Mierda... Eso es a lo primero que olieron los que se hacinaban en la habitación de aquel ruinoso bloque de la ciudad desierta. No era un buen augurio.
Mickey despertó de golpe, con un
profundo dolor de estomago obligándolo a doblarse sobre sí mismo, mientras
trataba de salir de la habitación infructuosamente, rodeado de las risas de sus
desarrapados compañeros, mientras se cagaba en los pantalones. Después cayó
inconsciente de nuevo. Cuando despertó, se encontraba algo mejor, si bien no
del todo. Pringado y apestando, el enfermo ladrón recorrió los pisos, hasta
encontrar una sucia cortina con la que se apañó un pantalón limpio.
Las risas no duraron mucho más; alguien
dio la voz de alarma. Un grupo de tipos armados, probablemente provenientes del
fuerte, batían los bloques de viviendas, cada vez mas cerca del grupo.
Rápidamente se apostaron en las ventanas, empujándose unos a otros como si
repartieran comida gratis, ante la posibilidad de poder disparar un poco, y un
par subieron a la azotea. Cuando los tipos del fuerte se dispusieron a cruzar
la calle, comenzó a lloverles una espesa lluvia de plomo, que los hostigó entre
los coches y los portales a los que no llegaron a entrar en busca de refugio.
Cuando los cañones solo escupían vaho
contra el frío aire del amanecer que se colaba por la grieta, sólo uno había
sobrevivido, y corría herido como alma que lleva el diablo perdiéndose entre
los edificios semiderrumbados, dejando tras de si un rastro de brillante sangre
sobre el asfalto nevado. La banda se dispuso a perseguirlo para darle caza
antes de que diera la alarma en el fuerte, y se separaron en dos grupos. Mickey,
Praia, Tayzan y Randy se marcharon en dirección al fuerte, hasta un edifico
situado justo frente al fortín de los salteadores.
Tras bajar la escalera de incendio, Randy la subió en pos de la azotea, tratando de hacer el menor ruido posible, pero desatando un estrépito infernal que se escuchó por toda la ciudad. Mientras, el mercenario y Tayzan subían a la azotea, Mickey y Praia se colaron por una ventana, investigando las habitaciones del piso.
Tras bajar la escalera de incendio, Randy la subió en pos de la azotea, tratando de hacer el menor ruido posible, pero desatando un estrépito infernal que se escuchó por toda la ciudad. Mientras, el mercenario y Tayzan subían a la azotea, Mickey y Praia se colaron por una ventana, investigando las habitaciones del piso.
Antes de que pudieran hacer mucho más,
se escuchó un rechinante ruido, que resultó ser el portón del fuerte, que
vomitaba una oleada de despojos armados que corría hacia el edificio.
Rápidamente subieron todos a la azotea y apostaron allí. Mientras iban siendo
acosados por un francotirador desde el depósito de agua, grupos de salteadores
subían por la escalera de incendios y por la principal del edificio. Praia creó
un incendio en la salida principal a la azotea, de forma que los enemigos sólo
pudieron subir por la escalerilla exterior.
La escalerilla comenzó a vomitar
remesas de esclavistas que iban invadiendo la azotea y cruzando fuego con el
grupo. Praia se hallaba en una muy mala situación, recibiendo disparos y
curándose como podía, mientras se batía en retirada. Mickey estaba en un
callejón sin salida, atrapado entre un ángulo muerto de la azotea y el enemigo.
Con él se habían obcecado un par de los asaltantes que no paraban de tirotearle
aunque sin éxito. Randy y Tyzan recibían disparos desde ambos lados: asaltantes
y francotirador.
La situación se tornaba delicada por
momentos, así que Randy tiró de su “añada de crianza” para estas ocasiones
especiales y lanzó hasta la ultima granada que colgaba del cinto, que acabaron
causando un agujero en la azotea y un bonito mosaico de miembros y tripas
esparcidos.
Mickey retrocedió hasta un último
reducto, un cuarto de mantenimiento, con sus enemigos disparándole detrás. Pese
a tenerlo metido en un cuarto de escobas, ni una sola bala le rozó, de lo
pésimos que eran los tíos disparando y lo rápido que era el ladrón, aún medio
enfermo como estaba. Praia no tuvo tanta suerte. Hecha un ovillo sobre el suelo
de la azotea, dos esclavistas reducían su cuerpo a un saco de huesos rotos a
base de culatazos.
La mitad de los salteadores, que no
esperaban ni en sus peores pesadillas encontrar tanta resistencia, desistieron
y huyeron en desbandada, pero algunos estaban tan centrados en el combate que
no vieron que se estaban quedando solos. Envalentonados después de acabar con
la chamana, lo intentaron cuerpo a cuerpo con Randy, pero éste no era tan fácil
como la otra, y la entrada en pelea de Tyzan metiendo una hostia a la que sólo
le faltó gritar “Shoryuuuuken!”, desanimó definitivamente a los rezagados, que
salieron por patas, no sin antes haberse cobrado la vida de la chamana.
Algo debían haber tenido la sucia chami
y el ladrón, ya que de pronto, a Mickey se le metió en la cabeza que había que
recuperar su cuerpo, y dejarlo en el río. Mientras, Randy pensaba en las balas que
se iban a perder. Antes de que nadie pudiera impedírselo, Mickey gritó algo
sobre fuego de cobertura, y salió corriendo hasta el cuerpo, mientras el
francotirador hacía saltar la nieve tras sus pies. Se deslizó hasta la chamana,
y cargándola a la espalda, corrió como pudo en dirección a la protección del
castillete, cuando comenzó a acabársele la suerte, y el francotirador hizo
blanco, a través del cuerpo de Praia. Bajaron de la azotea a todo correr, ya
que volvió a escucharse el portón del fuerte, y sonido de botas golpeando el
asfalto.
Al llegar a la calle, rápidamente se
escabulleron entre los escombros de otro bloque, metiéndose en un estrecho
callejón, donde rápidamente se dieron cuenta que salieran por donde salieran,
había salteadores vigilando, mientras otros pocos registraban y seguían el
rastro de sangre del ladrón. Con la rapidez y la falta de escrúpulos otorgada
con la experiencia, le quitaron a la chamana las balas, y Mickey, que realmente
debía haber sentido profundamente la muerte de Praia, y sin fuerza para seguir
viviendo, se empeñó en salir corriendo para servir de distracción mientras el
mercenario y Tayzan se metían por la oxidada puerta de servicio de un
restaurante.
Mickey salió corriendo por la calle,
gritando y despistando a los salteadores, que lo persiguieron entre las calles
y los coches destrozados, y cuando vio que no podía escapar mas, y lo iban a
cazar, prefirió hacer honor a su profesión, y robarles ese placer. Lo ultimo que
pasó por su mente, aparte de la bala de su pistola, fue un triste
pensamiento...“...mierda, pantalones de
cortinas...”
Tras asegurarse que no había nadie ni
nada, Randy y Tyzan se resguardaron en una sucia y oscura cocina. Escucharon
cómo los esclavistas buscaban por las calles y perseguían a Mickey. Poco a
poco, los ruidos fueron cesando y siendo sustituidos por otros ruidos que ambos
conocían bien. La noche debía haber caído sobre aquel trozo de infierno en la
tierra, y unos horrores darían paso a otros. Salieron de allí rumbo al refugio,
que ahora debía ser abandonado, antes de que los encontraran a ellos.


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