lunes, 3 de enero de 2011

La Base Abandonada (1ª parte)



Perdidos en los yermos

Aquello no pintaba bien. Los tres compañeros seguían corriendo campo a través bajo la tormenta de nieve. Hacía rato que habían dejado de oír a sus perseguidores, pero la tormenta de nieve les azotaba y no se veía a más de veinte o treinta metros. Albert intentó excavar un refugio en la nieve para pasar la noche, pero no había tanta profundidad, y la tormenta llenaría el parapeto en poco tiempo. Sin embargo, al excavar vio que bajo sus pies había asfalto, así que debían estar sobre algún tipo de carretera. Caminaron con rumbo inseguro durante rato por el paisaje cubierto de una nieve gris perláceo, hasta que entre la ventisca pudieron ver la silueta de un edificio. Al acercarse más, descubrieron que se trataba de un conjunto de edificios de una planta rodeados por una alambrada, caída en algunos puntos. A lo largo de la alambrada unos letreros oxidados advertían de que la valla estaba electrificada y que aquellas instalaciones pertenecían al ejército.

Cruzaron la valla por un hueco procurando no rozarla y se adentraron en el recinto. Rodearon una nave y se encontraron en una explanada nevada de la que sobresalían aquí y allá los restos desperdigados de un helicóptero destruido por una explosión mucho tiempo ha. Bajo la nieve, inspeccionaron los despojos del aparato. En él había los restos calcinados de cuatro esqueletos, alguno de ellos aún con la chapa identificativa de soldado, deformada por el calor, pero nada más de valor… salvo la chatarra en sí, que evaluaron que podría ser vendida en Raccoon City. Exploraron la nave cercana, y resultó ser un hangar. En él había varios bidones con aceite sintético y un armario con herramientas que rápidamente saquearon. Luego se pusieron como hormigas bajo la nevada a arrastrar los restos del helicóptero hacia el hangar. En esto estaban cuando a Albert le pareció ver a alguien que atisbaba tras la esquina de un edificio cercano y se ocultaba al ser descubierto. Inmediatamente pararon la tarea y se pusieron a cubierto. Otearon un rato, pero no vieron nada. Viendo que aquello no era seguro y que ya estaba oscureciendo se acercaron al edificio opuesto al hangar en busca de un refugio seguro para pasar la noche.

Eric se acercó al edificio, rompió una ventana y se coló dentro con bastante estrépito. Randy y Albert se pusieron a rodear el edificio hasta dar con la puerta. Entre la ventisca, el atardecer y la mugre en los cristales, dentro apenas había luz, pero Eric vio lo que parecía una sala de esparcimiento del complejo. Entre mugre y telarañas pudo ver algunas mesas y sillas, un televisor, una mesa de ping-pong, y una puerta que daba a otra estancia: una cocina. Randy y Albert entraron por la puerta a patadas y se vieron en una cocina en la que Eric ya estaba entrando. La estancia apestaba a moho y podredumbre. Aun así, como buenos despojos, se pusieron a rebuscar entre la mierda y consiguieron encontrar algunas latas de Coca-Cola caducada, una botella de agua mineral de aspecto turbio, una pastilla potabilizadora y algunos cubiertos. En la sala de recreo había algunas taquillas cerradas con llave. Randy abrió de dos patadas una de ellas y se desparramaron por el suelo un montón de latas de conserva, casi ninguna de ellas hinchada. Absorto por el descubrimiento, el mercenario no vio que el fondo de la taquilla tenía un buen agujero del que salió una rata del tamaño de un lechón bien alimentado y se le tiró encima. Se la quitó como pudo y vio que estaba rodeado por cuatro de esas criaturas, que chillaban e intentaban morderle y subírsele encima. Su escopeta no resultaba muy manejable en esa distancia tan corta. Albert consiguió acertar un disparo difícil, matando a uno de los bichos, pero estaban cosiendo las piernas a mordiscos a su compañero cuando Eric, para terminar de arreglarlo, le pegó un tiro tratando de acertarle a una rata. El mercenario cayó al suelo inconsciente, y los roedores (o lo que fueran), encabronados se fueron hacia el más cercano, Albert, que comprobó que su enorme rifle también resultaba nefasto en un cuerpo a cuerpo. Por suerte para él, esta vez Eric tuvo más tino y mató a otro de los bichos, haciendo huir a los dos que quedaban. Ahora tenían un montón de comida y un mercenario moribundo (¿también comida?). Le taponaron las heridas como pudieron y concluyeron que aquel edificio tampoco era seguro. Quién sabe cuántas ratas más podría haber.

Improvisaron una camilla con una puerta y salieron de nuevo a la nevada con su compañero a cuestas. Probaron suerte con el edificio más cercano, pequeño y de una planta. Las ventanas en él estaban enrejadas y la nieve se acumulaba frente su puerta de metal… cerrada a cal y canto. Ninguno tenía ni idea de cómo abrir una cerradura, ni herramientas para ello… salvo sus armas. Varios tiros y algo de estruendo más tarde consiguieron abrir la puerta. Era ya de noche, y la tormenta había cesado. El interior del edificio estaba bastante oscuro. Encendieron una improvisada antorcha y se acomodaron para pasar la noche tras comprobar que estaba vacío. La noche fue fría y tensa, rasgada continuamente por aullidos que sonaban alarmantemente cerca.

Con la luz de la mañana, pudieron explorar mejor la edificación en la que estaban. Parecía tratarse de un pequeño almacén, y en én encontraron cajas con cubos de plástico, cantimploras de metal, mopas, escobas, bengalas, un par de uniformes y un pequeño botiquín con alcohol, una aguja de sutura y vendas. Mientras Eric saqueaba como un loco todo aquello, algo se le enganchó en el brazo, y al tirar de ello Albert se quedó blanco a ver que se trataba de un fino hilo de nylon enganchado a una carga explosiva camuflada en la pared… pero estaban de suerte: el mecanismo estaba tan oxidado que no explotó. Cortaron el cable y saquearon todo el material que pudieron. Con lo que consiguieron, pudieron tratar algo mejor las heridas de Randy, que seguía inconsciente.

Encuentro nocturno

Dejaron al mercenario descansando y salieron fuera a explorar el resto del complejo. Al salir vieron huellas humanas en la nieve que rodeaban el almacén donde estaban. Alguien les había estado acechando así que corrieron a refugiarse de nuevo y se atrincheraron en el edificio, atrancando la puerta lo mejor posible. Decidieron pasar el resto el día descansando y aburriéndose un poco, comiéndose las conservas y bebiendo nieve grisácea derretida. Por la noche establecieron guardias. Aparte de los aullidos de cada noche, durante la guardia de Albert no pasó nada, pero en el turno de Eric los aullidos habían cesado. Éste estuvo oteando por una de las altas ventanas y en la oscuridad de la noche le pareció ver algo más oscuro que merodeaba por el patio. Luego escuchó cómo alguen trasteaba con la puerta que habían atrancado y trataba de abrirla a empujones. Despertó a Albert y salieron los dos con una bengala y dos cojones. Al salir vieron un rastro de pisadas en la nieve que se dirigía hacia el edificio de enfrente, el de la sala de recreo. Comenzaron a seguirlo cautelosos hasta que un montículo de nieve frente a ellos se alzó, revelando una enorme figura vestida de uniforme, con una máscara antigás y unas gafas de protección desértica bajo el casco de camuflaje. Aquel tipo debía de medir más de dos metros. Rápidamente Albert y Eric abrieron fuego. Albert falló y Eric juraría después que lo alcanzó en la pierna, pero el tipo no pareció inmutarse. Alzó su M16 y lanzó un par de ráfagas que tumbaron a Eric y casi acaban con Albert. Viendo que aquello se les iba de las manos, Albert jugó su última carta. Tras su enemigo, en una esquina del edificio frente a él, y casi fuera del radio de la bengala, pudo ver un pequeño cobertizo donde se almacenaban las bombonas de propano que alimentaban la cocina que exploraron el día antes. Disparó a una de ellas esperando que aún les quedara combustible, y así fue. El disparo provocó una reacción en cadena que convirtió en una bola de fuego parte del edificio. Lo último que Albert alcanzó a ver fue cómo el asaltante trataba de ponerse a cubierto y era engullido por la deflagración en plena huída.

Cuando los ojos de Albert se recuperaron del resplandor, aún caían trozos incendiados del edificio. La nieve había desaparecido en un círculo de unos veinte metros de radio, y con ella casi toda la cocina aledaña a la sala de recreo del personal. No había ni rastro de su enemigo. Ni restos, ni huellas. Comenzó a arrastrar a Eric penosamente hacia la relativa seguridad del almacén. Ahora tenía dos convalecientes. Pasó el resto de la noche en vela, lamiéndose las heridas, cambiando vendajes a sus compañeros y vigilando, esperando que no apareciera el tiparraco aquel otra vez.
Al día siguiente, el panorama era desolador: más heridos, más nieve… Albert se acercó a la luz del día a los restos del incendio de la noche anterior, extinguido por la humedad y la nieve. De nuevo no encontró ninguna pista que le dijera qué pudo haber ocurrido con el asaltante nocturno. Volvió al almacén y acordó con Eric, ahora consciente, que tendrían que pasar allí unos días recuperándose. Al menos tenían comida en lata, y nieve para no deshidratarse… y si se les acababa la comida, siempre podían intentar cazar perros. Vaya vida…



1 comentario:

Jesús, el brujah dijo...

A ver cuando la 2 parte, mu wapa por cierto.