Resumen 1ª partida:Un nuevo día amanece en la semiderruída Raccoon city. Para la ciudad es un día especial: bajo el auspicio del estado militar, el suministro de agua potable se ha restablecido. Ahora las largas colas que se formaban frente a los camiones cisterna, se forman frente a las diversas fuentes públicas instaladas, y la ciudad empieza a parecer otra cosa. En la parte sur dentro del "perímetro seguro", se desarrolla un extenso mercado al aire libre donde se pueden obtener todo tipo de piezas mecánicas de repuesto, objetos arreglados (o averiados) o lotes de chatarra al peso. Material recuperado de los yermos u otras ciudades menos afortunadas. En medio de todo esto, tres tipos peculiares observan un tablón de anuncios buscando algún trabajo remunerado, y así llegan a conocerse Mark, un carroñero cuya última expedición no salió demasiado bien, Jurgen, un mercenario que acaba de finiquitar su último trabajo como guardaespaldas y Bryan, un predicador recién llegado a la ciudad que acaba de franquear a escondidas el perímetro y busca de un nuevo rebaño.
El tablón ofrece varias opciones, ninguna de las cuales se asemeja a un pacífico y sencillo trabajo:
-Timothy Dwight, un conocido comerciante de chatarra y piezas varias, busca guardias nocturnos para proteger su negocio.
-El gremio de mercenarios ha puesto precio a la cabeza de un exmiembro, Arnold McGregor, acusándolo de "traicionar un encargo y al propio gremio".
-La policía militar busca voluntarios para integrar un grupo de milicia que debe bajar a las alcantarillas para buscar y eliminar elementos disidentes.
-Y por último un mensaje algo estropeado que debe llevar ahí más tiempo que los demás y no dice más que "se busca gente con agallas", y da el nombre de un local: Taberna del perro ahorcado.
Los Pjs comienzan a evaluar sus opciones cuando un viejo borracho se les acerca y les empieza a contar una batallita acerca de sus días en el ejército al mando de una columna blindada que quedó clavada al suelo tras un ataque de P.E.M. y tuvo que ser abandonada. Dice que debe estar aún en alguna parte en dirección Noroeste. Mark, el carroñero ve el negocio en esa historia y decide pagarle más bebida al borracho con la esperanza de que cuente más, sin embargo tras un rato bebiendo la información es escasa, bien por que no sabe más o bien por que no recuerda más, ni aún bajo coacción. Todo lo que el Capitan Harold Flint recuerda es esto:
Una columna de diez blindados viajaba hacia el norte por caminos secundarios como parte de un plan de refuerzo de la frontera, sin embargo un ataque de pulso electromagnético ionizó todos los sistemas de los carros y éstos dejaron de funcionar. Ante la imposibilidad de comunicarse por radio ni de hacer que los tanques volvieran a moverse, todos los tripulantes continuaron la marcha a pie hasta el enclave más cercano, donde pudieron ser recogidos. Debido al curso de la guerra, posiblemente no se envió ninguna misión para recuperar el material, por lo que debió quedar allí. El capitán echa de menos algo que dejó en su blindado, una carta y una fotografía de su esposa Enma. El propio Flint estuvo un tiempo buscando por la zona, pero no encontró nada, y el riesgo de morir en los yermos es demasiado alto. Sin embargo, sería tan fácil hacer feliz de nuevo a un pobre viejo...
Cuando el viejo cae dormido borracho del todo los personajes deciden llevarlo al cuchitril de Mark para interrogarlo más "duramente", sin embargo el viejo luchó en las trincheras del norte y ha visto de todo, por lo que no se amilana y tampoco tiene nada que perder. Finalmente Bryan y Jurgen consiguen calmar las ansias asesinas de Mark (frustrado por no tener nada consistente), y dejan marchar al viejo que desaparece en la noche.
Al día siguiente los compañeros se encuentran como al principio: sin trabajo y ahora con otra boca que alimentar (el predicador no tiene cartilla de racionamiento), así que deciden probar suerte como guardias de seguridad de Dwight.
Timothy Dwight es un tipo bajito de mediana edad y nariz judía al que le ha ido bien con el negocio del reciclaje de chatarra: los carroñeros le venden lo que encuentran en los yermos y él en su taller desmonta, limpia y repara las piezas reparables, que luego se venden bien. “Para ese tornillo que te falta, pregunta a Dwight”... sin embargo también es un buen negociador y algo huraño, por lo que cuando los personajes intentan sacar un precio mejor por sus servicios como guardias, Dwight se niega, y los Pjs deciden tomarse 24h para pensarlo. Finalmente los tres compañeros deciden aceptar el encargo y al día siguiente vuelven, pero esta vez tendrán que compartir las ganancias con un grupo de cuatro mercenarios que ya han sido contratados. Dwight les explica que le han asaltado 2 veces en una semana, durante la noche y usando explosivos para abrir el portón del almacén. Dwight piensa que debieron traer algo para cargar tanta chatarra y piezas y para remolcar otro vehículo, por que una de las noches, de hecho, se llevaron un coche (Buick Roadmaster de los '90) que ya tenía casi restaurado y a punto de hacerlo funcionar, era algo así como el buque insignia del negocio. Los dientes de Dwight rechinan cuando se acuerda de esto.
Las primeras sospechas de los Pjs recaen sobre los cinco empleados que tiene Dwight, sin embargo todos parecen ser de absoluta confianza, viejos compañeros suyos de antes de la guerra, por lo que los Pjs comienzan a sospechar de algún otro negocio similar por la zona. Inspeccionan todo el polígono y entre otros negocios encuentran un par de chatarreías más: uno de un tipo llamado Adam Samson y otro de un tal Dave O'neil. Tras deliverar un poco, Bryan decide que lo mejor que pueden hacer es enfrentar a los chatarreros entre sí y cuando se maten, acudir a quedarse con lo que quede en pie. Sin embargo Jurgen es un mercenario gremiado, y ha decidido aceptar el encargo, por lo tanto debe cumplirlo. Aún así, Mark y Bryan deciden visitar a los otros dos chatarreros, para advertirles de que “Dwight trata de hundirles contratando mercenarios”, por lo que ellos, buenos samaritanos, les quieren advertir y se ofrecen para ser contratados como guardias. Samson no parece dar crédito a estos dos locos, sin embargo O'neil es más receloso, y ante las veladas acusaciones de Bryan acaba cabreándose y largándolos a los dos.
El grupo pasa el resto del día por el mercado haciendo algunas compras, y ahí contactan con Sarya, a quien Bryan conoce como la ladrona que le ayudó a entrar en la ciudad (a través de las alcantarillas, por un módico precio). Pese a que parecía irle bien fuera del perímetro, ahora ella también está dentro, aunque no habla de sus asuntos. El grupo decide que podría ser de gran ayuda, y cuando la presentan a Dwight, éste también lo opina así.
Cae la noche, los almacenes de la zona cierran y los Pjs comienzan su guardia. Todos se quedan haciendo guardia en el interior jugando a las cartas para matar el tiempo, salvo un mercenario que se sube al tejado para vigilar la calle y Mark y Bryan que esperan fuera, con igual propósito. Durante la espera, a Bryan se le ocurren mil quiméricos planes para dominar el mundo, por lo que en un momento dado decide entrar en el almacén por la puerta trasera (para no espantar la caza) y hacer partícipe de sus planes a Sarya y Jurgen. Bryan avanza sin ver casi nada (no hay alumbrado público postapocalítico) y cuando está llegando descubre a un tipo tratando de manipular la pequeña puerta trasera. Ambos cruzan las miradas y sacan sus armas. El ladrón es más rápido y realiza un primer disparo, por lo que Bryan decide desenfundar y buscar cobertura tras un cubo de basura del callejón. El disparo alerta a todo el mundo. Mark llega corriendo al oscuro callejón y cree atisbar a un tipo que se mueve en la oscuridad. Realiza un certero disparo con su pistola y... atraviesa de parte a parte al predicador. Mientras el ladrón huye bajo el fuego del tirador de la azotea, Sarya sale tras él, pero no logra alcanzarle. Tras el revuelo, trasladan a Bryan a una cama y le aplican unos primeros auxilios. El predicador está muy mal, pero no hay forma de llevarle a un hospital de campaña que hay en la zona norte: no tienen vehículo ni tarjeta de ciudadano para él, así que a la mañana siguiente, pagan al primer camión de carroñeros que llega a vender su mercancía al almacén para que les lleve a cualquier matasanos que conozca. Así, los Pjs llegan a casa del Dr Jackson y su ayudante Lao. Abraham Jackson es un tipo gordo y desaliñado que a primera hora de la mañana ya está borracho, sin embargo por un precio atiende este tipo de casos y no hace preguntas. Jackson atiende las heridas de Bryan y permite que se quede en su casa, convaleciente. Los Pjs se marchan a dormir, a conseguir algo de comida y por la tarde vuelven al almacén de Dwight.
A última hora de la tarde, Jurgen y Sarya deciden hacer otra visita a O´neil, y se percatan de que éste ha contratado guardias de seguridad. Cuando O'neil termina su reunión con un tipo con pinta de matón, baja y les atiende. Les explica que ha contratado seguridad "por que al parecer hay otro chatarrero que planea hundirme". Jurgen y Sarya se ofrecen para el trabajo también sin embargo O'neil ya tiene sus propios guardias y contactos, y les invita a volver "cuando tenga alguna baja". Los dos Pjs se van de allí bajo la adusta mirada de O'neil, sus guardias y su jefe de seguridad: un enigmático tipo de rostro embozado y con unas gafas similares a las que se usan para protegerse de las tormentas de arena.
Cae la noche y los guardias de seguridad toman posiciones similares. El Sr Dwight decide quedarse allí también: hoy ha conseguido hacer funcionar un viejo motor y teme que se lo roben, sin embargo el líder de la unidad de mercenarios estima que tras el encuentro de la otra noche no cree que nadie ataque ésta.
Durante la noche Sarya sale a inspeccionar el almacén de O´neil. La oscuridad es casi absoluta, y no parece haber actividad en la chatarrería de O'neil. Sarya se adentra por un callejón trasero tratando de buscar una entrada o una pared escalable para echar un vistazo, pero al adentrarse en la oscuridad algo la ataca. Forcejea en la oscuridad con algo peludo del tamaño de un perro que se revuelve furiosamente y trata de morderla. Finalmente logra hundir su cuchillo en el animal y éste desaparece en la oscuridad. Sarya opina que ya ha tenido bastantes emociones por esta noche y vuelve al almacén.
La noche transcurre tranquila para los vigilantes hasta que un rumor se va haciendo más fuerte, y pronto es evidente que un grupo de vehículos se acerca. Mark se asoma a la esquina y ve 3 pares de faros en la oscuridad hacia la mitad de la calle, y alguien sobre una moto al lado de la puerta del almacén. Mark dispara pero no acierta, sin embargo el mercenario de la azotea tiene más suerte y mata de un certero disparo al incursor. En el interior del almacén todos toman posiciones y pronto Mark oye un chasquido, ve una estela, y la puerta del almacén estalla. Diversas siluetas se bajan de los vehículos y entre gritos se lanzan al interior del edificio. Mark consigue darle a uno de ellos, pero otros dos entran y son recibidos a tiros desde dentro, sin embargo los sorprendidos defensores no dan pie con bola y comienzan a sufrir bajas. Mark decide entrar por detrás al almacén y ayudar a sus compañeros mientras desde la azotea el francotirador sigue haciendo bajas. Apenas Mark abandona su puesto, un cohete impacta donde él estaba, volando la mitad de la esquina por los aires. Mark no tiene tiempo de bendecir su suerte, pues al volver la esquina y entrar en el callejón, comienza a recibir disparos. Al menos dos tipos con armas automáticas le disparan y logran hacerle una herida que habría matado a cualquier otro ser humano, pero hace falta algo más que plomo para tumbar a un carroñero. Mark da media vuelta consigue salir renqueando de aquel infierno. Vuelve a la calle principal, encontrando que todos los incursores han entrado en el almacén o han caído por los disparos desde la azotea, así que se dirige hacia uno de los vehículos con la idea de taponar la posible retirada de los incursores.
Mientras tanto, en el interior del almacén las cosas no pintan bien: los incursores están barriendo a los defensores con ráfagas de armas automáticas, sin embargo Sarya, Jurgen, Dwight y el jefe de mercenarios (ya me vale no haberle buscado un buen nombre a tan carismático personaje) aún resisten. Varios incursores han caído y el propio Dwight está dando lo mejor de sí mismo con su viejo rifle de caza. Logran abatir a Sarya y a Jurgen, pero de pronto la batalla en la puerta principal comienza a ir mal para los incursores: sólo quedan dos y uno está herido, la calle está sembrada de cadáveres y alguien está subiendo a uno de sus vehículos. Retroceden hacia la calle y hacen fuego contra Mark, el cual recibe otro impacto más. El carroñero aprieta los dientes al recibir la herida, y pisa el acelerador del camión pasando por encima de los dos incursores. Cuando parece que la cosa va a calmarse, la pequeña puerta que da al callejón se abre y dos incursores más entran disparando encontrándose con el dantesco espectáculo. Logran herir a Dwight y al mercenario que queda, y éstos cosen a tiros a uno de ellos. Su compañero, al ver la situación, da media vuelta y sale por patas. Victoria pírrica y gran botín de guerra para los defensores: dos coches, un camión y una motocicleta bastante maltrecha.
Llegado este punto, cargan como pueden a todos los heridos en el camión y además a un pandillero con la idea de interrogarlo. Los que pueden van al hospital de campaña, los que no, se acercan en mitad de la noche y despiertan al Dr. Jackson, que aunque dormido no rechaza el trabajo.
Resta decir que en los días pasados, y durante la convalecencia, Bryan se ha autoproclamado amigo del Dr Jackson y está tramando gastarse lo poco que tiene en drogas para poner en práctica su idea: drógales primero y predica después.
Resumen 2ª partida:INFORME PRELIMINAR: OPERACIÓN NIDO DE RATAS.
Nº EXPEDIENTE: Raccoon2019/00201138
CALIFICACIÓN: RESTRINGIDO
REDACTOR: Teniente Jack Smith. Unidad para defensa biológica y consecuencias del holocausto.
Nº Id: 00008246.
ASIGNACIÓN:
1.- Operación Nido de Ratas. Oficial supervisor. Sector Sur. Unidad I.
2.- Evaluación de posibles focos peligro biológico para redacción de posterior informe preventivo.
3.- Toma de muestras para estudio de formas de vida alteradas.
4.- Evaluación de miembros de la milicia de cara a su continuidad en el cuerpo.
INFORME:
Basándonos en los informes de inteligencia sobre actividad disidente se procedió al despliegue según el plan del centro de mando: sobre las 15:00 h (dos horas más tarde de lo previsto) tres unidades de milicia fueron desplegadas en los túneles del Sur del colector principal Zona Sur, con órdenes de avanzar en paralelo hacia el Norte peinando los túneles y haciendo retroceder a posibles elementos subversivos hacia dicho colector para un posterior asalto en la convergencia de los túneles.
Asimismo, basándonos en diversos informes no concluyentes del departamento de amenazas biológicas que señalan la posible presencia de formas de vida alteradas en el subsuelo, dispuse todo lo necesario según el reglamento para una eventual toma de muestras.
La Unidad I estaba compuesta por cinco soldados y un oficial, ninguno de ellos profesionales, lo cual resultó ser nefasto, como se desprenderá del presente informe.
Para evitar posibles trampas y tácticas de guerrilla, el alto mando decidió que la unidad I accedería al alcantarillado a través de los cuartos de mantenimiento de la estación de metro de Melding Sur, por un agujero abierto a tal efecto por el cuerpo de zapadores. El despliegue se efectuó sin incidentes y se procedió a avanzar en dirección Norte sin rastros de actividad enemiga, sin embargo pronto la típica histeria de efectivos no veteranos comenzó a hacerse patente. Más de una vez el grupo entero se detuvo por que alguno de ellos dijo ver “algo” moverse más adelante en la oscuridad, sin embargo después la avanzadilla no encontró nada. Incluso se detuvieron a inspeccionar un agujero que, obviamente, era demasiado pequeño para servir de escondrijo a una persona, sin embargo debo admitir que por mi propia curiosidad científica y por mi cualidad de observador preferí no objetar nada. Llegamos al primer colector secundario sin novedad, accediendo a él a través del propio flujo de las cloacas. Nadie dijo que esta trabajo fuera a ser limpio. La oscura habitación estaba fría, húmeda y apestaba como todo lo demás, pero a la luz de las linternas no encontramos signos de actividad humana. Esto era una mala señal, pero en aquel momento no me percaté. Del Oeste provenía otro ramal principal de alcantarillado, y al Este, tras una puerta oxidada que costó bastante abrir, el colector comunicaba con una habitación de mantenimiento a través de un pasillo en penumbra en el que por algún azar aún funcionaba una lámpara que, si bien parpadeaba y chisporroteaba continuamente, aún constituía una buena alternativa a la oscuridad omnipresente. Llegados este punto debo decir que yo mismo bajé la guardia: si no había rastro de actividad humana en esta zona, no esperaba encontrarla hasta llegar al colector principal. Algo parecido debió sentir el resto, pues sin demasiada cautela se dirigieron al final del pasillo, y el soldado Jurgen abrió la puerta de una patada, lo cual resultó ser un error, pues conforme se abrió, una criatura humanoide saltó sobre él, enzarzándose en un violento cuerpo a cuerpo. Cuando Sarya y Bryan se adelantaron para ayudarle, otras dos criaturas salieron de la oscuridad y se unieron al combate. La sorpresa, el frenético ritmo del combate y el abominable aspecto de los asaltantes se lo pusieron difícil a unos milicianos poco acostumbrados a esto. La estrechez del pasillo anuló nuestro número, y sólo los primeros pudieron disparar. Los asaltantes atacaban como animales, asestando mordiscos y golpes con sus propias manos desnudas. Tras unos interminables minutos de combate a vida o muerte pudimos reducir a las criaturas. Me apresuré a desinfectar una herida de mordisco en el hombro de la soldado Sarya, pero dado su origen y las condiciones del entorno es muy posible que sufra una infección en las próximas horas. El soldado Jurgen también recibió diversas contusiones, pero no presentaba herida abierta.
Tras esto, tomé diversas muestras de tejido de las criaturas asaltantes. Un examen preliminar me hace pensar que se trata de seres humanos con diversos grados de mutación y algún tipo de afección vírica. Las primeras conclusiones se detallarán en cuanto tenga los resultados del laboratorio.
La habitación tras el pasillo, estaba desierta, e igualmente fría y húmeda, sin embargo el hedor era aún peor que en la anterior. Los únicos signos de actividad lejanamente humana que encontramos fue la presencia de un camastro mugriento hecho de diversos materiales, y diversos montones de excrementos que por mi experiencia no pertenecen a ninguna especie que debiera habitar en las alcantarillas (las correspondientes muestras están en el laboratorio).
Otro pasillo se abría al Este, y un túnel de drenaje cruzaba la habitación evacuando deshechos en dirección Norte. El sargento Flint decidió tomar dirección Este. Esta vez se procedió con mayor cautela, sin embargo no parecía haber actividad en el oscuro pasillo. Éste acababa en otro ramal principal Norte-Sur, por el que el Sargento decidió ir, en dirección Norte. Posteriormente he podido comprobar que este ramal debería haber estado asegurado por la Unidad II, sin embargo no encontramos ni rastro de ellos.
Comenzamos a avanzar hasta llegar a una zona donde pequeños ramales de desagüe de apenas metro y medio de alto confluían. Mirando sobre el plano de la ciudad, posteriormente he podido comprobar que estábamos bajo Mayne St. Algunos de estos ramales sirven de aliviadero de caudal y conectaan con el túnel de despliegue de la Unidad III, y otros simplemente son desagües con un pozo de registro. Procedí a sellar mediante soldadura las salidas de los pozos de registro. La idea de esos seres campando a sus anchas por el interior de ciudad me inquieta bastante. El procedimiento que seguimos fue: explorar cada desagüe y, una vez despejado, proceder al sellado. No se encontró actividad, ni rebelde ni de ningún otro tipo, en los dos primeros, pero en el tercero había otra de esas malditas criaturas escondidas y estuvo a punto de matar al soldado Bryan. En la estrechez del túnel, agachados y sin luz trataron de despachar al engendro. En eso estaban cuando del túnel principal comenzaron a aparecer más de esas cosas. La unidad se dividió en dos líneas de combate espalda contra espalda y abrieron fuego a discreción. Llegados a este punto, yo mismo me vi luchando por mi vida en aquel maldito túnel y pensando en cuántas destituciones podría conseguir entre el personal de “inteligencia” si lograba salir de allí. Mientras conteníamos al enemigo, Sarya y Bryan trataron de abrir la tapa del pozo de registro para poder salir a la calle, sin embargo algo debía tenerla obstruida, por que no lograron moverla entre los dos.
Conseguimos acabar con las criaturas, pero perdimos todas las linternas que llevábamos. Por suerte metí en mi equipo cuatro bengalas de salvamento marítimo. Encendí una de ellas. Quizá nos darían luz hasta que encontráramos una salida… y al menos no se apagarían al caer al agua, como las malditas linternas.
Bryan y el Sargento Flint estaban heridos, en especial Bryan cuyas heridas presentaban muy mal aspecto. El Sargento evaluó la idea de replegarnos al punto de partida, pero un tropel de chapoteos y gritos guturales se escuchó proveniente de esa dirección, y nos vimos obligados a huir hacia adelante.

Unos cien metros más adelante encontramos un gran agujero en el suelo del túnel que comunicaba con lo que resultó ser el trazado del metro. Cargados de heridos, la idea de adentrarnos en el colector principal que estaba más adelante se presentaba poco factible, así que el grupo descendió por el agujero hacia en túnel inferior. Aquello resultó ser una pésima idea, como se comprobará más adelante en este informe.
Saltamos sobre un vagón de metro que había bajo el agujero, pero Bryan sufrió una mala caída y el esfuerzo fue demasiado para él: quedó inconsciente, cayendo del techo del vagón al túnel inundado y perdiendo su arma y casi su vida. Sarya se aprestó a rescatarlo. La unidad entera se refugió en el vagón, que parecía una siniestra isla en medio del túnel inundado y oscuro. Entre Jurgen y yo pudimos aplicar primeros auxilios a los heridos. Al poco oímos cómo alguien o algo saltaba sobre el techo del vagón, y luego se precipitaba al agua. Nuestros enemigos seguían al acecho. Víctor, Henry y yo comenzamos a atisbar a través de las ventanas, mientras el sargento, Bryan y Sarya debatían el siguiente curso de acción. La cualidad de secreta del trabajo encomendado por el departamento de amenaza biológica, había suscitado resquemor entre la tropa, y la ausencia de elementos rebeldes en la zona, junto a las pobres cualidades de mando de Flint desembocaron en un conato de insurrección cuando se dejó embaucar por Bryan, llegando la soldado Sarya a amenazarme con su arma exigiendo saber para qué habíamos bajado. Afortunadamente pude imponerme y hacer que Flint retomara el control. No es la primera vez que veo a un soldado perder los nervios, pero no estoy seguro de si habría podido prever en su mirada el momento en que apretaría el gatillo. Debo confesar que estuve a punto de matarla en defensa propia. No puedo culpar a un soldado por buscar respuestas, pero sí por perder los nervios cuando su unidad más le necesita.
Una vez calmados los ánimos se decidió avanzar por el túnel del metro hasta el siguiente apeadero. Hacía rato que no escuchábamos actividad de esos malditos bichos, aunque sabíamos que estaban ahí fuera. De vez en cuando Henry y Víctor disparaban a “algo” que creían ver. No quisiera que dos tipos así tuvieran que cubrirme en una situación de combate.
Sarya encontró un mapa del trazado suburbano en uno de los vagones. Era obvio que estábamos en alguna de las líneas Este-Oeste de la zona centro-Sur, al Norte de la estación de Melding, pero ¿en cuál? El sargento resolvió avanzar hacia el Oeste. Ahora veo que eso fue un error, ya que la mayor concentración de apeaderos y estaciones (y por lo tanto salidas al exterior) está hacia el Este, que además es la zona controlada. Avanzamos en dirección Oeste por el túnel inundado y maloliente, con el agua por la cintura. La segunda bengala estaba a medio consumir, pero calculé que tendríamos de sobra para llegar a pie hasta un apeadero y salir a la superficie. Tratábamos de avanzar en silencio, la moral estaba bastante baja, y los nervios tan a flor de piel que incluso a mí me costaba mantener la calma cada vez que sentía algo que me rozaba la pierna bajo el agua o escuchábamos algún borboteo lejano. Cuando llegamos a la estación pudimos orientarnos: se trataba de un apeadero de la línea U4, cercano a Long Square. El júbilo inicial cuando encontramos las escaleras de subida apenas fue comparable a la gran decepción siguiente: la salida estaba bloqueada por un derrumbe. Una tonelada de escombros se interponía entre nosotros y el nivel superior. El siguiente apeadero estaba mucho más lejos, y fuera del perímetro controlado por el ejército, así que hubo que volver a meterse en el agua y desandar el camino andado, con la moral tocando fondo. Habríamos avanzado unos quinientos metros cuando se escuchó un sonoro chapoteo en la cola de la unidad, pero al atisbar, todo lo que vimos fue el agua revuelta, y Henry había desaparecido. Jurgen se apresuró a buscarlo bajo el agua, y algo le mordió la pierna. Una criatura escamosa saltó sobre los hombros de Flint y trató de sumergirlo, pero el viejo soldado se resistió bien, tumbándola de un culatazo. La criatura desapareció de nuevo oculta bajo el agua. Intentaba buscar un objetivo al que disparar mientras sotenía en alto la bengala. A mi espalda, Víctor también forcejeaba con otro atacante mientras en el perímetro de luz de la bengala, Jurgen se debatía contra algo pidiendo ayuda y tratando de sacar la cabeza para respirar. Sarya y Bryan corrieron en su ayuda, y tanteando para encontrarlo bajo el agua. Entre ambos consiguieron sacarlo, pero algo mordió y arrastró bajo el agua a otro de ellos, esta vez a Bryan. Jurgen tanteó buscando a Henry, mientras Sarya trataba de buscar desesperadamente a Bryan. Mientras, Víctor había conseguido retener contra el suelo a una de las criaturas y la estaba acribillando mientras ésta le mordía la pierna. Flint y yo pudimos dar cuenta de otro de los bichos. En el otro frente no tuvieron tanta suerte: todo lo que Jurgen encontró de Henry fue un brazo, mientras que el cuerpo inerte de Sarya se alejaba lentamente corriente abajo. De Bryan no había ni rastro. Jurgen lo buscó desesperadamente, mientras Flint trataba de recuperar el cuerpo de Sarya. Yo intentaba mantener la bengala de forma que pudiera iluminar ambos rescates. Finalmente Jurgen encontró a Bryan, o lo que quedaba de él: sólo recuperamos la mitad superior de su cuerpo con una larga hilera de intestinos colgando. Su cara siempre jovial estaba ahora parcialmente devorada. Al poco Flint trajo a Sarya. Estaba inconsciente, pero aún respiraba.
Parecía que los asaltantes habían huído por el momento, así que avanzamos tan rápido como pudimos hasta los vagones de metro. Flint cargó con Sarya, y yo arrastré por el agua el cuerpo inerte de una de esas criaturas. Una vez en el vagón, tras atender a Sarya, pude hacer un examen preliminar del la criatura, la cual me parece una nueva forma de vida, y no un ser humano mutado, muy diferente a los despojos humanos que encontramos en las alcantarillas, uno de cuyos cadáveres podíamos ver ahora desde la ventanilla del vagón, flotando inerte sobre el agua y parcialmente devorado. En estos túneles habían pasado de cazadores a presas.
Las opciones eran pocas: sólo podíamos seguir avanzando o esperar allí hasta que las bengalas se consumieran y después morir en la oscuridad, así que comenzamos a avanzar de nuevo hacia el Oeste, tan rápido como podíamos y mirando constantemente hacia atrás. La última bengala se había consumido hasta la mitad cuando llegamos a otro apeadero. Esta vez hubo más suerte y tras forzar la puerta de salida pudimos subir a la superficie y contactar con una patrulla local para que enviaran una unidad biológica de campo y una ambulancia.

Conclusiones finales sobre la misión:
1.- No se atisba actividad rebelde en el sector Sur. No se encontró ningún tipo de rastro de que la hubiera habido, lo cual me hace dudar seriamente de la fiabilidad de nuestro departamento de inteligencia.
2.- Los túneles de las alcantarillas superiores de esta zona son habitados por algunas formas de vida alteradas, aberraciones quasi-humanas cuya peligrosidad está siendo evaluada. A priori parecen afectados por algún tipo de infección vírica, y presentan horribles mutaciones. Se aconseja sellar todo el sector Sur del alcantarillado y esterilizarlo mediante napalm.
3.- En los túneles inundados del metro Sur habita otra forma de vida que está siendo estudiada. Tiene forma antropomórfica, aproximadamente un metro y veinte centímetros de estatura y su cuerpo aparece cubierto de escamas. Posee pies palmeados, manos coronadas por agudas zarpas y dos ojos sin párpado en un ángulo capaz de evaluar distancias, con características que me recuerdan a las criaturas abisales. Además presenta una boca llena de dientes afilados como cuchillas. Si sumamos su carácter marcadamente agresivo, todo hace pensar que se trata de depredadores.
Presentan branquias en el cuello, sin embargo por las heridas que recibió puedo asegurar que también posee pulmones y posiblemente una circulación cerrada. Espero ansioso los resultados de la autopsia de tan interesante ejemplar.
Miembros de la unidad y evaluación de los mismos:
Sargento Harold Flint. Ex-capitán del ejército y héroe de guerra (por confirmar). Expulsado por problemas de alcoholismo. Es el más veterano de todos, pero sus dotes de mando han sufrido un serio deterioro durante su tiempo de inactividad. Su reincorporación al cuerpo debe mantenerse aún en suspenso.
Soldado Sarya Lee. Ex-policía. Temeraria e indisciplinada hasta el borde de la insurrección. Pese a que al menos dos de sus compañeros le deben la vida y casi la perdió tratando de salvar a un tercero, la combinación de actos heroicos con ataques de histeria la convierten en un peligro para coherencia de cualquier unidad en un momento crítico.
Soldado Bryan West. Baja confirmada.
Soldado Jurgen Heinz. Mercenario. Eficaz y disciplinado pero le falta experiencia. Podría llegar a ser un buen soldado.
Soldado Henry Espinoza. Desaparecido en combate (posiblemente baja).
Soldado Víctor Espinoza (¿Primo del anterior?). Ligeramente cobarde y de gatillo fácil. Demasiado inestable para formar parte de una unidad permanente.
Fdo:
Teniente Jack Smith
Nº Id: 00008246.
Resumen 3ª partida:Un tipo siniestro y un trabajo sin terminar
Tras su aventura por las alcantarillas, Jurgen y Sarya fueron llevados rápidamente al hospital, pero no fueron tratados como un paciente normal, sino internados en una unidad de aislamiento biológico, donde se les hicieron todo tipo de pruebas y estudios, de cuyos resultados no fueron en absoluto informados. Pasados unos días, Sarya, harta de hacer de cobaya, se largó una noche.
Mark, por su parte, vagaba por el mercado buscando algo que hacer cuando tuvo un encuentro inesperado: su hermano Tom, integrante de su antigua banda seguía vivo. De alguna forma logró escapar de la emboscada en los yermos y llegar a la ciudad. Ambos hermanos se alegraron de verse, y en eso estaban cuando se les acercó un siniestro personaje con pinta de mafioso que se presentó como Donald D. Hernández y les propuso trabajar para él como ayudantes para un “encargo especial”. Aquello olía a bronca y los violentos carroñeros no lo dudaron mucho, y tras un pequeño regateo llegaron a un acuerdo con el tipo. Mientras cerraban el trato, un pequeño tumulto entre los tenderetes llamó su atención: era Sarya. Tras escaparse del hospital había salido del perímetro urbano seguro y vagó por la parte Sur de la ciudad medio muerta de hambre, inspeccionó su antiguo refugio, pero éste seguía invadido de pandilleros y gente de baja calaña, así que reentró en la ciudad a través de las alcantarillas y trató de robar algo para comer, sin mucho éxito. Sarya no tenía buena cara, pero al menos el grupo volvía a estar casi completo (a falta de Jurgen).
Reunido el variopinto grupo, Donald les dio más detalles del trabajo: la guerra entre dos importantes familias de traficantes de la zona Sur, Wachovsky y Andolini, parece haber acabado cuando Tony Andolini consiguió localizar el escondite de Wachovsky y mandó un grupo de mercenarios para que acabaran con él y con su familia... sin embargo algo salió mal y el trabajo quedó a medias: cuando los mercenarios acabaron con Wachovsky y su mujer, uno de ellos, un veterano llamado Arnold McGregor, en un alarde sentimental decidió que matar a los dos pequeños hijos de matrimonio era demasiado sucio incluso en unos días de mierda como los que corren. Su decisión le enfrentó al resto de su grupo, y en un segundo tiroteo acabó con los tres mercenarios que le acompañaban y desapareció con los dos niños: Víctor y Tamara, de catorce y ocho años. Ahora los tres tienen precio por sus cabezas. El gremio de mercenarios ofrece una recompensa por la cabeza de McGregor, pues traicionar un encargo va contra el código del gremio. Por su parte, Andolini quiere acabar su particular vendetta contra Wachovsky, para lo cual esta vez ha contratado a un tipo más sutil que un grupo de mercenarios y realmente sin escrúpulos. Ése es Donald (o debería serlo). El pequeño Víctor Wachovsky, con sólo catorce años parece ser un chico avispado, y Andolini teme que se convierta en un “capo precoz”.
El grupo comienza su investigación fuera del perímetro de seguridad militar, donde los traficantes operan con mayor impunidad. Comienzan preguntando a un viejo contacto de Donald en un antro de mala muerte apodado alque se conoce como la taberna del perro ahorcado (de hecho suele tener el cadáver seco de un perro colgando en la puerta, salvo cuando alguien hambriento lo roba).
Comienzan sus pesquisas sin suerte. La gente parece tener miedo de hablar de una u otra familia, y lo único que sacan en claro es que pese a la decapitación del clan Wachovsky, su actividad continúa, y aunque la guerra entre ambos traficantes parece haber amainado, sigue sin haber un claro vencedor en todo esto. Mientras Donald habla, se percata de que alguien en el bar les está escuchando y se encara con él, sin embargo el tipo se hace el loco. Al poco, mientras el grupo sigue tratando de sonsacar algo del contacto de Donald, el tipo que parecía estar escuchando sale del garito, y el grupo decide seguirlo a cierta distancia por las calles desiertas y ruinosas. El tipo acaba entrando en lo que fue un edificio de apartamentos y se mete en uno del segundo piso. Parece que ha habilitado ahí su refugio, y los personajes deciden asaltarlo por la fuerza, sin embargo la sutileza no es el punto fuerte del grupo y se entabla un tiroteo a través de la puerta en el que Sarya resulta herida. Entran en tromba en el piso a tiempo de ver cómo el tipo escapa por la ventana descolgándose por una cuerda prevista para tal efecto. Mark comienza a izarlo de nuevo hacia arriba, de forma que el tipo se suela por una ventana del primer piso. Sarya, Tom y Donald salen disparados escaleras abajo para pillarlo de una vez, mientras a Mark se le ocurre la genialidad de descolgarse por la cuerda y pillarlo por el otro lado. Cuando los tres compañeros llegan al piso de abajo, se produce una tensa escena (al estilo película de John Woo) en la que todos, armas en alto dialogan momentáneamente: el tipo se llama Peter Randall y es un mercenario freelance que anda buscando a McGregor por la recompensa. Bajo la presión confiesa que la única pista que ha conseguido hasta ahora es que el mercenario traidor podría haber buscado trabajo como guardaespaldas por la zona comercial o las naves del polígono. En medio de la tensión se escucha un alarido, algo enorme pasa cayendo frente a la ventana y cayendo con gran estruendo a la calle. Se trataba de Mark, que convertido en una especie de “Supercoco” postapocalíptico acababa de aprender su primera lección de alpinismo: si no sabes, no lo intentes. Tras unos momentos de estupefacción, Donald se da cuenta de que no podrá sacar más información del mercenario y decide pegarle un tiro, sin embargo un profesional a veces sabe leer la cara de su adversario como si fuera un libro, y el mercenario logra anticiparse dejando fuera de combate a Donald de un certero disparo. Aún así un tiroteo de tres contra uno en un espacio cerrado sólo puede acabar de una forma. Una vez muerto el mercenario, el balance son dos heridos, uno de ellos grave, y otro descalabrado abajo que trata de salir torpemente del contenedor de basura en el que ha caído (y que probablemente le ha salvado la vida).
Tras el encuentro con el mercenario, salieron del edificio ruinoso con Donald a cuestas y se dirigieron a la Mansión Donald, una casa de estilo colonial que conoció tiempos mejores (como todo) situada en un antiguo barrio adinerado. Allí el grupo se lame las heridas como puede. Pese al escalofrío y la repulsión que le provoca aquél lugar, Mark necesita la pasta, y si el patrón muere, no hay dinero.

Tom, el hermano de Mark, se largó al día siguiente del evento. Fue un bonito reencuentro, pero sus días de aventuras han terminado: durante el mes pasado consiguió un empleo estable como mecánico en un taller, algo que siempre se le dio bien. No hay tanta emoción, pero tampoco tanto riesgo. Les invita a que si algún día necesitan un buen mecánico se pasen por allí.
Por su parte Sarya no tuvo tanta suerte: su estado fue empeorando día a día. Las mordeduras que sufrió en las alcantarillas no acababan de cerrarse y supuraban continuamente. El disparo que recibió no ayudó mucho. En tan delicado estado Mark no se atrevió a moverla para tratar de reintroducirla en la ciudad. Como tampoco conoce la zona no tuvo suerte en encontrar un médico, y él mismo no estaba para muchos trotes, por lo que tras varios días luchando contra la infección sucedió lo inevitable. Durante todo este tiempo, Donald la observó con la avidez de quien ve madurar un fruto día a día.
Ha pasado casi una semana y la situación ha cambiado bastante: ahora sólo quedan dos miembros en el grupo y un cadáver. A Mark, influido por la atmósfera de la morada de Donald, se le ocurre una idea: convertir el cuerpo de Sarya en filetes y venderlos para sacar algo de pasta. Antes de que termine de pronunciar su idea, Donald ya está trinchando el pavo con cara de sádico. Es un tipo realmente inquietante.
Durante la operación reciben una visita inesperada: un recadero de Andolini viene a informarse de cómo andan las pesquisas de Donald, el cual logra despacharlo con facilidad, convenciéndole de que todo va viento en popa. El pobre mensajero, tiene tanto miedo de su jefe como del tipo que tiene delante, por lo que decide marcharse con la promesa de próximas noticias por parte de Donald.
Los compañeros terminan de deshuesar el cuerpo de Sarya y logran sacar casi 35 Kg de carne de la fornida ladrona, una vez separadas vísceras, huesos y otras partes poco aprovechables. Luego lo meten todo en un chorreante saco y salen a la calle con total indolencia al más puro estilo de Mr Croup & Mr Vandemar.
Es medio día y ambos compañeros deciden que para el trabajo que les ocupa necesitarán reclutar a gente, así que deciden probar en un garito con pinta bastante chunga, y de paso intentar vender los restos de Sarya. El lúgubre antro parece un lugar bastante inseguro, incluso en los tiempos que corren, sin embargo nadie parece echar mucha cuenta de los recién llegados. Ni siquiera los matones de la puerta les dirigen una segunda mirada; estos dos tipos allí son gente “normal”, y el hecho de que lleven al hombro un saco ensangrentado tampoco despierta mucho interés. Tratan de vender su mercancía al dueño del antro, haciéndola pasar por carne de rata y perro, pero éste no les ofrece mucho a pesar de que parece bastante fresca. Al no llegar a un acuerdo los personajes pasan de él y buscan entre los parroquianos alguien con suficiente pinta de marronero sin escrúpulos como para contratarle para el trabajo. Se fijan en un negro (o ciudadano de color postapocalíptico) con pinta de macarra que devora con avidez un negruzco filete sentado en un rincón. La extraña pareja se acerca sin recordar aquello de “no molestes a un animal mientras está comiendo” y comienzan a proponerle su trato sin dar muchos detalles (es decir, sin pronunciar las palabras “Wachovsky”, “Andolini” o “niños”), logrando despertar su interés. Las pintas de bien vestido de Donald hacen que el tipo, que resulta llamarse Jason, fije una tarifa bastante alta por conseguirles un par de secuaces para el “trabajillo”, con lo que comienza el regateo. Al final el matón aceptará el saco carne (“de rata y perro”) a cambio de conseguir a dos sicarios. Quedan para la tarde y le dejan allí acabándose el almuerzo. En el garito encontraron a un tipo que canjeó a Donald la tarjeta de ciudadano del mercenario muerto y cien generosos pavos a cambio de otra tarjeta de ciudadano cuya foto se parecía más a la del personaje. Al salir del garito, un tipo les aborda. Se presenta como Mike Carnby y muestra su interés por la mercancía que llevan. Tras comprobar que es fresca, les hace una buena, y les ofrece comprarles futuros paquetes de similar calidad. Tras unos momentos de duda, el dúo le vende el saco a Carnby por 500 pavos. Los personajes están ahora sin nada con lo que comerciar con Jason, pero piensan que ya saldrán del paso, y se dirigen a la zona de naves y talleres que ya conoce Mark. La única pista conduce al mercado o al polígono, así que se dirigen a éste último. Allí recogen el coche de Mark del taller de Dwight y comienzan a preguntar por McGregor sin demasiado éxito. Los tres chatarreros de la zona: Dwight, Samson y O’neil han contratado hombres armados desde los ataques de hace un mes, sin embargo sólo O’neil sufre ataques últimamente. O’neil recibe a estos pintorescos tipos con sus malas pulgas y su pinta de mafioso habituales. Cuando Donald le enseña una foto raída de McGregor, O´neil niega conocerlo, aunque conoce el asunto de la recompensa. Donald cree que no es del todo sincero. Un último vistazo al taller y a sus guardias les da una idea de cómo ha ido la cosa en las últimas semanas: en un mes el número de guardias contratados ha aumentado a ocho, y son caras nuevas, aunque el jefe de seguridad parece ser el mismo de la última vez: un tipo enigmático embozado como un nómada del desierto que suele observarlo todo con calma apoyado en la barandilla del piso de oficinas. Por el taller se observan impactos de bala, y alguno de los guardias muestra heridas menores. Parece que O’neil tiene movida últimamente. Antes de irse, Mark hace recordar a O´neil su última visita, y la habitual mala cara del chatarrero pasa a ser más calmada pero definitivamente más peligrosa. En efecto, se acuerda de Mark, y la despedida no es muy amistosa:
“-Ya nos veremos... (mirada de odio)
-Puedes apostarlo... (sonrisa de tiburón)”
Los compañeros abandonan el taller de O´neil y preguntan en el de Sansom, el cual mantiene su rostro jovial de siempre. También ha contratado protección, pero no ha sufrido ataques aún, y tampoco parece sonarle la cara de McGregor. Al preguntarle sobre O’neil les dice que es un tipo con pocos escrúpulos, pero aparte de eso no le consta que esté metido en nada sucio, aunque no pueda jurarlo.
Al salir de allí, Donald vuelve a echar un último vistazo al taller de O’neil, y Mark ve pasar un camión de una banda de carroñeros con la que tiene una vieja rencilla, y decide que es buen momento para saldarla, sólo son cinco. En el último momento Donald le hace desistir de su ataque frontal y deciden esperar. El camión entra en la nave de O´neil para vender su mercancía y los compañeros se acercan por la puerta trasera, se asoman y piden al primer mecánico que ven que llame a su jefe, pues tienen algo que contarle (aún no recuerdo qué), sin embargo interrumpir un acalorado regateo entre un tipo con aspiraciones de mafioso y un carroñero no suele ser buena idea, y O’neil, apenas vuelve a verles los echa de allí.
La extraña pareja se dirige entonces a casa del Dr Jackson, para ver si él ha oído algo del asunto de los niños y el mercenario desaparecido. El Dr no sabe más que la gente de la calle, pero acepta presentarles al tipo que le vende la morfina para las operaciones; quizá él sepa algo más. Los tres salen una vez más rumbo a la zona insegura de la ciudad, donde el Dr les presenta a su camello, un tipo con la cabeza rapada y una argolla en la nariz que se hace llamar Johnny. Tras una generosa propina les hace de soplón y les cuenta que la noche del tiroteo en casa de los Wachovsky dos chorizos callejeros vieron a un tipo salir cojeando ligeramente con dos niños. Lo siguieron con la intención de “darle el palo”, pero el tipo llevaba un fusil de asalto a la espalda y se movía por las calles con soltura y rapidez pese a su cojera. No parecía una presa fácil. Le siguieron hasta un barrio donde viven comúnmente obreros que trabajan para la ciudad y le perdieron la pista cerca de uno de los bloques de pisos. Estos pisos siempre tienen vigilancia armada a cargo de los propios vecinos, por lo que deducen que conocía a los guardias o bien los sobornó.
Con esta otra pista sólida, los compañeros montaron de nuevo en el coche. Recogerían a sus esbirros reclutados esa tarde y planearían acercarse por allí, pero... ahora no tenían con qué pagarles así que de vuelta a casa del Dr., aún por la ciudad ruinosa, dieron un pequeño rodeo buscando a alguien... y lo encontraron: al primer pobre mendigo que encontraron en un callejón Donald lo mató de un tiro en la espalda con su mágnum, ante los atónitos ojos del Dr., tras lo cual el siniestro tipo se acercó al cadáver con los ojos desencajados y la boca entreabierta, y hundiendo las manos en la sangre del pobre diablo comenzó a entrar en trance con los ojos en blanco. El Dr. bajó del coche y salió corriendo perdiéndose por las calles, y Mark estuvo a punto de hacer lo mismo. Una bonita forma de perder un buen contacto por frecuentar malas compañías...
Echaron el cadáver al maletero y se dirigieron a casa de Donald a “trinchar el pavo”. Debía ser media tarde cuando, terminada la sucia tarea, decidieron inspeccionar las casas cercanas en busca de cualquier cosa útil, sin embargo la zona parece bastante saqueada. Ya había anochecido cuando registrando una de las casa, un animal atacó a Mark. Parecía tener cola de rata, pero con ese tamaño difícilmente podía ser ese roedor. El rifle de asalto de Mark no resultó ser muy útil en combate cerrado. Mientras forcejeaba en la oscuridad, Donald decidió intervenir: abrió fuego con su pistola descargando un certero disparo... sobre el sufrido carroñero, que quedó medio muerto. El bicho decidió que ya había mordido bastante y se perdió en la oscuridad, dejando a Mark con la duda de si perseguirlo o directamente volarle la cabeza a Donald.
El carroñero necesitaba atención médica, así que Donald lo ingresó en el hospital y dejó a los profesionales hacer. Le quedan un par de días por delante antes de que la herida de Mark estuviera lo suficientemente cosida como para volver a meterlo en “fregaos”, así que se acerca al barrio donde se vio por última vez al mercenario. Dejando su arma en la puerta le permiten entrar y comienza a preguntar por McGregor, foto en mano. Los vecinos de la zona desconocen al tipo y le sugieren que pregunte al jefe de la comunidad, que vive en el bajo. Conforme más rato pasa por allí, más angustiado y asqueado se siente Donald. En el patio del edificio crece algo de vegetación verde, incluso un pequeño árbol. Le parece que hace siglos que no ve una planta verde, sin embargo eso lo angustia aún más. Llama a la puerta del jefe de la comuna sintiendo verdadero asco, pero el tipo no está dispuesto a recibirle y le insta a que vuelva por la tarde, cuando se reúnen para orar por la madre Tierra. Aquello hizo entender a Donald el porqué de sus sensaciones: el tipo era un chamán, uno de esos curanderos de la mami tierra y todo eso. Lo que faltaba. Apretó los dientes y volvió a llamar a la puerta, sabiendo a lo que se exponía. Esta vez el tipo entreabrió la puerta dejando la cadena puesta. Podía tener unos cincuenta años, pero se le veía vigoroso, y fugazmente pudo entrever el salón de la casa, donde sentados a la mesa le pareció ver lo que bien podían ser sus hijos, o bien su objetivo. Donald le puso delante la foto de Macgregor y preguntó una vez más por el mercenario. El santón negó conocerle, pero entonces se le encendió el rostro: acababa de reconocer lo que Donald era: un nigromante, y comenzó a echarlo al grito de “¡¡Aberración!!” “¡Los engendros como tú son un insulto a Gaia!” al tiempo que no atinaba a abrir la puerta del todo mientras los vecinos se iban asomando por la escalera. Donald decidió que era buen momento para salir de allí. Con paso tranquilo pero apresurado salió de allí lo más dignamente que pudo ante las atónitas miradas de la vecindad que se dividían entre su vociferante chamán y él. Con el embrollo olvidó recoger su arma al salir, aunque quizá no habría sido buena idea. Donald da un par de vueltas por la zona y descubre una pared alta pero de bloques cerámicos con huecos, que la hacen escalable. La pared da al patio del chamán, lo que le hace pensar en un plan.
Tras esto va a ver a su contacto con Andolini: Giuseppe. Una vez más en zona peligrosa, se dirigió a un garito de la parte Oeste llamado “La torre inclinada”. El antro aún conserva su aire italiano, sin embargo no huele a mozzarella ni de lejos; puede que las cosas les vayan bien, pero no tanto. Giusseppe esperaba que Donald ya hubiera “solucionado” el asunto, pero en vez de eso, se acerca para pedirle colaboradores y decirle que tenía localizados a los niños. Giusseppe no parece nada conforme con este retraso y sabe que Andolini anda impaciente con el tema, y además se niega a un asalto ruidoso: le contrataron a él por que era discreto. Aún así Donald consigue cierta colaboración: dentro de dos noches las patrullas militares no pasarán por la zona. Además Guisseppe vende a Donald un pequeño revólver a precio de oro, como “favor especial”.
Al día siguiente Donald se acerca de nuevo al garito donde conoció a Jason, y vuelve a encontrar al tiparraco en el mismo sitio sobre la misma hora. Allí logra llegar a un acuerdo otra vez dando a cambio la carne del mendigo, que tras dos días empieza a oler un poco. Deja transcurrir otro día y saca a Mark del hospital, el cual se larga sin pagar en un descuido, y sin estar curado del todo. La pareja se reúne de nuevo con jason, el cual viene con dos tipos con la misma pinta de negro marronero que él. Uno de ellos se marcha con la carne, y Jason y el otro aceptan acompañar a Mark y Donald.
Aparcan cerca del bloque y esperan a que anochezca, tras lo cual evalúan las entradas y deciden escalar la pared que da al patio del hechicero. La pared es fácil de escalar, aunque muy alta: llega hasta la cuarta planta y luego baja hasta el patio interior. El patio es como un pequeño oasis dentro de ese mundo: crecen plantas verdes en pequeñas jardineras y un árbol en el centro, similar al del otro patio. Una vez dentro, la puerta que da a la casa está abierta y entran lo más sigilosamente que pueden. La niña parece estar despierta y comienza a preguntar “¿Quién es? ¿Maestro? Víctor, despierta, creo que el maestro se ha levantado”, tras lo cual no se oye nada más, pero tampoco ha dado la alarma. Donald llama con susurros a uno de los niños “Víctor… Víctor…” lo cual debió provocar en el niño cualquier cosa menos ganas de acercarse. Los cuatro intrusos atraviesan la oscura cocina hacia los dormitorios, con la única linterna de Donald como guía… cuando uno de los matones tropieza con algo en la oscuridad y deja caer unos cacharros al suelo, despertando a todo el mundo. La voz del hechicero comienza a gritar “¿Quién anda ahí?”, pero ambos hechiceros opuestos son capaces de sentirse sin verse, y un segundo después comienza bramar “¡¡Aberración, debí matarte cuando te tuve delante!!” El nigromante manda a un pandillero a que se ocupe del chamán mientras él, inteligentemente, cuida la puerta de salida al bloque, con Jason cerca por si acaso. Mientras, Mark se lanza machete en mano a la habitación de los niños con la idea de abrirles el cuello.
El primer matón entra en lo que suponen la habitación del chamán fusil en ristre, pero apenas entra, una gigantesca llamarada ilumina toda la casa y el matón sale del dormitorio gritando envuelto en llamas y se dirige a trompicones al jardín donde se revuelca por el suelo en un inútil intento de apagar su cuerpo incendiado mientras grita como un cerdo. Tras él, sale de la habitación el hechicero, linterna en mano soltando imprecaciones, por lo que Donald y Jason deciden cargar a machete contra él, comenzando un ruidoso forcejeo en el pasillo. Por su parte, Mark encuentra la habitación de los niños vacía, por lo que comienza a registrar el armario furiosamente, a rajar los colchones y a mirar debajo de las camas. Al no encontrar nada levanta los somieres enteros y debajo de uno de ellos encuentra una pequeña trampilla con la puerta corredera abierta. Sin pensárselo se mete por el negro agujero. Debajo todo está oscuro. Trata de escuchar y cree oír pasos a su derecha, y ruido de agua, pero no logra localizarlos. Avanza a tientas tropezando y llega a una pared de la estancia en la que acaba descubriendo un agujero que parece dar a otro túnel.
En el piso superior, los contendientes demuestran que están más versados en el lanzamiento de hechizos y el manejo de armas de fuego que en combate cuerpo a cuerpo. Durante el forcejeo el chamán parece canturrear algo, pero nada ocurre. Donald no puede echar mano de su poder sin acabar con la vida de alguien o algo, así que siguen lanzando machetazos en la oscuridad mientras alguien empieza a porracear la puerta que da al bloque: “¡Maestro, Maestro! ¿Qué ocurre?”. Los vecinos de guardia han acudido al grito de “Aberración, aberración” de su líder. Donald decide ir a echar una mano a Mark y dejar que el matón se ocupe del hechicero loco, pero apenas se separa de ellos, el matón suelta un último machetazo fallido y dice “Tío, esto es una puta mierda, esto no estaba en el trato”, y se larga al patio. Comienza a trepar por la pared por la que entraron, sin hacer mucho caso del tizón ardiente que es ahora su antiguo colega.
Donald descubre la trampilla y desciende al sótano, iluminando la estancia. Allí hay muebles viejos y cajas apiladas con lo que parece ropa raída. Nada útil a simple vista. Después ilumina el agujero en la pared, junto a Mark, y ven que se trata de una salida al alcantarillado. Arriba, los vecinos han conseguido echar abajo la puerta y varios focos de linterna pueden verse por el agujero del techo…
…y en esto Mark saca una optimista conclusión: “creo que los tenemos acorralados”
Resumen 4ª partida:James Parker deja la convalecencia:
James Slayer Parker, pandillero. Cogido prisionero del tiroteo en el almacén de Dwight, consiguió salvar su vida a cambio de información sobre el resto de su banda. Convaleciente desde entonces, viendo que no le han matado e incluso le han pagado la atención médica, ha acabado haciendo migas con el grupo. Tras casi un mes de convalecencia recuperándose de las heridas sufridas en el almacén de Dwight, el pandillero se encontraba en plena forma... sin embargo la vida en casa del Dr. era bastante cómoda: era un sitio seguro, el doctor no era un tipo demasiado molesto cuando se emborrachaba y Lao cocinaba una especie de picadillo especiado bastante aceptable (si sobrevivías a las diarreas al principio). En efecto, la vida era bastante cómoda allí, aunque comenzaba a ser algo aburrida, hasta que una mañana el viejo Abraham volvió a casa totalmente pálido, murmurando algo sobre psicópatas asesinos. James se armó de paciencia y logró que el doctor se explicara, y éste relató lo que había visto hacer al carroñero y su nuevo amigo: de cómo habían estado hablando con su contacto acerca de guerras entre traficantes de la zona Sur, y de cómo luego habían abatido a tiros a un indigente en plena calle, sin motivo aparente, y después había sucedido algo que, dos tragos más tarde, el doctor no supo cómo explicar, salvo por la sensación de horror que le produjo. Acabada la explicación, y media botella de whisky después, el Dr. Jackson insistió en que James se marchara de allí, que él no quería verse involucrado en una guerra entre bandas y con tipos como Donald, no sin antes advertirle que si su colega Mark seguía juntándose con tipos así, pronto estaría muerto, o algo peor.
James no se tomó a broma la advertencia del doctor, así que comenzó a indagar por su cuenta acerca de la guerra entre los traficantes. Al fin y al cabo, le debía una al carroñero, y si estaba en peligro seguro que otro arma le vendría bien. Hacia media tarde, el pandillero dio con un tipo que le debía un favor, y tras una pequeña charla sobre los viejos tiempos, el tipo le pasó una pistola algo cascada y un puñado de balas y le informó de que esta noche la banda de Andolini planeaba algo, y que las patrullas militares, tan habituales dentro del perímetro, no habían rondado en todo el día por una pequeño suburbio obrero de la parte Oeste. James se dirigió para allá, llegando al caer la noche. En breve se activaría el toque de queda y él no debería estar allí, así que se escondió en uno de los múltiples bloques vacíos y buscó un buen punto en el primer piso desde el que otear la calle.
Jurgen vuelve a estar activo:
Tras dos semanas reponiéndose de sus heridas, el mercenario se encontraba en buenas condiciones para volver a la acción. Salió del hospital, pero antes hizo un par de preguntas sobre algo que le rondaba la cabeza: el “capitán” Flint se había ido un par de días antes, sin avisar, la noche anterior estaba allí y simplemente a la mañana siguiente su cama estaba vacía. Dada la buena relación que últimamente tenía con el veterano soldado, le extrañó que se fuera sin avisar, así que decidió preguntar al celador de su zona, pero el tipo dijo no saber nada. Lo mismo preguntó el soldado de guardia, pero el muchacho había sido asignado a esa zona del hospital ese mismo día, y no sabía quién hacía la vigilancia dos días antes, así que Jurgen decidió irse y no darle más vueltas al asunto. En esto andaba cuando por la calle se topó con Rab Laplegua, un mercenario freelance y viejo conocido. No andaba de muy buen humor, ya que acababa de llegar tarde a un posible trabajo. Al preguntarle de qué se trataba, Laplegua le contó que la gente de Andolini, un traficante, andaba reclutando mercenarios para un trabajo urgente ese mismo día. La guerra abierta entre Wachovsky y Andolini comenzaba a ser muy lucrativa para los mercenarios, pues lejos de terminar con la muerte de Víctor W. y su mujer, se había recrudecido, y ahora Andolini iba tras sus hijos, en un empecinado intento por acabar con toda la familia. En ese momento, Jurgen se acordó de que su último trabajo consistió en servir de protección personal para casa de los Wachovsky, un caserón fortificado en las afueras. El hermano de Víctor, Igor, contrató a mercenarios fiables en el gremio, y el trabajo fue bastante cómodo y sencillo: casi lo único que había que hacer era estar en la casa y hacer ronda por el patio. Jurgen tuvo oportunidad de conocer al Víctor, a su mujer Nadia, y a sus hijos, Víctor y Tamara, congeniando especialmente con el hijo mayor, Víctor, que demostraba una gran curiosidad e inteligencia para sus catorce años.
El trabajo de los mercenarios en casa de Wachovsky terminó el día en que su patrón, Igor, liquidó los contratos por que la familia se iba de la ciudad por un tiempo, sin embargo las noticias que le daba Laplegua contrastaban con la realidad: casi el mismo día que la casa quedó sin protección, los Wachovsky sufrieron un asalto y ahora los padres estaban muertos y los hijos desaparecidos.
Preguntando se va a Roma, y al igual que James, Jurgen dedujo dónde iba a ser el “trabajillo” de Andolini, de forma que Laplegua y él se fueron para allá.
El final de la cacería:
Mark y Donald entraron en un túnel de alcantarillado que se extendía a izquierda y derecha. Se pararon un momento a escuchar tratando de dilucidar por dónde huían los niños, pero con el rumor del agua corriendo y los gritos de los vecinos no lograron oír nada así que decidieron torcer a la izquierda. Y comenzaron a avanzar deprisa a la tenue luz de la linterna. Lejos, detrás, podía verse la luz de otra linterna en el túnel: sus enemigos andaban cerca.
Avanzados unos cien metros, el túnel terminaba en un pequeño espacio colector a donde desaguaban otros túneles más pequeños. Parecía poco probable que los niños hubieran huido por allí, así que decidieron volver sobre sus pasos extremando las precauciones, sin embargo sus enemigos no parecían haberles seguido. Al poco, comenzaron a oír disparos provenientes de la superficie...
Batalla a tres bandas:
La luz de una luna menguante semioculta por nubarrones de ceniza radioactiva no dejaba ver mucho, pero aun así, pasado un rato, James atisbó algo extraño: un paseante nocturno de gruesas ropas oscuras. En un barrio así, hace diez años ya habría sido raro; en los tiempos que corrían definitivamente estaba fuera de lugar. El tipo paseaba calle arriba y abajo, como si disfrutara de la tranquilidad de un buen toque de queda. Siguió oteando y vio a algún otro individuo de similar aspecto que intercambiaban breves charlas entre ellos antes de seguir rondando la calle. Sin duda, aquel era el lugar. James estaba absorto pensando esto, cuando escuchó un tiroteo a una manzana de allí. Los supuestos paseantes se dirigieron hacia allá a toda prisa mientras sacaban un arsenal de armas que habían llevado hasta ahora ocultas.
James bajó y se colocó a la espalda de uno de los tiradores. Aquello más que una pelea de bandas, parecía un asalto a una pacífica comunidad de vecinos... o no tan pacífica, pues aunque pillados por sorpresa estaban tan bien armados como los asaltantes. El pandillero se acercó sigilosamente a uno los asaltantes por la espalda y le gritó “¡Quieto, cabrón!”, a lo que el desconocido respondió dándose la vuelta y abriendo fuego. James fue más rápido y logró abatirlo pero quedó herido, y otro tirador, desde la otra acera, malhirió al pandillero, que quedó semiinconsciente y al borde de la muerte.
Por una calle perpendicular, Jurgen y Rab fueron testigos de la caída del pandillero mientras llegaban. Jurgen reconoció al tiparraco negro que habían dejado al cuidado del doctor, y corrió en su ayuda mientras Rab despejaba la zona a tiros. La rápida intervención de Jurgen logró estabilizar al herido.
Por su parte, Donald y Mark volvían sobre sus pasos cuando vieron más adelante en el túnel a dos individuos encaramados a la escalerilla y asomados a la calle. Se acercaron un poco más y Donald realizó un torpe disparo que hizo que el revólver se le escapara de las manos, al tiempo que alertaba a sus enemigos. Uno de ellos saltó al interior del túnel y comenzó a musitar algo. Los compañeros reconocieron al chamán y, temiéndose lo peor, decidieron largarse. Echaron a correr fácilmente, ya que el agua que les cubría hasta casi la rodilla había desaparecido, sin embargo su alegría no duró mucho, pues con un rugido, una avalancha de agua de cloaca se les acercaba rápidamente arrasando el túnel. Mark fue más rápido que Donald, y trepó por la primera escalerilla que encontró, ayudando a salir a Donald. Muy por los pelos, pero estaban a “salvo”... en mitad de un tiroteo. En un rápido vistazo, Mark creyó reconocer a Jurgen atendiendo a un herido, y rápidamente se apartaron de allí, uno hacia cada lado de la calle, en busca de cobertura en los portales.
El tiroteo aún no tenía un claro vencedor: los asaltantes eran más profesionales, pero los vecinos eran más numerosos. Mark pudo reconocer al herido, era James, y otro mercenario le estaba aplicando una cura de urgencia. En la acera de enfrente, Jurgen abatió a un asaltante que cayó muerto cerca de Donald, y éste se apoderó de su arma. Echó un vistazo desde su posición y vio la cabeza del chamán asomando por la alcantarilla por la que acababan de salir. El tipo murmuró algo y un remolino de viento lanzó por los aires a uno de los asaltantes. Donald aprovechó la ocasión para dispararle, pero era un tiro difícil y falló. En el otro lado de la calle, Jurgen, Laplegua y Mark evacuaban a James, así que Donald decidió unirse y largarse de allí cuanto antes. La misión se había ido al garete por el momento, pero al menos no estaba como el pandillero, se dijo, mientras pensaba aquello de "ho, ho, ho, now I have a machine gun".
Evitando el toque de queda se dirigieron a casa del Dr. Jackson. Jurgen y Laplegua convencieron al doctor de que atendiera a James, mientras Donald y Mark, que procuraron no aparecer por allí, decidieron que tenían un “trabajito” que hacer esa noche. El doctor, aunque medio borracho, terminó lo que Laplegua había empezado en mitad de la calle, mientras el mercenario trataba de sondear dónde conseguir un buen instrumental quirúrgico. Pese al mal humor del doctor y sus reticencias, sacó por conclusión de que por el mercado se pueden encontrar estas cosas. Mientras, Jurgen trataba de penetrar el hermetismo de Lao y enterarse de cómo preparaba su picadillo especial, aunque no sacó mucho del chino, más o menos se hizo una idea de la materia prima... Los mercenarios decidieron descansar allí mismo. Al fin y al cabo el doctor no diría nada: estaba tan borracho que ya estaba durmiendo la mona.
Mientras, por las oscuras calles de Raccoon city, dos siniestros personajes en un viejo coche volvían a la escena del tiroteo de una hora antes. Aparcaron a dos manzanas y vieron que los habitantes del bloque habían repelido a los asaltantes, y ahora apilaban los cuerpos muertos de éstos en la calle. Mark y Donald esperaron tranquilamente a que los “apacibles” vecinos terminaran su labor, tras lo cual abandonaron el montón de cadáveres en la calle y se volvieron a encerrar en su bloque de viviendas. Entonces los dos compañeros acercaron el coche y comenzaron a cargar cuantos cadáveres cabían, logrando acomodar a cuatro entre el asiento trasero y el maletero, bajo la atónita mirada de algún vecino que aún vigilaba la calle. Una vez el coche estuvo cargado, se fueron al cuchitril de Mark y comenzaron a “deshuesar el jamón”. Varias horas más tarde, la salita de Mark parecía un gran charco de sangre, pero la labor había terminado, sacando unos cien kilogramos de carne humana una vez limpia de vísceras, huesos y piel. Envolvieron lo que cabía en una sábana y el resto quedó amontonado en el salón. Se dispusieron a dormir plácidamente, sin embargo la noche aún deparaba sorpresas: alguien había colocado una trampa explosiva de poca potencia bajo el colchón de Mark, que la activó al tumbarse. Quizá por suerte o quizá por poca profesionalidad del tipo que la colocó (o quizá por que en “D20 moderno” una granada es poco menos que un petardo), el carroñero salió herido pero vivo del atentado. Inmediatamente ambos compañeros lanzaron sus hipótesis: “Andolini...”, dijo Donald. “No. O’neil...” apostilló el carroñero. Sea como fuere, mañana sería otro día, y había mucha mercancía que vender.
Un día cualquiera en Raccoon City
A la mañana siguiente, un sol postapocalíptico salió de nuevo por el Este, y Mark & Donald, Tasty & Nasty, se puso en marcha de nuevo (el coche seguía tan tranquilo en la calle, fallo del máster). Salieron del perímetro rumbo a la taberna del Perro Ahorcado, donde consiguieron contactar de nuevo con Mike Carnby, el tipo que les compró la carne el otro día. Sin embargo, alguien comenzaba a pisarles el mercado: Carnby ya tenía un saco de “mercancía”, y había otro tipo en el lugar dispuesto a vender la suya. Esta vez los compañeros sólo sacaron seiscientos pavos por los cien Kg, lejos de los cuatrocientos que obtuvieron por sólo cuarenta Kg la otra vez. Habría que pensar en diversificar el negocio...
Jurgen, Rab, y un debilitado James, salieron temprano de casa del médico y se dirigieron al mercado. Laplegua buscaba un maletín médico que le permitiera utilizar mejor sus habilidades, y Jurgen, depués de lo que había visto comenzaba a barajar la posibilidad de buscar curación sobrenatural para James. En el mercado, había una gran agitación: todas las bandas de carroñeros de la ciudad se estaban pertrechando a lo grande. Rab trató de preguntar a uno de ellos, pudiendo comprobar de primera mano la sutileza y afabilidad de estos tipos. Al poco se toparon con Mark y Donald, que traían cierta cara de satisfacción, sobre todo el segundo. Cuando Mark observó a los carroñeros, se dio cuenta de que preparaban una gran salida: acaparaban todo tipo de armas, herramientas y los que podían, incluso vehículos pesados. Mark había observado comportamientos así en el pasado, cuando alguna banda descubría una fábrica abandonada sin saquear, o un viejo depósito del ejército, en cuyo caso la voz se corría rápidamente, pero esta vez había algo diferente: en la calle nadie había oído nada sobre ningún nuevo “yacimiento”. Era como una nueva fiebre del oro (del acero) irracional. Mark, Donald y Rab, viendo el negocio, comenzaron a evaluar diversas posibilidades: tratar de ser reclutados por una de las bandas, atacarles en los yermos, formar una banda de falsos carroñeros y atacar un convoy del ejército... todas parecían un poco descabelladas para una fuerza tan pequeña, así que lo primero es conseguir más fuerza, y Mark & Donald no se lo pensaron mucho: una adecuada cantidad de explosivos lo soluciona todo. Sin embargo, no es tan sencillo conseguir estas cosas. Después de bichear un rato por el mercado, encontraron cuatro granadas (“Alá es muy generoso” xD) y unos cartuchos de dinamita. Los carroñeros habían arramblado con casi todo. Rab buscaba un rifle de francotirador, pero resultó ser un artículo demasiado restringido para el mercadillo de despojos de Raccoon City.
Mientras, Jurgen llevó a James a donde el tiroteo del otro día en busca de un chamán que le curara. Con un poco de suerte, no les reconocerían... y así ocurrió. El chamán recibió a James como si de su propio hijo se tratara, y aceptó curarlo sin reparos. En casa del chamán, el pandillero fue testigo de cómo la naturaleza puede volver a retoñar: en el patio central del edificio, un árbol de tamaño medio crece vigoroso y verde (algo que hace años que James no veía), y en el patio trasero, otro pequeño árbol y algunas plantas en jardineras también se veían vigorosas. A medida que el hechicero se concentraba y murmuraba algo, las heridas de James se cerraban, su espíritu quedó sereno hasta que le invadió el sueño... Cuando despertó se encontraba sano y descansado. El pandillero, bastante hosco habitualmente, abrazó efusivamente al curandero, y salió de allí. Al salir, los guardias de la comunidad aceptaron “la voluntad”. Ni siquiera la caridad es gratis en estos tiempos. Pagó Jurgen, como siempre.
El día avanzaba mientras decidían el mejor curso de acción, y el hambre se apoderaba de los cinco amigos. Todos se dirigieron a las oficinas de racionamiento a por su ración diaria, salvo James, que carecía de ciudadanía... por poco tiempo. El pandillero no se anduvo con sutilezas: espero pacientemente a que otro negro que se le pareciera a él saliera de las oficinas con su ración bajo el brazo, y al final así ocurrió. James vio a dos tipos, uno blanco y otro negro y una mujer, también de color. Uno tipo era de su misma complexión. Esperó pacientemente a que comieran y los siguió hasta que los colegas se separaron, quedando sola la pareja, que se encaminó tranquilamente a su destino Esperó a que pasaran por alguna calle menos transitada, se les acercó por la espalda y le voló la cabeza al tipo. La mujer comenzó a chillar histérica, incapaz de huir ante aquello. James le disparó también a ella, pero falló y la mujer comenzó a huir de allí gritando. El pandillero registró el cadáver y encontró rápidamente lo que buscaba, tas lo cual, comenzó a desfigurarle el rostro a golpes con su pistola. Sin embargo, cuando empezaba, sonó un disparo y una bala le pasó rozando: dos vecinos del barrio habían acudido en ayuda de la mujer y trataban de acabar con el asaltante, así que James puso tierra de por medio. Logró escapar, sin embargo una bala le alcanzó. Había durado ileso apenas unas horas. Aún así ahora tenía una tarjeta de ciudadano y una cartilla de racionamiento, ambos a nombre de Edward Johnson. El tipo de la foto se le parecía bastante.
James volvió a encontrarse con sus colegas, y Rab tuvo la delicadeza de cerrarle ése nuevo agujero sangrante. A este ritmo, el pandillero pronto parecería un colador. Mientras James hacía de las suyas, el mercenario se había hecho con parte de un viejo listín telefónico, concretamente con las partes referentes a farmacias y centros médicos, y había estado buscando por dentro del perímetro este tipo de establecimientos abandonados, pero pronto se dio cuenta que la zona “segura” estaba demasiado saqueada. Si quería encontrar alguno de estos suministros médicos tendría que buscar fuera del perímetro o en el mercado negro.
Reunidos de nuevo, estaban como al principio: Donald había perdido la pista de los niños, y a Jurgen no le hacía mucha gracia el encargo. A Mark le rechinaban los dientes cada vez que veía a ciertos carroñeros, y Rab se preguntaba con qué banda de locos había ido a dar. Deliberaron un rato y decidieron seguir adelante con el plan: acumular fuerza. Si lograban reunir una buena banda, todo sería más fácil, y de eso James entendía bastante, así que les propuso una idea: tras la “fiesta” en el garaje de Dwight unas cuatro semanas antes, debía quedar aproximadamente la mitad de su antigua banda, entre ellos el jefe. Si lograban matar al jefe, las cosas seguirían su curso natural: en este tipo de grupos lidera el más fuerte. Estos tipos tenían algunos vehículos ligeros y un buen arsenal, todo vendible o utilizable. Mark y Donald se miraron, se sonrieron y dijeron al unísono: “necesitaremos más armas”.
Resumen 5ª partida:Laplegua, James, Mark y Donald se dieron una vuelta por el mercado y compraron unas granadas y algo de dinamita, que siempre es útil, mientras Jurgen se fue a visitar la central del gremio de mercenarios en busca de algún encargo más “normal”.
El mercado seguía bullendo de agitación: diversas bandas de carroñeros seguían comprando pertrechos como si fueran a hacer la salida de su vida, pero ¿A dónde? Movidos por la curiosidad, los compañeros decidieron aparcar de momento el asunto de la antigua banda de James y tratar de enrolarse en una partida de carroñeros para probar suerte. Su jefe, “Big Joe”, les dio el visto bueno y les pidió que estuvieran localizables. Trataron de averiguar la fecha de partida y el destino, pero lo único que averiguaron fue que el propio jefe no tenía claro cuándo ni a dónde, lo cual escamó a Mark, el cual tocó las narices un poco al carroñero cuando al insinuarlo. Aun así, de momento no perdieron el trabajo.
Atando cabos, los compañeros pensaron que alguien había tomado demasiado en serio las historias de Flint y sus tanques, hasta el punto de... ¿Hacer desaparecer al capitán? Informados por Jurgen, ee dirigieron al hospital, que fue donde se le vio por última vez. Al principio preguntaron por el teniente Smith (sí, Jose, al final se llamaba Jack Smith xDD), el oficial científico asignado a la misión en las alcantarillas, pero, una simpática enfermera les informó de que su paradero es información restringida. En cuanto a Flint, les dijo que tres días antes había firmado el alta voluntaria y se había marchado. El celador de su bloque la había entregado por él. Tras esto, los compañeros fueron a ver a dicho celador con la excusa de visitar a Espinoza, otro de los supervivientes de la misión. Hablaron con Espinoza, aunque no sabía mucho del capitán, así que fueron a charlar con el celador: un jovenzuelo irreverente llamado Adrian (algo así como Mark con diez años menos) que se entretenía en su puesto echando un solitario de cartas. Pese a la amedrentadora presencia del grupo, el niñato les vaciló un poco y no soltó mucho. Dijo lo mismo que el resto: que Flint firmó el alta voluntaria y que no sabía a dónde pudo ir, sin embargo era obvio que sí sabía algo más, pero en un hospital de campaña lleno de soldados vigilando, el tipo se sentía seguro, así que decidieron marcharse... y saludarle una vez fuera. James se quedó dentro para ser atendido de su última herida, ya que ahora era “ciudadano”, y por lo tanto tenía derecho a atención médica (que por cierto, pagó a la salida, olvidé comentártelo, Manu. El sistema sanitario aquí funciona así ^_^), y una vez atendido intentó flirtear un poco con la enfermera de recepción, pero su falta de tacto le truncó el plan.
Mientras James era atendido, el resto se colocaron fuera y esperaron pacientemente a que Adrian saliera de su trabajo. Tres horas después, ya avanzada la tarde, tuvieron suerte: el niñato salió con sus típicos andares vacilones y echó a andar calle abajo sin percatarse de que tres tipos le seguían a cierta distancia. Le siguieron un rato hasta llegar a una zona menos transitada. Adrian se dirigía hacia un bareto mientras barajaba tranquilamente su baraja de cartas, así que el grupo decidió actuar: se separaron y Laplegua lo abordó pidiendo ayuda, diciendo que había encontrado a alguien herido allí cerca. Debió pillar al chaval en la hora tonta, o bien la interpretación de Rab fue de óscar, ya que Adrian le creyó y se acercó con él a la boca de un callejón oscuro, pero una vez allí vaciló. En ese momento Donald trató de acercarse por su espalda sigilosamente, pero el sigilo con un chaleco antibalas y cargado de equipo no es tarea fácil, y el niñato se percató del plan. Echó a correr pero Laplegua lo abatió de un tiro. A unos 20-30 m, el bareto cercano un par de caras se asomaron a la puerta al oír los disparos, pero no se acercaron a comprobar nada, son cosas que pasan a diario. Arrastraron al niñato herido a un callejón y ahí sí contó todo lo que sabía ayudado por las “amables caricias” del carroñero: en la misma sala de convalecencia que Flint, había dos carroñeros más. Scars, tipos peligrosos de la que podría ser la banda más fuerte de Raccoon city. Se interesaron por la batallita del viejo y le propusieron a Adrian un buen trato: él les franquearía el paso a por Flint y falsificaría su alta médica a cambio de un puñado de pasta, algo necesario para un jugador como él, de modo que la noche de los hechos, Adrian distrajo a los guardias durante el relevo nocturno con cualquier excusa, y dejó la salida de emergencia del ala abierta. Entraron tres tipos embozados de negro y sacaron de allí al capitán silenciosamente. Rápido, limpio y silencioso. Todo lo contrario del estilo de los carroñeros, por lo que parece ser que los tipos eran especialistas contratados. Una vez soltada toda la información, el destino del jovenzuelo quedó sellado: Mark se llevó de allí a punta de pistola a Laplegua, el único con algo de conciencia y escrúpulos, y Donald con su cuchillo terminó el trabajo con el celador, tras lo cual ocurrió algo horrible y enfermizo que por suerte ni Mark ni Rab pudieron ver.
Después de esto fueron a recoger a James al hospital, al que encontraron en la puerta con cara de “hoy no mojo”, y se dirigieron al apartamento de Rab justo antes de que el toque de queda se hiciera efectivo. Allí pasaron la noche desconfiando los unos de los otros: Rab encerrado en su habitación y con la puerta del piso también cerrada, para evitar que Mark y Donald se dieran “un paseo nocturno”.
A la mañana siguiente se acercaron por el mercado a ver si Big Joe sabía algo más sobre la fecha de partida hacia los yermos, pero al ver que el tipo seguía sin dar respuestas claras, Mark comenzó a poner en duda su liderazgo. Aquello tocó los huevos definitivamente a Joe, que a punta de pistola echó de allí a los aspirantes bajo la expectante mirada de toda la banda. Cuando Mark se negó a moverse, sólo la divina intervención de Laplegua (y un máster muy benévolo) impidieron que hubiera un carroñero bocazas menos en el mundo.
Sin trabajo de nuevo, los personajes vagaron de nuevo por el mercado indagando un poco acerca de quién hace trabajos de “guante blanco” por la ciudad. Finalmente, Donald, gracias a un viejo conocido recordó de una banda de ladrones (en el sentido más tradicional de la palabra) con la que se podía contactar para este tipo de trabajos en la zona Oeste, por un sector de naves y almacenes abandonados. Se dirigieron todos para allá en coche y rondaron por la zona un rato. Las patrullas del ejército no se acercan mucho por allí, pues tampoco hay nadie a quien “servir y proteger”. Los almacenes de esa zona están en diverso estado de deterioro: algunos ruinosos y otros aún en buenas condiciones. Asimismo, muchos permanecen cerrados, con pinta de haber estado mucho tiempo así. Tras una búsqueda algo más minuciosa, el grupo encontró un almacén cuya puerta principal mostraba signos de haberse utilizado recientemente. Incluso en el suelo había marcas de neumático de un vehículo de dos ruedas. Aupándose por la ventana y mirando con detenimiento, Donald vio en el interior algunos embalajes de madera, restos de actividad humana reciente y lo que parecían un par de motocicletas cubiertas por una lona. Decidieron que aquel era el lugar... y si no lo era, tanto daba: sólo por las motos ya merecería la pena.
Donald decidió colocar fijar toda la dinamita que llevaba (tres cartuchos) a una pequeña puerta lateral, los prendió con un toque de su mano (ante la atónita mirada de los otros tres), y salieron corriendo a guarecerse. La detonación abrió un boquete en la pared del tamaño del túnel del metro, arrancando la puerta de sus goznes. Vía libre. Entraron en tromba con las armas por delante y fueron recibidos a tiros por unos tipos que, con cara de sorpresa, salían de una puerta del fondo del almacén, situado sobre ellos, en una doble altura. Rápidamente se armó un tiroteo donde balas, hechizos y granadas de mano volaron en todas direcciones. Tras un par de turnos, ambos bandos estaban parapetados. Los defensores se cubrían tras los marcos de las puertas y no tenían escapatoria, pero habían conseguido abatir a un asaltante (Donald) y herir a otro (Laplegua) mientras atendía al primero. Sin embargo pronto las cosas comenzaron a ir mal para ellos: su arsenal sensiblemente inferior comenzó a pasarles factura. Las armas cortas no parecían parar el avance del carroñero, que subió las escaleras hacia el altillo mientras sus amigos le cubrían desde abajo con ráfagas de fuego automático. Laplegua logró al fin lanzar bien una granada, que dejó momentáneamente a un asaltante fuera de combate. Mark ganó la habitación contigua a los defensores. Evaluando la situación, se percató de la fragilidad de los tabiques de yeso que le separaban de sus enemigos y sacando su mágnum disparó a través de la pared. Por el grito que oyó, supuso que había hecho diana. James lanzó otra granada a la habitación contigua de Mark, pero la defectuosa granada postapocalíptica no explotó, sin embargo aprovechando que los defensores se tiraban al suelo al verla, Mark entró a saco en la habitación a tiro limpio mientras James subía por la escalera uniéndose al asalto de la “colina de la hamburguesa” (donde los hombres se convirtieron en carne picada). Atacante y defensores abrieron fuego, pero la mala puntería y el bajo calibre de sus armas sentenciaron el encuentro (sin mencionar que Mark fue poseído por el espíritu de Robocop), de tal forma que cuando James llegó sólo encontró dos cadáveres y un herido que salía cojeando de la habitación perseguido por el carroñero. Los dos últimos defensores se parapetaron en la última habitación. Al primero Mark le voló la cabeza sin inmutarse (esos dados de Manu que sólo sacan 20...), El segundo, herido, se rindió y pidió cuartel... La colina de la hamburguesa había sido tomada.
Una vez asegurado todo, interrogaron al prisionero con bastante sutileza (para como suelen actuar normalmente). Al parecer él y sus compinches secuestraron a Flint en el hospital y lo entregaron a los Redscars (sí, no me he quebrado con el nombre xD) en un almacén que podría ser su base. Ahora todo está más claro: sólo hay una banda de carroñeros que sabe a dónde hay que ir; las demás sólo están esperando a que salte la liebre como carroñeros (nunca mejor dicho).
Con una mezcla de adrenalina y júbilo por la victoria, los compañeros de infortunio decidieron perdonar la vida al ladrón, el cual fue entre reclutado y coaccionado para trabajar con ellos de facto (“ahora no tienes banda, chaval ¿Prefieres trabajar con nosotros y vivir o morir aquí mismo?”). La respuesta del tipo fue obvia...
Resumen 6ª partida:Marrones en la ciudad
Tras la toma del almacén, se procedió al traslado de los heridos: Mark se llevó en coche a Donald al hospital y una vez se hubo marchado, se percataron de que el ladrón capturado (Thomas) también estaba malherido, así que lo llevaron a pata a casa del Dr. Jackson, que apestando a whisky barato accedió a atender al enfermo por la tarifa de costumbre. Dejaron al tipo al cuidado del doctor y se largaron al mercado en busca de algo con lo que tapar el enorme agujero de la pared. De camino, pasaron por el gremio de mercenarios donde Jurgen había estado tratando sin éxito de conseguir un trabajo, y de paso perdiendo unos pavos a las cartas.
En el mercado, los carroñeros siguen arramblando con todo tipo de pertrechos, repuestos y armas. Aprovecharon para “felicitar” a Sameh por la efectividad de sus granadas y acabaron comprándole más granadas (Laplegua), un rifle de caza (James) y más munición. Sólo a última hora de la tarde a alguien se le ocurrió que habría que comprar algo para los trabajos de albañilería. Decidieron comprar un saco de cemento y sacar los ladrillos, la arena y el agua de donde se pudiera. Tras acercarse por la oficina de racionamiento y obtener su ración diaria, apenas quedaba una hora para que se activara el toque de queda, y no tenían el coche, así que se encaminaron con el saco a cuestas de vueltaa su nuevo hogar.
Dicen que en Raccoon City, si no buscas marrones, ellos te buscan a ti, y en este caso fue cierto… De camino al polígono abandonado, las calles se van haciendo cada vez más solitarias, hasta que llega un momento en el que no se ve ni un alma por la calle, y menos a tres paseantes que casualmente lleven tu mismo camino, y James se percató de ello. Comenzó a sacar su recién comprado rifle de caza al tiempo que se lo comunicaba a Rab y Jurgen, cuando alguien desde atrás les llamó “eh, tíos ¿Teneis una ayudita?”.
“Vaya una excusa”, pensó el pandillero, y se dio la vuelta presto a darles una ayuda en forma de plomo, sin embargo los desconocidos habían pensado lo mismo, y rápidamente se entabló un tiroteo en plena calle, con ambos bandos a escasos 15 metros de distancia y sin cobertura. Las armas automáticas de Rab y Jurgen comenzaron a marcar la diferencia al descargar una lluvia de “ayudita” sobre los asaltantes, cuya munición postas apenas estaba dañando a los compañeros. Mataron a uno y malhirieron a otro, sin embargo la emboscada estaba algo más preparada, y desde el otro lado de la calle comenzaron también a venir disparos, y esta vez de armas automáticas. Sorprendidos entre dos fuegos, los compañeros se separaron un poco para evitar caer varios en una ráfaga y se echaron al suelo, mientras disparaban. Sus enemigos les imitaron. Rab lanzó una granada sin mucho tino, mientras James acortaba algo de distancia buscando una carga cuerpo a cuerpo, sin embargo la balanza se desequilibró cuando Rab cayó de un certero disparo, haciendo que James enloqueciera y se pusiera a disparar como un loco. Eso atrajo más disparos sobre él, mientras Jurgen, desde el suelo, trataba de mantener la cabeza fría y hacer lo que mejor se le daba: seguir disparando… Cuando todo acabó, Jurgen pudo levantarse, y observar la carnicería: ocho cuerpos yacían sembrados por toda la calle, tirados como muñecas rotas sobre charcos de sangre. A su lado, el cadáver de Rab Laplegua, con la tapa de los sesos levantada, conservaba su sonrisa optimista aun en el momento de morir, y en medio de la calle James agonizaba. Jurgen se armó de valor y cargó con James a su espalda hasta el almacén, que estaba cerca. Allí Mark había dejado el coche aparcado y se había pirado, así que metió al negro en el coche y salió rumbo a casa del Dr Jackson. Era casi de noche y las patrullas dispararían a cualquiera que desafiara el toque de queda, pero no le quedaba más alternativa. La zona del hospital estaría muy patrullada, pero el doctor vivía en los suburbios. Era mejor que nada. En aquel momento no recordó en la existencia de la comunidad del chamán.
Consiguió llegar a casa del doctor, el cual tuvo que espabilarse de su borrachera para atender a James. Una vez pudo extraer las balas y suturar las heridas, el pandillero debería descansar. Bajo los cuidados de Lao y la mirada divertida de Thomas que pensaba aquello de “quien a hierro mata…”.
Jurgen decidió pasar la noche en casa del doctor antes que tentar a la suerte de nuevo con el toque de queda. A la mañana siguiente, antes de que nadie se levantara, salió de nuevo con el coche y volvió a la escena del tiroteo. Todo seguía tal cual, así que recogió el cadáver de Rab, el maldito saco de cemento y las armas de los asaltantes: escopetas y rifles sin más. Todo indicaba que eran simples chorizos nocturnos. Mientras recogía todo, fue sorprendido por una patrulla militar y, más mal que bien, tuvo que dar algunas explicaciones. Su excusas no fueron muy buenas, pero el cabo que le interrogó tampoco tenía muchas luces, o bien acaba de empezar su servicio y no tenía gana de marrones, así que su condición de mercenario gremiado le sirvió de credencial y la patrulla le dejó hacer. Una vez todo estuvo cargado, se dirigió a la residencia del chamán, y contrató unos servicios fúnebres para Rab. El chamán accedió sin problema.
Dicen en Raccoon City que algo en el mundo muere cuando un hombre bueno muere.
Rab fue enterrado en una fosa común (por falta de más espacio) en el patio comunal del edificio, junto al árbol de la comunidad, tras una emotivo ritual al que acudieron todos los vecinos. El chamán quemó hierbas mientras entonaba unos cánticos incomprensibles, y Jurgen tuvo la seguridad de que su amigo estaba ahora en algún sitio mejor. Al acabar, el ánimo de Jurgen estaba algo mejor. Decidió echar el resto del día haciendo de albañil improvisado y tapando el agujero que hicieron sus compañeros en el almacén. A medio día fue a por su ración de comida, y encontró un tumulto frente a la oficina de racionamiento. Se abrió paso y logró llegar al cordón de soldados que bloqueaba la entrada frente a la masa que se agolpaba gritandoy protestando. Enuna accidentada charla con un soldado logró averiguar el motivo de aquello: ese día no habría comida. El comboy que transportaba los alimentos fue atacado por rebeldes en los yermos, antes de que entrara en la ciudad. De los tres camiones trailer que venían, dos desaparecieron, y otro fue saqueado y quemado. De los vehículos militares de escolta, algunos yacen calcinados en medio de la carretera y otros han desaparecido, incluído un blindado APC. Para conseguir esto, deben haber tenido apoyo pesado. Jurgen volvió al almacén con la cabeza dándole vueltas: esta maldita ciudad no para nunca…
Al día siguiente, Jurgen fue a la sede del gremio tratando de encontrar alguien a quien reclutar para el maltrecho grupo, y encontró a un joven con pinta de novato pero con bastantes ganas: Andy Galloway. Con la típica y etérea promesa de “fama y fortuna”, consiguió reclutarlo para la causa. En el gremio también se enteró de algo más: el gremio ha decidido desvincularse de la guerra entre el clan de Andolini y el de Wachovsky, prohibiendo expresamente a sus miembros dejarse contratar por ambas bandas. Después marchó a casa del Dr. Jackson para comprobar el estado de James, encontrando que durante la noche otro pandillero marronero había sido llevado a casa del doctor, con una herida menor en una pierna. Su nombre era John “Tyzan” Smith, y aunque algo fanfarrón, James y Jurgen vieron la ocasión y decidieron reclutarlo para el siguiente trabajo. Tenían en mente acabar con la antigua banda de James* para recuperar el coche de Dwight (suponiendo que siguiera allí). Tyzan y Andy resultaron ser viejos conocidos, y eso dio una idea a Tyzan: a su banda a la que no le ha ido bien últimamente: sólo quedan cuatro miembros (él incluido), y piensa que ésa podría ser la ocasión para subir los escasos peldaños que hay en la banda, y quizá deshacerse de su jefe, un tiparrón llamado Pete, bastante curtido en la vida en las calles, así que él y Andy salieron del perímetro rumbo a la guarida de la banda. Al llegar, trató de oconvencer a sus colegas, Micky y Johny de abandonar a Pete y largarse los tres, pero no tuvo mucho éxito, así que fue a hablar con el jefe para convencerle de que les “prestara” a los muchachos, pero al jefe no le hizo ni pizca de gracia que tratara de dejarle al margen: o todos o ninguno, como ha sido siempre. Tyzan aceptó y reprimiéndose las ganas de darle un tiro en la nuca por la espalda salieron de allí los cinco.
Volvieron a entrar en el perímetro de la ciudad por las alcantarillas, y llegaron al almacén, donde esperaban Jurgen y un semiconvaleciente James. Allí los pandilleros recibieron más información sobre el golpe y los siete se pusieron en marcha. Tomando el coche y una de las motocicletas recién capturadas, salieron del perímetro rumbo a la zona de la antigua banda de James. Aparcaron en un suburbio totalmente deshabitado, al menos a simple vista, a dos manzanas del sitio y James les dio los últimos detalles: en un edificio de viviendas, a dos manzanas de allí, la banda tenía su guarida. Los vehículos los guardaban en el sótano, y los integrantes solían vivirn en la primera de las cuatro plantas. Solía haber continuamente gente en el sótano, reparando los vehículos y las armas, y solía haber también algún guardia en alguna de las plantas, uno por cada una de las cuatro fachadas. A veces, otro guardia oteaba desde la azotea.
Decidieron mandar a Tyzan a explorar, el cual se subió a un edificio cercano y oteó desde la azotea, sin descubrir rastros de actividad visible. Examinó el edificio por aquel flanco. En él había una entrada peatonal, pero tampoco vio a nadie, así que volvió e informó. Decidieron ir por el flanco opuesto, donde se encontraba la entrada al garaje, mientras James esperaba en el coche, dolorido y debilitado del tiroteo del día anterior (y con 1 punto de vida). Se dividieron en dos grupos, cada uno cubriría la entrada desde un extremo de la calle. La idea era lanzar un cóctel molotov (que Galloway se sacó de la manga, golazo al máster) y hacerles salir. Andy se asomó a la esquina y lanzó un el cóctel contra el edificio, sin mucho ángulo, de forma que calló casi en mitad de la calle, en la acera opuesta. Aún así, los seis se apostaron y esperaron. Alguien asomó por una de las ventanas del primer piso, y seis balas silbaron a su alrededor, volviendo a entrar precipitadamente dentro. Al poco, comenzaron a venir disparos desde las ventanas. Los asaltantes se apostaron como pudieron en las esquinas de enfrente, mientras el otro grupo, compuesto por por Pete, Johny y Micky, se acercaba pegado a la fachada del edificio y trataba de ganar la entrada al garaje. En el primer intercambio de disparos, Tyzan cayó herido, y Andy lo arrastró a cubierto para tratar de aplicarle primeros auxilios, mientras Jurgen trataba de avistar a alguien en alguna ventana. Logró herir a uno, pero cuando se ocultó para disparar, alqguien lanzó un cohete desde el edificio volando la esquina donde se refugiaba Jurgen, que salió despedido, sufriendo algunos daños por los cascotes quedando totalmente aturdido y sordo. Mientras, Pete y sus muchachos llegaron a la entrada del garaje y bajaron por la rampa, tras lo que se empezó a oír un tiroteo en el garaje. Pete y los suyos se estaban ganando el jornal.
Andy, tras curar de emergencia a Tyzan, volvió a apostarse y probó suerte con varias granadas, sin embargo no nació para pitcher y no consiguió colar ninguna por alguna de las ventanas donde sabía que había tiradores. De momento habían visto a tres, y la cosa empezaba a pintar mal.
Tyzan, renqueando y herido, decidió usar la misma táctica que sus rivales: buscó la entrada del edificio frente al que estaban los de la banda, y subió a uno de los pisos, buscando un buen puesto de tirador desde una de las ventanas. Jurgen, sordo y aturullado, decidió seguirle mientras Andy lanzaba su última granada sin suerte.
Una vez enfrente, Jurgen siguió a Tyzan, que realizó algunos disparos, cambiando de ubicación tras cada uno de ellos, hasta que, escondido desde una ventana, tuvo un blanco claro. Decidió emplear una granada en vez de disparar (mira que os gustan estos cacharros, oye). Lanzó y… la granada se le escapó de los dedos, golpeando contra el dintel de la ventana y cayendo al otro extremo de la habitación en la que se encontraban él y Jurgen. Demasiado lejos de ellos para causar mucho daño, pero ahora había dos sordos.
Mientras, en la calle, Andy acababa de recibir un disparo y decidió que ya había tenido suficiente: sangrando, se largó de allí dando un rodeo por las calles en busca de James para avisarle de que fueran a recoger al resto.
Mientras el tiroteo en el garaje continuaba. Pete o alguno de los chicos, seguía aguantando el tipo…
Resumen 7ª partida:Una retirada a tiempo
Tras la pifia de Tyzan, Jurgen decidió que era mejor separarse un poco de ese loco. Herido y con los oídos pitándoles, bajó a la planta baja y se apostó en una de las ventanas, tratando de avistar a alguno de los tiradores de enfrente, mientras dejaba a Tyzan intercambiando disparos desde la primera planta y se preguntaba si Andy seguiría aguantando en la calle. Tras varios disparos intercambiados sin éxito, vio que aquello se le iba de las manos. Estando sordo ni siquiera podía saber si la lucha continuaba o se había quedado solo, así que se replegó hacia el patio central del edificio, donde encontró a Tyzan que bajaba arrastrándose dejando un buen rastro de sangre tras de sí. Las cosas no pintaban bien. Se cargó al hombro al pandillero y decidió atravesar el patio hacia la parte trasera del edificio. Cuando estaba a la mitad, vio a Andy: el mercenario había conseguido llegar hasta el coche y James les esperaba en la puerta trasera vigilando. Pararon el tiempo justo para detener la hemorragia de Tyzan, que a estas alturas había perdido el conocimiento. Se metieron los tres en el coche y se alejaron una manzana de allí, tras lo cual deliberaron brevemente ¿Cómo les habría ido a Pete y sus muchachos? Andy aún escuchaba tiroteo proveniente del garaje, así que decidió acercarse en solitario; con un poco de suerte sus improvisados aliados habrían acabado el trabajo, o quizá sería mejor avisarles que se abortaba la misión... iba pensando en esto mientras se acercaba a la puerta del garaje cuando escuchó el rugido de un motor proveniente del sótano del edificio, y acto seguido vio salir un coche a toda velocidad con Pete al volante. Desde el asiento trasero Johny disparaba su rifle AK a los pandilleros que salían tras ellos también disparando desde el garaje. Un tercer bulto en el asiento debía ser Mickey. Decididamente, ya no había que avisar a los pandilleros de que se abortaba la misión: habían llegado a la misma conclusión ellos solitos. Andy giró en redondo y echó a correr calle abajo, saltando al coche casi en marcha mientras las balas silbaban a su alrededor. Una retirada a tiempo vale lo que una victoria...
Se alejaron de allí tan rápido como pudieron, sin saber muy bien a donde ir ¿Al hospital? Ni James ni Tyzan eran ciudadanos de Raccoon City ¿A casa del Dr Jackson? Sus servicios son sensiblemente más baratos, pero la convalecencia sería más larga y no tenía sitio para tantos... Finalmente Jurgen tuvo una buena idea: conocía al hombre indicado para curarles... Llegaron un rato después al edificio de la comunidad del chamán, cuyos vigilantes les recibieron con rostro grave al ver volver a Jurgen apenas 24 horas después de estar allí enterrando a uno de los suyos. Alguna gente no aprende nunca. El patio de aquella comunidad seguía siendo un remanso de paz. El Maestro, con su habitual rostro apacible, atendió a los cuatro compañeros, incluso aguantó algunas de las batallitas de Tyzan, el cual tuvo que recuperar tiempo perdido por el rato que llevaba en silencio (inconsciente y al borde de la muerte).
El chamán se despidió de ellos, no sin antes hacerle una siniestra advertencia a Jurgen: “cuida con quién te juntas; tu aura empieza a notarlo”. Jurgen se largó sin echar un simple vistazo atrás, donde Rab descansaba en silencio y para siempre, junto al árbol de la comunidad.
Vuelta a la carga
Donald abrió los ojos. Al principio no sabía donde estaba. Luego, poco a poco, fue recordando: la explosión y la puerta volando por los aires, el tiroteo... Recordaba haber saboreado brevemente su poder cuando vio huir a aquel tipo. Eso siempre le hacía sentirse bien… después notó un golpe que le quemaba por dentro y luego nada más. La sensación de fallarte las fuerzas al recibir una herida comenzaba a hacerse tristemente familiar, así como el olor a antiséptico y suciedad del hospital. Se incorporó y comenzó a vestirse. Los puntos le dolían, pero se encontraba descansado; nada que no cure un poco de reposo. Cuando acabó de vestirse, preguntó al celador por la salida. El tipo le dio su hoja de alta voluntaria reprimiendo un repeluzno y el nigromante se largó rumbo a la salida, donde encontró que ni siquiera alguien tan especial como él estaba a salvo de pagar por la atención médica. Dios bendiga América…
Salió del hospital un poco desorientado rumbo al apartamento de Mark, cambiando luego de opinión para irse rumbo al polígono, suponiendo que sus compañeros habrían ganado el tiroteo y establecido su nueva guarida de forma permanente allí (mucho suponer, pero el máster no lo notó xD). Cuando encontró la nave del tiroteo encontró que el hermoso agujero que él había abierto con la dinamita, estaba tapiado, y la puerta principal estaba cerrada. Comenzó a mirar por el portón a ver si alguien había dejado la llave por allí oculta cuando la puerta se abrió y apareció Mark con cara de pocos amigos (es decir, su cara en un día alegre).
D: Esto... hola.
M: ¿Quién se ha llevado mi coche?
D: ¿Y yo qué coño sé?
Pese a todo, en el fondo ambos se alegraban de verse, Mark & Donald’s no existe si falta alguno de los dos. En mitad de esta conversación tan interesante, Mark pudo oír un motor que le resultaba familiar. Al poco apareció el resto del grupo. Tenían un aspecto tan saludable que parecía que volvieran de unas vacaciones en el campo (el campo de antes de la guerra, no los yermos radioactivos actuales). Tanta salud asqueó ligeramente a Donald, pero Mark se alegró de volver a tener su coche, y más aún cuando vio que el maletero contenía un pequeño arsenal de rifles y escopetas. Con todo eso, la diversión estaba asegurada. Lo que no le hizo tanta gracia fue reparar en que se habían dejado una de las motos cerca de la zona asaltada.
Una vez a salvo todos en la nave comenzaron a dilucidar qué hacer. A Mark le rondaba en la cabeza un plan muy elaborado: un ataque frontal a los Red Scars... aunque una vez más lo pospuso para pensar mejor en los detalles. Tras una pequeña deliberación, decidieron volver al asalto contra la banda de James. Con un poco de suerte, aún no estarían recuperados del todo.
Esta vez decidieron ir andando por zonas desabitadas de la ciudad, escondiéndose en caso de avistar alguna patrulla. En algo menos de una hora llegaron a los alrededores del lugar. Eran sobre las 19:30, y decidieron esperar en un callejón durante una hora para atacar poco antes del toque de queda. Una hora aguantando la cháchara de Tyzan podía ser eterna, así que mientras Jurgen y Andy aguantaban el tirón, Mark y Donald registraron un edificio cercano buscando alguna desafortunada víctima a la que trinchar, pero no hubo suerte. Era una zona bastante solitaria, y con unos vecinos como los del edificio de al lado, nadie se establecería tan cerca. Donald se volvió, pero Mark salió a la azotea y oteó el edificio vecino descubriendo que uno de sus enemigos vigilaba la calle desde una de las ventanas de la fachada opuesta a la entrada principal. Imaginó que podría haber más en las otras tres fachadas y volvió para informar. Parecía que estaban más alerta que antes.
El crepúsculo ya proyectaba las largas sombras de los edificios; era la hora de atacar. Cuando Mark llegó Jurgen, Donald, Andy y Tyzan ya se habían puesto en marcha. Rodeando una manzana contigua al edificio de la banda, Jurgen, Tyzan y Andy otearon calle abajo la entrada principal en busca de rastros de actividad enemiga, sin embargo no se veía nada. Mientras, Andy decidió avanzó pegado a la fachada trasera del edificio buscando una entrada para ir en busca del guardia de esa zona. Mark por su parte comenzó a dar un gran rodeo dejando siempre una manzana de separación entre el objetivo y su ruta, buscando apostarse en el edificio frente a la fachada principal (NdA: llegado este punto es bastante difícil ir explicando los movimientos de los interfectos sin la ayuda de diagramas, pero confiemos en que la gente se entere de algo sólo con la lectura xD)
El primer grupo decidió mandar a Tyzan a inspeccionar la posible presencia de guardias en pago por sus parrafadas acerca de sus dotes de infiltración, y éste, inconsciente del peligro, como siempre, aceptó el cargo encantado, comenzando a avanzar sigilosamente en dirección al edificio. Jurgen y Donald se ocultaron tras su esquina aguardando noticias de Tyzan y al poco comenzaron a escuchar disparos al tiempo que Tyzan llegaba corriendo hasta su posición e informaba:
-¡Hey, tíos! Pues sí que hay guardias
-Ya, Tyzan, ya... ¬_¬U
Jurgen cambió de acera para tener algo mejor ángulo, mientras Donald, viendo que no conseguiría cubrir la distancia hasta la esquina, decidió dar la vuelta a la manzana y probar suerte por donde Andy. Tyzan, con su habitual ímpetu, comenzó a disparar, atrayendo el fuego enemigo. Jurgen, viendo la situación, decidió apoyar el fuego de Tyzan... al menos mientras le siguieran disparando a él.
Mientras Mark seguía avanzando por las interminables calles, Andy inspeccionaba la fachada trasera del edificio y decidía colarse rompiendo los cristales que daban al hueco de escaleras. Supuso que el ruido alertaría al guardia de arriba (en la segunda planta), así que decidió esperarlo en un rincón del descansillo de la escalera, esperando verle aparecer en cualquier momento. Al momento comenzó a escuchar pasos que bajaban apresuradamente, pero el tipo también le oyó a él, y pronto los pasos se volvieron más cautelosos. Ahora ambos enemigos conocían la presencia del otro y sólo una esquina los separaba. Aguardó lo más silencioso que pudo... y lo mismo hizo el otro, quien quiera que fuese. Viendo que aquello podía prolongarse indefinidamente, Andy decidió tratar de sorprender al tipo, pero le estaba esperando y en cuanto volvió la esquina recibió un disparo y tuvo que retroceder de nuevo a su posición (NdA: Alberto, sé que te hirieron, pero no recuerdo dónde coño fue, aunque estoy casi seguro de que no fue en esta escena de las escaleras). Decidió bajar al siguiente descansillo, el último antes del sótano. Aguardó y oyó cómo su enemigo le seguía, manteniendo la distancia, y la situación volvió a repetirse. La espera se prolongó durante unos interminables instantes, hasta que súbitamente Andy oyó a alguien corriendo por la calle y cómo su enemigo abría fuego contra él (se trataba de Donald dando la vuelta al edificio). Esto proporcionó a Andy los segundos que necesitaba para actuar: volvió la esquina y abrió fuego contra el tipo, que intentó devolver los disparos con poco tino antes de expirar convertido en un colador. Andy se tomó unos segundos para reflexionar sobre la volatilidad de la vida en este maldito mundo mientras se sujetaba el hombro herido. Luego comenzó a subir a la planta primera para comprobar que todo estuviera despejado.
En la calle, Tyzan seguía vociferando y disparando mientras Jurgen procuraba disparar también sin llamar la atención. Con ambos bandos bien cubiertos en sus puestos, la lucha estaba estancada hasta que Jurgen realizó un buen disparo y abatió a uno de los pandilleros, desequilibrando el empate. Al ver caer a su compañero, el otro pandillero lo arrastró a cubierto, y Tyzan echó a correr rápidamente al asalto de la posición. Jurgen decidió seguirle a cierta distancia, esperando que ese loco siguiera atrayendo los disparos. Mientras, desde el otro extremo de la calle llegaba Donald, y Mark había conseguido apostarse en la azotea del edificio de enfrente, desde donde vio cómo el pandillero era abatido por Jurgen y su compañero trataba de socorrerle. “Una escena enternecedora”, penso el carroñero antes de abrir fuego contra e pandillero que quedaba vivo. Acertó con su disparo, pero sólo le hizo daño superficial. El pandillero, viéndose rodeado, arrastró el cuerpo inerte de su amigo rampa abajo hacia el garaje. Mark no tuvo tiempo de saborear el momento, pues en ese instante alguien le disparó desde una de las ventanas, malhiriéndolo y obligándole a guarecerse tras el pretil de la azotea. Sin un mal botiquín de campaña, sólo podía apretar la herida como pudiera para no empezar a sangrar como un cerdo.
Donald entró a saco en el garaje, y vio a un pandillero herido y a otro inconsciente. Abrió fuego pero las armas de fuego no eran su fuerte, así que el tipo consiguió resguardarse tras un pilar, desde donde fue a disparar, pero su arma se encasquilló. Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del nigromante mientras apretaba el gatillo, pero el pandillero estaba bien cubierto y también falló. Tyzan entró al galope rampa abajo, y lo primero que vio fue a Donald, al que no le pegó un tiro de milagro. Luego atisbó al pandillero al que disparaba Donald y disparó también, pero tampoco acertó. El pandillero vio su oportunidad: cogió el rifle de su compañero caído y descargó una lluvia de plomo sobre Tyzan y Donald, que quedaron tirados en el suelo en un charco de sangre.
Jurgen no podía creer su mala suerte: acaba de ver cómo Tyzan torcía hacia el interior del garaje gritando algo así como “¡venid aquí cabrones!” sin recibir un solo disparo, y justo cuando él iba a entrar al garaje, de la puerta contigua del edificio salió un pandillero, rifle en mano, y se topó de narices con él. Sólo tuvieron una fracción de segundo para reaccionar, y el mercenario fue más rápido; aquello era su medio de vida. Con un movimiento mecánico levantó el rifle, apretó el gatillo y hubo un pandillero menos en Raccoon City. Aun así, se quedó momentáneamente parado: ¿cómo puede ser que el idiota de Tyzan hubiera tenido la suerte de no toparse con el tipo un segundo antes? Pensaba en esto cuando el sonido de una ráfaga prolongada destacó sobre los disparos aislados que venían del sótano garaje. Entró en él y encontró agonizantes en mitad de la rampa del garaje. No tuvo tiempo de disparar, pues el pandillero en ese momento caía abatido por un tiro en la espalda: desde el otro extremo del garaje aparecía Andy, que había reconsiderado la idea de subir hasta la primera planta, y en vez de eso había decidido bajar al garaje donde sabía que seguro que habría más objetivos. Justo a tiempo. Entre los dos mercenarios sacaron su botiquín de campaña y estabilizaron a los heridos para evitar que murieran desangrados.
Mark apretaba los dientes mientras hacía juramentos sobre lo que le haría al cabrón que le había hecho esto. Se asomó cautelosamente al pretil y oteó busca de su enemigo. Consiguió localizarlo haciendo lo miso que él: oteando desde una ventana. No alcanzaba a verlo bien, pero éste parecía mas peligroso que los otros, más grande y astuto. Mark le disparó sin éxito, y el tipo devolvió el disparo, pero esta vez no usó un rifle, sino un lanzagranadas. Mark tuvo un segundo para ponerse a cubierto antes de que el pretil en el que estaba apoyado saltara por los aires. Decidió que desde allí no haría mucho y que con un arma así sería mejor pillarlo en combate cerrado, así que comenzó a bajar, rumbo a la calle.
Andy y Jurgen oyeron la explosión desde el garaje y se dieron cuenta de que aquello no había acabado aún. Decidieron cargar los cuatro cuerpos en un camión que había en el garaje, buscaron las escaleras más cercanas y comenzaron a subir haciendo el menor ruido posible. La planta baja parecía despejada, pero oyeron pasos en la siguiente, así que comenzaron a subir silenciosamente. Ahora no se oía nada. Aguardaron un momento al final de la escalera antes de asomarse al distribuidor. Todo despejado a izquierda y derecha. Aquel espacio daba a las entradas de varios apartamentos en esa planta. Las puertas estaban abiertas. Con la poca luz que quedaba, en el interior podían verse despojos de todo tipo de épocas mejores de Raccoon City: cascotes, enseres y muebles podridos por la humedad. Deliberaron un momento y decidieron separarse para inspeccionar la zona, pero cuando se ponían en marcha un tiparraco enorme asomó desde el fondo de uno de los apartamentos y disparó su arma. Los compañeros tuvieron el tiempo justo de tirarse al suelo al percatarse de que se trataba de una granada. La explosión convirtió el distribuidor en un infierno. Cuando levantaron a cabeza vieron como el tipo cogía un gran mazo de hormigón y acero y se lanzaba rugiendo contra ellos como un animal furioso. Jurgen se metió en un apartamento y cerró la puerta mientras Andy, más alejado, abrió fuego tratando de parar el avance de aquel bicho, sin embargo las heridas sólo lo enfurecieron más, y el tipo decidió atacar a Andy, cargando contra él. El mercenario tuvo el tiempo justo de ocultarse tras una puerta y cerrarla, pero en cuanto el tipo descargó su enorme martillo dos veces, ésta quedó reducida a astillas, y Andy, herido, se vio trabado en un combate cuerpo a cuerpo que no podía ganar. Trató de defenderse como pudo mientras Jurgen disparaba desde su posición, pero el tipo sólo tuvo que dejar caer su mazo para dejar a Andy fuera de combate, tras lo cual se volvió hacia Jurgen con los ojos inyectados en sangre. Jurgen tragó saliva y vio su vida pasando en imágenes mientras el tipo fallaba su martillazo por poco y abría un enorme boquete en la pared. Jurgen comenzó a huir buscando una salida en el momento en el que Mark entraba en escena. Al pillar al tipo por la espalda, realizó un disparo que habría abatido a un elefante pero en vez de eso el tiparraco cargó contra él enfurecido. A ver esto, Jurgen probó suerte disparando de nuevo, pero sin éxito. El mastodonte parecía herido, pero seguía en pie, y descargó sobre Mark un martillazo que habría matado a cualquier hombre, sin embargo el carroñero, aun doblado por el golpe, consiguió mantenerse en pie el segundo justo para abrirle un boquete en mitad del pecho con un tiro de su Magnum. El pandillero levantó el martillo una vez más, pero no tuvo fuerzas para descargar el golpe, y volviendo los ojos en blanco se derrumbó en el suelo cuan largo era, quedando todo en silencio mientras el eco del disparo de Mark se disipaba.
Resumen 8ª partida:Intermission:
Tras derrotar a los pandilleros, el grupo no se encontraba mucho mejor: Donald y Andy estaban inconscientes, y hubieran deseado que Tyzan también lo estuviera, pero seguía parloteando acerca de lo que pensaba hacerle al que le había hecho aquello y blablabla… Entre Mark y Jurgen cargaron a los heridos (incluídos un par de pandilleros) y la motocicleta en el camión y el coche de Dwight (como mancharais la tapicería de sangre, a Dwight no le va a hacer mucha gracia) y se largaron en busca de curación. Andy, Jurgen y Tyzan se encaminaron hacia la comunidad del chamán, y Donald y Mark al hospital militar, aunque por el camino Mark decidió que no merecía la pena cargar con los pandilleros semicadáveres y los tiró en mitad de la calle, donde las “diminutas” ratas de Raccoon City harían el resto. En el hospital fueron intervenidos de urgencia y al fin pudieron descansar.
Los que fueron a casa del chamán, fueron recibidos por la misma gente que apenas dos horas antes los vio marcharse sanos y felices, los cuales vieron estupefactos cómo volvían de nuevo hechos un colador. Esto comenzó a sembrar la desconfianza de los guardias de la puerta. Aun así, ellos no estaban al mando, y mandaron llamar al maestro. Éste acudió con su eterna cara apacible, pero al ver de nuevo a los mismos personajes, en el mismo estado lamentable, su semblante se volvió bastante más serio. Amonestó a los compañeros explicándoles que no puede seguir cuidando a gente que no sabe cuidar de sí misma. Aun así, el milagro de la magia de Gaia volvió a fluir por sus cuerpos y curó sus heridas, sumiéndoles en un profundo bienestar. Viendo que el sanador les estaba haciendo un favor especial, Jurgen decidió ofrecerse a devolverle el favor haciendo algún trabajo para él, sin embargo no le agradó la propuesta del druida: el maestro comenzó a preguntarle si había conocido a alguien especialmente siniestro últimamente, cosa que Jurgen negó. Cuando el chamán comenzó a insistir, se dio cuenta de que Jurgen mentía, lo cual sólo podía significar que era amigo del mago de la muerte. Esto le enfureció, sin embargo consiguió controlarse y les pidió que se marcharan de su casa y pagaran a los guardias en la puerta. Tyzan trató de intimidar al chamán con “la mirada del tigre”, pero la falta de fuerza moral que te da saber que estás mintiendo, y la adusta serenidad del hechicero hizo que no pudiera sostener esa mirada mucho tiempo.
El último marrón tuvo lugar a la salida: con la ciudad sin comida y la comunidad creciendo cada día, las tarifas eran ahora más altas, y no tenían dinero suficiente para pagarles. Tuvieron que dejar sus armas como pago, y esto sacó de quicio a Jurgen, que se fue de allí maldiciendo al chamán y a toda la comunidad mientras Tyzan juraba que volvería. “El mundo está lleno de desagradecidos”, pensaron los guardias. En la puerta les esperaba James con el viejo Ford para llevarles de vuelta al almacén. Una vez allí, el coche quedó seco de gasolina, y prácticamente era de noche, así que decidieron descansar hasta el día siguiente.
Por la mañana temprano, los compañeros decidieron acudir a casa del Dr. Jackson a ver cómo se encontraba su “rehén contratado” Thomas, pero cuando llegaron, el médico les contó que el tipo se había fugado durante la noche: había limado pacientemente a escondidas uno de los mejores bisturís del doctor hasta convertirlo en una ganzúa con la que había podido abrir la puerta, aunque en el proceso se había estropeado la cerradura y la herramienta. Debió ser muy hábil para burlar a Lao, y sólo Dios sabe dónde andaría el tipo ése ahora, así que decidieron no darle más vueltas al asunto. Viendo lo cara que andaba la cosa a la hora de curar heridas, Andy, que tenía buena destreza médica, decidió encargar al doctor que consiguiera de sus contactos un maletín con instrumental quirúrgico para poder realizar aplicar medicina de campaña en situaciones chungas. El médico le dijo que lo tendría al día siguiente, e insistió en ver a sus contactos sólo, para que no desconfiaran de él. Tras esto, los compañeros se dirigieron al hospital para ver al resto del grupo.
Cuando Mark despertó por la mañana, se llevó una agradable sorpresa: una hermosa mujer estaba sentada en la cama de al lado, haciendo compañía a un allegado suyo que estaba allí ingresado. El carroñero, con su típica sutileza, comenzó un ritual de cortejo digno de un “lomo plateado”, sin embargo la fragilidad de la chica engañaba, y bajo ésa apariencia había una persona curada de espantos que no se ruborizó demasiado ante tal despliegue de poesía… y el tipo de la cama era su novio. En fin, no era muy buen comienzo, pero siempre se podía mejorar. Decidieron echarse una partidita de cartas para arreglar un poco la mala entrada. La chica resultó llamarse Wendy López. Ella y su maromo, Lucas Jhonatan, se dedicaban al “comercio ilegal” y habían abandonado su Colombia natal cuando la guerra desestabilizó definitivamente el país. Emigraron a Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, sólo para encontrar que el país era aún más inseguro, sin embargo ofrecía grandes oportunidades para el contrabando de armas, pues en una zona insegura, éstas son producto de primera necesidad. Aquello empezaba a pintar bien: si la chica estaba bien contactada, Mark podría seguir adelante con su idea de formar una banda en condiciones, y esta vez podrían llevar algo más que rifles AK y granadas de la 2ª G. M.
Mientras jugaban a las cartas, llegaron Jurgen y Tyzan, con cara de famélicos: un tercer día sin comer comenzaba a ser demasiado. Los compañeros no sabían si lamer los platos en los que habían comido sus compañeros, pero éstos ya se les habían adelantado, y además no se sabe qué podría ser peor: lamer el plato en el que había comido el nigromante, o en el que había comido el carroñero (glup!). Wendy, viendo la situación salió al pasillo, y trató de usar sus encantos para camelarse a un médico y conseguir algo de comida para los colegas del carroñero. Fue sencillo: la promesa de sexo siempre suele funcionar, sin embargo no estaba en sus planes cumplirla (y menos con un médico calvo y feucho), y el médico en cuestión, que también había previsto la posibilidad, exigió el “pago” por adelantado, con lo que al final Tyzan y Jurgen se quedaron sin comer. Cuando volvió, el nigromante se había marchado.
Andy estaba en la puerta del hospital, cuidando los rifles de sus compañeros, cuando vio salir a Donald. Le llamó y comenzó a proponerle un plan que había estado rumiando: expandir el rumor de que los Red Scars eran los que habían dejado sin comida a la ciudad asaltando el comboy. La idea era plausible: esa banda eran uno de los mayores grupos de poder de la ciudad, y más ahora que habían acumulado armas y equipo de forma desmedida ¿Por qué no acumular también comida? Comenzó a comentarle su plan a Donald, el cual no se pronunció demasiado sobre el plan, lo que Andy interpretó como una señal. Se dirigieron a un garito cercano al hospital, y tras pedir una cerveza caliente postapocalíptica, Andy comenzó a charlar con el regente, preguntándole acerca de si sabía algo de lo que se decía por ahí de que los Scars habían asaltado el comboy. El tipo se lo tomó a broma, y le dijo que no había oído nada de eso, pero cuando Andy se lo razonó, dudó un poco, pero zanjó el tema añadiendo que los rumores se extienden como la pólvora por Raccoon City, y si tuviera que hacer caso de todos, se volvería loco. Andy se sintió satisfecho de haber sembrado al menos la semilla de la duda, y observó cómo dos tipos cercanos habían estado pendientes de su charla con el camarero. Su plan marchaba.
Buscando un mendrugo
Cuando Andy y Donald salieron del tugurio, se encontraron con el resto del grupo en la puerta. Parece que habían hecho amigos: una chica bastante mona de pinta sudamericana y un maromo de aire protector se habían unido. Según Mark podían ser útiles a la hora de conseguir material, y hablando de eso mismo, el carroñero sugirió darse una vuelta por el mercado y visitar “al bueno de Sameh”. Pese a no estar repuesto aún de sus heridas, el carroñero parecía animado, justo al contrario que los dos mercenarios y el pandillero, a quienes la falta de comida comenzaba a pasarles factura, en su humor. De hecho Tyzan parecía algo más débil: hablaba menos que de costumbre. Se notaba quién había llenado el estómago hoy, y quien no.
Andy, Tyzan y Jurgen dejaron al resto se fueron a la sede del gremio de mercenarios, a ver si encontraban algo que llevarse a la boca, pero allí estaban como ellos: en la sala común varios miembros se jugaban a las cartas una barrita de cereales, y los ánimos estaban bastante caldeados. Para colmo, Jurgen y Andy no habían pagado la tasa de éste mes, y cuando, Hernest, el administrativo de turno y viejo conocido suyo se la pidió, el humor de Jurgen se agrió aún más: hacía tiempo que el gremio no le pasaba ningún encargo (un mes, para ser exactos), últimamente compraba las armas en el mercado en el puesto de Sameh en vez de en la armería del gremio, y la atención médica que el gremio ofrecía era demasiado básica para las heridas que él solía sufrir, por lo que comenzó a preguntarse qué demonios hacía aquella institución por él. Hubo un momento de tirantez, y finalmente Hernest por su vieja amistad, decidió dejarles ir, avisándoles de que si en cualquier momento las oficinas de racionamiento vuelven a abrir y no han pagado, no habría comida para ellos*. “No tendremos tanta suerte”, pensó un desanimado Jurgen.
Mientras, Mark, Wendy y Lucas se paseaban por el mercado. Donald había decidido no acompañarles. Las compras compulsivas de los carroñeros se habían moderado un poco, con la excepción de los Scars, que seguían comprando todo lo que podían, que tampoco era mucho, ya que el mercado estaba bastante desabastecido: se echaba de menos mucho material mecánico, así como más armamento. Además, la euforia de días atrás de los Scars parecía haberse disipado; sus caras eran graves, algunas de mala hostia (más de la habitual), pero la mayoría era de cierta preocupación, incluso cautela. Parecían hasta más civilizados “¿Quién lo diría?” Pensó Mark. Se dirigieron al puesto de Sameh, que no era una excepción en ello; últimamente los negocios iban bien, quizá demasiado: el turco había vendido casi toda su mercancía y sólo le quedaban tres o cuatro rifles y un par pistolas de 9 mm. Mark presentó a sus nuevos amigos al comerciante, el cual estuvo más que encantado de conocer a Wendy. El carroñero estuvo preguntando sobre la buena marcha de aquella hermosa ciudad y Sameh le contó algo interesante: la cara “compungida” de los Scars tenía una explicación. Tras acumular armas suficientes como para conquistar Raccoon City entera, comenzaron a atraer la atención del ejército, sin embargo son una “empresa” perfectamente legal que ha hecho muchos y buenos tratos con las autoridades locales, por lo que no se les había investigado más. Sin embargo, hacía un par de días al parecer corrió el rumor de que habían secuestrado a un mando militar “o algo así”, y esa fue la excusa que la junta militar necesitaba para “entrar a preguntar” en su guarida. La noche anterior hubía habido un registro a gran escala de toda la madriguera de esa banda de carroñeros. No encontraron al supuesto secuestrado, pero sí gran cantidad de armamento pesado, material militar que no debía estar en manos de civiles y que fue decomisado, junto con multitud de rifles de asalto, granadas y otras armas ligeras de todo tipo. Todo fue incautado. Parece que no hubo mucho enfrentamiento. Los Scars aún debían tener interés en seguir trabajando legalmente para Raccoon City, lo cual no quería decir que aquello les hubiera hecho ni puta gracia. “Qué ironía: lo Scars sin desarmados”, pensó Mark con una sonrisa torcida. Bueno, eso de “desarmados” quizá era mucho decir, pero no dejaba de ser irónico. Definitivamente el día iba mejorando. Lástima que a Sameh no le quedara ningún arma pesada que echarse a la mochila. También le preguntó al comerciante sobre alguna forma de conseguir comida, pero la cosa andaba peor de lo que parecía, que ya es decir: Sameh les contó que en los barrios fuera del perímetro, la ley de oferta y demanda estaba actuando de forma horrible: los antiguos campos de refugiados, venidos de los yermos con la esperanza de alcanzar la ciudadanía, estaban sufriendo incursiones de cazadores de hombres, que entraban a saco en los núcleos y se llevaban a vivos y muertos, con una previsible finalidad**. “Lo cierto es que cuando un hobby se profesionaliza, empieza a apestar”, pensó Mark. Sin mucho más que hacer por allí, se largaron rumbo al gremio de mercenarios a esperar al resto, que al poco salieron con cara de pocos amigos. No estaba siendo un buen día para ellos, y Jurgen era el que peor lo llevaba. Se encaminaron hacia el almacén buscando algo que hacer, pero antes pasaron por casa del Dr Jackson. El médico ya tenía el instrumental para Andy: era un pequeño maletín nuevecito con todo tipo de herramientas para practicar intervenciones quirúrgicas, la envidia de un buen médico, pero el grupo estaba sin blanca, así que decidieron ofrecerle una de las motocicletas; últimamente tenían exceso de vehículos. Al médico le pareció buena idea.
Decidieron devolver el coche recuperado a Dwight. Quizá el viejo les diera algo que llevarse a la boca a cambio de recuperar su querido Buick. Encomendaron la tarea a Mark, el cual aceptó como pago una lista de piezas que necesitaban para poner en funcionamiento el viejo Cadillac de Donald (y un spray de pintura roja, a petición de Andy). Pensó que era un buen precio, pero el resto del grupo no estaba tan convencido: necesitaban comida, o en su defecto dinero para comprarla en los barrios bajos, y no la promesa de una lista de piezas para arreglar otro coche: ya tenían un coche un camión y tres motocicletas ¡Lo que necesitaban era llenar el puto estómago! El hambre y la desesperación llevó al habitualmente pacífico Jurgen a proponer atacar un negocio perfectamente legal de la ciudad sólo por que su dueño les caía mal después de que le tocaran las narices reiteradamente: la chatarrería de O’neil (además, como todo el mundo sabe, la chatarra es comestible xD). Así que Jurgen y Andy montaron en una de las motos y decidieron ir a reconocer el terreno. Jurgen se quedó con el vehículo a una distancia prudencial, y Andy se acercó al establecimiento. O’neil le recibió de bastante mejor humor que de costumbre, aunque Andy no conocía a aquel tipo y lo tomó como algo normal. Estuvo preguntándole acerca de piezas para reparar una motocicleta Yamaha mientras subrepticiamente se hacía una idea de las defensas que tenía el chatarrero. Pudo contar hasta cinco guardias bien armados, modelo “matonus comunis” de Raccoon City. Quedó en volver por allí con la moto en cuestión. Dio la vuelta a la manzana pasegurándose de que no le seguían y Jurgen y él se largaron de vuelta. Por el camino, Andy siguió adelante con su plan, realizando algunas pintadas acusatorias sobre los Red Scar. Si todo salía bien, esta maldita olla a presión que era Raccoon City, pronto estallaría en la cara de la banda de carroñeros.
Dead end:
Cuando Andy y Jurgen llegaron al almacén con la información debían ser cerca de las 21:00. Andy sugiró recoger el instrumental médico de casa del doctor antes de meterse en otra refriega, para estar más preparados ante desgracias personales. Apenas faltaban 3 minutos para que el toque de queda se hiciera efectivo. La casa del médico estaba a unos 15-20 minutos en moto. Mark pensó que llegaría sin problemas, y Andy decidió acompañarle para hacer el canje, ya que el médico no querría saber nada de Mark después de lo de la última vez. Cogieron la moto y sus colegas les vieron marcharse por última vez. Porqué decidió Mark arriesgarse de esa manera y por qué ninguno de sus compañeros estimó el peligro que corría es algo aún difícil de entender. Andy y Mark salieron con el sol ya puesto en dirección Sur, hacia la casa del Dr. Jackson. Mark estrujaba el puño de la Yamaha a toda velocidad mientras el motor de la motocicleta resonaba por las calles oscuras y silenciosas. Se encontraba a unas manzanas de su objetivo cuando se percató de que otro motor más ronco resonaba tras ellos. Andy miró hacia atrás y vio unos potentes faros que les ganaban terreno; aquello empezaba a torcerse. Mark trató de despistar a sus perseguidores callejeando, pero éstos continuaron ganándole terreno. El carroñero retorcía el puño de la moto mientras esquivaba todo tipo de obstáculos por las calles, pero su motor de 250cc no daba más de sí con tanto peso. Sonaron disparos y las trazadoras comenzaron a brillar a su alrededor. Algunos impactos se sintieron en la moto pero no pareció ser alcanzada en ninguna parte vital. Mark seguía zigzagueando entre obstáculos y escombros mientras aquel monstruo simplemente pasaba por encima o los derribaba. Maldijo al cabrón de ingeniero que un día diseñó los Hummer y dio más gas a la moto. Andy sacó su Magnum y comenzó a abrir fuego dirigiendo sus disparos a donde creía que podía estar el parabrisas, pero con los faros de frente no podía adivinar el resultado, y aquel vehículo no parecía reducir la marcha. Una segunda ráfaga del artillero logró herir a Andy en la espalda. Decididamente, salir esa nocha había sido una mala idea. Se preguntó si el chamán les volvería a recibir. Mientras, Mark seguía jugándosela por las calles de Raccoon City. Conduciendo como un suicida, consiguió sacar algo de ventaja a sus perseguidores. Estaba evaluando la posibilidad de meterse, con moto incluida, en uno de los edificios, pero no vio ninguna entrada. En esto estaba cuando calle abajo vio los faros de otro vehículo que salía de una de las esquinas y comenzaba a girar en su dirección. Frenó la moto en seco y ésta racheó unos metros. Ambos se bajaron casi en marcha y se metieron en el edificio más cercano. Estaban casi en total oscuridad. En la penumbra pudieron ver distinguir una escalera que subía hacia las plantas del edificio y bajaba hacia el sótano. Mark decidió tirar rumbo al sótano, buscando desesperadamente un acceso a las alcantarillas (quizá recordando el sótano de la casa del chamán). Bajaron las escaleras y se encontraron en un pasillo en la más absoluta oscuridad. Fuera, Andy pudo oír cómo las patrullas detenían sus vehículos y comenzaban a desplegarse. En el pasillo no se veía absolutamente nada. Había puertas a derecha e izquierda, así que entraron por una de las de la derecha, metiéndose en lo que resultó ser un pequeño trastero en el que apenas tenían espacio para moverse. Aquello era una ratonera. Andy respiraba con dificultad, la herida le dolía y las sienes le martilleaban. Sopesaron la idea de rendirse, pero dedujeron que serían ejecutados allí mismo. Dedicieron esperar en la oscuridad en el más absoluto silencio. Pasaron unos minutos interminables envueltos en sudor frío. El tiempo transcurrió y comenzaron a oír sonidos que venían del pasillo: alguien iba abriendo las puertas una por una. Los compañeros se prepararon para una última resistencia. Cogieron sus armas, apuntaron hacia la puerta y esperaron. Por la rendija de abajo vieron algo de luz: alguien tenía una linterna al otro lado. El pomo de la puerta giró, y la mano de alguien oculto tras el marco la empujó hasta que quedó abierta. Se veía luz a ambos lados del marco: al menos había dos linternas ahí fuera. Súbitamente, una silueta entró en el cuarto y les alumbró a la cara al tiempo que les encañonaba. El soldado recibió dos disparos de calibre Magnum y salió despedido hacia atrás mientras gritaba “¡Están aquí! ¡Están aquí! ¡Me han dado!”. Mark y Andy aguardaron momentáneamente en la oscuridad a que otro incauto intentara entrar, pero en vez de eso, algo duro rodó por el suelo. “Granadas”, murmuró Mark. En aquel cubículo estuvieron sentenciados: no había ni donde saltar para ponerse a salvo. Las explosiones acabaron con la vida de Andy, pero el carroñero, aunque aturdido y ensordecido, aún seguía en pie y decidió tratar de abrirse paso hasta la salida por la fuerza. Al asomar al pasillo, fue recibido a tiros. A la luz de las linternas, pudo ver a un soldado apostado a cada lado de la puerta***, otro soldado tirado en el suelo apoyado en la pared con el abdomen ensangrentado y un cuarto que bajaba a toda prisa por las escaleras. Mark decidió que era más fácil sortear a uno que a dos, así que giró a la derecha. Tsun Tzu advierte en “El arte de la guerra” sobre los peligros de una huída hacia adelante, pero los carroñeros no suelen leer mucho, y la buena suerte suele elegir el peor momento para abandonarte. Mark corrió unos metros por el pasillo iluminado por las linternas de sus perseguidores sólo para encontrar que éste terminaba en una última puerta. Al carroñero no le hizo falta abrirla para adivinar que daba a otro trastero igual que todos los de aquella maldita ratonera. Sintió los impactos de varias balas y las fuerzas le fallaron. Mientras todo se volvía blanco y daba vueltas a su alrededor, pensó en lo que aún tenía pendiente: matar a O’neil, matar a los Red Scars, matar a Big Joe, y quizás a toda su banda, follarse a Wendy (matando previamente a su maromo)… demasiadas cosas; por el momento necesitaba descansar un poco… en un par de días, saldría del hospital… y podría pensar en ello, pero ahora… necesitaba… descansar…
*NdA: la cuota del gremio incluye el impuesto de Raccoon City por derecho a racionamiento, agua potable, uso del hospital, protección militar… etc. Simplemente los mercenarios gremiados lo pagan a través de esta institución en una cuota única algo más alta, que incluye también la cuota del gremio.
**Realmente no sé si esta información la facilitó Sameh o fue Hernest en el gremio, o quizá la oyó Andy en el tugurio junto al hospital.
***Muy mala idea, pues pueden matarse por fuego cruzado, pero el máster tampoco pensó con claridad en aquel momento.
Resumen 9ª partida:Buscando a Mark y Andy
Primeras horas de la mañana en Raccoon City. En una solitaria zona de almacenes, seis compañeros de infortunio se debatían sobre la suerte de otros dos que faltaban. Mark y Andy se habían ido la noche anterior a casa del Dr. Jackson a intercambiar una motocicleta por un maletín de cirujano, pero no habían vuelto. Tras deliberar un rato, supusieron que habrían pasado la noche en casa del médico para no arriesgarse más con el toque de queda, así que decidieron ir a buscarlos, sólo para averiguar que no habían pasado por allí. Al saber que ni siquiera habían llegado a casa del doctor, comenzaron a temer lo peor, y decidieron no pensar más en ello. Esta ciudad se las gasta así, y si por un casual seguían vivos, ya volverían. Al salir del médico se dirigieron a Dwight’s a por las piezas para reparar el coche de Donald, aunque si Mark no volvía, tendrían que buscar un mecánico que realizara la reparación. Al llegar, el viejo mecánico tenía la lista completa de piezas listas para entregar. Cargaron el material y tras rehusar un par de veces los intentos del chatarrero de comprarles el camión, se largaron de allí.
Procrastinando (o el arte de buscar otra cosa que hacer sin terminar las que tienes empezadas)
Encontrándose de nuevo sin nada que hacer, empezaron a circular ideas extrañas entre el grupo: ¿Aliarse con Wachovsky y eliminar a la banda de Andolini? ¿Aliarse con Andolini y matar a Wachowsky? ¿Aliarse con ambos y matarlos a todos? ¿Conquistar Raccoon City? Por alguna razón, esta idea se les antojaba más sencilla que intentar hacer tratos con la peor banda de carroñeros de la ciudad. Finalmente optaron por la opción de Wendy: la traficante tenía entendido que el clan de Andolini había ganado bastante terreno al de Wachovsky en el tráfico de armas de la zona Sur, así que ponerse al servicio de esa familia quizá podría facilitarle un puesto de trabajo permanente a alguien de sus capacidades. Donald apoyó la moción, aunque no necesariamente con ese fin. Así, el variopinto grupo subió de nuevo a su camión y pusieron rumbo a la Torre Inclinada, un garito en la zona sin ley de la ciudad, con cierto aire italiano (considerando los tiempos que corren) donde Donald había tenido tratos con Giuseppe, un lugarteniente de Andolini. Cuando franqueaban el perímetro hacia la zona sin ley, decidieron adoptar a otro despojo humano: un tipo con pinta de carroñero venido a menos, trataba en vano de convencer a un soldado de que le dejara entrar en la ciudad, sin embargo, sin identificación ni dinero con el que sobornar al guardia, poco podía hacer. El grupo decidió invitarlo a unirse, con lo cual no entró en la ciudad, pero al menos dio algo de rumbo a su vida. El tipo se presentó como Adolf Texaco, un tipo un poco bocazas que al parecer sólo recordaba que se había despertado maltrecho en los yermos, a pocas millas de la ciudad. No tenía más que lo que llevaba puesto (lo cual lo eleva casi a nivel de clase media en Raccoon City). Había vuelto por su propio pie y atravesado los barrios periféricos hasta el borde de la zona segura. El resto ya lo conocían. Lo acomodaron en la parte de atrás del camión y p’alante. Sería otro más para disparar.
Una vez frente a la Torre Inclinada, aparcaron en algún lugar disimulado (justo enfrente de los guardias de la puerta principal) y comenzaron a discutir quién se bajaba y hablaba con Guiseppe y quién se quedaba fuera, ante la atónita mirada de los matones, que comenzaban a congregarse en la puerta incapaces de discernir si aquellos tipos eran una amenaza o un circo ambulante. Finalmente decidió ir Wendy en solitario, que consiguió una entrevista con el consigliere de Andolini tras una breve charla con su jefe de seguridad.
Una vez dentro, el ambiente era más cálido, incluso flotaba un cierto olor familiar a comida que aunque Wendy no supo identificar, hizo que su estómago gruñera. Guiseppe le esperaba en una mesa del fondo, con varios matones visiblemente armados y en su típica pose de “a verlas venir”. El buen tipo de Wendy siempre es una buena carta de presentación, no obstante Guiseppe aparenta tener de todo lo que se puede conseguir en este mundo post-war, así que pasó a exponer sus habilidades en el mundo del comercio ilícito de armas. Aunque nueva en la ciudad, sabía manejarse en ese mundo si tenía los contactos apropiados. El italiano no parecía muy impresionado, y su actitud se mostró incluso paternalista cuando Wendy le expuso lo que sabía de la actual guerra entre bandas, sin embargo la chica parecía muy segura de sí misma, así que Giuseppe decidió darle una oportunidad: en la zona del Tugurio del Perro Ahorcado, un tipo conocido como “Perro Loco” (sí, entre perros anda la cosa) había eliminado ya a dos “distribuidores” de Andolini, monopolizando el comercio de armas. La familia necesitaba a alguien poco conocido que eliminara a aquel “enemigo del libre mercado”, por el buen curso de los negocios. Si Wendy estaba tan bien preparada como alardeaba estarlo, podría llevar a cabo la tarea, y si la conseguía, se haría meritoria del reconocimiento de la familia. A Wendy le pareció una promesa un poco vaga, pero seguro que el propio botín ya merecía la pena, así que accedió.
Una vez cerrado este trato, Wendy recordó que su grupo no comía mucho últimamente, y allí olía bien, de forma que pidió un adelanto en forma de comida, sin embargo Guiseppe no es hombre de dar limosnas, y la chica tuvo que comenzar a usar sus encantos para que el tipo accediera. Puede que el consigliere ande bien servido, pero siempre atrae la novedad, así que cerraron el segundo trato y se llevó a la chica un reservado donde ésta le hizo una felación como sólo unos labios cubanos saben hacer. Mientras se limpiaba, la chica consiguió identificar el familiar olor del local: ¡Mozzarella!... ¿De dónde sacarían mozzarella esos tipos en aquellos tiempos?
Pasado un rato, Wendy volvió al camión con cara de culpabilidad y un recipiente con carne asada, bastante dura. Todos comieron ávidamente menos su compañero Lucas, que comenzaba a sospechar algo. No obstante, se guardó su parte; sabía que en cuanto lo asumiera el hambre podría más.
El grupo comenzó sus pesquisas por el Perro Ahorcado, un tugurio que Donald conocía bien de anteriores trapicheos. En la puerta, el habitual cadáver ahorcado y reseco de un perro se balanceaba tétricamente. Esperando que alguien lo robara esa nocha, como casi todas las noches últimamente. Entraron en el antro, que olía tan mal como siempre, y lucía una clientela tan “selecta” como habitualmente. Tras un breve vistazo, Donald vio una cara conocida: en su esquina habitual vio a un negro enorme con el que había hecho tratos en el pasado. Se trataba de Jason. Al parecer había conseguido salir vivo del infructuoso asalto a la casa del chamán. No obstante, eso no le hacía tener mejor suerte ahora que le habían encontrado. El tipo estaba comiendo apaciblemente en su rincón del garito, cuando el variado grupo se sentó alrededor de su mesa y comenzó a mirarlo fijamente. Tras un momento de tensión en el que Donald y él se reconocieron, el nigromante trató de obtener su colaboración de nuevo pero esta vez bajo amenaza y con la excusa de deberle un trabajo. Al final, de mala gana, el tipo tuvo que aceptar, bajo la única condición de que no habría brujería involucrada. Lograron coaccionar a Jason para que saliera del garito y explicarle fuera de qué se trataba el trabajo, pero el negro se negó a alejarse más de un par de metros de la puerta del garito, donde se sentía bajo la relativa seguridad del alcance de la vista de los parroquianos. Sabía que si se aventuraba más allá, sería hombre muerto. Así que allí mismo el nigromante le explicó en voz baja a quién buscaban, cosa que hizo cambiar rápidamente de opinión al tiparraco. Perro Loco era un tipo peligroso y trabajaba para Wachovsky; Jason prefería jugársela con los presentes antes que meterse en problemas con el traficante, así que sólo accedió a revelar el lugar donde el tipo en cuestión hacía los tratos, que resultó ser los bajos de un edificio a un par de millas de allí. Wendy intentó que el negro colaborase bajo amenaza, pero uno de los matones de la puerta del tugurio, que había escuchado parte de la conversación, la disuadió. El grupo decidió dejar a Jason en paz, más bien por no montarla allí mismo que por otra cosa, y se dirigieron a donde el tipo les había dicho.
Asalto a la diligencia
Jurgen dejó al grupo a un par de manzanas del lugar y volvió al almacén común a por algunas armas más para Texaco y Wendy. Mientras, el resto estuvo oteando la zona. Calle abajo, en la puerta del lugar señalado, había un camión parado y unos tipos con aspecto de carroñeros cargaban unos cajones. Con un examen más minucioso se dieron cuenta de que eran Red Scars en plena labor de aprovisionamiento. Rápidamente el grupo llegó a la conclusión de que atacar a los clientes del traficante formaba parte de la misión del día, y en cuanto Jurgen llegó comenzaron a discutir la mejor forma de abordar el asunto. En eso estaban cuando escucharon que el camión arrancaba y comenzaba a avanzar en su dirección, así que Wendy tomó la iniciativa: dobló la esquina hacia la desierta calle y comenzó a caminar contoneando sus caderas. Cuando el camión de los carroñeros llegó a su altura pegó un frenazo y, sin mediar palabra, cuatro de los tiparracos se bajaron del vehículo y comenzaron a correr hacia ella emitiendo gruñidos porcinos. Ahora que el besugo había mordido el anzuelo había que recoger el sedal: Wendy giró en redondo y echó a correr, volviendo la esquina. Cuando la partida orcoide dobló la esquina, se encontró ante un pelotón de fusilamiento que dejó malheridos a dos de ellos con la primera descarga de plomo. Tras la sorpresa inicial, los dos heridos se volvieron hacia el camión, mientras los otros comenzaban a abrir fuego. El carroñero que había quedado dentro del camión salió para unirse a la fiesta, mientras Texaco y Donald, en un alarde de valor insensato, se lanzaban al asalto del camión: Texaco ametralló una de las ruedas para evitar su huída, mientras Donald se metió en la cabina buscando acabar con el carroñero que se estaba poniendo al volante. Mientras, Lucas sometía su Glock a una cadencia de fuego demasiado rápida y la encasquillaba. Al ver esto, Wendy le pasó la suya y trató de darle instrucciones para que apoyara el ataque, pero el tipo tenía la cabeza en otra parte y no acertó sus disparos.
Jurgen y Tyzan seguían disparando e hirieron a otro enemigo. Los carroñeros comenzaron a replegarse hacia la cabina y la caja trasera del camión, disparando al intruso que había dentro de él: Donald, el cual, por experiencias anteriores (o por intervención divina), consiguió no morir acribillado mientras trataba de rematar al carroñero que tenía al lado, aunque salió herido. El carroñero abrió la otra puerta de la cabina y salió por pies, pero Donald le alcanzó ya fuera del vehículo y lo remató, tras lo cual se abalanzó sobre él y comenzó a absorber la energía vital que se separaba del reciente cadáver.
Al ver la cabina del camión vacía, otro carroñero malherido se lanzó a su interior, y trató de avanzar con el camión, pero el lastre de la rueda destrozada por Texaco hizo que no consiguiera avanzar. Al ver esto, Texaco se subió a la cabina tras él y trató de matarlo, repitiendo la escena del nigromante de unos segundos antes. Mientras, un carroñero yacía despanzurrado en la calle y los otros dos se guarecían en el cajón trasero del camión, disparando como podían a quien estuviera en la cabina o a quien tratara de entrar por atrás. Lucas y Wendy aún disparaban mientras Tyzan se lanzó al asalto con su habitual entusiasmo, eliminando a uno de los enemigos, pero el otro sobrevivió e hirió a Tyzan. Por suerte para él, Jurgen, con su habitual táctica, le siguió y le prestó apoyo, sin embargo también falló sus disparos y se quedaron los dos vendidos. En la cabina, el último carroñero que quedaba, al verse a Texaco encima y notar que el camión no andaba, también salió por piernas por la puerta de su lado, pero fuera le esperaba el nigromante y ¡Ñam! Por suerte ninguno de sus compañeros vio lo que hizo.
Texaco decidió no seguir al que huía, sino devolver desde la cabina los disparos recibidos desde la caja del camión. Maniobró como pudo su rifle AKM y disparó con gran tino a través del ventanuco que daba al espacio trasero. Esto acabó con la vida del último enemigo ante la sorprendida mirada de Jurgen y Tyzan.
Una vez muertos todos, vieron que desde la guarida de los contrabandistas había dos tipos mirando con cara expectante. Sacaron el camión de la calle principal y lo ocultaron tras la esquina donde, al abrigo de miradas curiosas, comenzaron a inspeccionarlo. Descubrieron que el camión transportaba varios cajones de madera con el sello del ejército estadounidense mal borrado. A petición de Donald, comenzaron a cargar los cadáveres en su propio camión y pensaron en pasar los cajones también, sin embargo, a mitad de la tarea vieron que un grupo de cinco hombres bien armados se acercaba desde la guarida de los contrabandistas, de forma que decidieron esperarlos tras la esquina, como a los carroñeros. Wendy prefirió subir en el camión que aún funcionaba y dar la vuelta a la manzana para tratar de sorprender a sus enemigos por la espalda... y pasarles por encima. Mientras, Donald dijo “se va a levantar algo de niebla”... y a los pocos segundos, una niebla tan densa que se podía cortar con cuchillo y tenedor envolvió al grupo y al propio camión. Los compañeros, con cierta aprensión, se colocaron más o menos al borde de la niebla y esperaron a sus enemigos.
Wendy consiguió dar la vuelta a la manzana a toda prisa. Su idea era torcer la bocacalle y atropellar al grupo, sin embargo, girar un ángulo de noventa grados a la velocidad a la que iba resultó más complicado de lo que parecía, y tuvo que abrir mucho más el giro. Entre eso y que en el desierto vecindario lo único que se oía era su motor, los supuestos sicarios de Perro Loco la esquivaron con facilidad y comenzaron a disparar al camión. Para su sorpresa, al salir a la calle principal Wendy vio que había estado a punto de pillar a un segundo grupo. El primero se había apresurado y había avanzado bastante más. Wendy aceleró el camión bajo una lluvia de balas y lo enfiló contra el segundo grupo, que alertado por el escándalo la vio venir y la esquivó con facilidad, descargando ráfagas de plomo contra el camión. Wendy dobló la esquina de nuevo con el camión hecho un colador para encontrarse de pronto metida en una densa niebla. Un humo blanco salía del motor y al vehículo le costaba andar. Se bajó y comunicó a sus colegas que los enemigos eran diez en vez de cinco. El grupo decidió rápidamente que era hora de huir, y mejor hacerlo en un camión con una rueda pinchada y con todo el botín, que en otro camión que comenzaba a caerse a trozos, de manera que Texaco se puso al volante y trató de hacerlo avanzar. El trasto comenzó a andar lentamente, mientras los sorprendidos enemigos se adentraban en la repentina niebla. La niebla era tan densa, que Texaco no veía por dónde demonios avanzaba con el camión, de forma que acabó chocando contra una farola en el momento en que en la trasera comenzaban a intercambiarse los primeros disparos. Desesperado, dio marcha atrás como pudo y estuvo a punto de pillar a uno de sus perseguidores, que se tiró al suelo justo a tiempo de evitar ser arrollado. Ambos grupos seguían intercambiando disparos mientras Wendy abría una de las cajas y encontraba cinco fusiles M16 sin estrenar pero sin una sola bala en ellos. Donald sufrió otra herida, y Lucas, por su parte, volvía a encasquillar su pistola Glock. O estas armas necesitaban mantenimiento, o él no tenía el día inspirado. Viéndose sin nada con lo que disparar, se puso a ayudar a Wendy a abrir cajas, en busca de algo útil, pero la segunda caja contenía más M16 ¿Dónde demonios estaba la munición para esos trastos?
Finalmente, el camión pudo dejar atrás a sus perseguidores, y pusieron rumbo a “Donald Manor”. Sólo cuando ya estaban llegando al sitio, alguien dijo consternado: “Hostia, las piezas para el coche de Donald... estaban en el otro camión”.
Fiesta de bienvenida
Un rato después, llegaron a casa de Donald. Un marchito jardín rodeaba una casa decrépita de estilo colonial, con las ventanas de la planta baja cegadas con tablones. En el patio, junto a la entrada, una tumba abierta con los restos óseos de al menos dos personas, daba la bienvenida a todo el que pasara por allí. El desgastado grupo bajó del camión y comenzaron a echar un vistazo al botín: 10 rifles M16, un cajón con munición del 5.56 mm, una ametralladora M2 del calibre .50 con una caja de munición y un lanzacohetes anticarro soviético RPG-7 con tres proyectiles. Suficiente para empezar una pequeña guerra... lástima que en Raccoon City ninguna guerra es pequeña.
Comenzaron a transportar el material al interior de la casa mientras Jurgen evaluaba la posibilidad de cambiarle la rueda destrozada al camión, pero al entrar en el “jardín”, Donald advirtió que la tierra alrededor de la fosa había sido removida, incluso alguien había vomitado allí cerca. Había tenido visita en su ausencia. Al comunicarlo, Lucas y Wendy decidieron bordear sigilosamente la casa, mientras Jurgen y Donald se preparaban a la entrada. Texaco, sin mucha experiencia y herido (creo) decidió esperar junto a Tyzan en el interior del camión (¿Tyzan fuera de la acción? Vaya despiste del máster). Lucas y Wendy accedieron a la casa por la cocina, pero no vieron a nadie. Mientras, Jurgen y Donald entraron por la puerta principal y registraron la planta baja, sin encontrar a nadie tampoco. Entonces oyeron los disparos...
Tyzan miraba la casa expectante desde el camión y Texaco, absorto, tarareaba una cancioncilla en alguna jerga de carroñeros ininteligible, cuando varias ráfagas de disparos interrumpieron su concentración. Dos tipos con subfusiles disparaban desde el otro lado de la calle. Texaco, malherido, trató de responder al fuego sin mucho éxito, mientras Tyzan hacía lo mismo. Donald y Jurgen se asomaron a la puerta principal y vieron a dos tipos que avanzaban hacia la casa rodeando el camión desde su parte trasera. Mientras, al otro lado del vehículo, alguien disparaba contra los ocupantes de la cabina. El nigromante decidió buscar un buen puesto de tiro desde las rendijas de alguna de las ventanas de planta baja, mientras Jurgen abría fuego y hería a uno de los asaltantes. Lucas y Wendy decidieron subir a la planta de arriba para asegurarse un buen puesto de tiro. Desde la acera de enfrente, los matones seguían disparando al interior del camión, así que Texaco decidió salir de allí pasando por encima de Tyzan y buscó cobertura en la fosa del jardín, que le sirvió de improvisada trinchera (y de tumba, si las cosas seguían así). Tyzan seguía vociferando desde la cabina a los dos enemigos que tenía a la vista, sobre los que descargó una lluvia de plomo que los alcanzó a ambos, sin embargo seguían en pie. En la casa, los asaltantes ya estaban dentro del jardín, y trataban de rodear el inmueble. Donald, de un disparo acabó con la vida de uno de ellos mientras pensaba “fuera de mi jardín, cabrones”. Jurgen se asomó y no vio al otro. Supuso que estaría en la trasera de la casa y decidió ir tras él. Donald salió de la casa y examinó el cuerpo que había tirado en el suelo. “Muerto, -pensó- qué lástima”. Desde arriba, Wendy y su guardaespaldas apoyaban a Tyzan con sus disparos. En una de estas, Wendy consiguió volarle la cabeza a uno de los enemigos, y el otro, al ver el percal, decidió que era buen momento para largarse. Echó a correr renqueando, pero Tyzan salió como una bala del la cabina del camión (sacó un 20 corriendo) y lo alcanzó haciéndole un placaje en plena calle. El tipo murió del propio impacto, pero el entusiasmado pandillero no se percató y comenzó a machacarle la cabeza a culatazos con su rifle.
Jurgen avanzó sigilosamente y llegó al lado trasero de la casa. Se asomó a la esquina, pero no vio a nadie, así que comenzó a avanzar lentamente hacia la puerta trasera. Mientras, Donald decidió hacer la misma maniobra que Jurgen por el lado opuesto, pero al pasar por delante de la puerta principal, una ráfaga de disparos proveniente de dentro de la casa estuvo a punto de alcanzarle. Bueno, ahora ya sabían dónde estaba el tipo. Jurgen oyó los disparos. Se asomó y vio al matón parapetado de espaldas a él, tras el marco de la puerta de la cocina y cubriendo el pasillo. El mercenario se asomó y abrió fuego hiriéndolo, pero aun a su enemigo le dio tiempo de volverse y disparar, sin mucho éxito. Con un segundo disparo, Jurgen esparció las tripas del tipo por la pared. Quizá después Donald, con su macabro sentido del humor, encontrara bonito el cuadro, pero por el momento era dantesco.
Tyzan casi había reducido la cabeza de su enemigo a pulpa bebible cuando se percató de que ya no sonaban disparos. Parece que todo había terminado.
Mientras Jurgen y Donald curaban a los heridos, por alguna razón que muchos lamentarían después conocer, el nigromante pidió que se trasladaran los cuatro cadáveres de los enemigos muertos a su sótano. Los que le ayudaron no olvidarían fácilmente lo que allí vieron. Grandes manchorrones de una costra negruzca cubrían el suelo, así como una enorme mesa que conoció tiempos mejores. El olor a descomposición, los cuchillos de diversos tamaños y la fosa abierta del patio dejaban claro para qué usaba el sótano de su casa el siniestro personaje.
Haciendo labores domésticas.
El grupo pasó el resto del día y parte de la mañana siguiente realizando diversas tareas logísticas:
Donald se encerró en el sótano y los separó los cuatro cadáveres en tres montones: huesos, vísceras y músculo comestible.
Wendy y Jurgen cambiaron la rueda al camión y estuvieron el resto de la tarde planificando cómo hacer un doble fondo en la caja trasera. Sin embargo, un error con la sierra radial seccionó la barra de transmisión del vehículo, lo cual era un serio problema: hasta que no consiguieran una nueva y pusieran otra, el camión quedaría inutilizado.
Tyzan, herido, se llevó a Texaco a casa del Dr. Jackson, en busca de una mejor atención médica. Dijo que conocía una ruta para entrar en el perímetro subrepticiamente, a través de las alcantarillas… y nadie le puso pegas.
Lucas estuvo limando los números de serie de parte de los M16.
A la hora de la cena, Donald invitó a todos a carne asada. Algunos consiguieron resistirse, pero los que sucumbieron al hambre no volverían a ser los mismos.
El grupo se acomodó para pasar la noche en casa de Donald, donde la atmósfera es opresiva y el silencio tan sepulcral como en una tumba. Es decir, a juego con la ciudad. Lucas y Wendy a provecharon para arreglar sus diferencias del día con sexo en un colchón mohoso.
A la mañana siguiente, fueron a comprobar si el camión grúa que abandonaron seguía en su sitio, pero ya no estaba. Unas difusas huellas sugerían que lo podían haber arrastrado en dirección al almacén de los contrabandistas, así que lo dieron por perdido, por el momento. Después decidieron ir al taller de Dwight a preguntar por una barra de transmisión para el camión y algo de gasolina para el coche. Al llegar, el viejo Timothy les atendió amablemente, como de costumbre. Podría conseguir la barra de transmisión… si le decían para qué modelo la necesitaban. Ahí quedó patente que realmente los compañeros no saben lo que quieren en esta vida: nadie se había fijado en la marca y modelo del camión. Finalmente señalaron un camión parecido que pasaba por allí y Dwight se comprometió a tener la pieza para el día siguiente. En el caso de la gasolina, la cosa no era tan fácil; es cara y cada vez más difícil de conseguir. Finalmente Dwight, aunque receloso, acabó aceptando la promesa de Donald de proporcionarle “carne de cerdo”, más llevado por el hambre que por la lógica. Corren malos tiempos en Raccoon City. Aceptó dar un pequeño adelanto de la gasolina, y con ella el grupo volvió al almacén, donde encontraron a Slayer perreando. Con 10 litros de gasolina en el depósito, se pasaron por el mercado para comprar un saco de sal, otra de las extrañas peticiones de Donald, aunque por desgracia estaban empezando a dejar de resultar extrañas. Allí, en Sameh’s conocieron a un tipo esmirriado y feucho (no me mires así, Jose, que lo pone en los stats de tu hoja xD) que miraba todo a su alrededor como si la cosa no fuera con él. Se presentó como Albert F. Oswald. El tipo, sin apenas dinero, estaba tratando de conseguir que el turco le consiguiera un rifle de precisión. El grupo llegó allí, y casi sin saludar a Sameh, le robaron el cliente. Todos los infieles son unos ingratos, maldito país… Convencieron a Albert de que se uniera a su grupo de fracasados sin rumbo ni dirección, y él aceptó encantado en cuanto Slayer le prestó su rifle de caza. Las cosas se ven desde otro punto de vista con tu herramienta favorita en las manos.
Volvieron en coche a casa de Donald, donde echaron el resto del día limando números de serie de las armas recién robadas, mientras el anfitrión se encerraba de de nuevo en el sótano de la casa con su recién comprado saco de sal. En cuanto Donald asó más “carne de cerdo”, se repitieron escenas como las del día anterior. Albert estuvo explorando la casa y encontró un puesto de vigilancia en la buhardilla desde donde se tenía una buena vista de la calle. Rebuscando por allí también encontró un cojín polvoriento cuya utilidad como silenciador improvisado estuvo sopesando.
La noche pasó sin más complicaciones, y al día siguiente el grupo se encaminó hacia el taller de Dwight con un hatillo hecho con una bolsa de basura y una sábana vieja, con unos 20 Kg de “carne de cerdo”. La disyuntiva surgió a la hora de cruzar el perímetro: si en el control encontraban la mercancía, los ejecutarían a todos allí mismo, y nadie quería meterse en las alcantarillas, pero al final la necesidad de gasolina pudo más: todos fueron a pie por las alcantarillas mientras Slayer les esperaba con el almacén del chatarrero.
Los túneles del alcantarillado estaban secos y oscuros. No se veía nada, de forma que tuvieron que improvisar una antorcha atando la sábana a un palo que Donald encendió al tocarla con la mano*. La vieja sábana comenzó a arder rápidamente y el grupo se apresuró a avanzar. Al cabo medio minuto, la antorcha se había convertido en una bola de fuego enganchada a un palo que soltaba una gran humareda negra mientras los Pjs, tosiendo, trataban de orientarse en los túneles. Tras varias bifurcaciones llegaron a una habitación de registro, que prefirieron no explorar cuando vieron varias sombras moverse en la oscuridad. De la sábana ya sólo quedaban jirones. Se estaban quedando sin luz y la bolsa de basura apenas aguantaba el peso de la mercancía. Cuando vieron que la luz se apagaba y las sombras comenzaban a correr hacia ellos, optaron por salir a la superficie por el pozo de registro más cercano cuando. Dicha elección se transformó en una carrera hacia la escalerilla mientras algo parecido a una rata sobrealimentada trataba de morder la pierna de Jurgen y Donald, que iba el último, sentía cómo algo le lastraba la bolsa que llevaba al hombro. La bolsa se rasgó, y Donald oyó cómo la carne se esparcía por el suelo del túnel mientras el último de sus compañeros trepaba por la escalerilla. Solo, y con la poca luz que entraba por la salida a superficie, pudo ver cómo una rata casi tan grande como su pierna huía con un buen trozo de carne en la boca. Se agachó tratando de recoger el resto del botín desparramado, cuando otro bicho pasó por su lado, enganchó otro trozo de carne y desapareció en la oscuridad. “Todo lo que se mueve en esta ciudad, vive de lo mismo”, pensaba agriamente el nigromante mientras recogía la paga de Dwight. Salió a la superficie justo a tiempo de ver cómo una patrulla militar torcía la esquina y enfilaba la calle a un par de manzanas de él. Sus compañeros se habían dispersado en diversas dirección como ratas cobardes, pero al menos estaban dentro del perímetro. Disimuló como pudo y se escurrió dentro del callejón más cercano. Mientras torcía la esquina pudo ver cómo la patrulla se paraba al pasar junto a la alcantarilla abierta y comenzaban a otear dentro.
Cada miembro del grupo se encaminó por separado al punto de reunión: el almacén de Dwight, donde el mecánico les esperaba con la pieza lista y la gasolina, de la que sólo les dio 18 de los 20 litros prometidos, por que sólo había 18 Kg de carne (malditos roedores...). Luego tuvieron que convencerlo para que les alquilara también un mecánico por 20 Kg de carne más; colocar la barra no parecía tarea fácil, y menos sin el instrumental adecuado. Volvieron a casa de Donald con la pieza, el mecánico y toda la pesca, y en un lugar tan agradable como el jardín de Donald, el pobre muchacho tuvo que meterse bajo el camión y pasarse la mañana trabajando. Para amenizarle el trabajo, Donald le trajo una brocheta de su asado especial.
Cuando el mecánico dijo con cara aliviada que ya había terminado, el grupo le convenció para que les hiciera otro trabajo: un doble fondo en la caja del camión. El muchacho aceptó por otros 20 Kg de cerdo salado más, esta vez sólo para él. La tarea le tomó casi todo el resto de la tarde, tras lo cual dejaron al asustado tipo de nuevo en Dwight’s y se volvieron para pasar la noche en la alegre casa de Donald.
El preludio
Al día siguiente, el grupo estuvo sopesando qué hacer con los rifles obtenidos. Wendy sugirió vendérselos a Sameh y empezar a ganar puntos como proveedores del turco, pero el resto decidió venderlas al por menor para sacarles más margen**. El camión estaba seco de combustible, y no tenían diesel, así que cargaron todo el material en el coche y se dirigieron a la entrada del perímetro. Allí observaron que había gran agitación: cargando combustible a la salida, un convoy de los Red Scars formaba una enorme cola en el control de salida. Y tras ellos, hacían cola muchas otras bandas, bien pertrechadas y listas para partir. Al frente del convoy, un gigantesco camión modificado con planchas de blindaje y barras de defensa soldadas dejaba clara la diferencia entre la mayor banda de carroñeros de Raccoon City y el resto. Ya en el exterior del perímetro, otros coches con carroñeros, pandilleros y oportunistas de toda índole aguardaban expectantes. Con el maletero lleno de armas, el grupo comenzó a ponerse nervioso. Albert y Jurgen se adelantaron para comprobar si los soldados del control estaban revisando los vehículos que accedían, pero éstos estaban más ocupados en vigilar que la marea de carroñeros fluyera adecuadamente. Jurgen se acercó al camión y preguntó si necesitaban más personal. Los rudos tripulantes no se tomaron muy en serio la propuesta de Jurgen, pero ante su insistencia, el propio “capitán” del buque asomó por una escotilla para decirle que se largara, que no necesitaban a nadie más, y que si quería realmente enrolarse, viniera a verle a su regreso. No necesitaban más oportunistas a bordo. Jurgen echó un último vistazo al monstruo esperando ver algún rastro de Flint, pero todo lo que parecía haber en su interior eran puestos de tiro, de conducción y oteadores. No parecía que llevaran ningún prisionero.
Mientras tanto, Slayer decidió comenzar a ofrecer la mercancía por allí mismo, a los que aguardaban fuera. La mayoría de ellos ya iban bien armados, pero Slayer siguió probando suerte hasta que encontró un grupo de ocho integrantes poco preparados repartidos entre un coche y una camioneta que sólo llevaban armas cortas y escopetas con munición de postas. Ofrecieron el coche que llevaban a cambio de ocho rifles automáticos y munición abundante y se apelotonaron todos el la camioneta.
Una vez cerrado el trato, el grupo deliberó un poco y decidió procrastinar de nuevo: se unirían a lo quiera que fuese a montarse allí; ya habría tiempo de acabar con Perro Loco más tarde. Así que ocultaron el vehículo recién conseguido en un edificio cercano, no sin antes drenarle todo el combustible para aprovisionar mejor su viejo Ford. Cuando volvieron a la zona del tumulto, vieron que la columna Red Scars había terminado de aprovisionarse, pero en vez de salir rumbo a los yermos, estaba parada fuera del perímetro, realizando otro tipo de preparativos: en todos los vehículos, armamento de todo tipo era sacado de las zonas de carga, ensamblado y fijado en puestos artilleros. Ametralladoras pesadas, cañones de arpones artesanales y otros engendros de usos menos reconocibles. Pasó el rato, y los carroñeros lo tenían casi todo listo, sin embargo la columna seguía sin ponerse en marcha hacia donde quiera que se dirigiesen. En vez de eso, parecían estar esperando expectantes a que sus competidores también repostaran. Aquí se iba a liar la de Dios, y el grupo, como una sardina entre tiburones, aguardaba para sacar tajada, como todos.
*Creo recordar que entre tus cosas hay un mechero Zippo. Te lo compraste al hacerte el Pj xDD
**Estoy pensando en cambiarle al juego el nombre, de Despojos a Risky Bussines o algo así <_< style="font-weight: bold;">Resumen 10ª partida:
La marcha de los carroñeros:
Era cerca de mediodía cuando la mitad de las bandas rivales hubo repostado y la columna Red Scar se puso en marcha. Con su buque insignia en el centro del convoy, precedido y seguido por otros vehículos de menor envergadura, pusieron rumbo a la salida Sur de la ciudad. Tras ella, otros grupos menores partieron a la zaga, como chacales al acecho. Los compañeros observaban todo esto en medio de la gran polvareda mezclada con humos de gasoil, pensando que toda este tinglado les venía un poco grande. Como ellos, otros grupúsculos, peor pertrechados, observaban la marcha de los grandes sin saber muy bien si aventurarse con la esperanza de recuperar algún despojo de la vecina batalla, o quedarse en la relativa seguridad de la ciudad. La mayoría decidieron partir a la aventura. Otros se dispersaron por la ciudad, y final mente sólo quedaron unos cuantos indecisos. El grupo observó un coche con varios negros (ciudadanosdecolorpostapocalípticos) que no tenían pinta de decidirse, así que Albert, Slayer y Donald se acercaron a hablar con ellos. Pese al buen colegueo de Slayer con sus “hermanos”, éstos no se sentían demasiado hermanados con el desconocido. Albert les expuso un plan sencillo, pero algo difuso: emboscar a la entrada de la ciudad a los supervivientes de la batalla cuando regresaran. La idea en sí parecía demasiado arriesgada, más aún que salir a los yermos y tratar de rapiñar los trocitos como hienas, de forma que los tipos no aceptaron. Cuando encima se cachondearon de la veteranía de Albert, éste estalló de ira e intentó pegarle un culatazo en la cara a uno de ellos, sin mucho éxito. Tanto mejor para él, ya que cinco cañones de cinco armas le apuntaron de forma directa invitándole amablemente a largarse. Lejos de desanimarse, el grupo probó suerte con otro grupo que había por allí. Esta vez Slayer apordó el tema desde el punto de vista de “tenemos muchas armas y nos falta personal”. El grupo parecía indeciso, pero la intervención de Wendy los terminó de convencer. Uno de ellos se acercó al viejo Ford del grupo a comprobar el material. No había nada muy impresionante, pero realmente eran armas nuevas, así que volvió para deliberar con sus compañeros. Al poco volvió y con una respuesta afirmativa a la propuesta. El trato final sería ir al 50% y pagar cualquier equipamiento proporcionado por el grupo que los pandilleros necesitaran usar durante las correrías. Mientras, el grupo, comenzó a debatir el curso de acción a tomar: definitivamente, una guerra abierta en los yermos parecía morder algo más grande que lo que se puede tragar, así que barajaron otras dos opciones: explorar la guarida de los Red Scars, ahora que la mayoría estaban “de excursión” o asaltar el almacén de Perro Loco y completar el encargo para Giuseppe. Finalmente, en una ajustada votación que ni siquiera Tyzan era capaz de desempatar, decidieron probar suerte y hundirle el negocio a Perro Loco. Comunicaron el cambio de planes a sus recién contratados socios, que aguardaban pacientemente, se acomodaron trece personas en dos coches, más mal que bien, y pusieron rumbo de nuevo al almacén de los traficantes. A veces te comes al oso, y a veces... A un par de manzanas del lugar, justo donde unos días antes se hicieran con un envío para los Red Scars, dos destartalados coches y trece personas se reunían y planeaban. La puerta del objetivo era la entrada a un garaje, junto a la esquina en un cruce de calles, y estaba guardada por tipos bien armados. Eliminarlos sería fácil, pero ¿Cuántos habría dentro? Acordaron atacar desde diversos puntos. Albert, fiel a su estilo, comenzó a dar un sigiloso rodeo para apostarse en alguna de las ventanas frente a la entrada principal del objetivo. Los refuerzos recién contratados, junto a Texaco, se fueron en su coche dando otro rodeo por las manzanas de detrás el edificio, buscando alcanzar el portón desde el extremo opuesto de la calle. Tras un reconocimiento de Lucas, éste informó que había dos guardias vigilando en una de las ventanas traseras de la primera planta. Lucas y Wendy tratarían de escabullirse de dichos vigías y buscarían la escalera de incendios para colarse dentro, y Slayer, Tyzan y Donald se acercarían frontalmente. Jurgen tenía pensado ir con ellos, pero a última hora decidió dar también un rodeo y aproximarse por la última calle del cruce que quedaba por cubrir. Dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. El plan parecía bueno, y con algo de coordinación y un poco de suerte quizá habría funcionado, pero no hubo ninguna de las dos cosas. Lentamente, Albert subía de puntillas por la escalera del edificio frente a la puerta de los traficantes cuando escuchó a dos personas hablando en el piso siguiente. Se paró en la escalera tratando de escuchar lo que decían. No pudo distinguir las palabras, pero parecía que hablaban tranquilamente en tono distendido. Entonces comenzó a oír disparos en la calle. Llegaba tarde a la fiesta. Lo mismo pensó Jurgen mientras se apresuraba dando la vuelta a la manzana. Mientras Slayer, Tyzan y Donald aguardaban alguna señal del “grupo 2” para avanzar, sonaron disparos no muy lejos de allí. Eso quería decir que el grupo 2 ya estaba sobre el objetivo, así que comenzaron su marcha hacia la puerta. Ahora sólo no se veía ningún guardia. Apretaron el paso. No tenían forma de saber cómo les iba al grupo 2, pero era tarde para echarse atrás. No podían saber que, el grupo 2 empezaba a tener problemas: cuando rodeaban el edificio del objetivo, comenzaron a recibir disparos desde algún punto de la fachada de enfrente e hirieron a dos de ellos. Trataron de responder a los disparos desde la calle, pero la posición era claramente desventajosa, de modo que Texaco dio media vuelta y fue corriendo a por el coche para sacarlos de allí. Lucas y Wendy se asomaron a la esquina de la trasera del edificio. Ahora se oían disparos no muy lejos de allí, pero no se veían los guardias, así que cruzaron hacia el edificio y se metieron por el primer callejón que vieron. Avanzaron entre basura y escombros y alcanzaron una escalera de incendios por la que comenzaron a subir. Ahora el tiroteo se oía por todos lados. Cuando Slayer, Tyzan y Donald llegaban al cruce, tres guardias salieron por la puerta principal y ambos grupos se encontraron frente a frente. Seis bastardos levantaron sus armas prestos a abrir fuego pero los matones fueron más rápidos, dejando a Donald fuera de combate e hiriendo a Tyzan y Slayer con las primeras descargas. Los dos pandilleros respondieron rápidamente haciendo lo mismo. Slayer logró herir a dos, pero Tyzan no tuvo su momento y falló. El tercero de los enemigos disparó en fuego automático con gran precisión, rematando a Donald y dejando al borde de la muerte a Tyzan y Slayer. Por una ventana de la fachada de enfrente, aparecieron dos enemigos más disparando, justo por donde esperaban que apareciera Albert proporcionando apoyo. Bajo esa lluvia de fuego, Tyzan, medio muerto, decidió que ya había tenido suficiente. Dio media vuelta y echó a correr. Slayer no dudó en seguirle mientras sus enemigos seguían disparando, sin mucho tino, por suerte para ellos. Albert, viendo la dantesca escena en la calle, decidió largarse de allí. Dio media vuelta y comenzó a bajar sigilosamente las escaleras. Ahora ya no escuchaba a nadie hablar en el piso de arriba, sólo disparos. Jurgen llegó calle abajo justo cuando Slayer y Tyzan se retiraban. Buscó cobertura en una esquina y disparó una tercera ráfaga, rematando a los dos heridos por Slayer y atrayendo el fuego sobre él. Esto dio un respiro a los dos pandilleros heridos, que corrían en desbandada mientras trataban de sujetarse las tripas. Lucas y Wendy entraron por la primera planta del edificio y oyeron cómo varios sicarios de Perro Loco bajaban a la carrera por las escaleras. Lucas se asomó con cautela y vio que eran tres. Ignorantes de lo mal que estaba la situación en la calle, decidieron seguirles y tratar de sorprenderles por la espalda, en lo que sería la última idea desafortunada de Lucas. Salieron a la calle disparando sin mucho éxito. Esto hizo que los enemigos volcaran su atención su atención sobre esta nueva amenaza. Los amante no pudieron sobrevivir a la lluvia de plomo que cinco armas automáticas descargaron sobre ellos y cayeron allí mismo. Lucas había muerto, y Wendy, inconsciente, se debatía al borde de la muerte. Para su desgracia, saldría viva de aquello. Texaco intentaba como un loco hacer un puente para arrancar el destartalado coche de los pandilleros contratados, mientras éstos respondían al fuego en plena calle, sin cobertura. Por fin consiguió arrancar el motor. Pisó a fondo y llegó a tiempo de cubrirles la retirada. Dos de ellos estaban ya más allá de toda ayuda, pero los otros tres se subieron al coche casi en marcha y salieron de allí todos por donde habían venido. El grupo 2 acababa de ser rechazado también. Texaco condujo como un loco hasta llegar al punto de partida del grupo 1, sólo para ver que a ellos les iba casi peor: Tyzan y Slayer se apoyaban en la pared medio desangrados mientras sus compañeros podían ser cualquiera de los cuerpos que estaban tirados en la calle. Tyzan y Slayer necesitaban ayuda urgente, así que los metió en el coche de los pandilleros y les pidió que los llevara a donde pudieran darles atención médica. Los tipos aceptaron sin rechistar con tal de salir de allí. Texaco entró en el viejo Ford y se dispuso a acometer la última heroicidad de su vida: sacaría de allí a sus compañeros moribundos. El bastidor del coche chirrió y las ruedas escarbaron en el asfalto cuando Texaco pisó a fondo. Cogió la esquina derrapando y enfiló calle abajo a toda velocidad bajo una lluvia de plomo mientras canturreaba una de sus cancioncillas incomprensibles (¿Raindrops keep falling on my head?). Pegó un frenazo junto al cadáver de Donald y comenzó a arrastrarlo al interior del coche pensando que estaba vivo aún. Los dos metros de intestinos que iban colgando del cadáver y otros trozos menos identificables que se le caían no le hicieron pensar que existía una ligera posibilidad de que el nigromante estuviera requetemuerto. Milagrosamente consiguió meter al muerto en el coche sin recibir ni un balazo. Albert salió a la calle. Atrás quedaban los tiros cuando pensó que aquello de dejar a sus compañeros tirados estaba feo, así que entró en el edificio de al lado y comenzó a subir de nuevo a toda prisa. Pensaba llegar a la azotea, pero tres plantas más arriba, su baja forma empezaba a pasarle factura, así que decidió pararse a escuchar por si había alguien más disparando desde allí, y una vez que le pareció que estaba despejado, entró en uno de los apartamentos abandonados y buscó una ventana desde la que usar su rifle. Se asomó con cautela a la calle, y vio a Texaco recogiendo los restos de Donald bajo el fuego enemigo y metíendolos en el coche mientras Jurgen entraba también en el coche a la carrera. Los cuerpos de Lucas y Wendy estaban tirados calle abajo sobre sendos charcos de sangre. Decididamente la cosa iba mal, pero aún así decidió aportar su granito de arena: eligió el blanco más fácil, apuntó y apretó el gatillo. El tipo recibió el disparo con sorpresa y miró con horror hacia la ventana donde estaba Albert mientras se sujetaba una buena herida. Albert se puso a cubierto rápidamente y pensó “ya está bien por hoy. No sobreviví a los rusos para acabar así”. Se colgó su rifle al hombro y salió del apartamento rumbo a las escaleras. Jurgen seguía disparando: había logrado darle a otro, pero había muchos más. Él también había recibido un par de impactos y sangraba... ¿Y qué demonios estaba haciendo ahora Texaco allí parado? Pensándolo mejor, vio que era una buena oportunidad de escapar, pero tendría que exponerse aún más. Salió corriendo de su cobertura y llegó al coche en un sprint, entrando de cabeza por el hueco de la ventanilla, y cayendo de morros sobre algo viscoso y sanguinolento… puaj, era Donald, o lo que quedaba de él. Texaco subió al coche y salió derrapando de allí para llegar hasta la posición de Wendy. En su camino había uno de sus enemigos, de forma que trató de pasarle por encima, pero la lluvia de balas le hizo cometer un error y se empotró contra una farola, golpeándose contra el volante. Jurgen maldijo desde el asiento de atrás mientras se revolvía con el cadáver y las vísceras de Donald. Texaco trató de dar marcha atrás, pero el coche había sufrido demasiado castigo y se paró a los pocos metros. Las llantas sonaban contra el asfalto mientras intentaba moverse y un humo negro salía del capó. Ahora sí que estaban jodidos. Jurgen y Texaco salieron a toda prisa del coche, pero Texaco, aún herido desde la emboscada en casa de Donald, sintió que a cada paso las fuerzas empezaban a fallarle, de modo que buscó refugio en un edificio cercano. Entró y buscó escondite en alguno de los vacíos apartamentos. Jurgen, por su parte, vio como varios de ellos entraban tras Texaco, y otros se dirigían al edificio de enfrente. Corrió como una liebre hasta que sintió que las tripas le iban a salir por la boca. Aquello no había sido buena idea desde el principio. Intentar un asalto con Donald y Texaco heridos del día anterior… En aldelante debía juntarse con gente más profesional. Y hablando de eso... ¿Dónde coño se había metido Albert? Maldito traidor... (Nota: Jurgen no sabe nada del destino de Slayer y Tyzan). Epílogo: Slayer iba dolorido mirando el techo del coche cuando se percató de que el vehículo se había parado. Había demasiado silencio. Hasta Tyzan estaba callado, aunque era normal en su estado, pero el resto de pandilleros… entonces lo vio claro. No sabía donde coño estaban, pero aquello no era el médico, y uno de los tipos le apoyaba la pistola en el pecho mientras con un gesto le invitaba a salir. Definitivamente, no debería haberse levantado aquel maldito día. Tyzan ya estaba fuera, encañonado por otro de esos cabrones. Tenía el miedo grabado en la cara, pero quien lo conocía sabía que es el mismo miedo que tiene un depredador acorralado. Rezó a quien coño estuviera escuchando en ese momento para que Tyzan no hiciera ninguna tontería, y resoplando salió abnegadamente del coche. Esperaba que fuera rápido. Los tipos los saquearon de todo lo que llevaban útil, pero cuando iban a rematar la faena uno de ello dijo “Déjalos. Ellos tampoco han tenido un buen día”, y los otros dos, a regañadientes, volvieron a guardar sus armas. Los tres pandilleros tipos se subieron al coche y se largaron de allí. Slayer sintió que le fallaban las fuerzas y se sentó. Luego se tumbó, ya le importaba todo una mierda. Estaba como al principio; peor que al principio. Todo le estaba dando vueltas cuando alguien volvió a molestarlo “vamos tío, arriba, sólo se han llevado las armas. Cualquiera puede usar un arma, pero un nija ES un arma. Va a hacerse de noche. onozco las alcantarillas como la palma de mi mano. No necesitamos esas putas tarjetas” Este maldito gilipollas aún flipaba, y encima le estaba ayudando a levantarse. Miró a Tyzan y vio que estaba tan mal como él. Si este loco podía, él no iba a ser menos. Se incorporó, y apoyados el uno en el otro se dirigieron al perímetro. Varias horas después, con sus últimas fuerzas, dos pandilleros se derrumbaban frente a la puerta de Abraham Jackson, donde un apurado chino llamaba a voces al doctor y los arrastraba hacia dentro. “Joder –pensó Slayer- ahora sí que estoy como cuando empecé”. Donald se levantó. La gente seguía matándose en la calle, pero él no estaba de humor, se sentía bastante apático. Vio a Slayer y Tyzan correr chorreando sangre por la acera, y se vio a sí mismo tumbado en el suelo, en bastante mal estado. Vio a Jurgen llegar desde otra de las calles y prepararse para disparar. Sintió una necesidad irrefrenable de largarse de allí, de forma que echó a andar calle arriba. A su derecha, Texaco recogía a los pardillos contratados y huían en el coche. Dos de ellos estaban tirados en la acera. Miró a su espalda y vio un gran agujero negro en el suelo, donde antes estaba su cuerpo. A cada segundo el agujero se iba haciendo más y más grande, engulléndolo todo a su paso: primero el asfalto, luego las personas, los edificios... Tenía que salir de allí como fuera. Echó a correr, pero las piernas le pesaban como si fueran plomo. Aún así consiguió moverse. Corrió por las calles vacías, pero aquello seguía creciendo cada vez más. Pronto se tragaría toda la ciudad. Debía irse de allí, a los yermos. Los edificios no se acababan nunca, las calles se hacían interminables y él no podía correr más. Aquella cosa negra seguía creciendo, ya casi le había alcanzado. Hizo un último esfuerzo, tenía que llegar ¡Podía llegar! Algo se enredó en su pie y le hizo tropezar. Enredaderas ¿En Raccoon City? Intentó levantarse y seguir corriendo. El borde del agujero casi le alcanzaba ya mientras el cielo se cubría de enormes nubarrones. Hacía un frío glacial. Trató de correr. Los yermos estaban un poco más allá, y allí al menos birllaba el sol. Casi no podía moverse. El asfalto se hundió bajo sus pies y cayó en un torbellino de oscuridad. Se sintió dar vueltas en el más absoluto silencio. Gritó, pero no salió sonido alguno. La boca del agujero se alejaba y él siguió cayendo y gritando en un silencio sepulcral... Texaco jadeaba escaleras arriba. Casi no podía cargar ya con el fusil, pero era su último reducto; no le cogerían vivo. Buscó refugio en uno de los apartamentos y guardó todo el silencio que pudo, pero acabaron dando con él. Escuchó una voz ronca que le conminó a rendirse por las buenas. “Claro que sí” respondió, subrayando su frase con una ráfaga de disparos. Sus enemigos respondieron igual. Mientras corría, Jurgen pudo oír a lo lejos disparos y alguien que cantaba fuerte y alto en algún extraño dialecto chicano. Albert creyó oír un coche derrapar seguido de un golpe al salir a la calle. Aquello ya no iba con él. Se encaminó hacia el perímetro mientras tarareaba algo “Maaaaaaybeeeee, youuuuu’ll think of meeee”
http://www.youtube.com/watch?v=ix1DT_osn3M&feature=related
Wendy sintió que la sacudían. Abrió los ojos y vio a un tipo canijo y greñudo mirándola con un taladro en la mano y una sonrisa de sádico. No sabía qué tenía más mugre, si sus dientes o su barba de varios días.
-Vaya, al fin te has despertado, muñeca. ¡Jhonny, pásame una del siete y otra del quince! Esta pollita nos va a cantar hasta la Traviata. No te preocupes, encanto, empezaré por la pequeña ¿De acuerdo?
...Wendy se desmayó de nuevo.
Resumen 11ª partida:La vida sigue:
Tras el desastroso asalto a la guarida de Perro Loco, el grupo quedó diezmado y disperso, pero ya lo dice el dicho: Dios los cría y ellos se juntan... para matarse.
Albert, sin un rasguño, decidió volver al almacén y esperar a ver cuántos volvían. Al llegar se encontró a un tipo de aspecto chungo (algo raro en Raccoon City) que se presentó como Rick Valley. Al parecer venía buscando a Donald. “Algo tarde para eso ya”, le respondió le respondió Albert. Al enterarse de la muerte de Donald, el tipo pareció decepcionado, y algo desorientado, como sin rumbo en esta vida (algo también muy raro en esta ciudad). Albert, consciente de que iban a necesitar cubrir bajas en la banda, le ofreció un puesto en el variopinto grupo. Durante los siguientes días, ambos vaguearon un poco por la ciudad y pudieron enterarse del desenlace de la guerra entre los carroñeros: parece ser que los Red Scars acabaron con todas las bandas que les hicieron frente, aunque por une escaso margen. Tras dicho evento, los repuestos comienzan a escasear en la ciudad por falta de recuperadores.
Tras el último tiroteo Jurgen, herido consiguió llegar a la sede del gremio, donde le atendieron sin hacer preguntas. Tras una primera cura de urgencia, lo trasladaron al hospital, donde pasó una semana recuperándose después de que le cosieran los agujeros. Al cabo de ese tiempo salió y se dirigió a la sede del gremio, donde le informaron que se necesitaba gente para un nuevo trabajo: guardia de caravanas de mercancías. No pintaba mal, aunque tampoco bien... Se encaminó al almacén, donde sólo encontró a Albert y a un nuevo tipo con pinta de carroñero. Se resistía a creer que nadie más hubiera escapado de aquella matanza, así que tras contarles la expectativa de un nuevo empleo, y esta vez con visos de ser legal y todo, pasaron por casa del Dr. Jackson, para ver si sabía algo más de algún otro miembro de la banda. Al llegar allí, su sorpresa fue grata: Tyzan y Slayer habían salido ilesos. Slayer aún se estaba recuperando, pero el incombustible Tyzan estaba dispuesto a volver, y de paso James podría descansar unos días de la verborrea de su compañero.
Buscando trabajo:
Ahora que eran cuatro, podían ir a buscar problemas con algo más de garantía. Al parecer las caravanas salían desde el mercado, así que allí se dirigieron. El mercado ofrecía un aspecto mucho más apagado que días atrás: no había tantos clientes, ni tantos vendedores, y los puestos no estaban tan surtidos. En un extremo de la zona, cuatro camiones estaban siendo cargados por varios operarios, mientras un tipo de aspecto severo con un portafolios supervisaba la operación. El tipo resultó ser Terence Sandler, capataz de la caravana y representante del recién constituido gremio de comerciantes de Raccoon City. Orgullosamente les explicó que se están intentando abrir rutas de comercio con otras ciudades, pero los yermos son terreno peligroso y se necesita protección en las caravanas. Al preguntar por el trabajo, el capataz les contó las condiciones: la caravana se compone de cuatro camiones. Por cada uno que vuelva con su carga, se pagan 250 pavos por cabeza y se da una comida diaria durante el viaje (previstos 3 días incluyendo la vuelta). Los muertos no cobran, y las armas y el equipo corren por cuenta de cada uno. A los aspirantes a héroes no les pareció gran cosa, pero las perspectiva de ganarse la vida legalmente al fin les terminó de convencer (¿O quizá era la idea de poder robar toda la mercancía de la caravana?). Tratando de indagar algo más sobre lo que les deparaba el nuevo trabajo, Sandler les informó de que llevaban mercancía diversa de comerciantes locales afiliados al gremio. Las dos últimas caravanas habían sufrido ataques. Una de ellas no regresó, y de la otra llegaron apenas la mitad de los camiones. Dijeron haber sido atacados por nómadas de los yermos, lo cual le sonó en principio algo raro al grupo, ya que los nómadas suelen ser más o menos pacíficos (salvo con los carroñeros). Este convoy tratará de llegar a Abilene, una pequeña ciudad a unas 200 millas en dirección Oeste donde parece que hay cierta actividad de comercio organizado.
Tras un momento de deliberación, aceptaron el trabajo, y antes de partir Albert fue a visitar a Sameh para comprobar si le había traído el material encargado, sin embargo un material militar tan especial resultó demasiado caro para el bolsillo de Albert... Aunque a decir verdad, hasta un pincho de carne de rata queda fuera del alcance del bolsillo de cualquiera del grupo.
Sopesaron la idea de vender algún vehículo de los que había en el almacén, pero la caravana partía a medio día, por lo que no hubo tiempo de pertrecharse más. Tras superar un pequeño escollo con la situación ilegal de Tyzan dentro de la ciudad, los cuatro se acomodaron en el cuarto camión de la caravana y se dispusieron para la marcha. Se mostraron recelosos de tener que ir en el vagón de cola, pero la promesa del capataz de no dejar a nadie atrás si había problemas los convenció un poco. Sandler se subió al primer camión y los vehículos comenzaron a moverse.
Rumbo a lo desconocido:
Más allá del puesto de control del perímetro, la ciudad se vuelve más ruinosa y siniestra. Se ve menos gente por las calles, y su aspecto es el de tipos bastante peligrosos o auténticos despojos humanos. El polvo en la atmósfera hacía que aquella tarde de Otoño postapocalíptico fuera aún más plomiza. Poco a poco, los edificios en ruinas van dando paso a barrios residenciales de desiertos, luego a zonas industriales de aspecto fantasmagórico y finalmente el convoy coge la autopista rumbo Oeste, o lo que queda de ella...

La marcha era lenta. Los camiones avanzaban sorteando todo tipo de agujeros y grietas en el asfalto, a veces teniendo que avanzar campo a través para atravesar algún tramo demasiado estropeado. El desolado paisaje no mostraba apenas vegetación, ni ningún rastro de actividad humana desde antes de la guerra. Aquí y allá pasaban junto a los restos de algún vehículo calcinado o el esqueleto de una gasolinera abandonada, y a veces, sobre algún promontorio o merodeando cerca de la carretera, se veían algunas criaturas de aspecto perruno.
Los problemas comenzaron al declinar la tarde. Mientras oteaba desde la retaguardia del camión, Albert divisó un vehículo todo terreno que los seguía a cierta distancia acercándose cada vez más. Inmediatamente dio la alarma. El conductor, un muchacho asustadizo llamado Bob, hizo sonar el claxon y todo el convoy se puso en alerta. De una incorporación a la derecha salió otro pick-up todo terreno con al menos cuatro tripulantes, de los que tres comenzaron a disparar contra el camión de cabeza, que empezó a dar bandazos mientras los guardias respondían al fuego. Tyzan y Rick desde la caja del camión, y Jurgen desde el asiento del copiloto, comenzaron a abrir fuego contra los asaltantes de estribor, mientras Albert trataba de conseguir un buen impacto contra sus perseguidores, sin embargo ninguno tuvo mucha suerte: al momento, apenas hubo ángulo para darle a los enemigos de cabeza, y los de retaguardia aún estaban como a 100 metros. Aún así, Jurgen sacó medio cuerpo por la ventanilla y siguió disparando contra los de delante. Desde esa posición pudo ver cómo uno de estos “piratas” del asfalto saltaba desde la parte trasera de su camioneta y se enganchaba en el camión de cabeza, comenzando a forcejear con uno de los guardias, sin embargo los otros camiones le tapaban, y al inclinarse algo más tratando de ver algo, la puerta del camión se abrió y Jurgen se vio agarrado a ella de mala manera y arrastrando las botas por el asfalto mientras su rifle se perdía al caer a la carretera. Bob, totalmente asustado, se negaba a frenar y quedarse rezagado, aún así trataba de tender una mano a Jurgen sin soltar la otra del volante.
En la parte trasera, ajenos a esto, Albert, Tyzan y Rick se apostaban y comenzaban a disparar contra sus perseguidores que, ahora más cercanos, comenzaban a abrir fuego sobre ellos. Albert seguía tratando de conseguir un impacto en las ruedas o en la zona del conductor. Sin embargo el traqueteo y los bandazos del camión le impedían apuntar con claridad. Tyzan y Rick trataban de acertar a alguno de los tiradores enemigos, pero no había suerte, y en el intercambio de disparos, Tyzan cayó gravemente herido. Viendo la situación, cambiaron de táctica: comenzaron a disparar “al bulto” contra el vehículo perseguidor, tratando de ocasionarle suficientes daños como para que aminorara la marcha o incluso dejase de funcionar. Mientras Jurgen, que a duras penas había conseguido volver a encaramarse en la cabina del camión, vio que el asaltante al camión de cabeza había caído al asfalto (y sido pisoteado por tres camiones un tras otro). La alegría no le duró mucho: comprobó que comenzaban a quedarse rezagados. “Creo que han reventado una de las ruedas” le dijo Bob. Lo que faltaba...
El tiroteo desde la trasera del camión acabó unos segundos después, cuando el coche perseguidor, con el motor ya humeando, perdió una de las ruedas y fue a parar contra el quitamiedos de la autopista. Dos de sus ocupantes cayeron con el choque, pero se levantaron y echaron a correr, renqueando, huyendo campo a través, siguiendo a otros dos que tras bajarse del vehículo habían hecho lo mismo. En efecto, parecían alguna versión hiperviolenta de los nómadas de los yermos. Rick y Albert vieron a las cuatro figuras alejarse en dirección Norte, al tiempo que el camión iba frenando poco a poco hasta detenerse por completo. El convoy se perdía de vista poco a poco, enfrascado aún en su batalla personal contra los otros asaltantes. Los compañeros se bajaron para comprobar los daños. Tyzan estaba bastante mal, y una de las ruedas de atrás estaba destrozada. Si seguían avanzando se cargarían la llanta también. Inquietos ante la perspectiva de quedarse tirados en mitad del desierto, Albert y Rick corrieron hasta el coche siniestrado para sacarle un par de ruedas nuevas y ponérselas al camión, mientras Jurgen aplicaba primeros auxilios a Tyzan.
Rick y Albert registraron bien el coche, pero los asaltantes no habían dejado nada. Sacaron las herramientas, le quitaron las dos ruedas que quedaban sanas y volvieron con ellas hasta el camión, pero la cosa no iba a ser tan fácil: el eje del camión, además de unos anclajes diferentes para las ruedas, tenía unas llantas dobles para las que ni siquiera tenían unas herramientas adecuadas para quitarlas. Ya era casi de noche y estaban jodidos. Se prepararon para pasar la noche entre los gemidos de pavor de Bob y el sonido del viento que apenas ahogaba unos aullidos lejanos. Rick y Albert decidieron no dormir siquiera. Una luna casi llena les ayudaba a mantener un pequeño perímetro controlado. Estaban vigilando cuando vieron unos faros acercarse de frente. Se prepararon para vender cara la piel, pero aquel sonido tenía algo familiar. Se trataba de uno de los camiones del convoy; Sandler había venido en su busca, cumpliendo su palabra. Tras comprobar la situación, el capataz volvió al campo base a por las herramientas y repuestos necesarios para poner en marcha el cuarto camión. Volvió al poco, y el convoy pudo finalmente reunirse de nuevo para pasar la noche.
Los cuatro camiones se habían dispuesto en mitad de la autovía formando un cuadrilátero con una hoguera en el centro, al viejo estilo del salvaje Oeste. El primero de ellos estaba inutilizado. Mañana sólo podrían proseguir la marcha tres de ellos. Alrededor del fuego, el personal terminaba su ración de comida y se atendía a los heridos. El saldo final era de tres heridos, contando a Tyzan. Durante la refriega habían conseguido recuperar dos cuerpos de los asaltantes. Bajo sus ropajes de intemperie y su máscara contra las tormentas de arena, llevaban un chaleco antibalas, algo nada propio de los nómadas. Rick cruzó impresiones con otro guardia con pinta de carroñero, el cual estuvo de acuerdo en que tampoco creía que los cadáveres hubieran sido antes apacibles nómadas. Rick sugirió a Sandler que quizá eran carroñeros, y el capataz, intrigado con el misterio, buscó algún rastro de tatuajes u otras marcas en la piel, pero había nada. Sin nada más que comprobar, Rick y Albert saquearon los cuerpos y se quedaron con los chalecos. “El muerto al hoyo, y el vivo...”
Tras la cena se establecieron turnos de guardia e intentaron dormir, pero la tranquilidad no duró mucho. Los compañeros se despertaron con el ruido de disparos y la voz de Sandler dando órdenes a los hombres. Salieron de la caja del camión aún medio dormidos y buscaron cobertura prestos a defender el perímetro. A la luz azulada de la luna, se veían siluetas oscuras apostadas a ambos lados de la carretera, y los fogonazos delataban la presencia de muchas otras. Cada uno buscó un buen puesto desde el que disparar a cubierto y comenzaron con ello. Rick y Jurgen no tenían la noche muy inspirada, pero Albert estaba en su salsa. Las bajas se iban sucediendo en ambos bandos, y en medio de la refriega, Sandler tuvo que devolver a Rick de una patada en el culo a su sitio cuando el carroñero, indolentemente, abandonó su puesto en mitad del tiroteo para saquear el cuerpo de un compañero caído.
Practicando la vieja doctrina de “one shot-one kill”, Albert iba despejando su zona. Jurgen en cambio no tenía tanta surte, y Rick aún menos: en cuanto volvió a su puesto, recibió un disparo cuando escudriñaba la oscuridad buscando un blanco.
Alentado por sus compañeros, Tyzan, aún malherido, se levantó y empuñando una escopeta reventó a un enemigo de un certero disparo ¡Tyzan scores!
Al poco, los disparos fueron cesando y los asaltantes se desvanecieron en la noche, dejando bastantes cadáveres atrás. Entre el personal del convoy la suerte no había sido mucho mejor. De los guardias sólo quedaban ilesos cinco. El resto tenían heridas de diversa consideración y algunos estaban más allá de cualquier cura posible. El campamento parecía ahora una unidad médica de campaña, donde todo el que sabía algo de medicina se movía de un lado para otro atendiendo a los heridos entre gemidos de dolor.
Albert decidió inspeccionar las posiciones enemigas para recolectar lo que pudiera. Volvió al rato con siete chalecos protectores aún utilizables y varias escopetas y rifles. Al menos ahora estarían mejor armados. Los que tenían armas cortas rápidamente las cambiaron por las recién conseguidas.
Repartieron los turnos de guardia entre los ilesos y se dispusieron para pasar lo que quedaba de la noche bajo un viento ululante
Con las primeras luces del alba, Sandler puso a todo el mundo en movimiento de nuevo. Hubo que apretar la carga del camión inutilizado entre los otros tres, junto con una decena de heridos. El sol ya estaba alto cuando terminaron la tarea y se pusieron en marcha.
El camino a Abilene se realizó sin mayores complicaciones (salvo las presentadas por la maltrecha carretera), y al principio de la tarde pudieron divisar la silueta de los edificios desmochados de la pequeña ciudad. Salieron de la autovía rumbo a su destino y al acercarse más, pudieron comprobar que Abilene también tenía su propia versión de perímetro asegurado en forma de muro de hormigón de seis metros de alto con alambradas y vigilancia. El pequeño tamaño de la ciudad había posibilitado la rápida construcción del muro. El de Raccoon City algún día sería así.
Abilene
La caravana paró a unos 50 metros del portón del muro. Sandler bajó del camión y se adelantó para hablar con la guarnición de la puerta. Luego volvió y les comentó que eran tan recelosos con los forasteros que no dejaban pasar a nadie a la ciudad. Tras varios minutos de indignación por no respetar los derechos de ciudadanos americanos que debería haber en esta gran nación, las puertas se abrieron y varios camiones de carga tripulados por tiparracos armados con aspecto de cromagnon, salieron por la puerta. El intercambio se haría a las puertas la ciudad. Sandler se ocupó de entendérselas con el jefe de los “homo-peludus” bajo la tensa mirada de los guardias de ambos bandos. Después de unos minutos, se llegó a un acuerdo y comenzaron a intercambiar las cajas de los camiones. Cuando acabaron la tarea ya estaba avanzada la tarde la tarde. Tenían la opción de volver a Raccoon City y hacer noche en la carretera, o pasar la noche a las puertas de la ciudad. Los heridos gimieron de indignación y los ilesos se miraron unos a otros preocupados. No estaban en condiciones de enfrentarse a más emboscadas en la vuelta: necesitaban contratar más personal, repuestos, mejor equipo, atención médica... y ni siquiera les dejaban entrar en la ciudad. Jurgen decidió ir a hablar personalmente con el oficial a cargo de la entrada.
El oficial Gordon resultó ser un tipo razonable, y después de insistirle un poco le insinuó que podría conseguirles un permiso si le ponían algún “aliciente” por delante. Jurgen volvió con la noticia, y Albert y él volvieron para intercambiar dos escopetas y dos pistolas del pequeño botín obtenido, pero con aquello no conseguirían más que un permiso para dos personas durante 24 horas. No era precisamente lo que necesitaban. Contrariados, decidieron poner toda la carne en el asador y ofrecer todas las armas “recuperadas” al oficial, el cual poniendo las típicas pegas de todo comerciante (“no voy a ganar nada con esto, en realidad me estais timando, te estoy haciendo un favor... etc”) les extendió un permiso para meter los camiones y la tripulación en la ciudad, y dejarlos pasar noche en un almacén cercano a la puerta. Consiguieron que Gordon se estirase un poco y les mandara un médico de la unidad sanitaria de la ciudad.
Una vez acomodados, Albert, Sandler y Jurgen salieron del almacén rumbo al mercadillo. El la actitud recelosa hacia los forasteros era patente al caminar por las calles. Nadie se fía de los de fuera en estos tiempos.
El mercado resultó ser muy diferente al de Raccoon City: no sólo era más pequeño, sino que allí el comercio de alimentos no estaba prohibido, de forma que había un par de puestos que ofrecían algunos repollos de aspecto bastante mustio, pero verduras al fin y al cabo, sin embargo no eran precisamente baratas. Casi no había comercio de armas, y también costaba encontrar repuestos mecánicos. Finalmente, en una zona aledaña, encontraron una especie de taller donde pudieron conseguir un par de ruedas de repuesto para el camión y un soldador de gas a cambio de las ruedas que recuperaron del todo terreno siniestrado, los chalecos antibalas saqueados y las armas que les quedaban de sus compañeros caídos en combate. Volvieron al almacén y se encontraron con Rick, que había estado moviéndose por la zona buscando algún “ruina” que quisiera enrolarse para suplir las bajas sufridas. Les llevó a un tugurio cercano de la zona donde le pareció que había bastantes tipos zanganeando sin nada mejor que hacer. Allí había conocido a dos “rednecks” barbudos y marroneros, Mick y Nick ( :lol: ), que podían venirles al pelo, y tras una breve charla convencieron a los dos tipos para enrolarse (como siempre, con la etérea promesa de fama y fortuna). Cuando ya caía la noche, salieron del garito en compañía de los paletos para mayor tranquilidad de los parroquianos y se dirigieron al almacén. Allí, la visita del médico había llegado como agua de Mayo, cambiando vendajes y desinfectando y cosiendo heridas.
Albert decidió establecer guardias, pues no se fiaba de los paletos del lugar, y no creía que la guarnición local fuera a hacer mucho en caso de problemas. Y así, extraños en tierras extrañas, los compañeros trataron de dormir ignorando el silbido del viento los ronquidos de becerro de Mick y Nick.
Resumen 12ª partida:El regreso:
Con las primeras luces de la mañana, Sandler comenzó a despertar a la gente para poner en marcha la caravana. Lejos de amainar, el viento había arreciado durante la noche, y algunos, doloridos por las heridas, no habían podido pegar ojo e incluso su estado había empeorado algo. Otros se encontraban algo mejor tras la atención médica y la noche de descanso.
Mientras recogían los bártulos, Albert recordó a Sandler que tenían que tenían pendiente de recoger los repuestos pactados con el taller el día anterior. El capataz, que en su prisa por largarse de allí lo había olvidado, admitió de mala gana el retraso que eso supondría y eligió a dos de sus hombres menos magullados para acompañarle: el veterano Jurgen y Joe, un tipo de aspecto hosco y bastante callado, descartando a Albert por su aspecto debilucho y a Rick por estar herido, sin embargo estos dos se apuntan a un bombardeo (nuclear), y decidieron ir también.
A primera hora de la mañana, ya había gente por las calles, paletos marroneros zanganeando cuya ocupación antes de la guerra seguramente era la misma que ahora: mirar con mala hostia a los forasteros.
La tercera vez que Joe se percató de una de estas miradas, pensó que ya sobraban dos, y trató de acojonar a un paleto con su mirada del tigre... obteniendo el efecto contrario. Tres tipos comenzaron a provocarle en plena calle y Joe tuvo que agachar la cabeza y seguir su camino, siguiendo los consejos del resto del grupo. Como forasteros, no les convenía un altercado a la vista de todo el mundo.
En Abilene la gente madruga para no hacer nada, por que cuando llegaron a la zona de mercado, no había aún ningún vendedor, y el tipo del garaje aún no había abierto el mugriento local. Esperaron en la puerta un rato hasta que el tipo canijo y desdentado del día anterior abrió el “negocio” soltando un sonoro bostezo. Ignorando las quejas de Albert por el “horario comercial” de Abilene, el tipo les entregó las dos ruedas y el soldador acordado. El grupo consiguió volver al almacén sin más complicaciones. Se acomodó como se pudo a los heridos entre la carga y luego se distribuyeron los guardias, tras lo cual la caravana comenzó su marcha. La guarnición de la entrada les abrió la puerta del muro y salieron a carretera en medio de una ventisca que amenazaba con convertirse en tormenta de arena.
La densa polvareda levantada por el viento restaba visibilidad y lentificaba aún más la marcha. Llegado a un punto, la caravana se detuvo. Estaban frente a un enorme socavón de asfalto rehundido que ocupaba casi todo el ancho del vial de la autovía. Sandler se bajó y comenzó a guiar al primer camión, por el trozo de asfalto que quedaba sano, sin embargo la pericia del conductor no estuvo a la altura y el camión metió la rueda en el hoyo, escorándose peligrosamente. Trataron de desatascarlo remolcándolo con otro camión, pero la cadena no aguantó y tuvieron que hacerlo a fuerza de brazos. Empujar un camión no es tarea fácil. Pese a que todo el que seguía sano colaboró, durante un rato la rueda siguió patinando en el barro, hasta que finalmente el esfuerzo conjunto (y en especial el de Joe, que casi echa los hígados), consiguió que el vehículo recuperara la tracción y saliera del atolladero. Tras esto, la caravana consiguió serpentear bordeando el hoyo y siguieron hasta que la oscuridad se les echó encima y hubo que prepararse para pasar la noche.
Sangre y arena en los yermos:
Los camiones se dispusieron en triángulo, protegiendo un pequeño espacio en el centro, como la última vez, sin embargo la ventisca, que ahora ya podía llamarse tormenta de arena, impidió que pudiera encenderse ni un simple fuego. Tras la cena se asignaron las guardias entre los que quedaban en condiciones de hacerlas.
La noche siguió avanzando mientras los guardias aguzaban el oído y escudriñaban la oscuridad a la débil luz de la luna menguante, pero no se percibía más que el sonido del viento y ráfagas de polvo y arena. Parecía que la noche sería tranquila, y las dos primeras guardias se relevaron sin novedad, pero durante el tercer turno comenzaron los problemas: el sonido de los disparos despertó a todo el mundo, que rápidamente cogieron posiciones. Los disparos venían de los llanos a la izquierda de la autovía. Todo el mundo se apostó tomando los camiones como cobertura y comenzaron a responder, pero la oscuridad y la tormenta de arena no ayudaban mucho. Sólo Albert consiguió hacer un par de buenos disparos, pero tampoco pudo comprobar el resultado. El intercambio de fuego se prolongó un poco sin un claro vencedor hasta que las tornas comenzaron a cambiar: más enemigos estaban lanzando un asalto por la retaguardia. Mick y uno de guardias forcejeaban ya en combate cerrado contra dos tipos de ropajes oscuros. Rick y Albert se percataron de ello, pero siguieron disparando a la oscuridad. Joe en cambio decidió lanzarse a la carga para ayudar a sus compañeros. Jurgen seguía disparando desde dentro de un camión sin enterarse de nada mientras Sandler y dos guardias más (Jack y Nick el paleto) hacían lo mismo desde lo alto del mismo camión. Joe cargó para ayudar a Mick contra el incursor asestándole un culatazo con su pistola. Rick se dio la vuelta y se dispuso a reforzar también el flanco ayudando a Mick y Joe (nos encantan los nombres largos). Descargó un tiro con su escopeta que hirió gravemente a su enemigo en una pierna, aún así el tipo tuvo los cojones de intentar devolverle el tiro mientras el redneck aprovechaba su descuido para atizarle con la culata de su rifle. En ese momento Joe sintió un golpe en la espalda y supo que tenía otro enemigo detrás. Al momento oyó otro fuerte golpe a su espalda y supo que su enemigo también tenía a alguien a su espalda: Jurgen llegaba justo a tiempo.
Mientras, contra los francotiradores las cosas empezaban a ir mal: Jurgen se había retirado hacia la retaguardia, Sandler y Nick también estaban heridos y Albert decidió refugiarse bajo un camión tras quedarse sin balas en su rifle y recibir un impacto superficial. Jack era el único ileso, que se apuntó su primera baja (sin confirmar), pero la alegría no le duró mucho, pues recibió en respuesta un par de disparos que le dejaron al borde de la muerte.
Rick volvió a disparar su escopeta, dejando incapacitado a su enemigo, momento en el que Mick aprovechó para machacarle la cabeza a culatazos. Entre Joe y Jurgen dieron cuenta del que quedaba, pero aparecieron tres más: dos por un flanco y uno por el otro. Joe cargó en plan suicida contra uno de ellos usando su pistola de su forma favorita: para dar hostias. Mientras, los otros dos tiroteaban a Rick, malhiriéndolo. Rick rodeó el camión para quitarse de en medio y Jurgen barrió con una ráfaga a sus enemigos. Éstos resultaron alcanzados y tomaron cobertura como pudieron tras el camión, desde el que descargaron diversos disparos sobre Jurgen, que los paró todos con el pecho (¡como los hombres!), tras lo que decidió esconderse bajo el camión (como las ratas), donde Albert había conseguido meter un par de balas en la recámara de su rifle.
Mientras Joe se daba unas tortitas con su enemigo, apareció otro más, por lo que tiró su pistola y sacando su Uzi disparó un par de ráfagas, sin embargo el pequeño calibre del arma y lo apresurado de la acción hizo que sus enemigos resistieran estoicamente y devolvieran el fuego. Joe recibió dos disparos que habrían matado a cualquier otro, pero en vez de eso cargó contra sus enemigos a culatazo limpio mientras se desangraba. Por suerte para él, Rick llegó por el otro lado del camión y le voló la cabeza a uno de los tipos, equilibrando la cosa. Albert y Jurgen salieron de debajo del camión y el soldado intentó despejar el otro flanco desde donde los tipos que Jurgen hirió trataban de convertir a Joe en un colador. Mientras sobre otro camión, un malherido Jack apretaba los dientes para mantenerse consciente mientras sacaba su pequeño botiquín para vendarse las heridas bajo el fuego enemigo.
Al poco los disparos fueron cesando, y entonces los guardias pudieron dar cuenta rápidamente de los que asaltantes que quedaban dentro del perímetro, acabando el combate en unos instantes.
El panorama era desolador: no quedaba casi nadie sano, y los que aún podían moverse trataban de saquear botín como ratas, algunos con sus últimas fuerzas. Jurgen y Jack, asqueados, comenzaron a atender a los heridos. Albert sugirió a Sandler la existencia de un topo entre la tripulación y le preguntó si había alguien poco fiable entre los guardias. El capataz no supo qué decir, aunque mirando suspicazmente a Rick dijo algo así como “bueno... ya que me lo preguntas...”. Algunos querían marcharse esa misma noche, pero uno de los camiones necesitaba ser reparado y Sandler no estaba dispuesto a perder otro camión a menos de una jornada de Raccoon City, así que decidió arriesgarse a pasar allí las horas que quedaban de la noche y arreglar el camión por la mañana, desoyendo las protestas de Rick, que en sus estertores de muerte quería examinar el vehículo por si su diagnóstico de la avería era más favorable.
Albert y los hermanos Mick y Nick eran los que estaban más enteros, así que sobre ellos recayó la responsabilidad de hacer guardia el resto de la noche. La ventisca amainó algo, y un rato después comenzaron a oírse aullidos. Se oyeron ladridos y gruñidos más cercanos, pero era imposible ver nada más allá de algunas sombras moviéndose. Sólo Nick perdió los nervios y realizó un único disparo a la oscuridad, despertando a todo el mundo con una falsa alarma. Los gruñidos cesaron, pero volvieron al poco y se prolongaron hasta poco antes del amanecer.
Con las primeras luces de la mañana, Sandler y dos ayudantes se pusieron manos a la obra con la reparación: drenaron el gasoil del motor y comenzaron a soldar agujeros, ignorando sugerencias extrañas sobre utilizar cadáveres como contenedores provisionales de combustible y cosas así. Mientras, Albert, Mick y Nick fueron a reconocer la explanada desde donde los tirotearon la noche anterior. Allí encontraron los restos de cuatro cuerpos, algunos más enteros que otros. Parece que los perros se habían dado un buen festín esa noche. Mientras Albert rapiñaba algunos enseres de los cadáveres, Mick descubrió un rastro de sangre seca que seguía en dirección Norte hacia las colinas. Albert comenzó a seguirlo. El rastro subía un pequeño promontorio y bajaba por el otro lado, pero el soldado decidió no perderse de donde pudieran verlo desde el convoy, así que con un pragmático “que le den por culo al rastro”, se dio media vuelta y volvió a los camiones.
Vuelta a la ciudad
Casi a medio día, la reparación estuvo lista y la caravana se puso en marcha de nuevo. Ahora parecía más una caravana de heridos que una de mercancías. La marcha fue lenta pero se realizó sin más complicaciones, y a media tarde avistaron en el horizonte el perfil familiar de los edificios de Raccoon City. Como bien dijo Albert: “nunca me he alegrado tanto de ver este montón de escombros”.
Al llegar a la ciudad, el control les franqueó el paso al perímetro. Albert cogió rápidamente su paga y se encaminó a su almacén refugio mientras descargaban mercancías y heridos. Jack, sosteniéndose las tripas, se fue de compras en busca de otro botiquín de campaña para sustituir al suyo, que se había gastado.
Albert se acercó todo lo sigilosamente que pudo al almacén buscando señales de los esbirros de Perro Loco. Atisbó desde lejos y le pareció que la entrada había sido forzada, así que se dirigió a toda prisa hacia la puerta sacando el rifle...
Resumen 13ª partida:Vuelta a las calles:
Dicen en Raccon City que no hay nada que una temporadita en el hospital no pueda arreglar, y eso mismo debieron pensar Jurgen y Rick al salir de su convalecencia, remendados por varios sitios, pero vivos, que es lo que cuenta. Además, su estancia allí les permitió conocer a un tipo curioso y flacucho con pinta de místico. Les había dicho algo confuso acerca del equilibrio de la madre tierra o nosequé. Aunque Jurgen lo miró con ojos de entender perfectamente a qué se refería, Rick no entendió un carajo. Lo que sí entendió es que aquel tipo apacible tenía buena mano para tratar heridas, así que decidió no olvidar su nombre: Lock Garrison.
Rick decidió dar una vuelta por el mercado, a ver qué se cocía. No averiguó mucho pero compró algo de combustible diesel y encontró a un negro enorme llamado Geremi con ganas de acción al que reclutó rápidamente con la vaga promesa de siempre (fama y fortuna). Tras esto decidió largarse a ver cómo seguían las cosas por la guarida. Mientras, Jurgen había ido a dar una vuelta por el gremio de mercenarios para pagar la cuota y con idea de reclutar también a algún otro ruina (voy a tener que establecer una tabla de precios y lealtades para cuquis reclutados ¬_¬)
Días extraños (mucho, de hecho):
Unos días después Jurgen salió del hospital, dolorido y remendado, pero listo para la acción otra vez. Encaminó sus pasos al almacén, en busca del resto de la banda, pero al llegar sólo estaba Tyzan contándole batallitas a un embobado Willy. Jurgen no sabía cuánto podría aguantar aquello, pero decidió esperar.
Mientras, el resto estaba por el mercado, buscando más equipo con el que matarse. Visitaron a Sameh y se hicieron con algo de munición. Slayer, encontrándose sin blanca, trató de conseguir un empleo como encargado de mantenimiento, pero Sameh tenía ya todo el personal que necesita para reparar y mantener sus armas (es decir, a él mismo). Luego preguntó por un chaleco antibalas, pero el negro no estaba de suerte y el producto de Sameh no era exactamente lo que él buscaba. Slayer necesitaba dinero como fuera, así que cogió un cajón a modo de improvisado mostrador, se plantó en mitad del mercado y comenzó a publicitarse como experto en reparación y manutención de armas. Ahora Slayer ya tenía algo más en común con los habitantes de Bacón City: su nivel de desesperación. Mientras tanto Albert trataba por otro lado de conseguir una pistola pagando el precio de un ladrillo, pero no tuvo mucha suerte y decidió seguir ahorrando para los accesorios de su rifle. El ex-soldado debía estar ese día especialmente sibarita, pues indagó también en cómo conseguir algún tipo de comida vegetariana, pero Raccoon City es más bien carnívora.
Hacia el final de la mañana, los tres se reunieron otra vez donde Slayer, que no había conseguido ningún cliente aún, pero al otro lado de la calle observó a un tipo que había pasado varias veces frente a su recién abierto negocio y se le había quedado mirando, así que decidió dar el primer paso e ir a preguntarle directamente. Geremi y Albert se acercaron con él. El tipo, aún abordado de pronto por estos tres pintas, no parecía sorprendido, de hecho parecía haber estado esperándolo. Cuando Slayer le preguntó acerca de lo que necesitaba, el extraño les contó que se dedicaba a la recuperación de vieja tecnología (algo así como un carroñero de guante blanco) y estaba tratando de fletar una pequeña expedición a los yermos, a algunos pueblos cercanos donde cree que la empresa Vault-Tec (como no podía ser otra) consiguió vender algunos de sus productos, refugios nucleares, a algún habitante especialmente paranoico, en especial le parecía que un buen comienzo para investigar eraun pueblo que los compañeros ya conocían ligeramente: Stinkholeville. Su interés se centraba sobre todo en los sistemas electrónicos del refugio, que al estar protegidos del pulso electromagnético, aún podrían ser útiles. Llegado a este punto, el tipo había hablado demasiado, y cuando les ofreció un trato al 50%, el codicioso grupo insistió en un 70-30. Al final el tipo decidió aceptar, bajo la promesa de que aparte de los tres presentes podrían conseguir a tres más para la expedición. Eso sí, tendrían que aprovisionarse ellos. Les invitó a que cuando hubieran encontrado algo volvieran por el mercado y él los acabaría encontrando.
Ahora que tenían algo que hacer era momento de pertrecharse para el trabajo. Lo primero era conseguir comida, que siendo ya medio día, las tripas empezaban a sonar. Se pusieron en la cola de la oficina de racionamiento del distrito Sur para conseguir su ración. Todo fue bien hasta que Slayer mostró su ID Card y la comprobó el registro. El legítimo dueño de aquella tarjeta aparecía como muerto. Había sido asesinado y robado en plena calle delante de varios testigos por alguien cuya descripción encajaba sospechosamente con la de Slayer. La detención fue inmediata, y cuando Albert y Geremi trataron de mediar, fueron detenidos también. Decididamente, hoy no era el día de James.
Jurgen, que ya no sabía a qué jugar con Tyzan y Willy, comenzó a impacientarse y se fue al gremio de mercenarios, pero una vez allí sólo pudo constatar que en ese sitio no había constancia de las detenciones que efectuaba el ejército, así que se fue a preguntar a la comandancia del distrito Sur, donde recibió la misma respuesta. Empezó a temerse lo peor.
Los tres fueron separados para ser interrogados y no volvieron a verse a lo largo de todo el proceso. Albert y Geremi consiguieron convencer a duras penas al oficial del interrogatorio de que su conexión con Slayer era fortuita, y salvo un par de golpes no recibieron mucho más, pero Slayer no tuvo tanta suerte. Aún así consiguió mantenerse firme en su decisión de negar el asesinato, y bajo una lluvia de hostias, descargas eléctricas y patadas en los huevos, mantuvo su versión de que había comprado la tarjeta en el mercado negro. Indeciso, el oficial a cargo de aquello, decidió no ejecutarlo (“mientras aún quede algo de justicia en este mundo, América seguirá siendo América” –himno nacional de fondo-). Aún así la pena por pulular por la ciudad sin identificación es la deportación al exterior, que en este caso fue aderezada con la “expropiación” de toda la ropa y abandono del sujeto al anochecer a varios kilómetros de Raccoon City.
El regreso de Slayer fue más penoso que el viaje del capitán Scott, pero aun así consiguió llegar a la ciudad entrada la mañana y entrar de nuevo en el perímetro por las alcantarillas. Se presentó en bolas ante Sameh y le pidió algo de ropa. El turco le dio una cortinilla vieja con tal de no seguir viendo aquello, y Slayer pudo al menos ponérsela de faldellín. Así, con pintas de bailarín eunuco apaleado, se encaminó al almacén.
Geremi y Albert fueron soltados a diferentes horas del principio de la mañana. Cuando llegaron a la “base” pudieron contar su experiencia, pero Slayer seguía sin aparecer. Hubo que esperar hasta medio día para verle volver, hecho una piltrafa. Caminar descalzo durante varios kilómetros de carretera y ciudad derruida después de palizas y torturas no le habían dejado buen aspecto. Al menos quedaba algo de ropa de los anteriores inquilinos del sitio (que en paz descansen). El negro pasó un par de días descansando para recuperarse, y cuando se sintió mejor, pensó que su vida debía cambiar: debía hacerse ciudadano de pleno derecho, así que se acercó a la entrada del perímetro y, cargado de ilusión, se puso en una cola que daba la vuelta a la manzana junto con todos los aspirantes (que debían ser varios cientos). El día acabó, la oficina cerró y aún no le había tocado a él, así que siguió el ejemplo de muchos otros y decidió pasar la noche allí mismo en la acera tirado. El día siguiente fue un calco del anterior, con la diferencia de que al fin le tocó. En la entrevista demostró que no tenía muchos conocimientos sobre nada, más allá de la conducción y la armería, así que sólo le quedó la opción de enrolarse en la milicia. Allí los turnos de trabajo eran de doce horas, y solían consistir en patrullar el perímetro por la parte de fuera o vigilar algún edificio o infraestructura en construcción. Nada muy trepidante, pero al menos podía comer legalmente. Al cabo de un par de días Slayer se enteró de que en la milicia se buscaban voluntarios para una misión en las alcantarillas de la ciudad, así que el equipo entero decidió inscribirse, pese a que Jurgen no estaba muy convencido. El “briefring” fue bastante escueto: un oficial les explicó que se había detectado que elementos contrarios al estado usaban las alcantarillas como escondite y para moverse con libertad, de forma que la milicia iba a colaborar con el ejército para peinar los túneles de saneamiento desde el borde del perímetro hasta la central colectora del distrito, algo que a Jurgen ya le sonaba bastante. Parece que casi dos meses después el ejército quería volver a intentarlo, y encima pagaban menos. En cuanto el oficial terminó de explicarse, comenzaron las exigencias: ¿equipo, armas? Nada, sólo un par de linternas para un equipo de seis efectivos. Poco antes del embarque, Slayer decidió pirarse al mercado, en busca de más munición. Consiguió que Sameh le fiara un cargador y una linterna con impermeabilización casera al enterarse de que se iba de voluntario a las alcantarillas. Volvió justo a tiempo para subirse al camión.
Descent into the darkness:
El equipo fue conducido en un camión militar hasta fuera del perímetro, a una vieja estación de metro que a Jurgen le dio escalofríos. La instalación se había adecuado para alojar de forma permanente una pequeña unidad a modo de vigilancia. Fueron conducidos hasta un cuarto de mantenimiento donde les esperaban dos soldados custodiaban una trampilla cerrada. Junto a ellos había dos oficiales con sendos maletines de campaña que se presentaron como observadores del ejército. Nadie se molestó en preguntarles sus nombres, pero Jurgen vio que ninguno era el oficial de la misión anterior.
Los soldados abrieron la trampilla y el grupo fue bajando ordenadamente hacia la oscuridad. Abajo, les esperaba un túnel húmedo y oscuro por el que discurría un andén paralelo a un canal. El agua alcantarillado parecía estancada hace tiempo, de hecho parecía cualquier cosa menos agua. Slayer, líder “de facto” del grupo dentro de la milicia, los colocó en orden y comenzaron a avanzar. A veces se intuía algo moverse delante o detrás de ellos, por la periferia del haz de luz de la linterna, pero nunca nada lo suficientemente claro como para comenzar a disparar.
Avanzaron, deteniéndose sólo apenas para que los observadores tomaran alguna muestra biológica de cualquier inmundicia que consideraran interesante. El túnel terminaba en una pared con una reja para que pasara el agua. Slayer dispuso a toda la unidad apuntando a la puerta en tres filas de tiradores: la primera tumbada, la segunda de rodillas y la tercera de pie, y enviaron a Willy a abrir. Al abrir la puerta, dos ratas tamaño rottweiller se quedaron mirando al variopinto grupo con cara de sorpresa. Albert abrió fuego dejando a una lista de papeles, mientras la otra se lanzaba sobre Tyzan con la esperanza de obtener algo de carne fresca. El bicho se abalanzó sobre el pandillero, que estando tumbado poco pudo hacer por esquivarla. Mientras intentaban reducirla, más ratas acudieron al olor de la sangre, y de pronto el grupo se encontró luchando en dos frentes. Dos ratas mordieron el culo a Slayer, mientras otra se lanzaba contra Albert, que estaba en primera fila. Willy empeoró la situación disparando a Albert al tratar de acertarle a la rata que le atacaba. Mientras, Tyzan y Geremi le machacaban la cabeza a la primera rata y se aprestaban a ayudar a Albert, el cual decidió que el sitio de un tirador no es en primera línea de combate y buscó cobertura tras la hoja abierta de la puerta. Willy no tenía su día: fue a disparar, pero con los nervios se le escapó su pistola, que rodó por el suelo con todo el barullo, mientras Slayer y Jurgen conseguían mantener a raya a dos ratas que tenían en retaguardia. Tyzan consiguió matar a la rata que mordió a Albert y fue a ayudar a Slayer, mientras Willy hacía otra de las suyas: se asomó por la puerta abierta y vio varios pares de ojos en la oscuridad, así que sacó su granada y la lanzó al otro lado, pero el lanzamiento fue tan malo que estuvo a punto de que la granada rebotara en el marco de la puerta y causara otro desastre. Al menos la granada fue a parar a alguna parte del otro lado de la puerta, y su explosión lanzó una onda expansiva de agua de cloaca en todas direcciones, pero sólo a Albert le llegó algo. Tras unos golpes y tiros más, el grupo consiguió matar o poner en fuga a los bichos, pero había algunos heridos, en especial Albert, cuya escasa constitución le convertía en el eslabón más débil del grupo. Después de que Geremi convenciera “sutilmente” a Willy de que era mejor curar a los heridos que a las ratas agonizantes, éste hizo uso de sus conocimientos médicos y pudo mejorar algo el estado de Albert y de Slayer.
El grupo cruzó la siguiente puerta. No había rastro de ratas, ni vivas ni muertas. El túnel tenía la misma sección que el otro, pero estaba cubierto de una capa de hollín, sobre la que Willy escribió con el dedo “BBQ” mientras el resto del grupo no sabían ya si matar al mercenario o donarlo a la ciencia. Siguieron avanzando durante un rato por el túnel ennegrecido, encontrando sólo algunos huesos carbonizados a su paso. Todo estaba tranquilo, hasta que dejó de estarlo. Avanzaban por una amplia curva que describía el túnel cuando de algún punto en la oscuridad de delante surgieron disparos que estuvieron a punto de alcanzar a Tyzan. Trataron de responder al fuego, pero era disparar a ciegas, así que Slayer ordenó una retirada estratégica para pensar un poco cómo abordar la situación...
Resumen 14ª partida:Asalto al colector:
Slayer sopesó la situación en la húmeda oscuridad del túnel: algo más adelante estaba el colector de residuos de la zona Sur de Raccoon City, su objetivo final, pero en alguien ya los estaba recibiendo a balazos desde la negrura del túnel. Con las linternas apagadas no podrían verles, pero ellos tampoco podrían disparar. Mientras pensaba en esto, comenzó a escuchar un tiroteo proveniente de mucho más adelante del túnel. Parece que no eran los únicos que estaban cazando ratas por allí. Decidió arriesgarse y poner una linterna encendida como señuelo para descubrir la ubicación de los tiradores, sin embargo no recibió respuesta, parecía que quien quiera que estuviera más adelante se había cansado de esperar.
-Creo que debemos avanzar a toda prisa hacia el colector –dijo Rick de pronto.
Slayer se volvió hacia el carroñero.
-¿Y de dónde demonios sales tú?
-Esteee... he estado aquí todo el tiempo.
-Ah, vale...
El grupo aceptó la sugerencia y apresuraron el paso. El túnel describía una amplia curva tras la cual podía verse un débil resplandor anaranjado. El grupo apagó las linternas y ralentizó el paso para acercarse a la salida del túnel. A cierta distancia pudieron ver que había dos figuras apostadas de espaldas a ellos, disparando al espacio que había tras el túnel. Se pararon en seco y comenzaron a debatir el curso apropiado de acción a tomar. Estaban en esto cuando uno de los tipos de delante se levantó y comenzó a andar hacia ellos. La unidad de la milicia respondió a esto al unísono: unos le dieron el alto al tipo, otros le pidieron que se identificase y otros dispararon directamente... todo a la vez. El desconocido no tuvo tiempo de contestar ni a unos ni a otros, y cayó hecho un colador. El otro tipo que estaba más adelante se dio la vuelta, presto a enfrentarse a esta nueva amenaza, pero corrió la misma suerte que su compañero. “Esto va a ser fácil” -pensaron todos-. Inspeccionaron a los dos muertos. Aparte de sus armas, llevaban túnicas oscuras mugrientas y unos aparatosos colgantes hechos con una amplia cadena y un cráneo humano. Aquellos rebeldes tenían una pinta un tanto circense.
Llegados a este punto, Albert y Willy decidieron rezagarse un poco junto con los oficiales observación. Del resto del grupo avanzaron todos hacia la salida, salvo Rick, que decidió enfundarse los ropones de uno de los muertos, se colgó la calavera y avanzó en sentido contrario del túnel, buscando una forma acceder al colector por otro punto diferente. El resto se aproximó a la salida, de donde provenía un ruido continuo de disparos y gritos. El primero en echar un vistazo fue Slayer. Se asomó todo lo disimuladamente que pudo y observó un amplio espacio circular de unos 20 metros de diámetro con andenes perimetrales a dos niveles iluminado por varias fogatas y antorchas dispersas “Al menos no se acumula el metano –pensó-“. Diversos túneles desembocaban a aquel espacio, y por algunos de ellos salía gente y comenzaba a intercambiar disparos con los locos de las túnicas, que les respondían apostados desde los andenes. En el extremo opuesto a Slayer, se abría un túnel más grande, por donde parecía que evacuaba todo el agua cuando las alcantarillas tenían más agua que evacuar. El fondo de aquel sitio era un estanque de agua negruzca con una balsa de tablones en uno de sus extremos. El detalle era casi romántico, aunque las balas que cruzaban en todas direcciones le quitaban gran parte de romanticismo al asunto.


Uno de los tipos vio a Slayer asomado y acertó un difícil disparo desde el otro lado del perímetro que le hizo un rasguño al negro. Aparte de los tipos de las túnicas, allí nadie llevaba ningún distintivo, así Geremi escudriñó una de las bocas de túnel que daban al colector y logró avistar lo que buscaba: tras los tiradores había un par de tipos con uniformes del ejército. Presumiblemente los que salían por los túneles eran otras unidades de la milicia de la ciudad. Viendo el percal, Slayer, Jurgen, Geremi y Tyzan comenzaron a hacer lo que mejor se les daba: disparar. Hicieron caer a algunos blancos, sobre todo Jurgen, que tenía un arma mejor, pero la batalla aún no tenía un claro vencedor, y después de recibir un par de tiros, decidieron resguardarse dentro del túnel y esperar a que ambos bandos se mataran entre ellos para después recoger los restos, ante la atónita mirada de los oficiales de observación, que no esperaban semejante acto de incumplimiento del deber... sin embargo ellos tampoco insistieron mucho en el tema.
Rick volvió de su infructuosa expedición en busca de una ruta alternativa y los encontró allí esperando atrincherados. “Donde fueres, haz lo que vieres”, así que se sentó también a esperar. Transcurrieron un par de minutos. Ambos bandos sufrían bajas, y parecía que la peor parte la estaban llevando los de las túnicas y las calaveras. Viendo esto, Tyzan pensó que aquello era de maricas y realizó una de sus antológicas cargas: salió gritando del túnel y pegando tiros inconexos con su escopeta. El “huracán Torrado” había vuelto. El energúmeno captó rápidamente la atención de todos sus enemigos, que comenzaron a tirotearle, pero ninguno hizo blanco, mientras Jurgen, asombradísimo recordaba algo sobre las teorías de Cipolla y la suerte de la estupidez humana. Tyzan siguió voceando y disparando hasta que se quedó sin munición, momento en el que se guareció en la boca de túnel más próxima. El arrebato inspiró a otro miembros de la milicia, que comenzaron a salir también y a lanzarse al asalto. Si aquel payaso podía, ellos también, así que Geremi, Jurgen y Rick salieron también de allí. Slayer decidió que les cubriría desde su posición. Los tipos de las túnicas se batían ahora en retirada hacia la boca de amplia del otro extremo. Dispararon al azar sobre el grupo y por desgracias de la vida todos los tiros certeros fueron a parar Rick, que iba en último lugar. Recibió tres impactos que le hicieron replantearse lo de las heroicidades, así que dio media vuelta y buscó urgentemente a Willy para que le aplicara primeros auxilios. Los andenes y el agua del fondo estaban sembrados de cadáveres y agonizantes. En el agua negra se veía quiénes iban a ser las verdaderas ganadoras de aquello: ratas gordas como sandías se afanaban a bocados con los infortunados que caían en la sopa, vivos o muertos.
Nuestros valerosos héroes decidieron rezagarse una vez más y dejar que los otros supervivientes de la milicia encabezaran el asalto a la siguiente sección. Se guarecieron todos donde Tyzan y le encontraron allí terminando de recargar su escopeta. Desde su nuevo escondrijo, se asomaron y oyeron nuevos disparos y gritos provenientes del espacio contiguo. Esta vez fue Jurgen el que dio un paso al frente para ayudar. Bordearon el andén y se asomaron a la gran abertura, donde vieron una sala rectangular más pequeña ocupada casi enteramente por una segunda balsa de residuos con un andén a cada lado. En uno de los andenes laterales, un tipo enorme con una túnica y dos cráneos colgando se enfrentaba con su ametralladora a pecho descubierto a la milicia en plan Tony Montana. Disparaba y rugía conforme los dos últimos resistentes se debatían entre aguantar o salir por patas. Llegaban justo a tiempo: Jurgen realizó un certero disparo desde la esquina mientras Slayer tomaba una posición más avanzada en una puerta cercana. Geremi no tenía tanta suerte con su arma, y Tyzan no conseguía ángulo para disparar. El tiparraco se cabreó aún más y descargó una ráfaga sobre la posición de Slayer, pero no logró herirle, de forma que avanzó hacia él presto a trabarse en cuerpo a cuerpo. Jurgen y Geremi consiguieron ablandar algo más al tipo, y finalmente Tyzan, en otro arrebato se puso en primera fila y le descargó un tiro de escopeta en mitad del pecho que terminó de tumbar al macaco. Aún no había caído cuando todos se echaron encima de él como ratas prestos a saquear su equipo. Hasta Rick agonizante, desde el otro extremo del colector intentó ponerse de pie para ver si llegaba a tiempo, aunque se fuera muriendo por el camino. Slayer fue el que llegó antes, pero cuando cogió el arma del tipo vio que era un simple M16 con el cañón modificado para que hiciera más ruido. Aún así, es mejor eso que una 9mm. El tiparraco también llevaba un chaleco de varias capas de cuero maloliente con placas metálicas (el cuero tachonado de toda la vida, vamos...). Slayer se dio por satisfecho, y Jurgen decidió quedarse con la cadena con los cráneos a modo de trofeo (y por su semejanza a los huevos de un toro). Geremi fue más práctico y saqueó por allí a otros dos cadáveres, en este caso del bando amigo. Inmediatamente el ejemplo comenzó a cundir, y todo superviviente se agachó a coger algo del suelo, hasta que los oficiales comenzaron a llamar al orden y poco a poco recobraron la compostura. Aún así a Geremi le dio tiempo a obtener un par de pistolas y algo de munición. Rick, agonizante y malherido pidió que lo llevaran a hombros, para no perder detalle (ni pillaje) de lo que quedara de la misión.
La puerta en la que Slayer se había refugiado daba al pie de unas escaleras que subían y a una puerta con un pasillo lúgubre del que provenían unos golpes repetidos. Decidieron reorganizarse para explorar el pasillo y el origen de los golpes. Jurgen cogió a Rick a hombros (aún no entiendo muy bien para qué) y se adentraron en el pasillo. A la derecha había una puerta doble con un viejo letrero que ponía “sala de control” y otras dos puertas simples algo más adelante, y al fondo del pasillo había una puerta de chapa de donde parecían venir los golpes. Slayer abrió la puerta de la sala de control y barrió la estancia con su linterna. La sala apestaba. Todo el suelo estaba cubierto de una costra negra. En una esquina había una enorme pila de miembros humanos. Torsos, piernas, cabezas y brazos se apilaban entre costras de sangre seca. Junto a la pared de enfrente había tres bultos tapados con sábanas que tenían toda la pinta de ser otros tres cadáveres, y a la izquierda había una camilla con un enorme cadáver remendado por diversos sitios al lado de un banco lleno de herramientas cubiertas de sangre seca, algunas de cirujano y otras más bien de carpintero o mecánico. Slayer trataba de contener las náuseas cuando escuchó el llanto de un niño a su derecha, tras la puerta. Los cuatro se adentraron y miraron. Bajo una camilla había un pequeño bulto que se movía y lloraba como un bebé, pero a la luz de la linterna parecía más bien un feto cadavérico que no debería estar moviéndose. Mientras Slayer salía a vomitar, Jurgen, Rick y Geremi se pusieron a debatir qué hacer con el engendro, si adoptarlo o masacrarlo. Ganó la primera opción por dos votos a uno, así que Geremi sacó su mazo de hormigón y golpeó aquel aborto hasta convertirlo en pulpa sanguinolenta. Jurgen decidió salir a ver qué tal se encontraba Slayer, mientras Geremi, que ya había cogido carrera, se dirigió hacia el cadáver remendado de la camilla y comenzó también a triturarlo a mazazos, mientras Rick, pidiendo que lo postraran en una camilla, lo jaleaba desde el pasillo. Ahora los continuos golpes provenientes del pasillo se mezclaban con el “¡chop, chop, chop!” amortiguado de los mazazos de Geremi triturando huesos y los gritos de ánimo de Rick mientras el resto de la milicia se miraba con cara de circunstancia. “El horror. El horror tiene una cara...”
Cuando Geremi consideró que aquella especie de Frankenstein estaba suficientemente triturado, le prendió fuego a las mortajas de los cadáveres y cerró la puerta. Los golpes seguían viniendo de la puerta de chapa al final del pasillo, y los compañeros empezaron a temerse lo peor, así que reunieron lo que quedaba de la milicia y atestaron el pasillo en guardia ante lo que pudiera salir. La puerta estaba cerrada con llave, así que Geremi usó su ganzúa multiuso de hormigón y la emprendió a mazazos con la cerradura. Los golpes contra la chapa hacían un ruido ensordecedor, y más de uno se largó del pasillo. También sacaron de allí la camilla de Rick, pese a sus protestas, por que en aquel sitio tan estrecho sólo hacía estorbar. Después de un rato golpeando la zona de la cerradura, la puerta estuvo lo suficientemente abollada como para ceder. Mientras Geremi cogía aliento, todo el mundo guardó silencio expectante. La puerta se abrió de golpe y un tipo con el aspecto de un cadáver salió trastabillando y gruñendo de la habitación y se abalanzó sobre Geremi. Trató de morderle pero se rompió varios dientes contra su mazo. Cetrás de él, varias cosas similares se apretujaban por salir tratando de alcanzar a los estupefactos milicianos, que no consiguieron reaccionar ante aquellos cadáveres andantes. Aún se estaban recuperando del susto cuando una de las puertas laterales se abrió y salió un tipo de ropajes negros con una calavera como máscara. Sin mediar palabra disparó con su escopeta a bocajarro contra Slayer hiriéndolo y comenzó a reír como un loco mientras gritaba “¡Nada podeis contra mis niños!”. Slayer cortó en seco su discurso devolviéndole el tiro, pero esta vez el loco no disparó, sino que juntando los pulgares hizo brotar llamas de sus manos mientras reía entre dientes. Las llamaradas sorprendieron a Jurgen y Slayer. Aquello ya era demasiado: todo el grupo comenzó a huir como gacelas salvo Jurgen que valerosamente se batía en retirada, aunque sin mucho éxito.
Toda la unidad se replegó hasta el vestíbulo, donde los que habían visto lo que pasaba en el pasillo, con la cara blanca, trataban de explicar al resto que había muertos que andaban y un loco con una escopeta que lanzaba fuego por las manos y... etc, etc. Mientras los oficiales miraban a los novatos con cara de incredulidad, Geremi comenzó a empujar la camilla de Rick emprendiendo una retirada expeditiva, mientras Slayer solicitaba atención médica para sus graves quemaduras.
Jurgen decidió que no iba a ser el único en quedarse allí con aquellas cosas, así que alcanzó a sus compañeros. Los que venían del pasillo continuaron su huída ante las miradas de desaprobación de sus compañeros que se prepararon todos para recibir a lo que saliera por la puerta del pasillo. Sin embargo su entereza no duró mucho: cuando las linternas alumbraron los primeros rostros descarnados y de cuencas vacías, comenzó un movimiento estratégico hacia la puerta de salida. Tratando de infundir algo de compostura, un oficial de observación gritó “¡Doblaré la recompensa para quien me traiga una de esas cosas viva!”, recibiendo respuestas tan voluntariosas como “que te la traiga tu puta madre” o “ahí te quedas”. En medio de todo el barullo, el loco de la máscara del cráneo salió por allí en medio gritando cosas inconexas y una oleada de terror se apoderó de los que aún quedaban transformando la sutil retirada en una encarnizada lucha por alcanzar la puerta para pirarse. Entre tanto la unidad de Slayer ya les llevaba bastante ventaja. El propio Slayer se había subido a la camilla con Rick para no seguir desangrándose y ambos eran empujados a toda velocidad por Geremi derrapando por el andén perimetral, rumbo al agujero por el que salieron al colector, seguidos de cerca por todos los demás. Los últimos que volvieron la vista atrás vieron a la horda tambaleante salir y avanzar torpemente por el andén, cayendo algunos al agua estancada. Del tipo de la calavera no había ni rastro.
Cargados de heridos y moribundos, la derrotada milicia emprendió el camino de vuelta por donde habían venido. Nadie habló mucho, ni siquiera Tyzan. Trataron de salir por el primer pozo de registro que encontraron, pero estaba soldado por dentro, igual que el resto. Tuvieron que dejar atrás la parte de túnel quemada para encontrar una boca de alcantarilla que cediera y salir todos al exterior (de alguna forma, Geremi consiguió sacar la camilla por la boca de alcantarilla ¡!). Una vez fuera, los observadores pararon una patrulla militar que al poco volvió con un transporte para evacuar a los heridos con destino al hospital.
Corolario:
Como en los viejos tiempos: una semanita de hospital y todo estará bien de nuevo. Durante su convalecencia recibieron la prometida paga de quinientos pavos pese a los informes de su cobarde actuación. Un oficial del ejército fue en representación a hacer la entrega. Slayer le preguntó cómo había acabado la misión. Al parecer al menos la actuación de la milicia había hecho salir a los rebeldes por una torreta de saneamiento al exterior, donde fueron acribillados una unidad del ejército que los estaba esperando. El último en salir fue un tipo con una máscara hecha con trozos de cráneo, que fue identificado como el cabecilla de aquel dantesco grupo. Al oír esto, Jurgen y Rick comenzaron a preguntar cosas raras acerca de zombis, “frankensteins” y fetos que lloraban, pero el oficial les tranquilizó explicándoles que se trataba de personas afectadas por la desnutrición y la falta de condiciones de habitabilidad, o quizá infectadas de algún tipo virus, por lo que se procedió a esterilizar toda la zona con napalm (otra vez).
Geremi, por su parte, al haber podido salir de allí sin un rasguño se pasó toda la semana rebuscando entre los escombros algo útil y tratando de vender a alguien el vehículo de fuga: la camilla, pero no consiguió ninguna de las dos cosas.