domingo, 7 de julio de 2013

Fuego y caníbales



Se presentaba una noche larga de descanso para los heridos que venían de las últimas refriegas y la recolección de ratas para parrillar, y todo iba bien hasta que Slayer, que hacía guardia en la helada azotea, acertó a entrever unos bultos moviéndose entre las sombras de la calle.

PIRIPIRI! PIRIPIRI!

Todos se levantaron con cara de perros asesinos, al sonar el puto walkie talkie, que en la noche silenciosa de la destrozada ciudad parecía la maldita alarma de un coche a todo volumen. Slayer comunicó al resto lo que había visto, y corrieron a mirar por las ventanas con cuidado y a tomar posiciones estratégicas en las escaleras. ¿Es que ni una puta noche podían dormir tranquilos en aquel jodido mundo?... Todos aquí conocemos la respuesta...

Los desgraciados pasaron el resto de la noche helándose los culos en la azotea, en los descansillos de las escaleras, apostados en ventanas, y al final no ocurrió nada. Con la primera claridad que penetró por la grieta y se vertió como un manto sobre aquellos destrozados restos de lo que fuera una ciudad, vieron como un grupo de unos ocho esclavistas llevaban una fila de prisioneros atados por las calles. El grupo decidió que era poca ventajosa la situación que se les presentaba como para salir a cortarles el paso. Aun así, y con solo Slayer vigilando desde el resquicio de una ventana oculto por el camuflaje que la madre naturaleza le dio al nacer, vio como uno de los esclavistas abandonaba el grupo, se rezagaba y miraba hacia el edificio que usaban como base. Al rato se reunió con el resto y se movilizaron de nuevo perdiéndose entre las calles y la niebla.

El grupo rápidamente se pertrechó y salió con un plan en mente: apostarse en el lugar para esperar al próximo intercambio y abatirlos a todos entre la confusión. Avanzando con cuidado y los sentidos puestos en cada montón de escombros y cada ventana, llegaron hasta la zona que ya conocían como “la verja”. Un puñado de coches, algunos más en el esqueleto que otros, un garaje, algunos edificios bajos, un montón de escombros, y un alto edificio de seis plantas, y se repartieron posiciones estratégicas.

Marcus con el Remington 700p en la azotea del edificio de oficinas, Slayer y Praia en el mismo edificio en la planta 3, Mickey y Randy en el aparcamiento, con la escalera de incendios bajada como ruta rápida de acceso al edificio. Transcurrió el día, mas tranquilos para unos que para otros, como Mickey y Randy, que de cuando en cuando, mantenían alejadas a las vigilantes ratas a pedradas.

Las horas pasaron, y la nieve se acumulaba ya sobre la cabeza y los hombros de los pacientes miembros del grupo, que esperaron en vano que se diera el intercambio. Comenzó a caer la noche y decidieron pasarla en el edificio de oficinas, en la planta alta, haciendo guardias dobles. Mickey, apostado bajo una mesa y vigilando directamente las escaleras, escuchó pasos, y vio de repente varios pies que avanzaban. Se asomó y abrió fuego. La ráfaga barrió la entrada de las escaleras, despertó al resto del grupo y alarmó a Randy que hacia guardia en otra cara del edificio.


Los tipos aquellos iban vestidos con harapos, dientes puntiagudos, y armados con palos mientras se abalanzaban por encima de la mesa sobre Mickey. Slayer salió del despacho donde estaba el resto del grupo que no hacia guardias y corrió hasta una mesa, desde la que abrió fuego contra la masa de harapientos que golpeaban a su compañero. Randy corrió junto a él uniéndose a los disparos, alumbrando con la linterna aquel batiburrillo de golpes, dentelladas y gritos. Praia salió rodando sobre misma y se unió a lo que ya para entonces era una fiesta, y Marcus comenzó a ponerse su armadura de neumáticos y chapas.

Mickey se levantó como pudo, hizo a un lado a los salvajes y corrió hacia un despacho, que trato de mantener cerrado. Los harapientos se abalanzaron sobre la puerta, golpeándola, abriéndola y echándose de nuevo encima de Mickey, que maldecía ya su perra suerte. Praia estaba allí, casi en mitad de la estancia, cuando mas salvajes aparecieron de las escaleras y la aferraron, levantándola entre todos y huyendo escaleras abajo con el resto del grupo de mugrientos, que habían dejado a Mickey por una presa más asegurada. Huyeron en desbandada por las escaleras, con el grupo detrás disparando y abatiendo a cuantos podían, hasta que el número de bajas les hizo soltar a la chamana.

Al llegar a la planta baja, la escalera comenzó a temblar, aunque para entonces, ya solo quedaban un par de aquellos asquerosos salvajes que huyeron en la oscuridad. Mickey y Randy tomaron posiciones en el recibidor, tras el mostrador de información, mientras el resto subía a recuperar las cosas que se habían dejado. El grupo se separó por un buen rato, y al final bajaron por la escalera de incendios y se reunieron todos frente al edificio. Debatían sobre en qué edificio cercano refugiarse a esperar y continuar la emboscada, y curando las heridas que Mickey y Praia tenían. Eligieron un de planta baja, que daba directamente al agua por uno de sus lados, y justo en ese momento escucharon vocerío que venía calle abajo, ruido armado por lo que consideraron un numeroso grupo. Rápidamente se metieron al edificio, que pasado el arco de la entrada se abría a un patio interior. Marcus, Mickey y Randy corrieron hacia la azotea para tener buen ángulo ventajoso de tiro, y Praia y Slayer se metieron en uno de los pisos. La horda de salvajes llegó, se abalanzó por el pasillo de la entrada y entonces Praia invocó un muro de fuego que cerró aquel acceso. Los que el fuego había sorprendido, corrieron como animales y saltaron por la ventana desde la que Slayer hacía fuego. Arriba, Marcus y Mickey los tiroteaban, mientras Randy vigilaba el hueco de la escalera.

Praia invocó otro muro de fuego en el pasillo de entrada del piso, y las paredes comenzaron en poco a calentarse, los restos de muebles prendieron y la casa se fue convirtiendo en un infierno. Slayer saltó por una ventana al patio y lo atravesó como una exhalación, metiéndose en uno de los apartamentos del lateral del arco de entrada del edificio. Praya lo imitó, pero atravesó el patio en diagonal y se perdió por aquel extremo del sitio. Marcus, Mickey y Randy, salieron al patio corriendo, saltaron por una ventana de la parte de enfrente, abrieron puertas a empujones sin parar de correr, dormitorio, pasillo, despacho, ventana, aire frío y asfalto bajo sus botas. Parecía que todos habían logrado escapar, si no fuera por que cada uno del grupo llevaba detrás pisándole los talones a algunos salvajes.

Praya había atravesado habitaciones, pasillos y escaleras, hasta llegar a la azotea, donde sin dudar un solo instante saltó al vacío, y conjurando el poder del viento, comenzando a caer lentamente como uno de aquellos copos de nieve radiactiva, gracias a un conjuro de caída de pluma, dejando bastante pasmados al nutrido grupo que le seguía de cerca. Marcus, Mickey y Randy corrían hacia el aparcamiento, y se giraron para acribillar a sus perseguidores, cuando una chamana con muy mala hostia y peores modos aterrizaba suavemente justo tras ellos. Si hubieran tenido cigarros, se les habrían caído al unísono.

Superada aquella sorpresa, dispararon contra los salvajes, que se enzarzaron contra Praya golpeándola. Randy se metió en la pelea a culatazos, con tal de no fallar ningún tiro y volarle la cabeza a la chamana, quien cuando se vio libre de las atenciones de los harapientos, corrió detrás de Marcus y Mickey. Slayer, también había tenido su carrera nocturna con perseguidores. Había salido por la parte frontal del edificio y, perseguido por salvajes, había girado y se había metido en el edificio de oficinas, girando de nuevo a la izquierda, y metiéndose en un pequeño despacho del que salió por un ventanal y corrió hacia un par de haces de luces y los fogonazos de los disparos. Solo sus compañeros podían estar montando aquella fiesta.

El resto vio llegar al pandillero que a modo de saludo gritó “¡traigo unos pocos detrás!” y se unió a la refriega. Para entonces, el nutrido grupo que se había quedado con un palmo de narices en la azotea, había vuelto a bajar y llegaba a la carrera con ávidos y salvajes gritos. Randy se apartó de un empellón de los que se le echaban a cada paso encima, y lanzó una granada hacia los últimos que llegaban. La explosión los lanzó a todos por los aires y a los mas desafortunados los partió en trozos. Mientras Praya curaba a sus compañeros, Marcus, Mickey y Slayer abatían a los últimos de aquellos asquerosos salvajes. Se reunieron y decidieron largarse de allí a toda hostia mientras el edificio donde habían pasado la noche ardía como una tea a sus espaldas, iluminando las negras aguas y las calles oscuras. Había sido una noche más para aquellos despojos.

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