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Rick Valley era un tipo austero, ceñudo, de complexión atlética. Nunca había tenido grandes aspiraciones, a excepción de los coches; se emocionó tanto con su primer coche de juguete cuando era niño, que durante un año no tocó un solo juguete más. Su padre, un mecánico siempre borracho y malhablado, se murió cuando él tenía dieciséis años dejándole su taller y unos pocos consejos anticuados sobre la vida. Rick no necesitaba más. Se pasó los siguientes cuatro años trabajando el oficio, hasta que cayeron las bombas; por suerte cayeron en las grandes urbes... ¿quién iba a querer tirar una bomba en el rincón más maloliente del desierto de Texas, en el puto culo de América? Rick tenía la sensación de que tras aquellos acontecimientos, no iba a haber mucha gente interesada en pasar por el desierto a que les hiciese alguna chapuza en el motor, así que cogió su mejor moto, y puso rumbo al Norte. Durante meses vagó por los despojos de la patria, haciendo algún arreglillo por aquí y por allá a cambio de un poco de gasolina y comida. Tuvo que aprender a manejar un arma; no era precisamente Billy el Niño, pero se defendía. Tras un tiempo deambulando, se asoció con unos tipos igual de dicharacheros y emprendedores que él... al principio no es que Rick disfrutase de la compañía de estos carroñeros de segunda, pero juntos tenían más posibilidades de sobrevivir. Sin embargo, con el paso del tiempo, se fue forjando un lazo de amistad inquebrantable entre los cinco, y a cada incursión se sentían más unidos. Un buen día, les llegaron rumores de una gran ciudad llamada Raccoon City, donde el ejército de los Estados Unidos de América aún medraba, y se daba asilo y patrocinio a escoria como ellos, a cambio de una parte del botín. Esto sonó como música a los oídos del grupo, que sabía que mientras más incursiones hacían en los yermos por su cuenta, más se ponían las posibilidades en su contra. Éste fue su peor error. Nada más llegar a Raccoon City quedaron extasiados. No habían visto tal despliegue de civilización en años... entraron corriendo al mercado como niños, y lo primero que decidieron fue darse un tremendo festín. Un tipo de aspecto siniestro les vendió un saco de carne de cerdo, y tras buscar un poco se acomodaron en un edificio en ruinas. Rick, de poco apetito por las úlceras que le había procurado la dieta de su padre en la que todo llevaba chile, hoy tenía aún menos, así que no probó bocado. Los otros cuatro se saciaron como puercos, y la carne no debía estar en muy buen estado, porque al momento estaban panza arriba como cucarachas envenenadas. A Rick esto le sentó fatal, aunque no tanto como a ellos. Juró venganza por sus compañeros muertos, y como tampoco tenía nada mejor que hacer, decidió investigar el origen de la carne. Se encontró conque la carne provenía de una franquicia sumergida de carne humana llamada MarkDonald's, encabezada por un nigromante comando y un carroñero psicópata. Al parecer, el carroñero no había dejado ni rastro, pero el nigromante, un tal Donald D. Hernández, tenía una propiedad en las afueras. Decidió investigar ese antro-mansión, y lo que vio le hubiera revuelto las tripas si ese no fuera el estado natural de sus entrañas. En el sótano, colgando de garfios oxidados, se salaban jamones humanos mientras que el suelo estaba teñido de rojo de varias capas de costra sanguinolenta y trozos de pellejo. Al ver que no estaba allí, Rick indagó un poco dentro del perímetro, y se enteró, por medio de un ladrón traicionero, de que por ahí tenía un almacén que frecuentaba mucho más. Rick se fue al almacén, descubrió que se podía colar por un muro medio mal hecho empujando un par de ladrillos, y se sentó en la puerta con su pistola a esperar a que entrase el hijo puta del nigromante.
(Resumen 16ª sesión)
En busca del tesoro:En algún lugar de un viejo polígono de Raccoon City, un extraño grupo estudiaba los planos de un proyecto aún más extraño: un refugio antinuclear. Phyr y Slayer se pasaron el día entero estudiando la documentación. Les costó un poco entender todo aquello, pero poco a poco fueron extrayendo detalles de sus instalaciones y estructura. Finalmente, el grupo decidió que estaban listos para ir a saquear aquello… sin contar con su patrón.A primera hora del día siguiente, Jurgen, Phyr, Slayer, Rose y Lock se subieron a su recién “adquirido” jeep y pusieron rumbo a Stinkholeville, llegando al pueblo sin incidentes. Entraron por la zona Sur y giraron al Este, cruzando la vía del tren hasta las afueras. No se veía ni rastro de actividad perruna o canibalesca. Deambularon un rato por caminos de las afueras hasta llegar a la puerta de la finca donde aparentemente estaba el refugio. Se bajaron del coche y otearon el panorama. No se veía ninguna construcción en superficie, pero sobre un pequeño promontorio se avistaba lo que parecían varias placas solares cubiertas de una gruesa capa de polvo. La perspectiva de arrancar dichos artefactos y venderlos en la ciudad les sedujo como la luz a las polillas, así que entraron en la finca y se dirigieron al promontorio. Más de cerca pudieron ver que el camino descendía poco a
poco en rampa hasta meterse bajo tierra, hasta un pequeña antesala en la que había una puerta metálica y algo parecido a un videoportero. Parece que habían encontrado el maldito refugio. Discutieron un rato sobre el curso de acción a seguir, y finalmente decidieron que Rose, con las ropas de camuflaje de Phyr, y mostrando escote, trataría de hablar con los habitantes del refugio haciéndose pasar por una escotada soldado del ejército que les ayudara para tratar de hacerles salir, pero después montar toda la pantomima, al pulsar el llamador no ocurrió nada. Aquello parecía todo bastante muerto. Trataron de abrir la puerta por la fuerza, pero aquello no se movía. Después lo intentaron con martillo y cincel, pero sólo consiguieron mellar la junta. Aquello era una auténtica cámara acorazada. Viendo los gatos que no podrían abrir las almejas, volvieron su atención sobre los paneles solares. Aunque cada uno era casi más grande que el coche, si lo conseguían llevar a la ciudad, les darían una pasta por aquellos trastos. Phyr y Slayer estuvieron dilucidando un rato sobre cómo averiguar si pasaba corriente por ellos, y finalmente Slayer optó por el sutil método de arrancar los cables y ponérselos en la lengua. Afortunadamente para el negro, aquellos circuitos estaban tan muertos como el resto del pueblo. Los filtros de reciclaje de aire parecían igualmente muertos. Allí no parecía haber nadie, al menos vivo.Ahora el problema estaba en cortar los seis anclajes de la placa. Cogieron las herramientas del jeep y, con más fuerza que maña, se afanaron todo lo que quedaba del día. El sol comenzaba a ponerse cuando ya tenían aquello casi arrancado, pero aún les quedaba un rato, así que decidieron volver a la ciudad por temor a los caníbales autóctonos. Durmieron todos en el almacén, menos Rose que decidió seguir zumbándose a Sameh.Al día siguiente, en vez de tirar directamente para el pueblo fueron a ver al patrón para comunicarle sus avances. El tipo recibió la noticia con entusiasmo. Para él, el hecho de que la puerta estuviera cerrada a cal y canto no parecía representar un problema. Según les comunicó al grupo, pensaba usar la ganzúa más efectiva del mundo: explosivo plástico. El entusiasmo se le disipó en parte en cuanto le dijeron que en el refugio no parecía haber ningún tipo de actividad. Aquellos podía significar que el refugio estuviera sin terminar o bien que su minirreactor nuclear estuviera estropeado, haciendo poco lucrativa la expedición. Cuando el grupo escuchó esto, de nuevo comenzaron a protestar, alegando que lo que les iba a pagar era muy poco, que seguro que él sacaba mucho más por aquello, que la cosa estaba mu malita, que tenían a la abuela enferma… etc, etc, así que al final el tipo decidió contratarlos a precio fijo como guardaespaldas para la expedición, ya que ninguno tenía conocimientos sólidos de ingeniería y tendría que buscar a estos especialistas por otro lado. Al ser tantos, serían quinientos pavos por cabeza, encontraran lo que encontraran. El grupo aceptó a regañadientes, y el patrón los citó en una hora en aquel mismo lugar y se largó. Jurgen decidió seguirlo y vio cómo el tipo hacía trapicheos aquí y allá con carroñeros y comerciantes. Luego se percató de la presencia del mercenario y mandó a un carroñero a que le sugiriera sutilmente que dejara de seguirles. Jurgen decidió hacer caso, aunque se quedó vigilándole más de lejos. Lo único que el mercenario consiguió averiguar de su periplo es que al patrón le llamaban Ernest “El Honrado” y que parecía tener muchos contactos en el mercado.Mientras, Rose había ido a hablar con Rick tratando de averiguar cuánto podía valer un generador impulsado por un minirreactor nuclear en buen estado. El carroñero no supo qué decirle, ya que nunca había visto uno, pero teniendo en cuenta su posible utilidad y el precio de los actuales generadores a combustible, el precio sería bastante más de los 2500 que iban a sacar. Rose se dirigió a toda prisa a la “oficina de atención al despojo” más cercana tratando de hacer un trato aparte con las autoridades, que seguro que le pagarían mucho más por el generador. Tuvo que esperar la cola de gente que trataban de conseguir fondos para sus propias expediciones de recuperación de material (la mayoría de los cuales se iban con las manos igual de vacías). Cuando por fin le atendieron, el tipo con uniforme al que explicó el tema no pareció tomarla muy en serio. Aún así, por la insistencia de la moza, el tipo accedió a su solicitud. Le tomó los datos y le pidió que se presentara al día siguiente para hacer de guía a una expedición compuesta por una patrulla y un ingeniero militar para comprobar la historia de la chica. Fue todo lo que pudo conseguir, y el patrón les esperaba en unos quince minutos en el mercado, así que de momento sólo podría comunicar a los otros la mayor perspectiva de negocio.El resto del grupo había hecho algunas compras menores para el viaje (básicamente más plomo), y a la hora señalada vieron llegar a Ernest en una camioneta con otros cuatro tipos: dos mercenarios y dos con pinta de no dedicarse mucho al negocio del plomo. Debían ser los técnicos que evaluarían las instalaciones. Les seguía un coche con cinco tipos con bastante mala pinta. Sus adornos y atuendos de cuero les daban toda la pinta de carroñeros. Al ver al grupo, el patrón se bajó de la camioneta y se acercó con un papel en la mano. Era una hoja con el sello de la junta militar de Raccoon City. Se trataba del típico contrato de registro para fletar alguna expedición a los yermos, detallando sus componentes, el objetivo y la zona de rastreo, imprescindible para que el ejército te fíe algún tipo de combustible o personal si quieres salir de excursión. En cualquier caso, ninguno de los compañeros era carroñero de profesión, así que no conocían muchos detalles del tema, y Ernest les dijo lo único que necesitaban saber: “como parecéis indecisos, esto es para que ambas partes cumplan lo pactado”. Cumplido el formulismo, cada grupo subió a su vehículo y pusieron rumbo al pueblo maldito.Una tumba de hormigón y acero:Slayer iba al volante de su jeep con toda la peña, y los otros dos vehículos le seguían. Debía ser media mañana cuando llegaron al pueblo, pero en vez de torcer hacia el Este, torcieron deliberadamente hacia el Oeste, hacia los almacenes abandonados, con la idea de alertar a todos los caníbales posibles (?). Pasaron por la zona, pero todo parecía bastante tranquilo. El convoy pasó ante varios almacenes abandonados, pero todo estaba tan desierto como el resto del pueblo. Sin embargo, una vez los vehículos hubieron pasado de largo, en el último momento a Slayer le pareció ver por el retrovisor cómo alguien se asomaba por el portón de uno de los almacenes. Los de atrás parecieron verlo también.Tras ese extraño rodeo, el grupo puso rumbo de nuevo a la zona Este de las afueras, y llegaron a la zona del día anterior, donde todo parecía seguir tal cual lo dejaron. Guiaron a Ernest a la entrada del búnker y éste colocó la carga explosiva e hizo a todo el mundo que se largara de allí. El estruendo de la explosión debió sonar por todo el condado. Lock estaba convencido de que aquello les iba a traer problemas. El grupo comenzó a mascullar y urdir todo tipo de planes para quedarse con todo, mientras los carroñeros parecían bastante impasibles ante todo aquello. Simplemente se dedicaban a hacer su trabajo Cuando se disipó la polvareda, pudieron ver que la puerta se había abierto lo suficiente como para acabar la tarea con un gato mecánico. El interior estaba oscuro y olía a polvo y a cerrado. Una vez abierta la puerta, el patrón se volvió al resto y les mandó de avanzadilla: “Hala, haced vuestro trabajo: bajad ahí y despejad lo que haya. Dejad que mi ingeniero se encargue de examinar el generador.” El ingeniero en cuestión se había ataviado con un traje antirradiación y llevaba un contador geyger y una linterna. El resto de gente simplemente chalecos de protección y artillería. Phyr, Lock y Slayer le acompañaron junto a otros dos carroñeros, mientras el resto se quedaba fuera. La puerta daba a un vestíbulo donde se veía un ascensor y unas escaleras que bajaban. Comenzaron a bajar por las escaleras. El interior estaba totalmente a oscuras, sólo alumbrado por las linternas de los intrusos. A llegar abajo había un gran distribuidor con varias puertas, todo tal como estaba en los planos encontrados. No parecía haber ningún tipo de actividad en el refugio, pero allí abajo el olor era sensiblemente peor. Si había comida acumulada, seguramente estaba podrida desde hacía tiempo. Siguiendo el plano, el ingeniero se adelantó buscando el cuarto de control de instalaciones, perdiéndose en la oscuridad. En el momento que estuvieron solos, Slayer comenzó a tantear a los carroñeros para ver si podía contar con ellos para acabar con el patrón y repartirse el botín, pero en principio los tipos parecían contentos con el trabajo y la paga. Se quedaron en silencio mientras miraban con ojos golosos dos puertas que daban al vestíbulo cuyo letrero rezaba “Almacén General”. Al poco el ingeniero volvió con bastante mala cara diciendo “mejor que salgamos todos de aquí; el generador debió sufrir una avería hace tiempo y aquella zona está irradiada, por eso no funciona nada. Me temo que no se pueda aprovechar casi nada de allí.” El tipo subió por las escaleras sin más para informar al patrón, y en ese momento, tanto los carroñeros profesionales como los “amateur” se lanzaron de cabeza al almacén y comenzaron a arramblar con todo lo que pudieron. En pleno saqueo entró Ernest por la puerta dando gritos e instando a todo el mundo a dejar aquello en su sitio, pues le pertenecía según el contrato. Tras unas tensas miradas, los empleados accedieron. Después puso a todo el mundo a dar portes hasta la camioneta para llevar las mercancías útiles. Algunas conservas parecían en buen estado, y también había material de supervivencia sin estrenar e incluso algunas armas. El botín parecía jugoso para unos ruinas como aquellos, pero Ernest no estaba en absoluto de buen humor.Mientras iban cargando las cosas en la camioneta, comenzó a ejecutarse un descoordinado plan para quedarse con todo. Rose se deslizó tras la camioneta del patrón y metiéndose bajo ella trató de sabotearla, pero siendo la primera vez que veía un vehículo desde abajo, no tuvo ni remota idea de qué hacer, así que eligió lo más fácil: pinchar una rueda.Por su parte, Lock, con una maestría digna de Houdini, se escaqueó de la tarea y exploró un poco el refugio por su cuenta. Llegó a tientas hasta una puerta y se metió por ella. Había encontrado unas cerillas sobre una encimera, así que las usó para alumbrarse. Allí el olor era insoportable, y descubrió
por qué: estaba en un dormitorio, y sobre la cama había dos cadáveres que debían llevar años muertos, uno ataviado con lo que debió ser un bonito vestido y otro con ropa de hombre. Ambos se habían volado la cabeza. La sangre que había salpicado toda la pared era ahora una costra negra y mohosa. El hombre aún sostenía una pistola en sus manos con el cañón metido en la boca. Parece que el alcalde y su amante habían acabado como Romeo y Julieta. El muerto al hoyo y el vivo al bollo: Lock cogió la pistola de las manos del muerto y salió de allí rumbo al cuarto del generador, ignorando la advertencia del ingeniero. Entró a tientas y encendió fósforo tras fósforo hasta que se hizo una idea de donde estaba: en aquella sala se concentraban todas las instalaciones que daban servicio al refugio, incluido un enorme aparato con un gran panel de control y una señal advirtiendo del peligro del material radiactivo en su interior. Lock se lo pensó durante un rato (casi cinco segundos, por lo menos), y seguidamente comenzó a apretar botones e interruptores como un loco tratando de obtener alguna respuesta del cacharro, pero aquello también estaba muerto. Todo aquello era una tumba, y lo único que podían hacer era saquear el ajuar.Consumando la traición: Cuando todo el material del almacén (y algunos libros de la biblioteca del refugio) estuvo cargado en la camioneta, ya caía la tarde. Alguien se percató de que había una rueda pinchada, así que uno de los mercenarios se puso a cambiarla. Mientras esperaban, la descoordinación seguía: unos querían matarlos a todos, y otros pactar con los carroñeros. Invocando el espíritu de Gaia, Lock convocó a un perro famélico de la zona y en cuanto apareció le ordenó mentalmente que atacara a los carroñeros. Obedeciendo, el chucho se lanzó en plan kamikaze contra el coche y trató de morder a uno de los tipos, sin demasiado éxito. Acto seguido fue acribillado, y Lock sintió algo que se revolvía en su interior ante la muerte inútil de un animal. Pasado el pequeño momento de confusión, el mercenario seguía cambiando la rueda y los carroñeros haciendo tiempo.Slayer decidió hacer un intento más. Se acercó tranquilamente al coche de los carroñeros, y esta vez sí fueron más receptivos: viendo el enorme fardo de mercancía nuevecita que había en la camioneta, acordaron colaborar ambos grupos para matar a Ernest y su séquito y quedarse con todo. Al carajo con el contrato. Slayer volvió disimulando al coche y comunicó el plan mientras el mercenario había terminado ya de cambiar la rueda. Hizo sonar el claxon un par de veces y los dos grupos salieron de sus coches y empezaron a disparar. Ernest y los suyos se habían quedado en mala posición, en medio de ambos bandos. El intercambio se cobró las primeras bajas entre los carroñeros, dos de los cuales cayeron por una granada que también dejó su coche inutilizado. La camioneta de Ernest arrancó a toda prisa pero una bala pinchó una de sus ruedas y no pudo tomar velocidad. Las balas silbaron en todas direcciones, aunque paradójicamente el mejor disparo de la tarde lo hizo un ingeniero que con una simple pistola dejó fuera de combate a Phyr de un solo tiro. Uno de los mercenarios cayó, así como el segundo técnico, pero Ernest se puso al volante y trató de seguir avanzando, pero atrajo los disparos como la mierda a las moscas, y acabó cayendo. El tercer hombre en la cabina se puso a los mandos de la maltrecha camioneta mientras desde la caja trasera el mercenario que quedaba vivo trataba de hacer su trabajo atrincherado entre la mercancía. La camioneta escapaba, así que subieron al jeep y salieron tras ella, dejando a los carroñeros con un palmo de narices. Slayer trató de sacar a la camioneta del camino, pero no lo consiguió. Desde la caja trasera, el mercenario que quedaba barrió con su arma todo el jeep, dañando a sus ocupantes, pero éstos respondieron disparando a otra de las ruedas, y esta vez el vehículo se fue a la cuneta. El ingeniero, herido, echó a correr campo a través, pero el mercenario seguía atrincherado entre la mercancía disparando en un combate desigual donde la mayor víctima era la propia mercancía que usaba como parapeto, que estaba recibiendo balazos. Viendo esto, Rose le propuso al mercenario que se rindiera y a cambio podía irse. El tipo, aprovechando que aún estaba sano, no se lo pensó dos veces puso pies en polvorosa, siguiendo al ingeniero que se había largado un rato antes.Ahora que el grupo tenía en su poder toda la mercancía comenzaron los marrones: no querían compartirla con los carroñeros, un par de los cuales necesitaban atención médica, la cual corrió a cargo de Lock, lo que a su vez dio pie al grupo para negarles a los carroñeros el que se quedaran con ninguno de los suministros médicos expoliados, alegando que además éstos ya habían saqueado los cadáveres de los caídos mientras ellos perseguían a los que quedaban en coche. La tensión comenzó a crecer, pero Slayer consiguió sosegar los ánimos. Al final los carroñeros se quedarían con la maltrecha camioneta de Ernest, la mitad de los suministros médicos, la mitad de lo saqueado a los cadáveres y el contador Geiger del ingeniero, y el grupo con todo el resto. El pequeño problema residía ahora en que en el jeep no cabía ni un alfiler, y la camioneta no era de ellos, sino de los carroñeros, así que si querían llevar su mercancía a la ciudad, tendrían que esperar a que los carroñeros reparasen la camioneta, quizá incluso con piezas del otro coche, y pusieran todos rumbo a Raccoon City, vigilándose unos a otros. Así que los carroñeros comenzaron su penosa tarea con las últimas luces del día, mientras el resto de compañeros vigilaba nerviosamente los alrededores, en espera de los más que probables problemas que tendrían que venir.