Más al Norte había un recinto anexo con garaje en cuyo interior había dos vehículos un jeep sobre un foso de reparaciones y un camión de transporte sin motor ni ruedas. Al lado del garaje había lo que parecía un pequeño taller para el mantenimiento de la propia base. El edificio estaba abierto y parecía haber sido saqueado, aunque Randy rebuscando encontró dentro algunos clavos y un par de herramientas que se guardó rápidamente por si le hacían falta más tarde. Decidieron volver al edificio de la armería para inspeccionarlo mejor, a ver si se les ocurría cómo cascar aquella
nuez. Dieron una vuelta alrededor de él y encontraron huellas sobre la nieve. Éstas se dirigían hacia un recinto que había tras los búnkeres. Al asomarse entre los dos edificios, pudieron ver una explanada donde se acumulaban diversos vehículos militares en diferente estado de deterioro. Las huellas llevaban hasta un camión, al lado del cual había un cadáver reciente, mutilado sobre un charco de sangre congelada. Parecía que uno de los supervivientes de la caravana había salvado su vida del ataque para al final morir aquí igualmente. Un examen más minucioso mostraba diversos tajos y heridas de desgarro por igual. Más allá de la valla del recinto, en la ondulaciones nevadas, merodeaban varios perros con pinta de famélicos que vigilaban a los compañeros mientras éstos inspeccionaban la zona. Eric se subió al camión buscando un mejor punto de vista, y sobre el camión encontró algunos huesos pelados y recientes de algún animal mediano, del tamaño de esos perros que cada vez estaban más cerca de la valla. Mientas sus compañeros registraban el cadáver, Eric arrancó un trozo de la tapicería raída del camión, le prendió fuego y lo lanzó hacia los perros. Viendo venir los problemas, sus compañeros comenzaron a largarse. El harapo ardiendo espantó momentáneamente a los animales, pero de pronto Eric se dio cuenta de que estaba sólo en el recinto, así que salió corriendo de allí… y los perros tras él. Con la ventaja que les llevaba llegó justo a tiempo para meterse en el almacén, donde Albert cerró la puerta rápidamente tras él. Fuera, los perros gruñían y arañaban la puerta.Los perros estuvieron todo el día dando por culo fuera, pero al anochecer los gruñidos cesaron y se hizo el silencio. Como ya quedaban pocas horas de luz, los tres compañeros decidieron pasar la noche allí. Al día siguiente salieron de nuevo a buscar problemas por la zona. La ventisca continuaba, y a falta de alguna idea mejor , decidieron ir al hangar para coger uno de los bidones de aceite e intentar hacerlo explosionar en la puerta de la armería. Salían por la puerta del edificio con el armatoste cuando Albert divisó unos bultos extraños tras el edificio de la armería. Rápidamente se pusieron todos a cubierto tras los restos del helicóptero, y Albert comenzó a dar un rodeo reptando hacia el Este con la idea de coger mejor ángulo de tiro. Arrastrándose, llegó hasta la garita que custodiaba la entrada al recinto y se apostó en ella. Desde allí pudo ver algo mejor aquellos bultos. Eran tres, y parecían inmóviles. De hecho, parecían cadáveres, aunque desde aquella distancia no podría asegurarlo, pero juraría que el día anterior no estaban allí. Miró dentro de la garita y vio un pe
queño mostrador y una silla herrumbrosos, un par de monitores que no valdrían ni para chatarra y diversos restos por el suelo, entre los que encontró un llavero con una placa plateada con diversos surcos. Aquello pintaba bien. Se guardó el llavero y se acercó algo más a los cadáveres. Eran carroñeros, y estaban muertos y saqueados. Decididamente aquella base no parecía un lugar muy seguro. Se dio media vuelta y fue a reunirse con sus compañeros. El primer edificio al que se dirigieron fue, por supuesto, la consabida armería.La placa abrió la cerradura a la primera. El interior estaba oscuro, pero al entrar varias luces fluorescentes se encendieron. El deterioro hacía que emitieran un molesto zumbido, y algunas parpadeaban de vez en cuando pero, aquello era nuevo: luz eléctrica ¿De dónde vendría?
La puerta daba a un vestíbulo que daba a otra puerta, dominado por un cristal blindado a la izquierda. Tras el cristal se veía una estancia en completo desorden, con mostrador y una silla (o lo que quedaba de ellos). En el suelo había un archivador al que le habían sacado los cajones y esparcido su contenido por toda la habitación. En un rincón había un esqueleto con el uniforme aún puesto. Franquearon las puertas del vestíbulo llegando a un pasillo en el que apestaba. Hacia la izquierda, el pasillo llevaba a la habitación del oficial de guardia (actualmente “esqueleto de guardia”). Al frente y a la derecha, el pasillo daba a dos puertas de metal que parecían entreabiertas. Entraron en la primera de ellas y se encontraron ante varios armarios metálicos con armas alineados a la pared. Eric, con los ojos como platos, se dispuso a abrir uno de ellos a golpes cuando sus compañeros le frenaron ¿Habría trampas? Buscaron minuciosamente y, en efecto, un fino hilo de nylon recorría todas las puertas de los armeros hasta llegar a un bulto sospechoso en la pared. Randy inspeccionó el objeto: una carga explosiva. Había estado cerca. Ahora venía el dilema: si cortaban el hilo el detonador haría contacto y explotaría, y si tiraban de él lo mismo… sólo quedaba desactivarla, y el único con algún conocimiento del tema era él, así que sus compañeros le dejaron hacer y se largaron a la otra punta del edificio, para “no distraerle” y esas cosas. Abrumado por la muestra de confianza, Randy cogió el archivador vacío que había visto, y lo usó como improvisado escudo de artificiero. Manipuló la trampa durante unos minutos hasta que consiguió atascar el detonador y cortar el hilo sin peligro. Sin embargo, no pudo desactivarla del todo, así que dejó la bomba donde estaba. Al menos ya no les estorbaría para saquear la habitación. Con la suave delicadeza de un martillo pilón, fueron abriendo uno por uno todos los armarios. Algunos estaban vacíos, pero en otros encontraron varios fusiles M16, Berettas de 9 mm y hasta un rifle H&K de francotirador por el que Albert sintió amor a primera vista. Allí había más armas de las que podían llevar encima, así que tuvieron que dejar gran parte del lote allí.
Pasaron a la siguiente sala, al fondo de la cual se apilaban varias cajas de pertrechos militares, y la escena volvió a repetirse. Escarmentados por lo que habían encontrado hasta ahora, buscaron bien cerca de la mercancía hasta que dieron con la típica trampa explosiva camuflada. De nuevo dejaron a Randy apañárselas con el artilugio y éste, con ayuda de su fiel archivador, desactivó de nuevo la trampa, pero una vez más no se atrevió a desmontar el detonador por entero, no vayamos a liarla… Empezaron a bajar algunas cajas y a abrir sus candados a golpes. Éstas estaban llenas de cargadores y municiones para las armas que habían encontrado en la otra sala. Había otras cajas con diversas indicaciones de peligro (“Caution! Handle with care!”) que decidieron no abrir, ya que el método que estaban empleando no era
precisamente “with care”. Una vez pertrechados, exploraron el resto del búnker, pero lo único que faltaba por explorar era la sala del oficial de guardia y una especie de “office” que había detrás, con una pequeña cocina, donde encontraron cubiertos, algunas conservas y latas de refresco caducadas. Finalmente, a alguien se le ocurrió registrar al esqueleto, encontrando un manojo de llaves. Ahora sí podrían abrir las cajas que les quedaban, “with care”. En ellas, bien protegidos entre embalajes, encontraron diverso material explosivo: cargas satchel para demoliciones menores, proyectiles antitanque, granadas, minas antitanque… con aquello se podría comenzar la cuarta guerra mundial… en caso de que la tercera acabara algún día. Con la moral por las nubes, decidieron que debían acabar con la amenaza que merodeaba por la base. Ahora tenían las herramientas necesarias. Pero eso sería al día siguiente. Por hoy, pasarían la noche en esta nueva guarida, bastante más segura. Se acomodaron allí y establecieron turnos de guardia. La noche transcurría tranquila hasta que durante el segundo turno, Eric creyó ver una sombra encaramada a una de las altas ventanas. Alertó rápidamente a los otros, pero no había nada allí. Al poco, oyeron a alguien trastear en la puerta, y más tarde emprenderla a golpes con ella, pero tras unos tensos minutos, el merodeador desistió. Pasaron el resto de la noche intranquilos.Por la mañana, se asomaron con cuidado. Había huellas en la nieve y comenzaron a seguirlas. Éstas entraban en el búnker de al lado cuya puerta, bajo un vestíbulo de hormigón, estaba cerrada. Una placa indicaba el uso que tuvo la instalación: “Centro de Mando”. El tipo de cierre de aquella puerta era como el de la armería, así que no habría manera de forzarlo, y las puertas parecían aún más recias. Además eran correderas, lo que dificultaría la labor de tumbarlas por la fuerza. Decidieron colocar una mina antitanque. Eric colocó el artilugio y se puso a cubierto (de hecho los otros dos ya estaban a cubierto en cuanto le vieron sacarlo de la mochila). La explosión hizo bastante ruido, pero sólo eso. La puerta había resistido estoicamente la explosión, y apenas un fino abombamiento quedaba en la puerta como único rasgo. Viendo el panorama, decidieron repetir la operación,
pero esta vez aparte de la mina que les quedaba, colocaron varias cargas satchel, y hasta un proyectil antitanque, todo allí amontonado. Activaron la mina y corrieron a cubierto. La detonación debió oírse en varias millas a la redonda, resquebrajó el hormigón del vestíbulo y consiguió abombar hacia adentro las hojas de la puerta lo justo para que, con mucho trabajo, entrara una persona delgada por aquella cavidad oblonga que, por su forma, pronto fue bautizada como el “chocho metálico”. Aún pensaban en esto cuando vieron salir a alguien del edificio quemado de hacía una semana. Estuvieron a punto de disparar primero y preguntar después, pero aquella figura femenina resultaba vagamente familiar… iba con ellos en la caravana. Era Rose (aunque últimamente prefería que la llamaran Patrizzia por ciertos marrones por Raccoon City). De alguna forma había conseguido encontrar la base y buscar refugio, sobreviviendo a base de carne de perro poco hecha. Se alegró de ver a sus compañeros (ilusa…).El grupo se acercó al “chocho metálico” . Era bastante estrecho, pero Patrizzia o un tipo esmirriado como Albert podrían pasar con algo de esfuerzo. Resultó que hizo falta algo más que “un poco” de esfuerzo, pero al rato los dos compañeros estaban dentro. El interior estaba revuelto y olía a humedad. Al igual que en la armería, en el techo, varios tubos fluorescentes aún funcionaban con no se sabe qué fuente eléctrica. La puerta daba a un pasillo que terminaba en una salida a la derecha, antes de la cual había un grueso cristal tras el que se podía ver un puesto de guardia con el escaso mobiliario tirado por el suelo junto con toda suerte de papeles y carpetillas de
archivo. Albert y Patrizzia se pararon a escuchar, pero no oyeron nada, así que inspeccionaron la entrada de la habitación, sin encontrar nada extraño en ella. La habitación era un pequeño vestíbulo del que salía una escalera hacia abajo. Se adentraron en él, pero por desgracia, Albert había agotado toda su suerte sobreviviendo la última semana, y no vio un finísimo hilo de nylon camuflado casi a ras de suelo. Al pasar sobre él, se activó una trampa explosiva que convirtió en pedazos a ambos compañeros.Randy escuchó la explosión desde fuera y se temió lo peor. Voceó a través de la abertura, pero no obtuvo respuesta. Corrió hacia la nave taller y volvió arrastrando un gato mecánico con el que entre él y Eric ensancharon la apertura. Dentro el panorama era desolador. Lo que quedaba de Albert y Patrizzia estaba desperdigado por un radio de diez metros (y en parte pegado a las paredes). Aquello era una pesadilla. Para hacerlo más dantesco, al instante vio entrar por el “chocho” a dos tipos gritando “¡No disparen, somos amigos!”. No sabía de dónde habían salido, pero ahora mismo estaba demasiado estupefacto para pensar en ello, y más cuando añadieron “¡Hay un tío enorme que ha salido de una boca de alcantarilla y viene hacia acá!”. Eric miró hacia la puerta y vio dos manazas que agarraban la abertura y comenzaban a intentar mover las puertas correderas. El grupo enfiló en tropel hacia las escaleras mientras Eric avanzaba hasta mitad del pasillo. Sacó dos granadas, les quitó el seguro, las lanzó a la apertura… y falló. Las granadas rebotaron en la puerta y rodaron por el pasillo de nuevo hacia Eric, que saltó en pedazos mientras pensaba “mierda…”. El resto del grupo no se pararon mucho a esperar a Eric; siguieron bajando a lo loco. Si había alguna otra trampa, ya se enterarían.
Mientras sus compañeros se lo pasaban en grande, Rick llevaba varios días en Raccoon City preguntándose qué habría sido de ellos. La caravana en la que partieron ya debería haber regresado, incluso con el temporal. Empezó a temerse lo peor. No tuvo que indagar mucho para que le llegaran rumores acerca de un asalto a la caravana. Una patrulla mixta de soldado y milicia saldría al día siguiente en dirección a Abilenne para tratar de averiguar algo, así que se presentó como voluntario y les convenció para encalomarse de mala manera. La tormenta había amainado bastante, de forma que los vehículos avanzaban sin demasiada dificultad. Cuando pasaron por al punto donde se produjo el ataque, no había rastro de nada, pero el olfato carroñero de Rick le decía que debió ser allí donde los interceptaron. El lugar era idóneo. Por desgracia el oficial al mando no lo encontró tan elocuente, de forma que siguieron adelante, y Rick tuvo que bajarse del convoy para poder seguir investigando por su cuenta y riesgo. No llevaba muchas provisiones (ninguna, de hecho ¿pa qué?), así que esperaba poder solucionar aquello rápido o tendría que comerse su escopeta. Tras más de media hora de camino siguiendo vagos indicios, desde una colina divisó unas instalaciones y supo que allí encontraría algo. Conforme se acercaba, escuchó dos explosiones que lo pusieron en alerta. Oteó desde la valla y vio a un tiparraco enorme vestido de militar tratando como un loco de abrir la pesada puerta de uno de los edificios. Al poco el tipo pareció darse por vencido y salió corriendo hacia otro de los edificios, momento que Rick aprovechó para cruzar a la carrera el recinto y colarse por la apertura por la que no había cabido aquel tipo. Dentro aún había luz eléctrica, así como diversos cadáveres hechos trozos y restos de alguna explosión. Mal rollo… Avanzó y oyó voces abajo chillando como locas alborotadas y supo que debían ser supervivientes de la caravana. Bajó las escaleras avisando de que no era enemigo, no le fueran a volar la cabeza. Abajo, encontró a varias personas, de las que sólo conocía vagamente a Randy. Cuando le pusieron al corriente de la situación, le pareció que igual no había sido buena idea salir de la ciudad. Aún estaba meditando eso cuando les llegó una voz por la escalera que preguntaba la típica estupidez: “¡¿Hola?! ¡¿Ha alguien ahí?!” Esto ya parecía una feria…
Robert Matteson se sentía frustrado. Llevaba tiempo buscando aquella base militar. Se suponía que estaba abandonada, pero por lo que podía avistar ahora, bullía de actividad. En los dos días que llevaba observando,
había visto a gente correr por el patio, y escuchado explosiones y tiros. Desde su posición le pareció ver también algunos cadáveres dentro del recinto. Lo bueno de actuar en solitario es que no tienes que repartir las ganancias con nadie… lo malo es que si al llegar hay un grupo más numeroso, te quedas sin nada. Aún así ahora se veía forzado a adentrarse allí. Había gastado demasiado combustible para calentarse y ahora su furgoneta estaba casi seca. Debía encontrar algo de diesel como fuera. Se adentró cautelosamente en el recinto y se dirigió a una explanada donde yacían diversos camiones oxidándose en la nieve. Estaba inspeccionando el depósito de uno de esos trastos cuando escuchó dos pequeñas explosiones en un edifico cercano. Corrió hacia la pared más próxima y pegó la espalda al edificio. Asomó un ojo por la esquina y vio a un soldado enorme correr hacia una nave cercana desde esa edificación. Dejó que el mastodonte se perdiera de vista y fue a inspeccionar de dónde había salido. Encontró una puerta blindada a medio abrir con una oquedad con forma lejanamente vaginoide, seguramente abierta mediante explosivos. Dentro se veía luz y olía a quemado. Buena y mala señal a la vez. Decidió aventurarse. Cruzó el umbral, avanzó por un pasillo y llegó a unas escaleras de las que subían voces. “¡¿Hola?! –preguntó- ¡¿Hay alguien ahí?!” Era obvio que sí, pero mejor ir tanteando…Allí, al pie de las escaleras, el grupo reunido parecía una banda de guerrilleros indigentes: todo armas y harapos. Los recién llegados eran Joe Michael Brown, uno de los guardias contratados en la caravana, y un tal Mickey, un tipo al que recordaban haber visto también a la caravana, pero cuyo papel en ella nadie tenía muy claro. Randy aún estaba poniendo al corriente a los nuevos (es decir: a todos) cuando oyeron un sonido chirriante venir de arriba. El mercenario pareció helado por un momento y al cabo dijo “¡Está usando el gato como palanca para abrir la puerta!”. Salieron corriendo por el túnel adelante pasando de largo ante un par de puertas, torcieron una esquina y el túnel se ensanchó formando una pequeña habitación de mantenimiento por cuyo techo discurría un entresijo de tuberías, la mayoría oxidadas. En uno de los laterales había varias taquillas herrumbrosas en las que encontraron tres trajes de pocero, varios cascos de obra y una linterna de dinamo. Más adelante, la habitación se estrechaba de nuevo en túnel, bajaba unos escalones y se adentraba en la oscuridad, de la que venía sonido de agua. Mientras el grupo saqueaba los equipos de pocero y debatían si adentrarse en el alcantarillado o no, Robert decidió dar buen uso del material que aquella gente habían conseguido. Con sus leves conocimientos sobre explosivos, colocó tres cargas satchel en los últimos escalones de las escaleras, cruzó cables de activación y los disimuló más mal que bien, esperando que en la penumbra no se vieran mucho. Randy tuvo la idea de complementar aquello derramando aceite sobre los escalones superiores del tramo. Un sonido más ronco les
indicó que su enemigo había conseguido mover las puertas y se estaba colando en el pasillo. Salieron de allí cagando leches y esperaron en la habitación de mantenimiento. Mientras, Rick y Mickey habían huido como ratas por la alcantarilla. El eco de sus chapoteos y la débil luz de la linterna les llegaba aún. Brown se había quedado allí a la expectativa. Esperaron unos tensos minutos hasta que oyeron unos pasos cautelosos bajar por las escaleras, peldaño a peldaño, muy despacio. Siguieron en silencio. Los pasos parecieron pararse, luego continuaron, más despacio aún, luego se pararon de nuevo. Robert aguzó el oído y le pareció oír manipular algo y pensó: “este cerdo ha encontrado mis trampas, pues ya le tengo”. Ni corto ni perezoso, sacó una granada y la lanzó al fondo del pasillo, a los pies de las escaleras y saltó a cubierto. Escucharon algo moverse al fondo del pasillo y luego la granada explotó. La detonación desencadenó otras tres explosiones y una enorme llamarada salió del pasillo invadiendo parte del cuarto de mantenimiento. Aquello habría mandado al traste media instalación si no hubiera estado hecha de hormigón armado.Mickey y Robert escucharon la fuerte explosión y avanzaron más deprisa por el túnel de alcantarillado. El agua les llegaba por la rodilla, y el túnel estaba lleno de todo tipo de restos de metal retorcido y oxidado, convirtiendo cualquier intento de correr por allí en un esguince o rotura de menisco casi seguros. Escucharon algo chapotear más adelante, enfocaron la linterna y vieron varios bultos oscuros nadando y ojillos que brillaban en la oscuridad. Robert pegó un par de tiros para ahuyentar a lo que fuera aquello y dieron media vuelta. Mejor moverse en superficie.
Se levantaron con los oídos pitándoles y salieron corriendo rumbo a las alcantarillas. Randy, Robert y Brown escucharon tiros provenientes de las alcantarillas, frente a ellos, y pensaron que algo iba mal. Puede ser que su enemigo hubiera vuelto a subir escaleras arriba, hubiera entrado por otro sitio y les estuviera dando caza allí abajo. En esos túneles desconocidos y sin luz serían presa fácil, así que decidieron volver a la escalera e inspeccionar el resultado de las explosiones. Con algo de suerte, aquello habría caído, aunque no esperaban ser tan afortunados. Llegaron a las escaleras, convertidas ahora en zona catastrófica. Todo lo que no era de hormigón armado estaba hecho pedazos desperdigado por todo el lugar, y restos del aceite de Randy ardían aún en varios sitios. Por suerte los muros y la zanca de la escalera habían resistido, así que podrían salir de nuevo por allí, trepando un poco. Pero cuando se disponían a hacerlo, comenzaron a rayarse ¿Les esperaba el troncho ése arriba de las escaleras? ¿Estaría apostado fuera del “chocho metálico”? ¿Estaría realmente tratando de rodearles?... ¿O estaría tras alguna de las dos puertas que no habían inspeccionado en el pasillo? Se quedaron un rato intentando escuchar, pero no oyeron nada, así que Brown decidió cerciorarse de que no había nadie allí. E
ntró rápidamente en la primera que encontró. Las luces no funcionaban, pero una pequeña lámpara de emergencia sumía la estancia en una penumbra amarillenta. Echó un rápido vistazo a lo que parecía una especie de enfermería o quirófano y vio un tipo enorme entre las sombras en un rincón. Era una emboscada y había caído de lleno. Levantó su pistola y disparó tan rápido como pudo… demasiado rápido para un arma mal cuidada; ésta se encasquilló. Brown se quedó estupefacto frente a aquello unos interminables segundos, y tal cual lo encontraron sus compañeros cuando entraron en tromba al oír los disparos. La sombra del rincón era una enorme camilla de silueta humanoide con correas para inmovilizar a pacientes poco colaborativos.Mientras se recuperaban del susto, oyeron pasos en el pasillo. Resultaron ser Robert y Mickey, que habían decidido volver con el grupo tras su periplo por las alcantarillas. Demasiados ojos brillantes mirándoles desde los túneles. No querían correr la misma suerte que Randy días antes. Cuando Rick vio que aquello era una instalación médica, se puso a registrarlo todo, y los demás siguieron su ejemplo, para no ser menos. Aparte de un bote de tranquilizantes caducados, no encontraron nada más de utilidad, así que se afanaron con un archivador que había allí. En él encontraron diversos historiales médicos del personal de la base, así como notas de progreso de un proyecto militar con el nombre en código de “Alfa-man”. Como ninguno de los presentes era un premio nobel, no se miraron mucho en detalles técnicos, algo sobre fortalecimiento de tejidos y chorradas por el estilo. La culturilla americana de pelis de ciencia ficción y los encuentros con el asaltante de los últimos días unieron las piezas por sí solas. Seguro que aquel tipo era un resultado medio torcido del mencionado proyecto. Inspeccionaron un poco más la zona y encontraron bajo un mueble una carpetilla tirada y cubierta de mugre. Otro expediente más, éste de un tal John Ronald. Comenzaron a leerlo mientras Robert ponía otras cargas explosivas, éstas a la entrada de la habitación de mantenimiento.
Las notas del dossier expresaban una muy buena respuesta al tratamiento en el tal Ronald, mejor que en el resto de sujetos. Y por las fotos, aquel soldado ya era un tocho cuando se presentó como voluntario, aunque no tanto como con el que se habían cruzado. Las últimas notas acababan con la interrupción del tratamiento a causa de la creciente inestabilidad mental del individuo, con episodios paranoia psicótica, trastornos de sueño y otras cosas desagradables que importaron poco a los presentes. Tras una lectura rápida, Rick sacó una valiosa conclusión: “ea, pues se llama John Ronald. Vamos a por él”.
Antes de subir en su busca se tomaron unos minutos para inspeccionar la otra puerta que daba al pasillo. Tras la puerta había una habitación oscura y parcialmente encharcada llena de consolas y monitores en diverso estado de deterioro, muchos de ellos sin pantalla, con un amasijo de cables asomando. En un ángulo seco de la habitación había un espartano camastro hecho con un colchón y diversas mantas raídas. Rebuscaron en el camastro en busca de cualquier cosa de valor (como todo despojo que se precie), pero sólo encontraron un brazo humano que aún no había empezado a pudrirse. Mejor no tocar en la despensa del bicho. Rick, Randy y Brown subieron por la escalera, mientras que Robert y Mickey decidieron adentrarse en las alcantarillas. Fuera, en la nieve había huellas y un rastro de sangre que iba hasta la armería, cuya puerta estaba cerrada. Rick corrió hasta ella y se puso a porracear la gritando “¡Sal, John Ronald! ¡Sal, que tenemos a tu hermana!” (¡¿?!). Mientras, Randy se había subido al tejado de la armería a tratar de localizar todas las bocas de alcantarilla del patio.
Cuando Rick se cansó de gritar, vio que había otro rastro de huellas que iba desde la armería hasta una de las rejillas de drenaje del patio, así que corrió hacia ella, la levantó, lanzó una granada a su interior y se apartó rápidamente. La detonación resonó por todos los túneles, convenciendo definitivamente a Mickey y Robert de que debían salir de allí cuanto antes. Tras el estallido, Rick decidió bajar por el pozo abajo, mechero en mano para alumbrarse, a ver si había “pescado” algo. Cuando llegó abajo, no había rastro de ningún cuerpo desmembrado, como le hubiera gustado. Avanzó un poco a la débil llama del mechero y vio varios pares de ojillos brillando en el límite de la penumbra. Pegó un par de tiros y los espantó, pero en cuanto avanzó un poco, ahí estaban otra vez, así que dio media vuelta, subió de nuevo por la escalerilla y salió al patio nevado.La armería estaba ahora cerrada, y la llave la tenía Eric, por lo que ahora estaría mezclada con la pulpa de éste y pegada a alguna de las paredes del centro de mando, o en cualquier rincón. El tipo aquél se había reabastecido y escondido, y seguramente les volvería a atacar cuando menos se lo esperaran, así que encomendaron a Rick la ardua tarea de inspeccionar los vehículos de la explanada y encontrar cualquier cosa que anduviera para poder largarse de allí. El vehículo menos oxidado era uno de los que habían visto dentro del garaje, así que comenzó su búsqueda por allí. Robert le acompañó. Mientras se decidía entre revisar un jeep sin motor o un camión sin ejes, oyeron un chapoteo bajo sus pies, y vieron que en el suelo de hormigón del garaje también había una rejilla de alcantarillado, así que Rick repitió la misma operación de la granada, pero esta vez no bajó a comprobar nada. Las reparaciones de aquellos trastos se averiguaban difíciles, pero por suerte para ellos cayeron en que seguramente la furgoneta de Robert, abandonada al otro lado de unas lomas, podría funcionar usando el aceite del hangar como combustible. El problema se reducía a transportar el combustible hasta el vehículo. Así que salieron de allí a toda prisa a contar el plan al resto.

Randy no paraba de dar vueltas por el tejado de la armería, vigilando cada rejilla del patio, atento a cada sonido metálico que pudiera oír. Brown se le había unido y Mickey estaba subiéndose a la cubierta del centro de mando, cuando llegaron Rick y Robert con el plan, pero no tuvieron mucho tiempo para explicar nada, porque una de las rejillas del patio, cercana a las cocinas, se abrió violentamente y el presunto “John Ronald” salió de allí pegando tiros. Se pusieron todos a cubierto rápidamente. Los que estaban en los tejados se agazaparon tras el reborde, Robert dobló una esquina para parapetarse y poder trepar también a posición segura, y Rick se ocultó tras el edificio almacén. Comenzaron todos a disparar (salvo Mickey, que el centro de mando no tenía ángulo, y Robert, que estaba teniendo dificultades para trepar). La falta de profesionales se notó un poco en la andanada, pero antes que exponerse a una lluvia de plomo, su enemigo también prefirió buscar cobertura. Se parapetó en una de las esquinas del almacén, por el lado opuesto a Rick. Cuando carroñero percibió esto, decidió usar las dos granadas que le quedaban. Comenzó a rodear el edificio mientras el resto intercambiaban tiros. Se asomó a la siguiente esquina y vio al final del edificio al soldado tamaño jumbo del que le habían hablado disparando y parapetándose. Quitó el seguro a las granadas y trató de avanzar en silencio para ponérselas bajo el culo, pero en uno de los giros el tipo le vio, así que le lanzó las granadas como pudo y salió pitando escuchando la explosión y disparos tras de sí pero sin pararse a comprobar mucho el resultado. Llegó a la siguiente esquina y la dobló con algunas balas ya metidas en el cuerpo y el otro persiguiéndole. Corrió cuanto pudo hasta la siguiente base y sus compañeros le vieron salir torciendo la esquina y chorreando sangre.
El tiparraco también torció la primera esquina, entrando finalmente en el campo de tiro de Mickey, aunque éste no era muy ducho y apenas conseguía acertarle. Sin embargo, el aspecto de aquel mastodonte ya comenzaba a ser lamentable: su uniforme militar estaba hecho jirones en algunas zonas, y dejaba a la vista algunas placas de keblar que habían sufrido un excesivo castigo. Rick hizo acopio de fuerzas, sacó su escopeta y saltó desde la esquina disparando en el aire. Rick nunca fue un grana acróbata, de modo que el salto no fue muy espectacular, y el disparo en vuelo no pasó ni cerca de su objetivo, el cual contestó ametrallando a Rick en el suelo y dejándolo al borde de la muerte, pero se mantuvo consciente gracias a la mala hostia que rezuman los carroñeros en estos casos. Se arrastró de nuevo tras la esquina. Si para Rick iban mal las cosas, para su oponente no parecían ir mejor. Mickey consiguió un tiro de suerte dejándole el casco colgando y la cabeza sin protección, mientras Robert, que al fin había logrado trepar a la armería, ahora no veía nada, así que se cagó en todo mientras bajaba de nuevo para encaramarse al otro edificio. Randy y Brown tampoco tenían visibilidad, de modo que el mercenario se quitó el cinturón con las granadas y explosivos que le quedaban, lo hizo girar, y se lo lanzó a Rick. Éste lo cogió, activó una de las granadas y lo lanzó por encima del edificio hacia donde más o menos estaba el cabrón de Ronald. El tiro no fue muy bueno, pero tampoco hizo falta más; la onda expansiva combinada y la metralla hicieron caer a pobre diablo cuan largo era. Y ni bien había caído, todo el grupo comenzó a bajar de los edificios y a correr hacia el cadáver para saquearlo, mientras Rick, postrado en un charco de sangre, y con medio kilo de plomo en el cuerpo gritaba “¡Dejadme a mí algo, cabrones!”