viernes, 9 de septiembre de 2011

Días extraños


Joe y Mark estaban bastante malheridos, así que los mantendrían en el hospital una semana o así. Mientras Randy y Slayer tanteaban el terreno para recuperar las armas que había bajo las alcantarillas. El ejército había taponado todas las salidas y mantenía a dos guardias en la puerta de la comunidad de obreros. Hablaron con Emilio para ver si podían bajar de alguna manera, pero el agujero de la planta baja había sido bien tapiado, y los respiraderos de otras plantas están tapados con una chapa claveteada, desde la planta baja a la azotea. Aquello se planteaba difícil.


Slayer se fue a echarle un vistazo al parque móvil de la pandilla para ver si podía repararlos mientras Randy decidió entrar en el gremio de mercenarios. Pasó las pruebas más o menos bien, y a lo largo de esa semana fue escuchando qué se rumoreaba: las caravanas de Abilene volvían a ser atacadas, como hacía un par de meses, así que en el gremio de mercenarios se asumía que era cuestión de días que el gremio de comerciantes ofreciera una recompensa por los bandoleros.

Al final de la semana salieron Joe y Mark más o menos curados, y decidieron cobrarse su trabajo viviendo en el bloque con los obreros. Los acomodaron en la habitación de la nevera, donde por la noche se oían ruidos, pero poco más. Durante esa semana tantearon conseguir un soldador y algunas herramientas, que Slayer necesitaba para reparar el jeep. En el mercado consultaron a Sameh, que los mandó a un tipo llamado Buck. Buck tiene una especie de aborto de garaje al final de la zona del mercado. No repara nada, pero sabe dónde y cómo conseguir herramientas para la profesión. Por 3000 pavos podía conseguirles el soldador, si le enseñaban la pasta.

Los días eran rarunos. Había comida, pero pocas cosas en el mercado. A Sameh no le quedaba munición que vender, y la “selecta clientela” se le agolpaba protestando mientras él se quejaba de que no le quedaba nada por que últimamente todo el mundo estaba haciendo acopio y la caravana que tenía que llegar se había vuelto a perder por el camino.

El grupo decidió que no pensaba ir a ningún lado sin sacar las armas que encontraron en las alcantarillas bajo el edificio. Decidieron que deberían entrar por el alcantarillado nuevo y usar explosivo para volar una de las rejillas y acceder al trazado más antiguo. El único que sabía algo de explosivos era Mark, y Slayer se ofreció a guiarlo. La reja estaba a unos 5 m de alto. Aupándose uno en el otro, Marc consiguió colocar el explosivo, pero al activar el detonador aquello no explotó. Lo examinó con cierto miedo. Pidieron una escalera y lo miró más de cerca. Uno de los cables del detonador se había salido. Prefirió no tocarlo más y ponerle una Claymore al lado. El cable de activación de ésta era bastante más corto, y la tuvo que activar peligrosamente cerca de aquellos. Casi por suerte para él, colocó tan mal la mina que al tirar de ella se desprendió y cayó al agua, así que repitió la operación. Empalmando dos cables de activación, se alejó un poco más y por fin voló la maldita reja. Sordo perdido, Mark trepó al agujero y le explicó por mímica a Slayer que fuera a por los otros dos. Se quedó allí hasta que Slayer volvió con Randy. Los tres vagabundearon por la antigua madriguera de caníbales hasta que encontrarn su tesoro.

Los cajones estaban donde los dejaron, y había un buen arsenal, que tuvieron que ir arrastrando como hormigas hasta la reja agujereada, y bajándolos al nivel del alcantarillado nuevo. Por fin los trasladaron hasta la boca de salida de la calle y allí, de noche, las recogieron con el camión.

Después de esto decidieron quedarse a vivir con los obreros hasta completar la semana, y así ir haciendo acopio de raciones de comida enlatada. Al segundo día que estaban allí haraganeando, la noticia se hizo oficial: el gremio de comerciantes ofrecía 6000 pavos para quien acabara con los bandoleros y trajera pruebas de ello, y adicionalmente, podría quedarse con cualquier mercancía que recuperaran. Algunas bandas de carroñeros, mercenarios y otros oportunistas se aventuraron a los yermos ese mismo día. El grupo decidió que se lo iban a tomar con calma y a terminar la semana, mientras hacían una lista de pertrechos que creían que necesitarían allí fuera.

Después de una semana, sólo habían conseguido alguna de las cosas, y al menos Randy había pillado algo de munición en la armería del gremio, así que cogieron el camión y una de las motos, pidieron combustible en adelanto a nombre de Joe, Randy, Mark y ¿Slayer? (lo que quiera que ponga en su tarjeta ID) Y salieron a los yermos nevados como una expedición carroñera más. Cogieron por la interestatal 20 hacia el Oeste, rumbo a Abilene.

Desfasando en la autovía:

Por el camino Slayer iba en la moto, algo adelantado, oteando la llanura cada vez que había algún alto (cambios de sentido, etc). El avance era lento, por los más que posibles problemas en la carretera, que tenía partes hundidas y socavones, pero de momento no habían encontrado problemas.

Al caer la tarde, desde un alto de la vía Slayer divisó un vehículo. El camión se quedó en el alto y Slayer se adelantó en solitario con la moto. Cuando lo tuvo más cerca vio que eran carroñeros en una camioneta. Su intención era cruzarse con ellos y echarles un vistazo, pero éstos, viendo un blanco fácil se le echaron encima al tiempo que abrían fuego. Slayer consiguió esquivarlos y recibir sólo un rasguño, pero el camión dio la vuelta y se lanzó en su persecución. Joe, viendo el percal desde su posición, arrancó y aceleró en pos de los carroñeros.

El camión de los carroñeros era más rápido de la moto y comenzó a darle alcance. Slayer decidió salir de la carretera por un hueco en el quita miedos. Saltó la cuneta con su montesa y aceleró campo a través. Los carroñeros se pararon al borde de la carretera y dispararon mientras Slayer avanzaba por el campo. Recibió un tiro directo en la espalda, pero aguantó sobre la moto. Mientras, Joe había puesto el camión a todo lo que daba y se acercaba al lugar del tiroteo pisando a fondo, directo a la camioneta carroñera, que está atravesada en la autovía, con su tripulación concentrada en Slayer.

A más de 150 Km/h y a unos 200 m de los carroñeros, Joe tiró por la ventanilla su rifle y la caja de granadas. Randy se puso blanco cuando vio lo que pretendía el carroñero, así que abrió la puerta y saltó en marcha. Joe hizo lo mismo, pero Marc, que iba sentado en medio, no tuvo tiempo. Los carroñeros miraron con cara de espanto lo que se les venía encima, pero sólo uno de ellos consiguió saltar a tiempo y rodar a salvo. El resto estaban condenados.

El camión grúa impactó contra el otro vehículo convirtiéndose los dos en un amasijo de hierro. Marc salió despedido por el parabrisas por el impacto, con la mitad de los huesos rotos, voló unos 20 metros y se rompió el resto de huesos en el aterrizaje, tras lo cual le cayó encima un trozo del camión, convirtiendo al cadáver del mercenario en un charco rojo sobre la nieve. Trozos de cuerpos, metal, ruedas y cristales quedaron esparcidos a lo largo de más de 20 metros. Joe quedó malherido en la caída, pero se mantuvo consciente mientras se desangraba. Randy en cambio había conseguido caer y rodar más o menos bien y la nieve había amortiguado la caída. Aunque estaba como si le hubieran dado una paliza, seguía operativo. Slayer se quedó mirando aquello con la boca abierta.

El carroñero que se salvó de la quema abrió fuego, haciendo Randy y Joe lo propio. Tras un breve intercambio le volaron la cabeza.

Slayer se acercó a la zona cero, donde el combustible comenzaba a arder. Pronto el humo y el vapor de nieve derretida formaron una enorme columna negruzca en mitad de la llanura. De pronto comenzaron a oír disparos y las balas volaron en todas direcciones. Se pusieron a cubierto, pero no había atacantes; era la munición que quedaba en los camiones, reventando con el fuego. Cuando acabó la traca, se acercaron a calentarse un poco mientras se echaban las culpas sobre aquel destrozo. Joe dijo que era culpa del negro por acercarse en solitario a los carroñeros. En cambio Slayer pensaba que lo de estamparse contra un camión pisando a fondo no fue buena idea desde el principio.

Ya era de noche cuando escucharon motores que se acercaban. Se apostaron en la cuneta y vieron dos camionetas con gente que llegaron al lugar del accidente y se pararon, encendieron un foco y comenzaron a barrer la zona, descubriendo a Randy. Le obligaron a levantarse, soltar las armas y casi despelotarse para asegurarse de que no llevaba nada más. También vieron a los otros, y les obligaron a lo mismo. Joe insistió en que no podía levantarse por que estaba herido. Le dieron una primera ráfaga de advertencia, y Joe respondió malhiriendo a uno de un tiro, así que todos abrieron fuego y el carroñero fue fusilado en la cuneta. Viendo aquello, Slayer no opuso resistencia.

Llegaron otros dos camiones. Randy y Slayer fueron despojados de todo, atados de pies y manos con bridas y encapuchados, pero antes vieron cómo aquellos carroñeros o lo que fueran, remataban a su compañero herido y lo echaban al otro camión, mientras recogían los cadáveres y cualquier cosa medio útil que vieran y también la cargaban. Aquellos no parecían carroñeros al uso. Un carroñero al lado de ellos aún tendría un toque de civismo que éstos no tenían.

El viaje fue largo y frío en la caja de la camioneta. Los compañeros oyeron cómo se echaban a suerte sus abrigos, sus botas y su equipo y debatían sobre si deberían matar al negro por que no les darían nada por uno herido, pero Slayer se hizo el duro e insistió en que estaba bien. Se llevó un par de patadas en la boca, para comprobarlo, pero al menos no lo mataron. Sintieron cómo el camino se hacía más accidentado y en algún momento comenzaron a subir una empinada cuesta. Luego entraron en algún sitio, a juzgar por la acústica, los bajaron como sacos y los tiraron al suelo. Slayer sintió cómo le manipulaban la herida, que le dolía bastante. Esperaba que se la estuvieran curando, aunque igual podrían haber estado haciéndole otra mayor, por el dolor que sintió.

Cuando los dejaron solos, Randy consiguió quitarse la capucha y pasar las manos hacia delante. Parece que estaban en una cueva natural. Se veía algo de luz anaranjada a lo lejos y escuchaba de vez en cuando goteo de agua por otro lado. Buscó una piedra afilada y comenzó a limar lentamente la brida de sus manos hasta que logró romperla. Al rato escucharon pasos y Randy volvió a tenderse y a colocarse la capucha. Trajeron a otro tipo en similares condiciones, y estaba herido. Cuando el guardia se fue, Randy siguió su labor.

Al cabo del rato trajeron a patadas a una mujer y el guardia la obligó a que curara al recién llegado. No supieron muy bien lo que hacía, pero parece que el tipo dejó de quejarse un poco. Luego la hicieron que curara al negro. Slayer apenas sintió que lo tocara, pero la herida empezó a dolerle mucho menos, y una extraña sensación de paz y optimismo lo embargó. Luego el guardia se llevó a la tía de los pelos, y aquella placentera sensación se fue desvaneciendo mientras oía cómo Randy había reanudado su tarea con las bridas de sus pies. El mercenario no se rendía.
Cuando consiguió liberarse, convenció a los otros de que hicieran lo mismo, lo cual les llevó lo que pareció una eternidad, teniendo que interrumpir la tarea cada cierto rato por que los guardias siempre mandaban a alguien para que controlara que seguían en su posición. Slayer consiguió liberarse también, y al tercero, un tipo llamado Matt, sólo le quedaba cortar las de sus pies, cuando tuvieron que interrumpir otra vez la labor por la visita de otro guardia. Esta vez el tipo sospechó algo. Giró el cuerpo de Matt y vio que tenía las manos libres. En ese momento Matt agarró una piedra y se la estampó en la cara, mientras Randy le pegó otro pedruscazo en el lomo. El tipo intentó disparar como pudo su M16, pero se comió dos golpes de piedra más que lo dejaron frito. Rápidamente saquearon al tipo y le cortaron el cuello. Le quitaron las botas, el cuchillo, el rifle y sus collares de cadenas y huesos. Con la linterna vieron que estaban en una especie de cavidad en una cueva, con dos salidas.

Los compañeros del tipo empezaron a llamarle, y escamados por la ausencia de respuesta se aprestaron a acudir. Oyéndolos, Randy, Slayer y Matt decidieron largarse por la segunda salida, por la que no vienen los pasos. Avanzaron por un pasadizo que se iba achaparrando hasta que había que pasar agachado. El pasadizo terminaba en un pequeño estanque subterráneo de techo abovedado por cuyas paredes rezumaba agua. Al otro lado del agua se distinguía una apertura. Se lo pensaron un instante y se lanzaron al agua. El estanque apenas tenía medio metro de profundidad. Llegaron al otro lado y la oquedad daba a otro túnel, al final del cual había otra estancia cavernosa que se extendía hacia la izquierda y con una salida a la derecha. Por la izquierda el techo descendía hasta que había que pasar arrastrándose. Decidieron ir por ahí. Arrastraron la barriga por el lecho de rocas hasta que el techo comenzó a oprimirles. Por suerte un poco más adelante el techo volvía a ascender y pudieron gatear. Estaban en otra caverna y sus perseguidores les pisaban los talones. Balas y murciélagos revoloteaban a su alrededor. La única salida era un estrecho orificio por donde parece que entraban y salían los bichos. Matt trató de colarse por él pero quedó atascado. Los secuestradores consiguieron herir a Slayer (otra vez). Matt era incapaz de salir de ahí, así que Randy lo empujó a la fuerza. La columna de Matt crujió, pero consiguió caer al otro lado, una gran estancia donde había, oh sorpresa, dos camionetas.

Las habilidades de contorsionismo de Randy y Slayer eran algo mejores y consiguieron pasar por el agujero sin descoyuntarse nada. Cuando el negro vio las camionetas empezó a puentear una, mientras Randy exploraba una de las salidas de la estancia y Matt registraba la trasera de los vehículo, donde encontró un par de escopetas, una red y algunas bridas. Ahora estaban todos armados.

Randy vio que la estancia era contigua a donde los tenían capturados. Habían dado una vuelta en círculo. Uno de los secuestradores apareció por el agujero y acribilló el coche en el que Slayer trataba de hacer un puente. Aún así el negro siguió intentándolo. Matt se adelantó en la penumbra por otra salida, y cayó en una trampa, una zanja con estacas disimulada con una red de camuflaje y alguna gravilla, quedando ensartado e inconsciente.

Con la segunda ráfaga, Slayer se dio cuenta de que puentear aquel pick-up iba a ser “pa na”, así que salía a intentarlo con el otro cuando el tipo que le disparaba medio atascado desde el agujero cometió la idiotez de decir “mierda, me he quedado sin balas”. Slayer no tuvo más que acercarse y volarle la cabeza con la escopeta.

Randy fue en pos de Matt, y vio lo que le había pasado, pero en ese momento estaba centrado en encontrar a la mujer que les había curado antes. Llegó a una cavidad en la que había un fuego y una partida de póker a medias. Rapiñó los dos pavos que había en juego y siguió avanzando. Encontró un camastro con la chica atada. Junto al fuego había una botella de algo. La rompió y con eso cortó las ataduras.

Cuando por fin Slayer arrancó la camioneta, el guardia que quedaba apareció y trató de acribillarlo, fallando estrepitosamente. El negro metió gas y consiguió embestirlo de refilón, pero el tipo salió vivo, así que volvió a disparar, pero no era su día. El negro dio marcha atrás y esta vez le pasó por encima. Al bajarse vio a su lado una zanja con estacas y a Matt pinchado en ellas. Lo sacó de allí como pudo mientras Randy volvía con la curandera. Estaban reagrupados y con la salida a la vista, así que Randy se aventuró por un pasadizo por el que aún no había mirado. El pasadizo daba a un túnel que se alargaba y estrechaba hasta que había que pasar casi de lado. Avanzó tan sigiloso como pudo y más adelante escuchó al menos dos voces conversando, aunque no consiguió distinguir qué decían. Demasiadas emociones por hoy. Retrocedió y se encontró con sus compañeros a la salida de la cueva.

La salida estaba en lo alto de un risco y daba a un camino escarpado que descendía serpenteando por la ladera. Volvía a nevar.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Intro temporada 3


Casi ocho meses de crudo invierno por delante no animan mucho.
Tras unos días sin cortes en el racionamiento, la población parece más calmada, pero es una calma extraña. Hasta los predicadores callejeros parecen estar más callados que nunca. Una calma tensa reina en la ciudad mientras los últimos yonkis siguen sacándose los ojos buscando en vano un suministro de "mierda azul". Su frustración morirá con ellos, no así la de muchos otros que se lucraban sin consumirla. Alguien ha matado su gallina de los huevos de oro, lo cual no ha sentado muy bien a más de uno.

Cuando no es una cosa es otra. Vuelve a haber comida, pero ahora escasean el resto de cosas en el mercado. El plomo y los repuestos empiezan a ser más caros que la comida e incluso que el combustible.

En algún oscuro rincón de la ciudad, alguien se lame las heridas mientras masculla su venganza... "fueron ellos... me lo quitaron todo. Los matareee, losss matareeee...". Un curandero toca la tierra y siente que algo no va bien. El tumor se ha ramificado de forma silenciosa. Todo el mundo lo ve, pero mira para otro lado. Un mecánico termina la última soldadura a la luz de varias antorchas y admira su obra. "Deben haber husmeado algo -piensa-, o no habrían encargado algo así".

El frío y las sombras se ciernen una noche más sobre Raccoon City, y varios despojos en un almacén recuentan el botín de su último golpe y deciden qué hacer con él, mientras en la oscuridad unos ojillos porcinos observan la luz que sale por debajo de la puerta.