Se presentaba una noche larga de descanso para los heridos que venían
de las últimas refriegas y la recolección de ratas para parrillar, y
todo iba bien hasta que Slayer, que hacía guardia en la helada azotea,
acertó a entrever unos bultos moviéndose entre las sombras de la calle.
PIRIPIRI! PIRIPIRI!
Todos
se levantaron con cara de perros asesinos, al sonar el puto walkie
talkie, que en la noche silenciosa de la destrozada ciudad parecía la
maldita alarma de un coche a todo volumen. Slayer comunicó al resto lo
que había visto, y corrieron a mirar por las ventanas con cuidado y a
tomar posiciones estratégicas en las escaleras. ¿Es que ni una puta
noche podían dormir tranquilos en aquel jodido mundo?... Todos aquí
conocemos la respuesta...
Los desgraciados pasaron el
resto de la noche helándose los culos en la azotea, en los descansillos
de las escaleras, apostados en ventanas, y al final no ocurrió nada. Con
la primera claridad que penetró por la grieta y se vertió como un manto
sobre aquellos destrozados restos de lo que fuera una ciudad, vieron
como un grupo de unos ocho esclavistas llevaban una fila de prisioneros
atados por las calles. El grupo decidió que era poca ventajosa la
situación que se les presentaba como para salir a cortarles el paso. Aun
así, y con solo Slayer vigilando desde el resquicio de una ventana
oculto por el camuflaje que la madre naturaleza le dio al nacer, vio
como uno de los esclavistas abandonaba el grupo, se rezagaba y miraba
hacia el edificio que usaban como base. Al rato se reunió con el resto y
se movilizaron de nuevo perdiéndose entre las calles y la niebla.
El
grupo rápidamente se pertrechó y salió con un plan en mente: apostarse
en el lugar para esperar al próximo intercambio y abatirlos a todos
entre la confusión. Avanzando con cuidado y los sentidos puestos en cada
montón de escombros y cada ventana, llegaron hasta la zona que ya
conocían como “la verja”. Un puñado de coches, algunos más en el
esqueleto que otros, un garaje, algunos edificios bajos, un montón de
escombros, y un alto edificio de seis plantas, y se repartieron
posiciones estratégicas.
Marcus con el Remington 700p
en la azotea del edificio de oficinas, Slayer y Praia en el mismo
edificio en la planta 3, Mickey y Randy en el aparcamiento, con la
escalera de incendios bajada como ruta rápida de acceso al edificio.
Transcurrió el día, mas tranquilos para unos que para otros, como Mickey y
Randy, que de cuando en cuando, mantenían alejadas a las vigilantes
ratas a pedradas.
Las horas pasaron, y la nieve se
acumulaba ya sobre la cabeza y los hombros de los pacientes miembros del
grupo, que esperaron en vano que se diera el intercambio. Comenzó a
caer la noche y decidieron pasarla en el edificio de oficinas, en la
planta alta, haciendo guardias dobles. Mickey, apostado bajo una mesa y
vigilando directamente las escaleras, escuchó pasos, y vio de repente
varios pies que avanzaban. Se asomó y abrió fuego. La ráfaga barrió la
entrada de las escaleras, despertó al resto del grupo y alarmó a Randy
que hacia guardia en otra cara del edificio.
Los
tipos aquellos iban vestidos con harapos, dientes puntiagudos, y
armados con palos mientras se abalanzaban por encima de la mesa sobre
Mickey. Slayer salió del despacho donde estaba el resto del grupo que no
hacia guardias y corrió hasta una mesa, desde la que abrió fuego contra
la masa de harapientos que golpeaban a su compañero. Randy corrió junto a
él uniéndose a los disparos, alumbrando con la linterna aquel
batiburrillo de golpes, dentelladas y gritos. Praia salió rodando sobre
misma y se unió a lo que ya para entonces era una fiesta, y Marcus
comenzó a ponerse su armadura de neumáticos y chapas.
Mickey
se levantó como pudo, hizo a un lado a los salvajes y corrió hacia un
despacho, que trato de mantener cerrado. Los harapientos se abalanzaron
sobre la puerta, golpeándola, abriéndola y echándose de nuevo encima de
Mickey, que maldecía ya su perra suerte. Praia estaba allí, casi en mitad
de la estancia, cuando mas salvajes aparecieron de las escaleras y la
aferraron, levantándola entre todos y huyendo escaleras abajo con el
resto del grupo de mugrientos, que habían dejado a Mickey por una presa
más asegurada. Huyeron en desbandada por las escaleras, con el grupo
detrás disparando y abatiendo a cuantos podían, hasta que el número de
bajas les hizo soltar a la chamana.
Al llegar a la
planta baja, la escalera comenzó a temblar, aunque para entonces, ya
solo quedaban un par de aquellos asquerosos salvajes que huyeron en la
oscuridad. Mickey y Randy tomaron posiciones en el recibidor, tras el
mostrador de información, mientras el resto subía a recuperar las cosas
que se habían dejado. El grupo se separó por un buen rato, y al final
bajaron por la escalera de incendios y se reunieron todos frente al
edificio. Debatían sobre en qué edificio cercano refugiarse a esperar y
continuar la emboscada, y curando las heridas que Mickey y Praia tenían.
Eligieron un de planta baja, que daba directamente al agua por uno de
sus lados, y justo en ese momento escucharon vocerío que venía calle
abajo, ruido armado por lo que consideraron un numeroso grupo.
Rápidamente se metieron al edificio, que pasado el arco de la entrada se
abría a un patio interior. Marcus, Mickey y Randy corrieron hacia la
azotea para tener buen ángulo ventajoso de tiro, y Praia y Slayer se
metieron en uno de los pisos. La horda de salvajes llegó, se abalanzó
por el pasillo de la entrada y entonces Praia invocó un muro de fuego
que cerró aquel acceso. Los que el fuego había sorprendido, corrieron
como animales y saltaron por la ventana desde la que Slayer hacía fuego.
Arriba, Marcus y Mickey los tiroteaban, mientras Randy vigilaba el hueco
de la escalera.
Praia invocó otro muro de fuego en el
pasillo de entrada del piso, y las paredes comenzaron en poco a
calentarse, los restos de muebles prendieron y la casa se fue
convirtiendo en un infierno. Slayer saltó por una ventana al patio y lo
atravesó como una exhalación, metiéndose en uno de los apartamentos del
lateral del arco de entrada del edificio. Praya lo imitó, pero atravesó
el patio en diagonal y se perdió por aquel extremo del sitio. Marcus,
Mickey y Randy, salieron al patio corriendo, saltaron por una ventana de
la parte de enfrente, abrieron puertas a empujones sin parar de correr,
dormitorio, pasillo, despacho, ventana, aire frío y asfalto bajo sus
botas. Parecía que todos habían logrado escapar, si no fuera por que
cada uno del grupo llevaba detrás pisándole los talones a algunos
salvajes.
Praya había atravesado habitaciones, pasillos
y escaleras, hasta llegar a la azotea, donde sin dudar un solo instante
saltó al vacío, y conjurando el poder del viento, comenzando a caer
lentamente como uno de aquellos copos de nieve radiactiva, gracias a un
conjuro de caída de pluma, dejando bastante pasmados al nutrido grupo
que le seguía de cerca. Marcus, Mickey y Randy corrían hacia el
aparcamiento, y se giraron para acribillar a sus perseguidores, cuando
una chamana con muy mala hostia y peores modos aterrizaba suavemente
justo tras ellos. Si hubieran tenido cigarros, se les habrían caído al
unísono.
Superada aquella sorpresa, dispararon contra
los salvajes, que se enzarzaron contra Praya golpeándola. Randy se metió
en la pelea a culatazos, con tal de no fallar ningún tiro y volarle la
cabeza a la chamana, quien cuando se vio libre de las atenciones de los
harapientos, corrió detrás de Marcus y Mickey. Slayer, también había
tenido su carrera nocturna con perseguidores. Había salido por la parte
frontal del edificio y, perseguido por salvajes, había girado y se había
metido en el edificio de oficinas, girando de nuevo a la izquierda, y
metiéndose en un pequeño despacho del que salió por un ventanal y corrió
hacia un par de haces de luces y los fogonazos de los disparos. Solo
sus compañeros podían estar montando aquella fiesta.
El
resto vio llegar al pandillero que a modo de saludo gritó “¡traigo unos
pocos detrás!” y se unió a la refriega. Para entonces, el nutrido grupo
que se había quedado con un palmo de narices en la azotea, había vuelto
a bajar y llegaba a la carrera con ávidos y salvajes gritos. Randy se
apartó de un empellón de los que se le echaban a cada paso encima, y
lanzó una granada hacia los últimos que llegaban. La explosión los lanzó
a todos por los aires y a los mas desafortunados los partió en trozos.
Mientras Praya curaba a sus compañeros, Marcus, Mickey y Slayer abatían a
los últimos de aquellos asquerosos salvajes. Se reunieron y decidieron
largarse de allí a toda hostia mientras el edificio donde habían pasado
la noche ardía como una tea a sus espaldas, iluminando las negras aguas y
las calles oscuras. Había sido una noche más para aquellos despojos.

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