Cuando alguien en Raccon City dice que corren malos tiempos, siempre hay otro que responde “¿Y cuándo fueron buenos?” Aunque quizá esta vez sí tenga algo de cierto…
El descontento en la población crece ante unas oficinas de racionamiento que la mitad de los días ya no tienen nada que racionar y mientras el ejército se esfuerza por mantener una calma cada vez más tensa, los ciudadanos legales se preguntan de qué les vale pagar religiosamente el impuesto de “mantenimiento vital”. Acusan al gobierno local de gastarse el dinero en balas y mercenarios en vez de en comida. Como siempre, las desgracias de unos a menudo son la alegría de otros: con la gente hambrienta y descontenta, los grupos insurgentes de una u otra ideología surgen y medran como hongos mientras las redes que trafican con cualquier cosa comestible hacen su agosto e incrementan en poder a medida que crece la rivalidad entre ellas. El comercio con otras ciudades vuelve a estar estancado: las caravanas ya no sufren ataques por el camino; simplemente desaparecen enteras. Los miembros de la recién creada asociación de comerciantes de Raccoon City se dedican a acusarse entre ellos mientras su presupuesto para mercenarios se dispara.
En algún lugar del mercado, un turco habitualmente risueño, murmura maldiciones mientras aliña su último kebab con la misma sustancia con que engrasa sus AK47 y piensa en que quizá es hora de cambiar de negocio; últimamente se mueve mucho más dinero en las apuestas, aunque hay que tener cuidado en qué zona haces tus trapicheos. En esta maldita ciudad todo el mundo quiere el monopolio de algo, con lo bonita que es la libre competencia… y luego está esa mierda que vuelve loca a la gente. Como si en esta ciudad hiciera falta algo más para que estuvieran todos locos. Quizá el comercio de armas seguía siendo una buena opción a fin de cuentas. Como cucarachas, los carroñeros volvían a retomar poco a poco su actividad, para lo cual necesitarían armas, personal, equipo. De lo primero podía encargarse él… siempre que las malditas caravanas no siguieran perdiéndose en los yermos. Así no hay quien haga negocios.
Y mientras los señores del crimen se matan entre ellos y el ejército recluta más milicianos para que el perímetro seguro pueda seguir siéndolo, fuera del perímetro refugiados de los yermos se arman y levantan empalizadas alrededor de sus guetos para defender lo último que les queda: su vida.
Todo el mundo ansía saber manejar un arma, y los soldados se levantan cada día esperando no tener que usarlas demasiado. La milicia necesita mercenarios, los comerciantes necesitan mercenarios, las mafias necesitan mercenarios, hasta los ciudadanos contratan mercenarios, y en el hospital de campaña están hartos de coser a mercenarios (o meterlos en bolsas de plástico)…
Los primeros copos de nieve grisácea de otro largo invierno empiezan a caer, y en la misma puerta de ese hospital, un tipo melenudo y un negro con pinta de chungos (algo tan atípico en Raccoon City...), salen aún doloridos de nuevo a la calle y observan el panorama con el mismo aire de hastío impasible de siempre.
-Tampoco veo en esto mucha novedad respecto a hace un mes o dos.
Rick se tomó su tiempo para contestar. Encendió su último cigarrillo con parsimonia y echó el humo.
-Bueno… -dijo- decididamente esto no es bueno.
-¿Cual es la diferencia?
-Cuestión de oferta y demanda: con tanta gente intentando matarse, será más difícil conseguir balas.
-Ah… habrá que hacer acopio.
-Nah, no servirá, seguramente todo el mundo ha pensado ya lo mismo. Vamos al almacén a ver qué hacen Jurgen y los otros, me parece que haga siglos que no les veo.
-Ok… ¿Cuánto te queda de los quinientos?
-Poco, para lo que tragamos allí abajo…

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