furiosamente, a rajar los colchones y a mirar debajo de las camas. Al no encontrar nada levanta los somieres enteros y debajo de uno de ellos encuentra una pequeña trampilla con la puerta corredera abierta. Sin pensárselo se mete por el negro agujero. Debajo todo está oscuro. Trata de escuchar y cree oír pasos a su derecha, y ruido de agua, pero no logra localizarlos. Avanza a tientas tropezando y llega a una pared de la estancia en la que acaba descubriendo un agujero que parece dar a otro túnel.
En el piso superior, los contendientes demuestran que están más versados en el lanzamiento de hechizos y el manejo de armas de fuego que en combate cuerpo a cuerpo. Durante el forcejeo el chamán parece canturrear algo, pero nada ocurre. Donald no puede echar mano de su poder sin acabar con la vida de alguien o algo, así que siguen lanzando machetazos en la oscuridad mientras alguien empieza a porracear la puerta que da al bloque: “¡Maestro, Maestro! ¿Qué ocurre?”. Los vecinos de guardia han acudido al grito de “Aberración, aberración” de su líder. Donald decide ir a echar una mano a Mark y dejar que el matón se ocupe del hechicero loco, pero apenas se separa de ellos, el matón suelta un último machetazo fallido y dice “Tío, esto es una puta mierda, esto no estaba en el trato”, y se larga al patio. Comienza a trapear por la pared por la que entraron, sin hacer mucho caso del tizón ardiente que es ahora su antiguo colega.
Donald descubre la trampilla y desciende al sótano, iluminando la estancia. Allí hay muebles viejos y cajas apiladas con lo que parece ropa raída. Nada útil a simple vista. Después ilumina el agujero en la pared, junto a Mark, y ven que se trata de una salida al alcantarillado. Arriba, los vecinos han conseguido echar abajo la puerta y varios focos de linterna pueden verse por el agujero del techo…


martes, 1 de julio de 2008

Descent into the darkness







INFORME PRELIMINAR: OPERACIÓN NIDO DE RATAS.

Nº EXPEDIENTE: Raccoon2019/00201138

CALIFICACIÓN: RESTRINGIDO

REDACTOR: Teniente Jack Smith. Unidad para defensa biológica y consecuencias del holocausto.
Nº Id: 00008246.

ASIGNACIÓN:

1.- Operación Nido de Ratas. Oficial supervisor. Sector Sur. Unidad I.
2.- Evaluación de posibles focos peligro biológico para redacción de posterior informe preventivo.
3.- Toma de muestras para estudio de formas de vida alteradas.
4.- Evaluación de miembros de la milicia de cara a su continuidad en el cuerpo.


INFORME:

Basándonos en los informes de inteligencia sobre actividad disidente se procedió al despliegue según el plan del centro de mando: sobre las 15:00 h (dos horas más tarde de lo previsto) tres unidades de milicia fueron desplegadas en los túneles del Sur del colector principal Zona Sur, con órdenes de avanzar en paralelo hacia el Norte peinando los túneles y haciendo retroceder a posibles elementos subversivos hacia dicho colector para un posterior asalto en la convergencia de los túneles.

Asimismo, basándonos en diversos informes no concluyentes del departamento de amenazas biológicas que señalan la posible presencia de formas de vida alteradas en el subsuelo, dispuse todo lo necesario según el reglamento para una eventual toma de muestras.

La Unidad I estaba compuesta por cinco soldados y un oficial, ninguno de ellos profesionales, lo cual resultó ser nefasto, como se desprenderá del presente informe.

Para evitar posibles trampas y tácticas de guerrilla, el alto mando decidió que la unidad I accedería al alcantarillado a través de los cuartos de mantenimiento de la estación de metro de Melding Sur, por un agujero abierto a tal efecto por el cuerpo de zapadores. El despliegue se efectuó sin incidentes y se procedió a avanzar en dirección Norte sin rastros de actividad enemiga, sin embargo pronto la típica histeria de efectivos no veteranos comenzó a hacerse patente. Más de una vez el grupo entero se detuvo por que alguno de ellos dijo ver “algo” moverse más adelante en la oscuridad, sin embargo después la avanzadilla no encontró nada. Incluso se detuvieron a inspeccionar un agujero que, obviamente, era demasiado pequeño para servir de escondrijo a una persona, sin embargo debo admitir que por mi propia curiosidad científica y por mi cualidad de observador preferí no objetar nada. Llegamos al primer colector secundario sin novedad, accediendo a él a través del propio flujo de las cloacas. Nadie dijo que esta trabajo fuera a ser limpio. La oscura habitación estaba fría, húmeda y apestaba como todo lo demás, pero a la luz de las linternas no encontramos signos de actividad humana. Esto era una mala señal, pero en aquel momento no me percaté. Del Oeste provenía otro ramal principal de alcantarillado, y al Este, tras una puerta oxidada que costó bastante abrir, el colector comunicaba con una habitación de mantenimiento a través de un pasillo en penumbra en el que por algún azar aún funcionaba una lámpara que, si bien parpadeaba y chisporroteaba continuamente, aún constituía una buena alternativa a la oscuridad omnipresente. Llegados este punto debo decir que yo mismo bajé la guardia: si no había rastro de actividad humana en esta zona, no esperaba encontrarla hasta llegar al colector principal. Algo parecido debió sentir el resto, pues sin demasiada cautela se dirigieron al final del pasillo, y el soldado Jurgen abrió la puerta de una patada, lo cual resultó ser un error, pues conforme se abrió, una criatura humanoide saltó sobre él, enzarzándose en un violento cuerpo a cuerpo. Cuando Sarya y Bryan se adelantaron para ayudarle, otras dos criaturas salieron de la oscuridad y se unieron al combate. La sorpresa, el frenético ritmo del combate y el abominable aspecto de los asaltantes se lo pusieron difícil a unos milicianos poco acostumbrados a esto. La estrechez del pasillo anuló nuestro número, y sólo los primeros pudieron disparar. Los asaltantes atacaban como animales, asestando mordiscos y golpes con sus propias manos desnudas. Tras unos interminables minutos de combate a vida o muerte pudimos reducir a las criaturas. Me apresuré a desinfectar una herida de mordisco en el hombro de la soldado Sarya, pero dado su origen y las condiciones del entorno es muy posible que sufra una infección en las próximas horas. El soldado Jurgen también recibió diversas contusiones, pero no presentaba herida abierta.


Tras esto, tomé diversas muestras de tejido de las criaturas asaltantes. Un examen preliminar me hace pensar que se trata de seres humanos con diversos grados de mutación y algún tipo de afección vírica. Las primeras conclusiones se detallarán en cuanto tenga los resultados del laboratorio.

La habitación tras el pasillo, estaba desierta, e igualmente fría y húmeda, sin embargo el hedor era aún peor que en la anterior. Los únicos signos de actividad lejanamente humana que encontramos fue la presencia de un camastro mugriento hecho de diversos materiales, y diversos montones de excrementos que por mi experiencia no pertenecen a ninguna especie que debiera habitar en las alcantarillas (las correspondientes muestras están en el laboratorio).

Otro pasillo se abría al Este, y un túnel de drenaje cruzaba la habitación evacuando deshechos en dirección Norte. El sargento Flint decidió tomar dirección Este. Esta vez se procedió con mayor cautela, sin embargo no parecía haber actividad en el oscuro pasillo. Éste acababa en otro ramal principal Norte-Sur, por el que el Sargento decidió ir, en dirección Norte. Posteriormente he podido comprobar que este ramal debería haber estado asegurado por la Unidad II, sin embargo no encontramos ni rastro de ellos.

Comenzamos a avanzar hasta llegar a una zona donde pequeños ramales de desagüe de apenas metro y medio de alto confluían. Mirando sobre el plano de la ciudad, posteriormente he podido comprobar que estábamos bajo Mayne St. Algunos de estos ramales sirven de aliviadero de caudal y conectaan con el túnel de despliegue de la Unidad III, y otros simplemente son desagües con un pozo de registro. Procedí a sellar mediante soldadura las salidas de los pozos de registro. La idea de esos seres campando a sus anchas por el interior de ciudad me inquieta bastante. El procedimiento que seguimos fue: explorar cada desagüe y, una vez despejado, proceder al sellado. No se encontró actividad, ni rebelde ni de ningún otro tipo, en los dos primeros, pero en el tercero había otra de esas malditas criaturas escondidas y estuvo a punto de matar al soldado Bryan. En la estrechez del túnel, agachados y sin luz trataron de despachar al engendro. En eso estaban cuando del túnel principal comenzaron a aparecer más de esas cosas. La unidad se dividió en dos líneas de combate espalda contra espalda y abrieron fuego a discreción. Llegados a este punto, yo mismo me vi luchando por mi vida en aquel maldito túnel y pensando en cuántas destituciones podría conseguir entre el personal de “inteligencia” si lograba salir de allí. Mientras conteníamos al enemigo, Sarya y Bryan trataron de abrir la tapa del pozo de registro para poder salir a la calle, sin embargo algo debía tenerla obstruida, por que no lograron moverla entre los dos.

Conseguimos acabar con las criaturas, pero perdimos todas las linternas que llevábamos. Por suerte metí en mi equipo cuatro bengalas de salvamento marítimo. Encendí una de ellas. Quizá nos darían luz hasta que encontráramos una salida… y al menos no se apagarían al caer al agua, como las malditas linternas.
Bryan y el Sargento Flint estaban heridos, en especial Bryan cuyas heridas presentaban muy mal aspecto. El Sargento evaluó la idea de replegarnos al punto de partida, pero un tropel de chapoteos y gritos guturales se escuchó proveniente de esa dirección, y nos vimos obligados a huir hacia adelante.


Unos cien metros más adelante encontramos un gran agujero en el suelo del túnel que comunicaba con lo que resultó ser el trazado del metro. Cargados de heridos, la idea de adentrarnos en el colector principal que estaba más adelante se presentaba poco factible, así que el grupo descendió por el agujero hacia en túnel inferior. Aquello resultó ser una pésima idea, como se comprobará más adelante en este informe.

Saltamos sobre un vagón de metro que había bajo el agujero, pero Bryan sufrió una mala caída y el esfuerzo fue demasiado para él: quedó inconsciente, cayendo del techo del vagón al túnel inundado y perdiendo su arma y casi su vida. Sarya se aprestó a rescatarlo. La unidad entera se refugió en el vagón, que parecía una siniestra isla en medio del túnel inundado y oscuro. Entre Jurgen y yo pudimos aplicar primeros auxilios a los heridos. Al poco oímos cómo alguien o algo saltaba sobre el techo del vagón, y luego se precipitaba al agua. Nuestros enemigos seguían al acecho. Víctor, Henry y yo comenzamos a atisbar a través de las ventanas, mientras el sargento, Bryan y Sarya debatían el siguiente curso de acción. La cualidad de secreta del trabajo encomendado por el departamento de amenaza biológica, había suscitado resquemor entre la tropa, y la ausencia de elementos rebeldes en la zona, junto a las pobres cualidades de mando de Flint desembocaron en un conato de insurrección cuando se dejó embaucar por Bryan, llegando la soldado Sarya a amenazarme con su arma exigiendo saber para qué habíamos bajado. Afortunadamente pude imponerme y hacer que Flint retomara el control. No es la primera vez que veo a un soldado perder los nervios, pero no estoy seguro de si habría podido prever en su mirada el momento en que apretaría el gatillo. Debo confesar que estuve a punto de matarla en defensa propia. No puedo culpar a un soldado por buscar respuestas, pero sí por perder los nervios cuando su unidad más le necesita.

Una vez calmados los ánimos se decidió avanzar por el túnel del metro hasta el siguiente apeadero. Hacía rato que no escuchábamos actividad de esos malditos bichos, aunque sabíamos que estaban ahí fuera. De vez en cuando Henry y Víctor disparaban a “algo” que creían ver. No quisiera que dos tipos así tuvieran que cubrirme en una situación de combate.
Sarya encontró un mapa del trazado suburbano en uno de los vagones. Era obvio que estábamos en alguna de las líneas Este-Oeste de la zona centro-Sur, al Norte de la estación de Melding, pero ¿en cuál? El sargento resolvió avanzar hacia el Oeste. Ahora veo que eso fue un error, ya que la mayor concentración de apeaderos y estaciones (y por lo tanto salidas al exterior) está hacia el Este, que además es la zona controlada. Avanzamos en dirección Oeste por el túnel inundado y maloliente, con el agua por la cintura. La segunda bengala estaba a medio consumir, pero calculé que tendríamos de sobra para llegar a pie hasta un apeadero y salir a la superficie. Tratábamos de avanzar en silencio, la moral estaba bastante baja, y los nervios tan a flor de piel que incluso a mí me costaba mantener la calma cada vez que sentía algo que me rozaba la pierna bajo el agua o escuchábamos algún borboteo lejano. Cuando llegamos a la estación pudimos orientarnos: se trataba de un apeadero de la línea U4, cercano a Long Square. El júbilo inicial cuando encontramos las escaleras de subida apenas fue comparable a la gran decepción siguiente: la salida estaba bloqueada por un derrumbe. Una tonelada de escombros se interponía entre nosotros y el nivel superior. El siguiente apeadero estaba mucho más lejos, y fuera del perímetro controlado por el ejército, así que hubo que volver a meterse en el agua y desandar el camino andado, con la moral tocando fondo. Habríamos avanzado unos quinientos metros cuando se escuchó un sonoro chapoteo en la cola de la unidad, pero al atisbar, todo lo que vimos fue el agua revuelta, y Henry había desaparecido. Jurgen se apresuró a buscarlo bajo el agua, y algo le mordió la pierna. Una criatura escamosa saltó sobre los hombros de Flint y trató de sumergirlo, pero el viejo soldado se resistió bien, tumbándola de un culatazo. La criatura desapareció de nuevo oculta bajo el agua. Intentaba buscar un objetivo al que disparar mientras sotenía en alto la bengala. A mi espalda, Víctor también forcejeaba con otro atacante mientras en el perímetro de luz de la bengala, Jurgen se debatía contra algo pidiendo ayuda y tratando de sacar la cabeza para respirar. Sarya y Bryan corrieron en su ayuda, y tanteando para encontrarlo bajo el agua. Entre ambos consiguieron sacarlo, pero algo mordió y arrastró bajo el agua a otro de ellos, esta vez a Bryan. Jurgen tanteó buscando a Henry, mientras Sarya trataba de buscar desesperadamente a Bryan. Mientras, Víctor había conseguido retener contra el suelo a una de las criaturas y la estaba acribillando mientras ésta le mordía la pierna. Flint y yo pudimos dar cuenta de otro de los bichos. En el otro frente no tuvieron tanta suerte: todo lo que Jurgen encontró de Henry fue un brazo, mientras que el cuerpo inerte de Sarya se alejaba lentamente corriente abajo. De Bryan no había ni rastro. Jurgen lo buscó desesperadamente, mientras Flint trataba de recuperar el cuerpo de Sarya. Yo intentaba mantener la bengala de forma que pudiera iluminar ambos rescates. Finalmente Jurgen encontró a Bryan, o lo que quedaba de él: sólo recuperamos la mitad superior de su cuerpo con una larga hilera de intestinos colgando. Su cara siempre jovial estaba ahora parcialmente devorada. Al poco Flint trajo a Sarya. Estaba inconsciente, pero aún respiraba.

Parecía que los asaltantes habían huído por el momento, así que avanzamos tan rápido como pudimos hasta los vagones de metro. Flint cargó con Sarya, y yo arrastré por el agua el cuerpo inerte de una de esas criaturas. Una vez en el vagón, tras atender a Sarya, pude hacer un examen preliminar del la criatura, la cual me parece una nueva forma de vida, y no un ser humano mutado, muy diferente a los despojos humanos que encontramos en las alcantarillas, uno de cuyos cadáveres podíamos ver ahora desde la ventanilla del vagón, flotando inerte sobre el agua y parcialmente devorado. En estos túneles habían pasado de cazadores a presas.

Las opciones eran pocas: sólo podíamos seguir avanzando o esperar allí hasta que las bengalas se consumieran y después morir en la oscuridad, así que comenzamos a avanzar de nuevo hacia el Oeste, tan rápido como podíamos y mirando constantemente hacia atrás. La última bengala se había consumido hasta la mitad cuando llegamos a otro apeadero. Esta vez hubo más suerte y tras forzar la puerta de salida pudimos subir a la superficie y contactar con una patrulla local para que enviaran una unidad biológica de campo y una ambulancia.


                
Conclusiones finales sobre la misión:
1.- No se atisba actividad rebelde en el sector Sur. No se encontró ningún tipo de rastro de que la hubiera habido, lo cual me hace dudar seriamente de la fiabilidad de nuestro departamento de inteligencia.

2.- Los túneles de las alcantarillas superiores de esta zona son habitados por algunas formas de vida alteradas, aberraciones quasi-humanas cuya peligrosidad está siendo evaluada. A priori parecen afectados por algún tipo de infección vírica, y presentan horribles mutaciones. Se aconseja sellar todo el sector Sur del alcantarillado y esterilizarlo mediante napalm.

3.- En los túneles inundados del metro Sur habita otra forma de vida que está siendo estudiada. Tiene forma antropomórfica, aproximadamente un metro y veinte centímetros de estatura y su cuerpo aparece cubierto de escamas. Posee pies palmeados, manos coronadas por agudas zarpas y dos ojos sin párpado en un ángulo capaz de evaluar distancias, con características que me recuerdan a las criaturas abisales. Además presenta una boca llena de dientes afilados como cuchillas. Si sumamos su carácter marcadamente agresivo, todo hace pensar que se trata de depredadores.
Presentan branquias en el cuello, sin embargo por las heridas que recibió puedo asegurar que también posee pulmones y posiblemente una circulación cerrada. Espero ansioso los resultados de la autopsia de tan interesante ejemplar.


Miembros de la unidad y evaluación de los mismos:

Sargento Harold Flint. Ex-capitán del ejército y héroe de guerra (por confirmar). Expulsado por problemas de alcoholismo. Es el más veterano de todos, pero sus dotes de mando han sufrido un serio deterioro durante su tiempo de inactividad. Su reincorporación al cuerpo debe mantenerse aún en suspenso.

Soldado Sarya Lee. Ex-policía. Temeraria e indisciplinada hasta el borde de la insurrección. Pese a que al menos dos de sus compañeros le deben la vida y casi la perdió tratando de salvar a un tercero, la combinación de actos heroicos con ataques de histeria la convierten en un peligro para coherencia de cualquier unidad en un momento crítico.

Soldado Bryan West. Baja confirmada.

Soldado Jurgen Heinz. Mercenario. Eficaz y disciplinado pero le falta experiencia. Podría llegar a ser un buen soldado.

Soldado Henry Espinoza. Desaparecido en combate (posiblemente baja).

Soldado Víctor Espinoza (¿Primo del anterior?). Ligeramente cobarde y de gatillo fácil. Demasiado inestable para formar parte de una unidad permanente.



Fdo:

Teniente Jack Smith
Nº Id: 00008246.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Guardias nocturnos


Un nuevo día amanece en la semiderruida Raccoon city. Para la ciudad es un día especial: bajo el auspicio del estado militar, el suministro de agua potable se ha restablecido. Ahora las largas colas que se formaban frente a los camiones cisterna, se forman frente a las diversas fuentes públicas instaladas, y la ciudad empieza a parecer otra cosa. En la parte sur dentro del "perímetro seguro", se desarrolla un extenso mercado al aire libre donde se pueden obtener todo tipo de piezas mecánicas de repuesto, objetos arreglados (o averiados) o lotes de chatarra al peso. Material recuperado de los yermos u otras ciudades menos afortunadas. En medio de todo esto, tres tipos peculiares observan un tablón de anuncios buscando algún trabajo remunerado, y así llegan a conocerse Mark, un carroñero cuya última expedición no salió demasiado bien, Jurgen, un mercenario que acaba de finiquitar su último trabajo como guardaespaldas y Bryan, un predicador recién llegado a la ciudad que acaba de franquear a escondidas el perímetro y busca de un nuevo rebaño.
El tablón ofrece varias opciones, ninguna de las cuales se asemeja a un pacífico y sencillo trabajo:

-Timothy Dwight, un conocido comerciante de chatarra y piezas varias, busca guardias nocturnos para proteger su negocio.

-El gremio de mercenarios ha puesto precio a la cabeza de un exmiembro, Arnold McGregor, acusándolo de "traicionar un encargo y al propio gremio".

-La policía militar busca voluntarios para integrar un grupo de milicia que debe bajar a las alcantarillas para buscar y eliminar elementos disidentes.

-Y por último un mensaje algo estropeado que debe llevar ahí más tiempo que los demás y no dice más que "se busca gente con agallas", y da el nombre de un local: Taberna del perro ahorcado.

Los Pjs comienzan a evaluar sus opciones cuando un viejo borracho se les acerca y les empieza a contar una batallita acerca de sus días en el ejército al mando de una columna blindada que quedó clavada al suelo tras un ataque de P.E.M. y tuvo que ser abandonada. Dice que debe estar aún en alguna parte en dirección Noroeste. Mark, el carroñero ve el negocio en esa historia y decide pagarle más bebida al borracho con la esperanza de que cuente más, sin embargo tras un rato bebiendo la información es escasa, bien por que no sabe más o bien por que no recuerda más, ni aún bajo coacción. Todo lo que el Capitan Harold Flint recuerda es esto:

Una columna de diez blindados viajaba hacia el norte por caminos secundarios como parte de un plan de refuerzo de la frontera, sin embargo un ataque de pulso electromagnético ionizó todos los sistemas de los carros y éstos dejaron de funcionar. Ante la imposibilidad de comunicarse por radio ni de hacer que los tanques volvieran a moverse, todos los tripulantes continuaron la marcha a pie hasta el enclave más cercano, donde pudieron ser recogidos. Debido al curso de la guerra, posiblemente no se envió ninguna misión para recuperar el material, por lo que debió quedar allí. El capitán echa de menos algo que dejó en su blindado, una carta y una fotografía de su esposa Enma. El propio Flint estuvo un tiempo buscando por la zona, pero no encontró nada, y el riesgo de morir en los yermos es demasiado alto. Sin embargo, sería tan fácil hacer feliz de nuevo a un pobre viejo...

Cuando el viejo cae dormido borracho del todo los personajes deciden llevarlo al cuchitril de Mark para interrogarlo más "duramente", sin embargo el viejo luchó en las trincheras del norte y ha visto de todo, por lo que no se amilana y tampoco tiene nada que perder. Finalmente Bryan y Jurgen consiguen calmar las ansias asesinas de Mark (frustrado por no tener nada consistente), y dejan marchar al viejo que desaparece en la noche.

Al día siguiente los compañeros se encuentran como al principio: sin trabajo y ahora con otra boca que alimentar (el predicador no tiene cartilla de racionamiento), así que deciden probar suerte como guardias de seguridad de Dwight.

Timothy Dwight es un tipo bajito de mediana edad y nariz judía al que le ha ido bien con el negocio del reciclaje de chatarra: los carroñeros le venden lo que encuentran en los yermos y él en su taller desmonta, limpia y repara las piezas reparables, que luego se venden bien. “Para ese tornillo que te falta, pregunta a Dwight”... sin embargo también es un buen negociador y algo huraño, por lo que cuando los personajes intentan sacar un precio mejor por sus servicios como guardias, Dwight se niega, y los Pjs deciden tomarse 24h para pensarlo. Finalmente los tres compañeros deciden aceptar el encargo y al día siguiente vuelven, pero esta vez tendrán que compartir las ganancias con un grupo de cuatro mercenarios que ya han sido contratados. Dwight les explica que le han asaltado dos veces en una semana, durante la noche y usando explosivos para abrir el portón del almacén. Dwight piensa que debieron traer algo para cargar tanta chatarra y piezas y para remolcar otro vehículo, por que una de las noches, de hecho, se llevaron un coche (Buick Roadmaster de los '90) que ya tenía casi restaurado y a punto de hacerlo funcionar, era algo así como el buque insignia del negocio. Los dientes de Dwight rechinan cuando se acuerda de esto.

Las primeras sospechas de los Pjs recaen sobre los cinco empleados que tiene Dwight, sin embargo todos parecen ser de absoluta confianza, viejos compañeros suyos de antes de la guerra, por lo que los Pjs comienzan a sospechar de algún otro negocio similar por la zona. Inspeccionan todo el polígono y entre otros negocios encuentran un par de chatarreías más: uno de un tipo llamado Adam Samson y otro de un tal Dave O'neil. Tras deliverar un poco, Bryan decide que lo mejor que pueden hacer es enfrentar a los chatarreros entre sí y cuando se maten, acudir a quedarse con lo que quede en pie. Sin embargo Jurgen es un mercenario gremiado, y ha decidido aceptar el encargo, por lo tanto debe cumplirlo. Aún así, Mark y Bryan deciden visitar a los otros dos chatarreros, para advertirles de que “Dwight trata de hundirles contratando mercenarios”, por lo que ellos, buenos samaritanos, les quieren advertir y se ofrecen para ser contratados como guardias. Samson no parece dar crédito a estos dos locos, sin embargo O'neil es más receloso, y ante las veladas acusaciones de Bryan acaba cabreándose y largándolos a los dos.

El grupo pasa el resto del día por el mercado haciendo algunas compras, y ahí contactan con Sarya, a quien Bryan conoce como la ladrona que le ayudó a entrar en la ciudad (a través de las alcantarillas, por un módico precio). Pese a que parecía irle bien fuera del perímetro, ahora ella también está dentro, aunque no habla de sus asuntos. El grupo decide que podría ser de gran ayuda, y cuando la presentan a Dwight, éste también lo opina así.

Cae la noche, los almacenes de la zona cierran y los Pjs comienzan su guardia. Todos se quedan haciendo guardia en el interior jugando a las cartas para matar el tiempo, salvo un mercenario que se sube al tejado para vigilar la calle y Mark y Bryan que esperan fuera, con igual propósito. Durante la espera, a Bryan se le ocurren mil quiméricos planes para dominar el mundo, por lo que en un momento dado decide entrar en el almacén por la puerta trasera (para no espantar la caza) y hacer partícipe de sus planes a Sarya y Jurgen. Bryan avanza sin ver casi nada (no hay alumbrado público postapocalítico) y cuando está llegando descubre a un tipo tratando de manipular la pequeña puerta trasera. Ambos cruzan las miradas y sacan sus armas. El ladrón es más rápido y realiza un primer disparo, por lo que Bryan decide desenfundar y buscar cobertura tras un cubo de basura del callejón. El disparo alerta a todo el mundo. Mark llega corriendo al oscuro callejón y cree atisbar a un tipo que se mueve en la oscuridad. Realiza un certero disparo con su pistola y... atraviesa de parte a parte al predicador. Mientras el ladrón huye bajo el fuego del tirador de la azotea, Sarya sale tras él, pero no logra alcanzarle. Tras el revuelo, trasladan a Bryan a una cama y le aplican unos primeros auxilios. El predicador está muy mal, pero no hay forma de llevarle a un hospital de campaña que hay en la zona norte: no tienen vehículo ni tarjeta de ciudadano para él, así que a la mañana siguiente, pagan al primer camión de carroñeros que llega a vender su mercancía al almacén para que les lleve a cualquier matasanos que conozca. Así, los Pjs llegan a casa del Dr Jackson y su ayudante Lao. Abraham Jackson es un tipo gordo y desaliñado que a primera hora de la mañana ya está borracho, sin embargo por un precio atiende este tipo de casos y no hace preguntas. Jackson atiende las heridas de Bryan y permite que se quede en su casa, convaleciente. Los Pjs se marchan a dormir, a conseguir algo de comida y por la tarde vuelven al almacén de Dwight.

A última hora de la tarde, Jurgen y Sarya deciden hacer otra visita a O´neil, y se percatan de que éste ha contratado guardias de seguridad. Cuando O'neil termina su reunión con un tipo con pinta de matón, baja y les atiende. Les explica que ha contratado seguridad "por que al parecer hay otro chatarrero que planea hundirme". Jurgen y Sarya se ofrecen para el trabajo también sin embargo O'neil ya tiene sus propios guardias y contactos, y les invita a volver "cuando tenga alguna baja". Los dos Pjs se van de allí bajo la adusta mirada de O'neil, sus guardias y su jefe de seguridad: un enigmático tipo de rostro embozado y con unas gafas similares a las que se usan para protegerse de las tormentas de arena.

Cae la noche y los guardias de seguridad toman posiciones similares. El Sr Dwight decide quedarse allí también: hoy ha conseguido hacer funcionar un viejo motor y teme que se lo roben, sin embargo el líder de la unidad de mercenarios estima que tras el encuentro de la otra noche no cree que nadie ataque ésta.

Durante la noche Sarya sale a inspeccionar el almacén de O´neil. La oscuridad es casi absoluta, y no parece haber actividad en la chatarrería de O'neil. Sarya se adentra por un callejón trasero tratando de buscar una entrada o una pared escalable para echar un vistazo, pero al adentrarse en la oscuridad algo la ataca. Forcejea en la oscuridad con algo peludo del tamaño de un perro que se revuelve furiosamente y trata de morderla. Finalmente logra hundir su cuchillo en el animal y éste desaparece en la oscuridad. Sarya opina que ya ha tenido bastantes emociones por esta noche y vuelve al almacén.

La noche transcurre tranquila para los vigilantes hasta que un rumor se va haciendo más fuerte, y pronto es evidente que un grupo de vehículos se acerca. Mark se asoma a la esquina y ve 3 pares de faros en la oscuridad hacia la mitad de la calle, y alguien sobre una moto al lado de la puerta del almacén. Mark dispara pero no acierta, sin embargo el mercenario de la azotea tiene más suerte y mata de un certero disparo al incursor. En el interior del almacén todos toman posiciones y pronto Mark oye un chasquido, ve una estela, y la puerta del almacén estalla. Diversas siluetas se bajan de los vehículos y entre gritos se lanzan al interior del edificio. Mark consigue darle a uno de ellos, pero otros dos entran y son recibidos a tiros desde dentro, sin embargo los sorprendidos defensores no dan pie con bola y comienzan a sufrir bajas. Mark decide entrar por detrás al almacén y ayudar a sus compañeros mientras desde la azotea el francotirador sigue haciendo bajas. Apenas Mark abandona su puesto, un cohete impacta donde él estaba, volando la mitad de la esquina por los aires. Mark no tiene tiempo de bendecir su suerte, pues al volver la esquina y entrar en el callejón, comienza a recibir disparos. Al menos dos tipos con armas automáticas le disparan y logran hacerle una herida que habría matado a cualquier otro ser humano, pero hace falta algo más que plomo para tumbar a un carroñero. Mark da media vuelta consigue salir renqueando de aquel infierno. Vuelve a la calle principal, encontrando que todos los incursores han entrado en el almacén o han caído por los disparos desde la azotea, así que se dirige hacia uno de los vehículos con la idea de taponar la posible retirada de los incursores.

Mientras tanto, en el interior del almacén las cosas no pintan bien: los incursores están barriendo a los defensores con ráfagas de armas automáticas, sin embargo Sarya, Jurgen, Dwight y el jefe de mercenarios (ya me vale no haberle buscado un buen nombre a tan carismático personaje) aún resisten. Varios incursores han caído y el propio Dwight está dando lo mejor de sí mismo con su viejo rifle de caza. Logran abatir a Sarya y a Jurgen, pero de pronto la batalla en la puerta principal comienza a ir mal para los incursores: sólo quedan dos y uno está herido, la calle está sembrada de cadáveres y alguien está subiendo a uno de sus vehículos. Retroceden hacia la calle y hacen fuego contra Mark, el cual recibe otro impacto más. El carroñero aprieta los dientes al recibir la herida, y pisa el acelerador del camión pasando por encima de los dos incursores. Cuando parece que la cosa va a calmarse, la pequeña puerta que da al callejón se abre y dos incursores más entran disparando encontrándose con el dantesco espectáculo. Logran herir a Dwight y al mercenario que queda, y éstos cosen a tiros a uno de ellos. Su compañero, al ver la situación, da media vuelta y sale por patas. Victoria pírrica y gran botín de guerra para los defensores: dos coches, un camión y una motocicleta bastante maltrecha.

Llegado este punto, cargan como pueden a todos los heridos en el camión y además a un pandillero con la idea de interrogarlo. Los que pueden van al hospital de campaña, los que no, se acercan en mitad de la noche y despiertan al Dr. Jackson, que aunque dormido no rechaza el trabajo.

Resta decir que en los días pasados, y durante la convalecencia, Bryan se ha autoproclamado amigo del Dr Jackson y está tramando gastarse lo poco que tiene en drogas para poner en práctica su idea: drógales primero y predica después.